Todos alguna vez hemos visto un mapa de Medellín, ese croquis que parece sin forma, pero que en las dinámicas cotidianas cobra sentido. La cabecera urbana de la ciudad se encuentra entre cinco corregimientos: Santa Elena al oriente y San Cristóbal, Altavista, San Sebastián de Palmitas y San Antonio de Prado al occidente, como una protección verde —del doble de su tamaño— a sus costados, mientras lo urbano continúa en Bello, Itagüí y Envigado. Sin embargo, la urbanización de Medellín no solo se ha limitado a la centralidad o a sus fronteras con otros municipios.
Daniela Morales Medina, egresada de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo; Estefanía Cardona Espejo, Juliana Duque Cardona, Liceth Torres y Daniela Uribe Naranjo, estudiantes de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
Desde hace más de 50 años la forma de habitar el campo ha cambiado y, sobre todo, en Medellín. La idiosincrasia de la ruralidad en los centros poblados corregimentales y sus veredas se ha transformado en función de las nuevas posibilidades económicas que ofrece el desarrollo urbanístico. Para la coordinadora de la maestría en Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana, Diana Álvarez, “quizá el cambio más estructural en estos territorios sea la interpretación del suelo con valor de uso, propio de las economías agrícolas/solidarias, a un suelo con valor de cambio, propio de las economías de la sociedad industrial/capitalista”.
La canalización de la quebrada de Santa Elena, la construcción del Metro de Medellín con sus intervenciones en el Tranvía de Ayacucho, el Túnel de Occidente y los metrocables de Santo Domingo, además del proyecto de Parques Bibliotecas en los corregimientos, han sido solo algunos de los tantos hitos en los que la ciudad ha conversado con la ruralidad de sus periferias, convirtiéndolas en receptoras de grandes poblaciones. Sin embargo, según Nelson Agudelo, magíster en Urbanismo, el actual Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de la ciudad no tuvo previsto este fenómeno.
Por el contrario, el modelo de ciudad propuesto en el POT del 2014 de Medellín se basó en la premisa de “crecer hacia adentro”, planteamiento que consiste en renovar todas las zonas y suelos subdesarrollados que no están generando grandes garantías para la ciudad, buscando convertirlos en espacios de vivienda. Incluso, de acuerdo con el arquitecto, la Administración municipal escasamente ha cumplido con el 30 % o 40 % del POT del 2014.
Para Gloria Patricia Zuluaga, docente de Desarrollo Rural de la Universidad Nacional, una de las principales causas de esta problemática es la especulación urbana que genera el aumento acelerado de la población. Explica que, en parte, sí existe un fenómeno natural de migración de ciudadanos de diferentes partes de Antioquia, Colombia y otros países a Medellín, pero según la magíster, las parcelaciones y venta de lotes en los corregimientos han comenzado un incremento en el costo de vida y el comercio de los lugares. Lo anterior, no solo ha cambiado radicalmente las condiciones de vida de los habitantes rurales, sino también de los citadinos. Por ejemplo, históricamente, todos los corregimientos de Medellín han sido despensas agrícolas, cárnicas y lácteas del Valle de Aburrá, pero esta actividad se ha reducido y reemplazado por priorizar el aumento de los comercios, zonas de descanso y entretenimiento, lo que implica un riesgo en la seguridad alimentaria de toda la ciudad.
No obstante, el ciclo no finaliza ahí. Según la docente, cuando los residentes urbanos de Medellín, “saturados y cansados de las denominadas disfunciones urbanas como el tráfico, la contaminación y la inseguridad”, deciden irse a vivir al campo, se mudan de residencia, pero no de actividad económica. No hacen el cambio porque quieran ejercer la agricultura, sino porque quieren ambientes de naturaleza para descansar. Aquí es cuando comienza, en palabras de Zuluaga, una “urbanización sin ciudad”.
Nuevas obras de infraestructura, valorización de predios, tributos más costosos y servicios públicos más altos son algunos de los cambios que ha generado la subdivisión predial. Es decir, una autorización previa para dividir materialmente uno o varios predios ubicados en suelo rural, en los territorios, y que se ha manifestado en el desplazamiento de familias campesinas, disfunciones en la seguridad alimentaria y aumento en la huella ambiental de la ciudad. Sin embargo, es importante conocer cómo han vivido estas transformaciones los habitantes de cada zona.
En la siguiente infografía, haga un recorrido por el panorama de las transformaciones en cada uno de los corregimientos de Medellín:
Retratos de una ciudad viva… y que hay que cuidar
Desde Santa Elena (foto: Manuel Theo Dover Polanía) se ve la ciudad creciendo por las laderas del Oriente y Occidente. En Altavista, las huertas escolares son una apuesta por la preservación de las tradiciones y la seguridad alimentaria (foto: Marisol Garcés). En San Antonio de Prado (foto: Álex Betancur), las viejas edificaciones contrastan con las construcciones para más personas en el mismo espacio. En San Cristóbal (foto: Daniela Uribe), desde hace años el tráfico vehicular es parte de la vida cotidiana, llena de contrastes con la historia campesina.
Las ciudades son territorios vivos. Para la muestra, vemos a una Medellín que sigue creciendo y cambiando. El proceso de transformación urbanística que atraviesa la capital antioqueña nos impacta a todos los que la habitamos, incluidos aquellos que por décadas han ocupado las tierras que cultivaron y cuidaron, como nuestros antepasados. Las raíces campesinas y arrieras de los habitantes de los corregimientos de Medellín peligran ante el acelerado crecimiento de las construcciones.
Como explica Nelson Agudelo, Medellín tiene el espacio, un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y estudios de capacidad de soporte poblacional, pero no hay regulación por parte de la administración municipal. Según el experto, la ciudad tiene la capacidad de abrir espacios adecuados en el interior del valle para recibir a las personas, pero no está pasando.
La situación actual de la población de los corregimientos es un reto, una invitación para que Medellín, como manifestó Gloria Patricia Zuluaga, se vea y se proyecte en toda su municipalidad. Además, que piense más allá de su núcleo urbano, articulando cada uno de los corregimientos como parte fundamental de un desarrollo sostenible Una ciudad que pueda seguir creciendo, pero cuidando su ruralidad y a sus campesinos.
Por: Tomás Correa Restrepo* / especial para Contexto
No soy un hombre de religiones, pero si el cielo de los manatíes existe espero que Julieta esté en él. La ya conocida historia de Julieta, una manatí de 450 kilos y más de 3 metros de la especie Trichechus manatus, comenzó el 5 de junio (paradójicamente el día del Medio Ambiente). Ese día Julieta cayó en las redes de unos pescadores en el sector de Bonito Gordo cuando nadaba libremente en las bellas aguas del Parque Natural Tayrona. Fueron los mismos pescadores los que avisaron al personal del Centro de Atención, Valoración y Rehabilitación de Fauna Marina (CAV-R) que Julieta había quedado enredada en una de sus redes. A pesar de la asfixia que sintió al tratar de respirar a través de la red, logró mantenerse viva hasta que llegaron los salvadores del CAV-R. Una vez rescatada fue trasladada al Acuario del Rodadero, donde pasaría un mes mientras se rehabilitaba para su liberación.
De acuerdo con información de la organización Save The Manatee, los manatíes «…se dedican a comer, descansar y viajar…» (¡qué envidia!) y habitan principalmente ciénagas y aguas costeras someras. Su alimentación está basada en plantas y algunos pequeños peces, respiran el mismo aire que nosotros (aunque pueden contenerlo hasta por 20 minutos) y su expectativa de vida puede llegar a más de 60 años. Su dentadura no sobrepasa los 6 dientes en cada mandíbula, de los cuales ninguno se cataloga como colmillo. En Colombia, los manatíes están protegidos desde 1969 por la resolución nro. 574 que prohíbe la caza, transporte, comercialización y utilización de los manatíes y de sus productos.
Julieta fue liberada en El Rodadero el pasado 7 de julio gracias a los cuidados del personal del CAV-R, quienes antes de liberarla le instalaron un rastreador para monitorear su feliz regreso a la libertad. Sin embargo, el júbilo creado por el éxito de la rehabilitación y liberación de Julieta fue reemplazado por tristeza, rabia, vergüenza e indignación el pasado 15 de julio, tan solo 9 días después, cuando se conoció que, en su viaje hacia el sur a lo largo de la costa entre Santa Marta y Barranquilla, fue interceptada por pescadores que la persiguieron desde el puente de La Barra en Pueblo Viejo (Magdalena), hasta jurisdicción del corregimiento de Tasajera, en donde además de ahogarla, amarrándola por el hocico, la atacaron con machetes y arpones ocasionándole la muerte… Y sí, estimado lector, Tasajera es el mismo corregimiento de Pueblo Viejo que hace poco más de un año sufrió la tragedia del camión cisterna que transportaba gasolina y explotó mientras los pobladores lo saqueaban, dejando como saldo 45 muertos y decenas de heridos.
La de Julieta es una verdadera pérdida para el patrimonio biológico del planeta, pero más allá de buscar venganzas y culpables, su triste final debe generar preguntas cuyas respuestas conlleven a tomar acciones urgentes para evitar que esta apacible mártir, miembro de una especie en grave peligro de extinción, haya muerto en vano. El hecho debe generar conciencia en todos los eslabones de nuestra sociedad, desde los niños más pequeños hasta los encargados de la toma de decisiones, pasando, por supuesto, por los pescadores.
Preguntar por qué un hecho como estos ocurre en Tasajera es desconocer la situación de miseria y abandono que el corregimiento ha sufrido por décadas. Si sus habitantes son capaces de arriesgar la vida por robar gasolina de un camión accidentado, ¿qué esperanzas de sobrevivir tenía Julieta, que virtualmente representaba un pedazo de carne de 450 kilos nadando lentamente frente a ellos? Como dice Wade Davis en su último libro sobre Colombia, Magdalena River of Dreams, las personas matan manatíes porque tienen hambre y necesitan alimentar a sus familias, así que para salvar a los manatíes es necesario salvar primero a las personas.
¿Por qué un manatí cae en redes de pescadores en las aguas protegidas de un parque natural como el Tayrona? ¿Fue acertado liberar un manatí en pleno Rodadero teniendo en cuenta la actividad turística y pesquera de la zona? ¿Qué acciones están tomando los gobiernos municipal, departamental y nacional para que Tasajera deje de ser fuente de noticias tristes como estas? Esta nueva tragedia exige que las autoridades se pronuncien y den respuestas. No se nos puede olvidar que seres como Julieta, que ojalá nos esté observando hoy desde el cielo de los manatíes, habitan este territorio desde mucho antes que nosotros y, en ese sentido, somos nosotros los invasores.
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* Tomás Correa Restrepo es geólogo, magíster en Recursos Minerales, con especializaciones en Gestión Ambiental y Gerencia de Proyectos. Es amante del buceo y la natación. Trabaja como investigador en el Servicio Geológico Colombiano.
Esta es la historia de un viaje a la cuna de la especie de tortuga ribereña única en Colombia y cómo es el camino hacia su hábitat natural.
Valentina Marín / periodico.contexto@upb.edu.co
En ese “rinconcito de Colombia”, golpeado años atrás por el narcotráfico y el paramilitarismo, el plan que nos esperaba no se trataba del turismo morboso en una hacienda o en una cárcel secreta. Esta vez, seríamos testigos de cómo quince tortugas recién nacidas, de manchas amarillas diminutas en su nariz y patas del tamaño del dedo más pequeño del pie emprendieron su recorrido hacia el encuentro con su nuevo hogar entre el río y la selva.
La sensación térmica de 40° centígrados, la ropa pegada por el sudor y la piel grasosa por el bloqueador no fueron impedimento para ver el resurgimiento de una comunidad a través del turismo sostenible, conocer a la guardiana de estas especies salvadas de ser mascotas o una cena familiar y vivir de cerca las lecciones de la naturaleza.
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La cita era muy temprano en la mañana, pero la lluvia, que no había mostrado rastro los días anteriores, decidió estar en todo su esplendor. La reunión de zancudos en nuestra piel como banquete había cesado, pero un árbol caído estaba bloqueando la única vía por la que se llega a la “Estación de la Alegría” o Estación Cocorná, nuestro destino.
—¡Chicos, ya! ¡Nos vamos! —dijo Nicolás, el guía del grupo, haciéndole honor a la emoción que teníamos guardada desde Medellín y que se notó cuando en menos de un minuto yo ya estaba montada en el bus, aunque los viajes en carretera ya no sean mi plan favorito.
Muchos árboles de poca altura y raíces grandes en medio de la sabana, ganado alrededor y campesinos a caballo intentando controlarlo, restaurantes y paraderos para los camioneros, plantas de fábricas gigantes, casitas de una sola pieza, el Hotel Dubái, el Santorini colombiano y hasta la posibilidad de estar en un Safari fueron el as bajo la manga del camino antes de llegar a Santiago Berrio.
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Santiago Berrio es un corregimiento del municipio de Puerto Triunfo. Allí en 1935 encontraron petróleo, instalaron una máquina de extracción y ni una gota le tocó al pueblo. Pero como la naturaleza es generosa, sí les dio el Río Claro Cocorná Sur, fuente de ingresos y principal sustento.
El parque principal no era muy grande. El negocio donde antes se jugaba billar estaba abandonado, casi con el techo destruido, con olor a madera húmeda, rejas oxidadas y las paredes agrietadas. Había pocas casas alrededor, casi todas de madera, con las sábanas extendidas en el balcón y con algunos palos gruesos haciendo las veces de columna; niños de bermuda y sin camisa jugando en el campo de arena que servía de cancha y la única tienda ya tenía tres clientes tomando cerveza.
Leonardo y Darío, dos habitantes de la vereda; vestidos de jean oscuro y camiseta de cuello; uno con sombrero y el otro pelinegro; pero ambos cincuentones y con los cachetes colorados por el sol, eran los conductores. Nos estaban esperando en dos motos Suzuki en los rieles de la estación del ferrocarril y ruta del único y más ágil vehículo en el corregimiento, el cual no tiene forma de tren, pero anda mejor que uno: el motorriel.
Nicolás ya nos había mencionado cómo sería la llegada al tortugario. Sin embargo, ni las fotos ni las palabras lograron pintar en lo que consistía. Si en Cartagena hay carrozas y en Santa Fe de Antioquia mototaxis, en este lugar había dos tablones unidos por una soga desgastada, dos llantas de riel a lado y lado, sillas plásticas para los pasajeros y una soga más para unir la moto y llanta delantera a todo el montaje.
No había de dónde sostenerse, tampoco había techo para protegerse, pero sí una vista panorámica de gallinas descuidadas atravesando la vía, perros con la cola metida entre las patas asustados por el ruido y gatos sentados en las ventanas. Casas de madera sin divisiones ni cortinas, techos de latas, solares enormes y fogones de leña. Niños jugando, madres amamantando a sus hijos y abuelos trabajando la tierra. Carteles con fotografías de políticos cubriendo las tejas y unas cuantas propagandas prometiendo el cuento de “pagar menos impuestos” en los postes de luz. Fueron casi 20 minutos a 40 kilómetros por hora aproximadamente, con el sol penetrando la piel y el viento enredando el cabello.
La protección de especies de fauna local está vinculada a la oferta turística de Puerto Berrío.
Cortesía: Santiago Upegui.
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—Ey, Chavita —saludaron enérgicamente desde la esquina a una señora de poca estatura, camisa manga larga gris, leggins cafés y aretas plateadas en forma de tortuga. Tez morena, cabello negro mezclado con algunas canas y uñas cortas decoradas con el “francés”.
—¡Qué hubo, mi muchachito! —respondió con una sonrisa literalmente de oreja a oreja.
Todos volteamos a verla y cuando con los brazos abiertos nos dijo “mi corazón salta de alegría de tenerlos aquí”, supimos que era la famosa Isabel, a quien solo había que escucharla o mirarla a los ojos para saber que alma, vida y corazón le pertenecen a sus “niñas”, como llama a los huéspedes del tortugario rescatados de ollas calientes, apartamentos, niños antojados y carreteras del país.
Isabel Romero, guardiana de los recursos naturales, es casi el ángel de las tortugas. Creció sin mamá y toda la vida fue criada por su papá, un hombre dedicado a sus hijos y a las tantas mujeres que tuvo. Su última madrastra, como en un cuento infantil, no la quería y la educaron creyendo que su única labor era tener hijos y decirle al esposo cuando llegara de trabajar “venga mijo le limpio los zapatos y le llevo limonada”.
Parte de eso lo cumplió. Tuvo cuatro hijos y hasta en los trabajos de parto le tuvo que pedir permiso a su esposo para ir al hospital porque él creía que lo que ella quería era “mostrar la cola por allá”. Aun así, siempre supo que su destino era diferente, que no pasaría toda la vida detrás de un hombre y se lanzó a crear lo que siempre quiso.
Tiempo después empezó a estudiar, luego de hacerse una promesa y como condición para ser parte de la junta en el Comité de Conservación. El obstáculo ya no era el cuidado de sus hijos y mucho menos las esposas del papá, sino otra vez su esposo que no le daba permiso de ir porque, según él, “ella se iba a conseguir otro macho”. En contra de eso, se matriculó a una técnica en el SENA, presentó su proyecto de grado y consiguió su título. El Centro de Conservación de Tortugas de Río era la materialización de su sueño, lucha incansable, amor a sus “chiquitas” y un toque de desobediencia.
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El Tortugario estaba a unos pasos después del “Túnel del Amor”, un sendero romántico y refrescante en medio del calor. Una tortuga grande hecha en concreto, que cumplía la función de espantar a cualquier tipo de depredador, era la bienvenida a la casa de las “niñas”. Un sendero en piedra, muchos mosquitos y tortugas de diferentes especies caminando a paso lento o nadando eran los anfitriones del Centro. Estábamos junto a una especie que no se encontraba de forma natural en ninguna otra parte del mundo: la Ponodecmis Lewyana.
—Les cuento que esta es la historia de un papá alcahueta, un niño antojado y una mordedura —nos dijo Chava mientras con dificultad se agachaba a buscar dentro del agua una tortuga asustada.
—¡Ay mírela, ahí va! —le avisábamos emocionados cada vez que la veíamos pasar por sus pies.
—¿Será que se fue a callejear? Es que no la he podido encontrar y está cieguita ¡Qué tal que viera! —respondió entre risas tocando el agua hasta que la pudo agarrar.
Ziggy era el nombre de esa pequeñita con machas amarillas y verdes en su cabeza. Las patas traseras estaban tiesas, síntoma de que estaba enferma. Sus ojitos estaban cerrados, o más bien pegados, y cada vez que alguien le pasaba el dedo cerca de su boca intentaba agarrarlo, pero no le atinaba.
Ella era “mordelona” y esa fue la razón por la que ese niño le cogió tanto miedo a su “mascota”. Cualquier día, el papá decidió encerrarla en un cuarto sin saber que al menos tres horas del día debía estar sumergida en agua. Le causó una conjuntivitis incurable y, por su condición, estaba obligada a morir en el tortugario o quedaría indefensa en el medio natural.
Machi y Pancha también tenían su pasado. Ambas eran discapacitadas: Machi por un machetazo que le quitó parte de sus dedos y Pancha porque sus dueños pensaron que era muy divertido ponerla a nadar en una piscina, a pesar de que estaba hecha para todo menos para eso.
Sin embargo, la consentida de la casa era Lupita, la más bebé. Los rostros de ternura y una que otra mano intentando tocarla no se hicieron esperar ante ese caparazón en miniatura. A su corta edad tampoco había corrido con la mejor de la suerte, pero tuvo un final feliz cuando fue rescatada.
Una de las “egresadas” de La Estación de la Alegría. Foto: Santiago Upegui.
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Al compás de “síganme los buenos” y en fila india detrás de Isabel llegamos al auditorio. Un salón grande, casi al aire libre, con las paredes llenas de fotografías de distintas tortugas en diferentes poses y paisajes, una vitrina llena de porcelanas, artesanías y alcancías en todos los tamaños, motivos y colores, y algunos recortes de periódico enmarcados. Ahí me di cuenta de que este lugar tenía su historia por contar y que merecía tener más de esas cinco palabras frías como titular
Entre su “saludo tortugólogo” y algunos secretos, nos contó que la temperatura define el sexo de las tortugas, que el plastrón de los machos es cóncavo y el de las hembras plano, que les encantan las proteínas y los vegetales, que vive enamorada de las más chiquitas y que cuando alguna de ellas la muerde, la perdona. Aunque lo que más llamó mi atención fueron esas dos ventanas, una con cortina rosado bebé y la otra azul oscuro, diferenciadas por dos pedazos de papel impresos en letra Arial mayúscula que decían “machos” y “hembras”.
—Les vamos a mostrar lo más lindo que tenemos aquí —nos invitó emocionada a la ventana de cortina azul cuando su esposo le dio la señal.
La sorpresa era un señor moreno, de manos grandes, bigote abundante y gorra del Junior de Barranquilla destapando con cuidado dos cubetas cuadradas y transparentes, llenas de arena y con seis huevos blancos separados entre sí.
—Cada uno de ellos tiene su partida de nacimiento y fueron salvados de ser pisados por una vaca buscando comida o de la agresiva corriente del río —nos explicó.
La premisa del Centro es no tener fauna en cautiverio, por eso el futuro de esos “niños” y “niñas” sería nacer, coger defensas debajo de la arena, pasar a la piscina de bebés, sanar su ombliguito y esperar a que alguien como nosotros la acompañe hasta el lugar donde debe estar.
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Ese territorio llamado Magdalena Medio ha ocupado los titulares más sangrientos de la prensa. Puerto Triunfo fue casa de uno de los narcotraficantes más peligrosos del mundo, autor de atentados y años violentos en el país, y en una de las orillas del Río Magdalena existió un sitio conocido como “Saca Mujeres” en donde “a los muertos los sacaban amontonados”.
Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, hay un registro de más de 320 cadáveres encontrados en el afluente desde 1982. Sin embargo, las cifras son inciertas porque es difícil encontrar a los muertos en el río y por esa razón “han sido el lugar preferido por los grupos armados”. Incluso, se ha dicho que si esas aguas hablaran, dirían los nombres de todas las víctimas que flotaron, a veces enteras y otras veces no, por sus aguas. El Río Claro Cocorná Sur terminaba su recorrido en el Río Magdalena y ese día sería testigo de la libertad. Era como si la naturaleza tuviera un mensaje.
—Hoy cada uno de ustedes va a ser padrino y madrina de una tortuga que se encuentra a un paso de estar extinta del planeta —nos dijo Yamith, el hijo de Isabel, marcando el inicio de un momento muy importante para todos.
Estábamos bajo un cielo azul clarito y despejado, y al frente del río que en un día sin lluvia es verde azul cristalino. Nos dieron la orden de organizarnos detrás de una línea marcada en la arena a unos cuantos pasos de la orilla. Ese era el punto de inicio de la carrera que estaba a punto de empezar y cada paso que ellas se quedaría guardado en su memoria con el propósito de poder regresar a ese mismo lugar a dejar los huevos de futuras nuevas especies.
En mi cabeza estaban sonando los versos de la canción La Naturaleza, de Los Cafres que dice “la naturaleza te habla y enseña. Su mensaje es claro. No hay por qué entender implícitamente todo…” y estaba segura de que la naturaleza nos estaba hablando cuando ellas, a pesar de tener miedo, confiaron en nosotros sacando su cabeza del caparazón.
Al fin ya la tenía en mis manos, empujando con sus patas traseras y viendo frente a sus ojos la inmensidad que se merecía. Me agaché para que no corriera peligro de caerse mientras Yamith nos decía “repitan después de mí: yo adopto esta tortuga y me comprometo a su cuidado y conservación”. Todos lo hicimos al unísono y luego pasamos al momento más esperado: “pueden soltarla cuando quieran”.
La mayoría se fueron rápido, sin pensarlo y dispuestas a ser las ganadoras. Otras dieron pasos cortos, lentos y devolvieron al sentir que el agua las tocó. Sin embargo, algunas se despidieron. Se quedaron cerca de la orilla, nos hicieron creer que se iban, pero de la nada sacaron su nariz del agua y después se dejaron llevar por la corriente. Ahí fue cuando ocurrió la magia.
A la que me eligió le deseé larga existencia, no caer en el pico de una garza o en las manos de otro papá alcahueta y bajo el atardecer dorado navegando el Río Magdalena me la imaginé nadando libre en ese río sin fin que estaba dejando atrás su historia del pasado para ser ese día un gran anfitrión de la vida.
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Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.
“Siempre me pregunto qué pasa, por qué este animal está acá y es importante que todo el mundo lo entienda… a ninguno de nosotros nos gustaba ver la fauna cautiva. Ahora, eso no significa que esta no cumpla una función”. Hace poco más de un año Jorge Aubad Echeverri se reunió con la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín para discutir el rumbo que le darían al antiguo Zoológico de Santa Fe; el resultado fue un cambio profundo y estructural que involucraría más que el nombre del lugar y era una necesidad para la ciudad, los animales y el equipo del establecimiento.
Darwin Ruiz Murcia lleva 9 años trabajando en el antiguo zoológico. Es zootecnista y se desempeña en el área nutricional del Parque: sabe qué deben comer los animales, cómo y cuándo; además, lidera el área de Investigación y Proyectos, nueva unidad encaminada con la reciente filosofía del lugar.
Hace 2 años había decidido irse del Zoológico Santa Fe; no veía venir el cambio que él creía necesario, pero antes de tomar una decisión definitiva, se reunió con el nuevo director. “Yo había optado por dar un paso al costado, después conocí el proyecto y me motivó mucho…yo dije: ‘sí, quiero ser parte de eso’, tomé la decisión de volver y estoy feliz porque va con la necesidad que yo tengo para mi vida”, recuerda Darwin.
“Somos muy ambiciosos, tenemos muchos sueños, estamos convencidos de que llegaremos a ello. El parque sabe para dónde va”. Jorge Aubad Echeverri.
Una parte fundamental del cambio en el Parque de la Conservación, se relaciona con la modificación de los hábitats de los animales en cautiverio; no solo se busca ampliarlos, sino que los recintos estén hechos bajo estándares clave de bienestar animal.
Las decisiones se toman teniendo en cuenta la voz y voto de todos los miembros. Darwin Ruiz ve un cambio de una estructura piramidal a una circular, donde se decide conjuntamente en los comités en los que participan representantes de las diferentes áreas.
Hábitat del oso de anteojos. Se encuentra en proceso de ampliación. Según el Parque, se han logrado 6 nacimientos de esta especie en el recinto. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
El nacimiento de un zoológico
El Concejo de Medellín guarda la historia del Zoológico de Santa Fe, fundado el 11 de marzo de 1960, después de que Mercedes Sierra de Pérez donara en 1951 su hacienda a la Sociedad de Mejoras Públicas, si esta se comprometía a conservar la casa principal como un museo y a que el resto del terreno fuera un parque recreativo.
Darwin Ruiz recuerda que, en el antiguo zoológico, se hacía un trabajo de conservación, pero no en la magnitud actual, que involucra directamente a los ciudadanos en las dinámicas de la naturaleza y lleva a la gente a comprender que sus acciones afectan directamente la fauna y flora.
En vallas por todo el parque los visitantes encuentran información valiosa para comprender la función del espacio, el animal que están contemplando, la biohistoria (por qué el animal está allí), la problemática que amenaza la especie, su distribución y lo más importante: qué podemos hacer para conservarla.
Conservar las especies depende de todos
Jorge Aubad hace un énfasis en lo riesgoso que es traer especies invasoras que desequilibran todo un ecosistema, como actualmente se vive en el Magdalena con los hipopótamos. Una situación como esta puede traer consecuencias fatales para el ser humano u otras especies, pues cada una tiene sus propias enfermedades y el contacto indiscriminado puede conducir a situaciones como la transmisión del SARS-CoV-2 u otras enfermedades zoonóticas.
<< Gracias a la información de las vallas del Parque, sabemos que estas guacamayas fueron remitidas por la autoridad ambiental, víctimas del tráfico de fauna. También conocemos el nombre de las 5 variaciones de la especie. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
Otra situación es el tráfico de fauna. La mayoría de los animales que se encuentran en el Parque de la Conservación han sido víctimas de este delito.
Silvia Pezzetta, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, escribe en su artículo, La disputa sobre los derechos de los demás animales: El caso del zoológico de la ciudad de Buenos Aires (Argentina) que: “Para los animales salvajes, la vida en un zoológico nunca podrá satisfacer sus necesidades porque su característica fundamental es que viven sus vidas sin necesidad de la asistencia humana”.
Por ello, el Parque de la Conservación proyecta un trabajo también fuera de sus muros: “Nuestra filosofía es hacer investigación para poder salvar animales que están en peligro de extinción, hacer conservación y no solamente a nivel de fauna sino también ecosistémico y, por encima de eso, tener un muy buen bienestar animal de los individuos que están aquí y que seguramente van a continuar con nuestro programa de conservación”, explica Darwin Ruiz.
El zootecnista Darwin Ruiz resalta que en el país se han hecho varios proyectos de conservación ex situ como el Plan Nacional para la Conservación del Cóndor Andino. Al respecto, Ruiz aclara: “No vale de nada que yo esté reproduciendo cóndores si finalmente los voy a liberar y no sé si van a sobrevivir, de qué se van a alimentar… es súper importante desarrollar estrategias in situ, allá donde el animal pertenece para saber cómo es la ecología, las dinámicas poblacionales, las amenazas que tienen, si tienen espacio para vivir, animales para reproducirse”, afirma el zootecnista del Parque.
El director Jorge Aubad también señala su compromiso con esta propuesta de trabajar por fuera del Parque; decidió que todo el conocimiento que se ha generado puertas adentro gracias a muchos años de manejo de fauna silvestre se debía poner al servicio de la conservación más allá de las hectáreas que pertenecen al Parque.
A mediano plazo, otra de las metas es la creación de otras sedes que fortalezcan los programas de conservación, como cuando se presenta la necesidad de llevar a ciertos individuos a un lugar más tranquilo, fuera de la vista del público para su monitoreo.
La biohistoria que permite ver la valla en el recinto del león y la leona, deja saber que este ejemplar fue incautado en 2010 por las autoridades en el Bajo Cauca antioqueño. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
¿Y la liberación de los animales en cautiverio?
“Las normas no deben decir qué tanto dolor podemos administrar a un animal, ni las dimensiones del lugar de encierro, el material del que estará hecho su infierno o cuán largas habrán de ser las cadenas. Por el contrario, el derecho debe ser la herramienta concreta que finalice esa situación de subyugación, pues el reconocimiento de una dignidad que está presente también en los animales debería llevarnos a una autolimitación de la libertad en favor de su integridad y de su vida”, afirma Juan Camilo Rúa Serna, abogado de la Universidad de Antioquia en su artículo Liberar un ruiseñor: una teoría de los derechos para los animales desde el enfoque abolicionista.
Frente a lo anterior y los demás interrogantes sobre la liberación de los animales que están en cautiverio, el zootecnista del Parque de la Conservación considera que esto tiene muchísimos limitantes por el mismo estado de los animales.
El dragón barbudo se comercia como animal de compañía. El problema tiende a aumentar, estimulado por el cine, la televisión y las redes sociales. Foto por Valeria Trujillo Arenas. >>
Darwin Ruiz explica que todos los animales que han estado en zoológicos o bioparques han generado una impronta, es decir, se han acostumbrado a sus cuidadores, a las personas, al público.
“Es crear como un vínculo donde el animal ya no ve al humano como una amenaza y va a huir, sino que lo buscará porque es quien lo alimenta y lo cuida, es difícil liberar un animal en estas condiciones porque pueden ocurrir accidentes”, indica el zootecnista.
Según Ruiz, el acondicionamiento que se hace con los animales busca su bienestar; en los procedimientos médicos, anteriormente se tenía que capturar al animal a la fuerza, anestesiarlo. Hoy, el acondicionamiento en que se premia al animal, se pueden tomar muestras o hacer una curación o revisión en algunos casos
En su artículo El futuro de los zoológicos del siglo XXI. Una propuesta para tiempos de extinción, José Miguel Esteban y Armando Martell, citan el plantemiento del filósofo ambiental a Jozef Keulartz, según la cual el fin de toda cautividad animal “equivale a resignarse a la extinción antropogénica de especies”.
“Seguramente ningún animal del Parque se va a poder liberar porque es muy complicado por la serie de comportamientos que ya han adquirido, hay animales que llevan 30 40 años acá. No sería responsable por parte de nosotros ni de la autoridad ambiental hacer ese tipo de liberaciones”, Darwin Ruiz.
La autoridad ambiental es quien gestiona las liberaciones de los animales en cautiverio, no el Parque pues los animales están encargados de su tenencia y cuidado; no son propiedad y, en algunos casos, sirven como reproductores para que sus hijos puedan ser posteriormente liberados y ayuden a aumentar la población de sus especies.
“Nosotros nos encargamos del bienestar, le decimos a la comunidad por qué ese animal está ahí, cómo llegó y eso es lo importante, porque hay animales que no pueden ser devueltos a su medio natural y no es culpa nuestra ni de las autoridades sino de una cultura que no ha sabido convivir con su entorno natural y ha retenido estos animales y después estos tienen una serie de traumas y enfermedades que no les permite ser liberados, no podrían sobrevivir, no saben convivir con miembros de la propia especie”, afirma Jorge Aubad Echeverri.
La tarea de educar
La sensación de que el zoológico necesitaba una transformación drástica la sentían los miembros del Parque. Estos cambios implicaban un público con la misma disposición. Aunque el director del Parque de la Conservación esperaba un poco más de resistencia, considera que la acogida de las novedades ha sido buena entre los visitantes e incluso algunas organizaciones animalistas.
<< Ejemplar de iguanidae o iguana, se encuentra en casi todo el Parque deambulando. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
Darwin Ruiz apunta que todavía hay personas que intentan tocar a los animales; hablan de un zoológico, no de un Parque, creen que los animales deben hacer un show, les tiran comida, golpean los vidrios, a pesar de lo letreros que prohíben hacerlo; hay quienes pasan de largo y solo se deslumbran con la presencia del animal. Según Ruiz, son cada vez más las personas que leen con detenimiento e incluso preguntan por detalles.
“El Parque no es para todo el mundo sino para aquellos que quieran disfrutar realmente de la naturaleza, la biodiversidad y entiendan que hay una problemática en la que estamos todos trabajando. No es un circo y es importante definir ese público el cual queremos que sea cada vez más amplio”, considera Jorge Aubad.
El Parque tiene convenios con universidades para las pasantías en diferentes áreas como veterinaria, biología, nutrición e incluso comunicación; sin embargo, espacios como los voluntariados aún no serán posibles ya que hay muchas restricciones a nivel legal por la existencia de riesgos, las condiciones y conocimientos del voluntario para el manejo de fauna, entre otras circunstancias.
No obstante, la gran meta es consolidar este espacio como símbolo del compromiso que debe tener la comunidad en contra de la comercialización de la fauna silvestre. Por ello, la prioridad es la mejora de las instalaciones, para lo cual la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, como autoridad ambiental en la ciudad, han hecho aportes significativos.
Desde el primero de enero de este año está en vigencia la Resolución 2184 de 2019, la cual establece que en todos los municipios del país que cuenten con un plan activo de aprovechamiento de residuos sólidos, los usuarios del servicio público de aseo deberán realizar la separación de estos de acuerdo con el código de colores implementado en dicha resolución.
Empresas Varias de Medellín (Emvarias, perteneciente al Grupo EPM), la organización prestadora del servicio público de aseo en la ciudad, tiene como deber acogerse a los lineamientos de esta resolución, además de lo establecido en el Decreto 2981 del 2013. Este último dicta que uno de los principios básicos para la prestación del servicio de aseo es que este se desarrolle de acuerdo con lo definido en el Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos (PGIRS) vigente en cada municipio.
El PGIRS vigente en Medellín es el actualizado en 2016, por lo que no está articulado aún con el nuevo código de colores. Por ello, “seguimos dando continuidad a la prestación del servicio tal y como lo veníamos haciendo desde antes de que saliera esta resolución (la 2184 de 2019)”, explica el ingeniero ambiental Jhony Serna, profesional de aprovechamiento de Emvarias.
La normativa está y debe ser cumplida
¿Significa entonces que el código de colores no se implementará en Medellín hasta que no se actualice el PGIRS con todos los lineamientos y normativas? No estrictamente. Aunque no se haya tramitado la actualización del PGIRS, la Resolución 2184 debe ser acatada por los usuarios de este servicio público.
Según el ingeniero Serna, “el hecho de que no se haya actualizado el PGIRS no exime al usuario de cumplir la implementación de la norma”. Además, advierte que, si en el tiempo que ha transcurrido desde que entró en vigencia la resolución no se ha dado la implementación del código de colores, deberían verse esos meses reflejados en la preparación, pedagogía, planeación y elaboración de planes internos por parte de cada uno de los usuarios, de modo que, una vez actualizado el PGIRS, la adaptación a este sea más rápida.
Se espera que para finales de mayo del presente año se presente la actualización del nuevo Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos, de tal modo que para esa fecha avancen de manera progresiva los programas y jornadas de pedagogía por parte de las autoridades ambientales y de las entidades correspondientes.
A principios de marzo de 2021 la secretaria de Medio Ambiente, Diana Montoya, informó sobre la sensibilización en cuatro comunas y dos corregimientos de la ciudad sobre la adecuada separación de los residuos sólidos en la fuente. Según Montoya, esta campaña de pedagogía identificó los sectores a intervenir y se realizó mediante alianzas con organizaciones de recicladores.
Estos últimos dos elementos se cohesionan en el plan de aprovechamiento de residuos sólidos articulado por Emvarias y las autoridades y entidades ambientales, pues implica que la correcta separación de los residuos sólidos agilice dos procedimientos que se desarrollarían según el nuevo código de colores: por un lado, está el de la labor de los recicladores de oficio que recolectan puerta a puerta el material aprovechable. Para Serna, “ese es el momento de entregar el reciclaje, y no entregarlo junto con los demás residuos ordinarios porque lo que va a pasar es que irá a parar al relleno sanitario y no podrá ser aprovechado”.
El segundo procedimiento depende de la adecuada separación. Corresponde a la implementación de rutas selectivas de recolección de residuos sólidos, lo cual está contemplado en el ya mencionado Decreto 2981 y en lo que Emvarias ya está trabajando, que cuenta desde 2017 con una ruta selectiva para materiales aprovechables y, según el ingeniero Serna se estudia otra para residuos orgánicos: “Estamos en pruebas piloto para poder tener a mediano plazo una ruta que recoja solamente este tipo de residuos”.
Las jornadas de sensibilización y la pedagogía desde diferentes sectores han sido los focos de trabajo desde la actual administración para la transición hacia el nuevo código. A pesar de ello, la implementación plena del mismo en la ciudad es incierta, por lo menos, para 2021.
Además, la aplicación del código de basuras se cruza con uno de los proyectos planteados en el PGIRS para este año: el control de puntos críticos en cuanto a la recolección y la generación de residuos sólidos en la ciudad. Por ello, no habría capacidad operativa para poner en marcha las rutas selectivas.
Este es el esquema de colores para la separación de residuos sólidos que está vigente desde enero de 2021. Ilustración: Ministerio de Medio Ambiente.
Implementación en organizaciones: dos casos
Sin embargo, los generadores de residuos son quienes adquieren la parte activa en la aplicación de la nueva norma mediante una correcta separación de residuos sólidos en la fuente, que ya está reglamentada por una normativa anterior. La nueva dictamina los colores que identifican los diferentes residuos sólidos generados.
En las organizaciones generadoras de residuos, asumir el nuevo código de colores no depende solo de ajustar su Plan de Manejo Integral de Residuos Sólidos (PMIRS). “La gestión es todo lo que tiene que ver con la separación, el transporte y la disposición adecuada con los gestores”, como indica Jhon Alexander Chalarca, profesional de Sostenibilidad de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), quien además señala la importancia de un acompañamiento en comunicación y capacitaciones.
La UPB recibió en febrero de este año la certificación plata en el Sistema de Gestión Basura Cero del ICONTEC, por sus acciones de aprovechamiento y disminución en la generación de residuos sólidos. La Alcaldía de Medellín, por su parte, logró la certificación oro en este mismo sistema de gestión y “bajo ese proceso logramos aumentar los porcentajes de aprovechamiento de los residuos sólidos reciclables generados dentro del Centro Administrativo Municipal (CAM). Cuando empezamos con la implementación del PMIRS en 2020, la taza de aprovechamiento de residuos sólidos era del 23% y ahora es del 43%”, comentó Róbinson Mesa, contratista de la Unidad Ambiental de la Secretaría de Suministros y Servicios.
Ambas instituciones integraron este sistema de certificación mediante sus PMIRS para dar vía al nuevo código para la gestión de residuos. Sin embargo, ambas certificaciones y procesos se lograron a lo largo del año pasado, es decir, durante el comienzo de la pandemia por Covid-19, caracterizada por el teletrabajo y la consecuente baja en la generación de residuos.
¿Se puede mantener los estándares que exige la nueva norma con los espacios de trabajo nuevamente ocupados? Gabriel Jaime Foronda, tecnólogo ambiental de la jefatura de Servicios Generales de la UPB considera que “con el tema de la alternancia se ha ido implementando poco a poco el código de colores, es algo que se tiene que hacer paulatinamente”.
En la UPB las estrategias de aprovechamiento continúan bajo los nuevos lineamientos. En las medidas adoptadas por la Secretaría de Suministros y Servicios para el CAM, el primer paso para ajustarse a las nuevas regulaciones fue la dotación de implementos como contenedores y recipientes. Según Mesa, “se hizo un análisis que dio como resultado la identificación de aquellos espacios que mejor aportarían en el CAM al proceso de separación en la fuente”.
Pero lo pedagógico es una cuenta pendiente. Robinson Mesa explica que la nueva forma de separación requiere preparar al personal de aseo y funcionarios. Con estos últimos están los mayores retos, para la separación en la fuente, según el servidor.
Ambas instituciones han complementado sus PMIRS con estrategias para la disposición final de los residuos, una vez separados en el centro de acopio, con planes de identificación de gestores de recolección. La Alcaldía estableció un “proceso de aprovechamiento de residuos orgánicos a través de compostaje en el vivero municipal y también tenemos un proceso de reciclaje de todos los residuos reciclables que genera el CAM”, expresa Mesa.
Chalarca aclara también que la UPB ha hecho “un contacto más formal con los gestores y proveedores de este tipo de residuos y lo que hacemos es identificarlos, hacerles un sondeo según las propuestas que ellos tienen, hacemos las visitas a sus instalaciones para el reconocimiento del manejo de residuos y toda la gestión ambiental y social que tengan. Así los identificamos y seleccionamos”.
¿Qué pasa con los usuarios que no cumplen y cuál es el vacío en la norma?
Aunque ambas instituciones no han logrado implementar al 100% el nuevo código de colores, sus planes internos ya concuerdan con la nueva normativa. Pero para aquellos usuarios generadores de servicios que no desarrollen o implementen debidamente dicha resolución, ¿qué hay que tener en cuenta?
Lo primero es que el Decreto 2981 de 2013 dicta dentro de las obligaciones de los usuarios el cumplimiento de la separación de los residuos en la fuente tal y como lo ordene el PGIRS vigente en el municipio. Actualmente, el código de colores vigente en este plan establece que los residuos deben ser depositados en recipientes o bolsas de color azul, gris, negro y verde.
Aunque la resolución ya entró en vigencia, no obliga al usuario a que deba separar los residuos en los colores que establece: blanco, negro y verde; sino que determina que se debe implementar el código según lo que plantee el PGIRS. Por este motivo, el código de colores no es de obligatorio cumplimiento para las diferentes actividades económicas, hasta que no se presente la actualización del PGIRS.
Hasta aquí, lo viable es que la ciudad la separación tal y como se viene haciendo, mientras se crean y organizan las capacidades operativas que la nueva norma requiere.
En la Alcaldía de Medellín se implementaron puntos intermedios como estos, ubicados en cada piso y en el centro de acopio, con recipientes blanco y negro para separar los residuos orgánicos de los que no lo son. Los primeros resultados no fueron satisfactorios revelaron voceros institucionales.
Foto. cortesía.>>
Otro punto es el que tiene que ver con el incumplimiento de la norma. Según un Abecé del código de colores lanzado por el Gobierno Nacional, las entidades municipales son las encargadas de establecer las sanciones para aquellos usuarios que no cumplan con el código de colores. A marzo de 2021 no se ha actualizado el PGIRS municipal que estipula las medidas de control y sanción, por lo que estas aún se desconocen. Sin embargo, hay sanciones económicas establecidas en el Código Nacional de Policía y Convivencia para aquellos usuarios que no separen en la fuente los residuos sólidos ni los depositen selectivamente en el lugar destinado para su recolección.
La implementación del código de colores en la ciudad está en desarrollo. Depende de la actualización del Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos -PGIRS -, mientras los usuarios se adaptan a la nueva separación en la fuente y la pedagogía continúe de forma correcta y constante.
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