Etiqueta: Memoria

  • La novela de la ventana

    Un relato corto a partir del ejercicio de observar y entender.

     

    Hago lo que hago porque me gusta. Hago lo que hago para saciar una curiosidad monstruosa. Y hago lo que hago para tratar de entender”. Leila Guerriero.

     

     

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    La vida se mira por la ventana de una finca. Los perezosos pastos solo se mueven cuando los golpea el viento. Las palomas son las cantantes que despiertan al sol. Las gallinas actúan de comadres que solo hablan cuando ponen un huevo y están a punto de tirarse del nido. El gato es el vigilante, aunque durante el día se duerme. La quebrada es la mejor atleta, nunca se detiene y siempre llega a la meta. Los orgullosos patos estiran el pescuezo y miran con cierto asco. A las antisociales vacas solo les interesa comer y luego se encierran. Los cerdos son los que amenizan las parrandas, sin importar que a veces desafinen. El perro es el periodista que tiene información del patrón, pero cuando muerde la mano se queda sin comer. El que vive en la casa tiene un tapabocas, tose sin fuerza y se toca la garganta. Abre la ventana y se queda entretenido en la novela mientras muere lentamente.

     

     

    ^^ En el campo la vida está rodeada de metáforas. Foto: Contexto.

     

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    Relato elaborado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.

     

     

     

     

  • Relatos de la perplejidad

    Una descripción emotiva de los días: sentimientos, recuerdos y pensamientos para afrontar el encierro.

     

    Foto: Freepik. Lic. Creative Commons.

     

     

    “Escribo por perplejidad. Tengo serias limitaciones para entender al ser humano y mediante la escritura las intento mitigar”, FERNANDO ROYUELA.

     

    25/03/2020

    A veces no me lo creo. Recuerdo la vez en la que nos robaron el carro justo frente a la puerta de mi casa. Yo estaba dormido y para cuando me desperté ya se habían ido. Entramos a la casa y me senté en la sala, ahí comencé a entender lo que había sucedido.

    Siento que, en este momento, apenas estoy abriendo la puerta.

     

    29/03/2020

    ¿Qué sentirá la gente que está sola? Quisiera poder estar con tantas personas cuya única compañía residía en las calles con sus vecinos, tenderos, conocidos. Llegar a sus casas significaba poderse preparar para el siguiente día de vida en sociedad, en la calle, donde todo pasa y todo se aprende. Ahora es la preparación más larga que hayan conocido.

     

    2/04/2020

    Esto es real. Está sucediendo. El mundo entero se detuvo y parece que los segundos durarán más de ahora en adelante. Hablo con mis conocidos, los que están en la ciudad me cuentan que es desesperante y puedo imaginarlo. Cuatro paredes con forma de apartamento deben haber comenzado a tomar forma de cárcel.

     

    Ahora resta un extraño sentimiento de culpa. Yo estoy en el campo, acá puedo ir a bañarme en el río, caminar por la carretera, plantar y muchas otras cosas. Ahora me siento sucio. No es agradable poder hacer, cuando sé que hay tantas familias en la ciudad que están pasando hambre porque viven de lo que logran producir diariamente, en la calle. Ahora no hay ni calle ni diario.

     

    Es la culpa del privilegio y sé que las donaciones, aunque ayuden, no son la solución, sólo luchan contra los síntomas, pero no acaban con la enfermedad. Desigualdad. Desigualdad que grita. Le grita en la cara a todos, mientras el hambre se frota las manos.

     

    10/04/2020

    Esta Semana Santa he sentido una mezcla entre impotencia y desánimo. Es el tiempo de descanso, pero la virtualidad ha vuelto todo muchísimo más lento, en especial para las personas que no tienen mucha voluntad, como yo.

     

    Ahora los deberes se vuelven una capa permanente que se pega a cada actividad del día. Siempre hay algo por hacer. Tareas, tareas, tareas. La sensación de impotencia llega cuando veo el atardecer, el río a 10 metros. Está ahí, el mundo está ahí y yo no puedo ir a recorrerlo por tener que obtener un desgraciado cartón. No nací para la academia, pero no estudiar era impensable para los que quieren lo mejor para mí. Lo entiendo, sin un título es casi imposible que me contraten. Pero ¿qué más puedo pensar cuando he tenido que evitar a toda costa las expediciones monte adentro por tener que terminar una investigación que también sé que hago sólo para graduarme?

     

    A veces quisiera dejarlo todo, en especial en momentos como este en los que el disfrute y la vida están tan cerca, pero tan lejos. El conocimiento no debe entrar así. Lo peor de todo es que me enseñaron a que sentirme así era ser perezoso o un bueno para nada. Un juego perfectamente elaborado, en el que te castigan también por no querer jugar.

     

    14/04/2020

     

    Los días empiezan a cualquier hora

    Las noches ya no tienen ritual para irse a dormir

    No se ponen la pijama

    No se cepillan los dientes

    Sólo hay que hacer tareas

    Y desayunar, para hacer más tareas

    No es calma

    Es letargo.

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

     

     

     

     

  • Sentimientos en cuarentena

    Recordar, ver fotografías, jugar dominó y hacer una torta son formas de mostrar los sentimientos y lo humano en medio de la cuarentena. Los intentos de darle toques distintos a la rutina, abren camino a las reflexiones. Un padre de espíritu silente es el eje de esta ruta.

     

    Click en la imagen para ver el documental en Youtube.

     

     

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    Trabajo realizado en el curso Realización documental, orientado por la profesora Ana María López.

     

     

     

  • AISLAMIENTO PENSANTE

    Once y dos minutos de la mañana. Hace una hora que me desperté y durante ese tiempo solo he estado en mi cama pensando qué libro leer mientras miro hacia el techo blanco que tengo sobre mí. Dejo que la imaginación me lleve a cualquier rincón de mis pensamientos. Una gran casa en medio de un terreno verde y lleno de flores de tantos colores, una alberca de unos diez metros cuadrados con el agua tan cristalina que puedo ver sus azulejos e identificar su patrón. Dos esculturas algo abstractas en toda la entrada de la lujosa construcción y unos ventanales que hacen de muros a su alrededor. Eso es lo que veo mientras observo la plana pared.

     

    El encierro necesita también sus refugios. Foto: Alcaldía de Medellín

     

    Luego…

     

    “Procure quedarse en casa, solo salga de ser completamente necesario, no exponga su salud y cuide a sus familiares. Recuerde que hay unos días estipulados para poder salir y siempre lleve su documento de identidad. Recuerde también que tiene veinte minutos al día para sacar a pasear su mascota”, y bla, bla, bla…

     

    La imagen de mi mente es reemplazada por palabras y más palabras. Las mismas que mi mente conoce bien. Y cómo no saberlo si son dichas todos los días a las mismas tres horas: once de la mañana, cuatro de la tarde y ocho de la noche. La verdad es que estoy considerando que son lo más cercano a una conferencia que tendré por un tiempo. Una conferencia muy aburrida. Y es que el recordatorio tan constante hace que se graben hasta los pequeños detalles. Qué débil es mi mente, pienso, o qué tan normal era y no me había percatado.

     

    De cualquier forma, no lo puedo evitar. Cada persona de Medellín estamos atrapadas en nuestro propio encierro, amarrados a nuestras casas y condenados “temporalmente” a nuestra propia compañía. Pienso en mi abuelita, que vive a siete cuadras, y estaba acostumbrada a mantenerse en la calle con sus amigas vecinas. Los adolescentes con sus insaciables ganas de salir de rumba o a cine, o a comer. Las personas que todos los días se levantan temprano de su cama para dedicarle como mínimo una hora para caminar, trotar o hacer ejercicio al aire libre. Todos estamos encerrados.

     

    Desde pequeño, a mi mente siempre han llegado ideas de cómo puede ser el final de la vida humana. Ideas se sumaban a las de otros, a los finales de las películas y de los libros. ¿Por qué pensaba ese tipo de cosas? ¿Qué tanta importancia le daba a lo que conocía como para centrarme en pensamientos así? Ese es uno de los muchos dilemas de la vida de Alejandro Múnera Gallego, de mi vida, aburrida, normal y mundana.

     

    El final siempre encuentra la manera de presentarse en nuestra mente. Cada situación por la que pasamos es una nueva oportunidad para crear un posible fin.

     

    El final está presente desde que nacemos hasta que morimos, esto en sí mismo es un ejemplo. Me doy cuenta de ello mientras organizo la ropa de mi armario de tonos claros a oscuros. Supongo que es una posible explicación de por qué pensamos en ello cotidianamente. Todo tiene inicio y un final: cada hora, minuto, palabra, actividad realizada, película vista, libro leído, el simple abrir y cerrar de ojos, cada acción que ejercemos por más demorada que sea.

     

    Este confinamiento me hace pensar que la muerte por aburrimiento puede ser posible. Es una enfermedad que nunca habría pasado por mi mente y a la que el encierro le da origen por ser mi realidad y la del mundo.

     

    Esto se lo debemos a la muy mencionada enfermedad Covid-19, de la que hubo noticias primero a finales de 2019 en Wuhan (China), como lo informó la Organización Mundial de la Salud con sus reportes de cuadros graves que iniciaban con fiebre, cansancio, tos seca y, en algunos pacientes, congestión nasal, dolor de garganta o diarrea.

     

    Después se supo que la enfermedad se contrae por simple contacto físico con una persona infectada, luego que tiene un índice de mortalidad muy bajo, comparado con enfermedades como la tuberculosis, el VIH/SIDA, el cáncer, entre otras. Mas su fácil propagación y la ausencia de una vacuna contra ella, han desestabilizado el orden económico, político, religioso y sociocultural. Algo así no se veía desde 1919 con la gripe española, enfermedad que fue causada por una bacteria y que forzó situaciones similares a la de hoy.

     

    Inusual para muchos, terrorífica para otros, un caos total para el modo de vida de la mayoría. El mundo se detuvo de repente: no más conciertos, conferencias, juegos olímpicos (que justo se celebraban este año en Tokio, Japón), no más desfiles de moda, estrenos de películas, viajes o excursiones a otros países. Unas cuantas actividades entre muchísimas más que no se darán en mucho tiempo. “Es más fácil hacer la lista de lo que se puede hacer en este momento”, me dijo una tía ayer mientras me enseñaba a hacer un postre por videollamada.

     

    Voy al estudio de mi padre e intento elegir uno de los muchos libros. Me concentro en la sección de historia donde hay unos que me recomendó, pero que no había visto personalmente. Paso mis dedos por encima de varios de ellos sin ninguna razón y sin leer sus títulos elijo dos: Una breve historia de casi todo, escrita por Bill Bryson y Momentos estelares de la humanidad, por Stefan Zweig. Ambos nombres son llamativos para mí, me siento en el sillón del escritorio y leo la sinopsis de uno de ellos… Antes de seguir con la segunda, me distraigo.

     

    Noto cómo al otro lado de la puerta veo a mi gato sigiloso dirigirse a la sala. Posiblemente motivado por el hambre, guiado por su olfato o simplemente porque sí. Me percato del silencio que me acompaña en este momento. Solo escucho el silbido del viento que recorre la habitación y choca con las paredes. Cierro los ojos y me concentro en su olor. Intento identificar algún aroma, lo que sea que rompa con la soledad que estoy comenzando a sentir. Deja a un lado lo que quiero pensar por lo que imagino, me da la sensación de estar soñando y me hace cuestionar algunos aspectos de mi vida que no estoy de humor para analizar.

     

    Concentrado en la idea de encontrar un olor me doy cuenta de que el aire se siente ligero y eso me hace pensar en la contaminación. Miro por la ventana, la vista de la ciudad desde un piso dieciocho no está nada mal. Puedo ver Itagüí, algunos sectores de Envigado y El Poblado.

     

    Veo todo nítidamente los tonos de la montaña, los edificios que están a una distancia considerable se logran captar con cierto grado de detalle y el cielo está de un color azul claro sin ninguna nube a su alrededor. Me encanta ver días así porque es alentador y tranquilizante. Algo muy positivo que ha traído esta crisis es la recuperación medioambiental.

     

    Nuevamente vuelvo a estar consciente de mi alrededor, estoy sentado en el sillón del estudio de mi padre con el libro “Momentos estelares de la humanidad” en la mano, abierto en la página donde inicia la sinopsis. Aquí mismo donde me centré en mi gato, el silencio, los olores y todo esto de la contaminación; es como si hubiera abandonado mi cuerpo y entrara a un mundo donde las ideas están ahí y solo llegan al azar. Me quedo unos minutos así, inmóvil, pensante, vacío.

     

    Ahora que lo medito, este constante proceso podría ser la descripción más cercana de lo que vivo un día tras otro durante este encierro. En el pasar de los días están presentes estos lapsos en los que mi subconsciente es el único lugar diferente a mi casa a donde puedo viajar.

     

    Crónica realizada en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López.

     

     

     

     

  • Yo, en cuarentena

    Añorar la espera en el paradero, la caminata hasta la tienda, la presión por llegar puntual a clase. En este relato personal en tono de cuenta regresiva. Historia y modos de vida durante el encierro.

     

    Video

    Este documental fue presentado en el curso Realización documental, orientado por la profesora Ana María López.

     

     

     

  • Postales desde el recogimiento

    Hechos cotidianos y pensamientos que se cruzan en la rutina del encierro de una joven periodista. Huellas de la pandemia en la vida de las personas a su alrededor.

    En una tarde veraniega como esta se conoció en Medellín la noticia del primer caso de Covid-19 en Colombia.

    Foto: Melissa Gómez.

     

    El comienzo del fin

    Ya estábamos informados y advertidos sobre su existencia, pero como todo en nuestro país, fue tomado como una broma. Risas iban y venían, memes, charlas constantes e incredulidad sobre el verdadero impacto que podría generar este minúsculo pero poderoso virus en los colombianos. Solo íbamos a entenderlo cuando tuviéramos que lidiar con él frente a frente.

    El 7 de marzo de 2020 todo transcurría común y corriente: las personas corrían a sus trabajos, no dormían lo suficiente, trabajaban de más, no quedaba tiempo para mirar el paisaje, ni hablar con el vecino; mirarse a los ojos había pasado de moda, también disfrutar de un atardecer, el tiempo no era suficiente; hasta que algo detuvo el reloj: todos los afanes y ocupaciones tomaron un segundo lugar. Las redes sociales, televisores, periódicos y radios anunciaban la tan esperada, pero aterradora noticia: “Se reportó el primer caso de COVID-19 en Colombia”. Desde ese día, todo empezó a ser diferente, las risas y burlas frente al virus comenzaron a convertirse en caras de preocupación a medida que pasaban los días, aquel pequeñín se apoderaba poco a poco de todos los rincones de Colombia y el mundo.

    Según la página web oficial de la Organización Mundial de la Salud (OMS) esta infección suele venir acompañada con fiebre y síntomas respiratorios (tos y disnea o dificultad para respirar). En los casos más graves, pueden causar neumonía, síndrome respiratorio agudo severo, insuficiencia renal, e incluso, la muerte. El virus resultó ser mucho más fuerte de lo que estaban esperando, la impaciencia y el miedo se apoderaron de las personas.

    Algunas de las recomendaciones comenzaron a circular desde la OMS y otras entidades como el Ministerio de Salud y Protección Social para no propagar la infección: la buena higiene de manos y respiratoria (cubrirse la boca y la nariz al toser y estornudar). Asimismo, evitar el contacto estrecho con cualquier persona que presente signos de afección respiratoria, como tos o estornudos. Admito que pensé más de una vez que estaba contagiada, pues no sabía si los estornudos se debían a mis constantes alergias por el polvo y las lanas o si el COVID-19 estaba haciendo estragos en mi sistema inmunológico. Mi familia comenzaba a mirarme como un bicho raro.

    Pasaban las horas y fueron aumentando rápidamente los contagiados y muertos a causa del COVID-19 y con esto las restricciones del Gobierno Colombiano frente a su población: cierre de fronteras marítimas, fluviales, áreas, terrestres y cualquier tipo de conexión física con el exterior, aislamiento obligatorio, cierre de universidades, colegios y entidades importantes, pico y cédula para evitar aglomeración de personas y aún más contagios. Todo tipo de medidas fueron tomadas por parte de las figuras de poder del país y comenzó a reinar el caos en las cabezas, los miedos a los que muchos temían enfrentarse un día tomaron forma y salieron de sus escondites, soledad, incertidumbre, ansiedad, depresión, quietud, hambre, desigualdad y la madre de todos los miedos, la muerte.

    Las calles comenzaron a verse más solas al pasar de los días, el silencio que siempre había anhelado escuchar al fin ocurrió, pero en unas circunstancias que jamás hubiera deseado. No había carros, ni motos, no había gritos en las calles, solo el sonido del balanceo de los árboles con el viento y los pájaros revoloteando por todos lados, demostrándonos que son ellos los verdaderos dueños de este espacio. La naturaleza por fin fue liberada de nosotros y nuestro bullicio constante. La vida, el destino, el karma o tal vez Dios nos pusieron un pare a todos los seres humanos, un pare para enseñarnos que no somos tan poderosos e invencibles como creemos.

     

    Día número “no sé qué” de cuarentena

     

    ​“¿Ya se lavó las manos?”, esos fueron los buenos días, buenas tardes y buenas noches de mi madre durante todos los días de cuarentena que llevábamos. Graciosamente fueron más duros los primeros días en cuanto a la relación con mi familia y el encierro. Con el pasar de los días ya no había peleas ni gritos, mi mamá seguía regañando, pero en una intensidad mucho menor; y mi hermano, de tan solo 15 años, con los andrógenos en pleno despertar y pasando por la etapa de la “aborrescencia”, empezaba a adaptarse a esta nueva realidad. Todos estábamos más tranquilos, en calma, respetuosos, aprendiendo a conocernos y a convivir, un privilegio que no muchas familias tienen.

     

    << La ventana y el balcón han sido el único espacio de contacto con la realidad. Foto: Melissa Gómez Vanegas.

     

    Daniela, una de mis mejores amigas, vive sola aquí en Medellín con su hermana mayor, hace más de 2 años. Su madre, Adriana Zapata, se fue en busca de mejores oportunidades a Estados Unidos. Adriana reside en la ciudad de Orlando, en el estado de Florida, no es indocumentada, entró al país con una visa adjudicada por la embajada de Estados Unidos solicitada en Bogotá. Esto le permite identificarse cuando le piden algún documento y tener muchos más beneficios que aquellos que no tienen pasaporte, como por ejemplo acceder a salud, abrir cuentas en bancos o rentar cuartos. Eso sí: no puede recibir ningún servicio del país, pues su único pecado es que entró al mismo con la excusa de ser turista, pero se quedó a cumplir el sueño americano.

     

    Me tomé el atrevimiento de preguntarle cómo estaba, que tal la estaba pasando con esta situación catastrófica que pintaban los medios de comunicación con el coronavirus. Me respondió con toda la tranquilidad del caso a través de una nota de voz por WhatsApp: “Mija, no es cierto todo lo que andan diciendo los medios de comunicación y algunas personas por ahí, aquí no dejan morir a nadie. De hecho, hay servicios de hospitales que atienden a personas indocumentadas y en mi condición y no tienen que pagar de inmediato, después de ser atendido, medicado y enviado a su casa la cuenta llega a su dirección con facilidades de pago. Acá no dejan morir a nadie, independiente de que no tenga seguro o dinero”. Me dio muchísimo alivio escuchar eso, pero me llené de muchas más dudas.

     

    Ella, como si me leyera la mente comenzó a responder una por una mis inquietudes, me comentó que seguía trabajando común y corriente, pero teniendo los cuidados necesarios, cubriéndose con tapabocas y guantes a donde saliera. Y como no tiene carro propio, tiene que tomar el transporte público, pero todo allí es muy organizado: un asiento ocupado y el siguiente no, uno ocupado y el otro no, al igual que la cabina del conductor, que está completamente aislada y sellada para evitar contagios. Además de todo esto, el gobierno decretó transporte público gratuito hasta el mes de junio. Este testimonio me abrió un panorama completamente diferente al que me habían creado.

     

    Al parecer, la vida de Adriana no marcha tan mal hasta el momento, pues en reiteradas ocasiones me aclaró: “No le tengo miedo al coronavirus, pero lo respeto. Solo espero poder seguir con salud para aportarles a mis hijas económicamente y volver a verlas en un futuro no muy lejano”.

     

    La vida y la muerte en una misma realidad

    Hace poco, el compartir con nuestros seres queridos era algo usual o por lo menos lo era para mí. En mi familia somos muy unidos y vivimos todos en el mismo conjunto residencial, lo que hace usual compartir un algo, una visita o reunirnos para cantar los cumpleaños. Hace poco cumplió años la esposa de uno de mis tíos, todos nos conectamos por videollamada a la hora usual en la que solíamos cantar todos los cumpleaños, siete de la noche. Cantamos con la misma alegría de siempre el “cumpleaños feliz”, pero esta vez sin torta y sin abrazos; fue nostálgico ver cómo simulaban abrazos a través de la pantalla y saber que estábamos tan cerca pero tan lejos, separados por apenas algunos muros y pisos de distancia. Por fortuna, nosotros estábamos celebrando la vida, así fuera de esa manera tan distante, a diferencia de otros a quienes les ha tocado enfrentar la muerte de un ser querido en este aislamiento obligatorio.

     

    Este, por desgracia, fue el caso de una de mis compañeras de grupo de la Universidad. María Alejandra Espitia, quien en una de las clases virtuales expresó lo triste que se estaba sintiendo por la pérdida de su tío abuelo, el que más quería. Después de clase, sentí la necesidad de preguntarle qué había pasado y si estaba bien, pues hablar con alguien en un momento de tristeza puede ser útil. Me comentó que le decía por amor Juancho y sus amigos más cercanos lo llamaban El mago Fedor, pero su nombre real era Federico Martínez. Tenía aproximadamente 70 años y, por desgracia, había comenzado a sufrir de alzhéimer, pero fue mucho más astuto que la enfermedad, pues cargaba siempre con él una libreta donde tenía anotadas todas y cada una de las cosas verdaderamente importantes para él, entre ellas los nombres de sus familiares y sus características físicas.

     

    Don Federico se encontraba viviendo con una de sus hijas en Bogotá cuando el confinamiento comenzó, de un momento a otro empezó a bajarle la presión, por lo que tuvieron que llevarlo al hospital y allí de inmediato lo dejaron en la Unidad de Cuidados Intensivos. Estuvo dos días con la presión muy baja, “parecía como si una vela se estuviera apagando de a pocos. Al final, murió tranquililito”, me contó María Alejandra.

     

    Para su desgracia, todos sus familiares viven en diferentes lugares del país y debido a las circunstancias, ninguno pudo tomar un avión y dirigirse a despedirse como lo deseaban. “Una de las cosas que más me rompió el corazón, fue que su hija logró grabar un video de su ataúd solito. La iglesia estaba completamente sola, solo estaba ella, fueron imágenes muy fuertes para toda la familia”, esas palabras me hicieron sentir temor.

     

    Al parecer, el calvario no acababa allí puesto que además no había cupos en los cementerios hasta junio o julio, lo que los obligó a cremar el cuerpo de Juancho. Él nunca quiso ser cremado y lo expresó reiteradamente a su familia, pero las circunstancias no le permitieron cumplir su último deseo.

     

    Los rituales fúnebres han cambiado drásticamente. Nada de salas de velación, nada del último adiós, nada de despedir al ser querido. Afrontar una pérdida en tiempos de aislamiento debe ser algo completamente diferente y aún más doloroso, porque lo primordial en el momento es prevalecer la salud de los que están vivos y evitar contagiar a más personas. María mencionó por último: “como familia no hemos podido tener ese espacio para llorar, reír y hacer memoria de él, todavía es difícil entender que murió”.

     

    Aislamiento = Recogimiento

    ​Todos estos cambios en nuestros hábitos, rutinas y costumbres han causado cuestionamientos y reflexión sobre lo que hemos estado haciendo bien y mal al pasar de los años, sobre lo poco que hemos valorado a quienes nos rodean y lo que nos rodea. Lo mucho que hemos dejado de lado el sorprendernos con la sencillez y lo que todos los días nos brinda la vida: una flor, un atardecer, la sonrisa de un niño, el canto de los pájaros, las caricias del viento, un instante con nuestras familias. Intercambiamos lo que nos hacía sentir vivos por una esclavitud constante con el consumismo y materialismo, una competencia infinita con el otro por el que más tiene o pretende vivir mejor.

     

    “ (…) No las cosas excepcionales, sino lo infinitamente pequeño y sutil: no el movimiento, sino el descanso que hay en el movimiento, porque cuando las observamos calmadamente, todas las cosas obtienen plenitud (…) ” , Luis Racionero.

    Opté por llamar este encierro recogimiento. La perspectiva del mundo cambia al poder tener acceso a lo que realmente necesitamos, nos encontramos con nosotros mismos, muchas cosas vanas dejan de importar y al tener tanto tiempo de sobra ,comenzamos a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Aquella ropa cara, carros lujosos, cadenas, lociones, zapatos y demás objetos, dejaron de ser una catapulta imaginaria para todos aquellos que se creían mejores que los demás solo por poseerlos, porque encerrados en casa no tienen a quien presumírselos. Es allí cuando la pregunta ganadora invade las mentes: “¿Qué más tengo para aportar que mis bienes materiales?”. Ahí también empiezan a cobrar valor las verdaderas amistades, la familia, la solidaridad, el buen trato y sobre todo, la labor de todas aquellas personas que fueron mucho tiempo insignificantes para la sociedad y ahora son los héroes del país por arriesgar sus vidas ejecutado su oficio: personal de limpieza, domiciliarios, campesinos, vigilantes, conductores de transporte público, policías, militares, medios de comunicación y muchos más.

    Lastimosamente no todo es reflexión y aprendizaje para las personas de nuestro país, pues en realidad no todos tienen la misma rentabilidad económica para subsistir en cuarentena. De hecho más del 46% de la población colombiana vive del empleo informal, según el Dane. Es decir, aproximadamente 23 millones 632 mil personas no tienen certeza sobre cómo subsistir durante esta cuarentena, algo realmente preocupante. Durante una entrevista realizada vía Instagram el 4 de abril, Angélica Lozano, Senadora del partido Alianza Verde, dijo: “esta cuarentena nos muestra la desigualdad absoluta en nuestro país y la importancia de reinventar nuestras formas desde lo social, lo económico, lo ambiental y lo humano”.

    Se siente alivio pero al tiempo impotencia saber que nuestras familias son privilegiadas al continuar trabajando en casa, virtualmente, pero puede haber vecinos que tal vez estén pasando una mala situación ya que no contaron con la misma suerte y que existen millones de personas en Colombia que están aguantando hambre en este momento. Nos encontramos en una encrucijada.

     

    Imagino que la pregunta común es: ¿Salgo a trabajar para comer y corro el riesgo de infectarme o me quedo en casa sin ingresos y muero de hambre? Con dolor en el alma, la verdad es que, al fin y al cabo, cualquiera de las dos opciones llevarían al mismo fin.

     

    “El mundo como lo conocemos después de esta tragedia no será igual”, repite constantemente mi madre en tono de aviso. “Hay que comenzar a adaptarse a lo que viene”, reitera. Solo espero que así sea, que todo haya que volver a reinventarlo y por fin hacer las cosas correctamente. Con humildad, amor, solidaridad, perdón y sobre todo respeto por la madre naturaleza.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López. Este y otros textos se encuentran en el blog de la autora.

     

     

     

     

     

  • Diario de una cuarentena

    Una serie de relatos cortos sobre preguntas, dilemas y sensaciones de juventud. Transformaciones y reflexiones que suscita el encierro.

     

     

     

    «Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas ». MARÍA ZAMBRANO.


     

     

    Me preocupa no poder caminar en la calle mientras escucho música. Me preocupa perderme los estrenos cinematográficos. Me preocupa no estar en mi clase favorita. Me preocupan los niños que no pueden salir a jugar. Me preocupa no poder con la universidad virtual. Me preocupa que la ansiedad se apodere de mí nuevamente. Me preocupa la pesadez de los días en casa. Me preocupa tener que hablar todos los días con mis padres. Me preocupa estar sola con mis pensamientos. Me preocupa la incapacidad de escribir. Me preocupan las mujeres encerradas con sus agresores. Me preocupa el color rojo en las fachadas de las casas de mi barrio y de mi país. Me preocupan los políticos que no se preocupan por su gente. Me preocupa que los besos y abrazos sean peligrosos. Me preocupa olvidarme de la forma de sus labios. Me preocupa que ya no te preocupes por mí. Me preocupa la posibilidad de morir, pero me preocupa más vivir. Me preocupa que todo me deje de preocupar.


     

    Me da miedo despertar y tener que adivinar cuál será el ánimo que gobernará mis labios, mi ropa, mis respuestas, mi apetito. Por más optimista que soy, nunca acierto, el azar se mofa de mí con cada desdicha del desatino que es este mal vivir.

     

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    Amanece y no quiero convivir conmigo en las mañanas agónicas de otro día más y obligarme a dejar la cama para enfrentarme a la virtualidad que impuso en mi vida una rutina que me sumergió en un bucle de agotamiento y desesperanza. Atardece y tampoco quiero soportar las tardes de perpetua nostalgia en las que recuerdo cuando vos y yo escuchábamos la música que tanto te gustaba y ahora la escucho en las noches hasta quedarme dormida, en la amargura de mi habitación, porque solo así te siento más cerca.

     

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    Te dediqué ese hermoso fragmento del cuento de Elena Poniatowska que leí como una tiranía de la academia, pero que releí con ahínco porque contenía todo lo que quise decirte, sin saberlo, la primera vez que te vi: Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana, y que siempre, en una cadena ininterrumpida de días, podré mirarte, lentamente, aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. No dijiste más que lo suficiente. Tampoco esperaba una respuesta. La respuesta la obtuve en el mismo cuento: “A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor”.

     

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    Vivo en las carcajadas de mis amigas cuando no podíamos parar de reír. Vivo en los nervios que me crispaban los manos cuando tocaba a tu puerta. Vivo en la desesperación que me causaba el embotellamiento de la ciudad y los semáforos inacabables. Vivo en la mirada acusadora de mi madre cuando llegaba a casa dando tumbos por el alcohol. Vivo en la reportería que me hacía sentir que tenía una doble vida. Vivo en el sexo de media noche y los abrazos de buenos días. Vivo en las lágrimas consoladas por mi mejor amiga y las tardes de caminatas. En fin, vivo en pasado.

     

     

    Sublimación

     

    La primera calada es, a mi modo de ver, un indulto para el cuerpo; por eso es la que más me gusta. No sé exactamente cuánto tiempo pasó desde el último cigarrillo hasta hoy, que obtuve la calada, pero no el indulto que suele liberarme del estrés.

     

    No recuerdo bien la hora, pero recuerdo la lluvia que se esforzaba por apagar el cigarrillo y el frío lo combatía con una calada tras otra. Mientras el fuego consumía el tabaco, pensé que son esos pequeños placeres no permitidos por los que el encierro se hace más estridente. También pensé que, ese en específico, debo hacerlo cobijada por la penumbra de la madrugada; porque lo que para mí es un placer, para mi madre es un vicio que esclaviza.

     

     

    Alambique

     

    Hoy me siento llena de recuerdos, son tantos, tontos y tan vastos que no me caben y me duelen en el cuerpo. Hallaron la manera de brotar en sal marina y escaparon de mi garganta en quejidos lastimeros que despertaron compasión en las miradas furtivas de mi madre. No los odio, por el contrario, me aferro a ellos porque son lo único que me queda de vos y es allí donde quiero hallarte: en las memorias de los días felices de la absurda tranquilidad que me ofreció tu muda voz y la bondad de tu sencillez. Pero son tantos, tontos y tan vastos los recuerdos que no sé dónde ponerlos para que no duelan más.

     

    —-

     

    “No estoy para esto”, me dijiste… Yo ya no puedo seguir escribiendo.

     

    Diario de una cuarentena, es una creación elaborada en el curso Periodismo y literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

     

     

     

     

  • Años en cuarentena

    Lloré, me reí, volví y lloré y me volví a reír. Regué con agua casi todas las plantas de mi casa, conté ocho suculentas, pero repetí la cuenta y me faltaron dos, porque eran diez las materas que había en mi patio. Lavé casi todas las cucharas con las que comí durante años y nunca me percaté de que unas estaban más torcidas que las otras. En las noches, me desvelé. Durante las mañanas y las tardes, dormí como nunca lo había hecho, así fueron tan solo los primeros días del encierro.

     

     

     

    << La soledad de la cuarentena en El Retiro.

    Foto: Mateo Flórez Bedoya.

     

    [endif]–Cada persona vivía una vida de manera diferente, no dependíamos de la pandemia para hacer las cosas del día a día, para poder ver a las personas, a los seres queridos y a los que no eran tan queridos, porque como dicen: “Pueblo pequeño, infierno grande.” Antes caminaba a la iglesia, al banco, al parque o a cualquier lugar con toda la libertad, sin restricciones gubernamentales ni de salubridad, hasta que fue imposible. El Retiro no presentaba ningún caso de COVID-19 el siete de marzo, pero las tiendas de ropa, las papelerías, los gimnasios y la mayoría de los locales ya estaban cerrados sin haberse decretado la cuarentena obligatoria. Los únicos establecimientos que estaban abiertos eran los supermercados: D1, Caribe, el Éxito Express y algunas tiendas de barrio… Los comerciantes del parque principal, aquellos que vendían comida rápida y el resto de los negocios del pueblo tuvieron que cerrar, por seguridad y por obligación.

     

    ***

    Camila Camargo cumplió 21 años el 17 de marzo. Días antes, Federico, su novio, ya le había planeado una fiesta sorpresa y, aunque la relación no era muy buena con los amigos de la novia, él tomó la iniciativa de escribirles por WhatsApp, la mayoría de ellos le quedaron de confirmar. La cuota era de 70 mil pesos, cubría los gastos de la finca en Fizebad, el alcohol de la fiesta y la comida durante los dos días de estadía, pues estaba planeada del viernes 20 de marzo al sábado 21. El cumpleaños nunca se dio y no precisamente por la falta de presupuesto, ni por la ausencia de invitados, ni mucho menos por falta de ánimos; la razón, fue la contingencia. La Alcaldía del pueblo cerró las vías terrestres ese fin de semana; lo que afectó la celebración de Camila, el festín se redujo a una copa de vino en su casa mientras entonó la típica canción de happy birthday, recibió varios mensajes de felicitaciones por sus redes sociales y junto a su mamá y a sus dos hermanos mellizos, celebró ser legalmente mayor en todo el mundo.

     

    —–

    “El domingo 29 de marzo teníamos un año más de vida, mientras que diez personas en Colombia habían muerto por coronavirus.”

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    Al domingo 22 de marzo, 235 casos fueron confirmados en el país. A través de Facebook, la Alcaldía de El Retiro publicó un informe en el que la Dirección de Salud comunicó que había 37 casos sospechosos de coronavirus, 3 casos probables, un caso descartado y cero casos confirmados; lo que alertó a las personas al ser un pueblo tan pequeño. En ese momento, la ansiedad y el desespero se apoderaron de mí. Hacía tiempo me había dejado de comer las uñas, pero ese día me las devoré todas, no dejé ni sobras; incluso del dedo anular de la mano derecha, me salió un poco de sangre de lo cortica que dejé la uña o bueno, lo que quedó de ella.

     

    Yo sabía lo que podía causar una gripe, pues fui testigo de cómo el H1N1 le quitó la vida a mi papá hace cinco años y cómo más de 17.000 personas en Colombia fallecieron cotagiadas. La angustia volvió a apoderase de la vida de mis seres queridos y de la mía. Yo supe que ambas enfermedades tenían algo en común y eran los animales, aunque sonaba raro, el H1N1 se dio como una gripe porcina (cerdos) y en un comienzo se dijo que la COVID-19 surgió supuestamente a causa del murciélago, pero en ese momento no me cuestionaba por su origen sino más bien por el impacto y lo que estaba ocasionando en las personas.

     

    En esos días me encontraba un poco indispuesto, tenía carraspera, algunas veces me daba dolor de cabeza y malestar general, obviamente temía tener la enfermedad. Sin embargo, sabía que no había tenido contacto con algún extranjero en las últimas semanas, ni había salido del país, pero mi inconsciente me traicionó. Había momentos de mucha duda por las noticias que mostraban los medios, por lo que leía en Instagram y eso jugó en mi contra. Fue tanto el miedo que el 20 de marzo llamé a el hospital San Juan de Dios para saber si me podían a hacer la prueba, me contestó una chica muy formal y me preguntó por los síntomas que presentaba, yo de inmediato le dije lo que sentía, pero ella me respondió: “Los síntomas que presentas es de una gripe normal, no te preocupes y recuerda quedarte en casa”, esas palabras me tranquilizaron y al pasar los días no presentaba ningún malestar.

     

    ***

     

    No tardó en llegar el coronavirus al pueblo. El 23 de marzo, una persona ya estaba contagiada, todos los guarceños especularon, se preocuparon. Empezaron a buscar al enfermo y en menos de lo que canta un gallo, ya había posibles candidatos, personas que llegaron de Europa en los últimos meses o que hubiesen tenido algún contacto con un extranjero, ese era el perfil de un supuesto portador de COVID-19. Dentro del listado estaba Valeria Villegas, una joven de unos 25 años, quien visitó España los dos primeros meses del año y regresó al pueblo a principios de marzo. Por ese motivo, las personas la postularon como la principal sospechosa y puede que sí haya sido cierto, pero nunca hubo nadie que saliera a confirmar el nombre de la persona contagiada, ni el alcalde, ni el encargado de la Dirección de Salud, absolutamente nadie. Siempre fue una incógnita y, aunque algunas personas se lo preguntaron a aquella chica, ella lo negó, nunca supe si fue por temor a ser juzgada o porque en realidad no estaba enferma.

     

    Con el pasar los días, se acercó la fecha de mi cumpleaños. La verdad no estuve tan ansioso como lo estaba en 2019, cuando cumplí 18, no sé si fue el hecho de convertirme en mayor de edad lo que me animó a salir a comer con mis amigos el año pasado o haber salido a la calle. Pero mis 19 no fueron así, sabía por lo que estaba pasando y entendía que no solo era yo, sino literalmente el resto del mundo. Tenía claro lo que estaba ocurriendo con la epidemia y en realidad, fue un cumpleaños muy diferente no solo para mí sino también para Olimpa Gómez, la mamá de una amiga del colegio y para Manuela Bedoya, la novia de una amiga de la universidad porque los tres cumplimos diferentes edades pero el mismo día. El domingo 29 de marzo teníamos un año más de vida, mientras que diez personas en Colombia habían muerto por coronavirus.

     

    Mientras ese día la cifra de contagiados aumentó a más de 700 personas, yo me desperté a las doce del mediodía, pues trasnoché hasta la madrugada. Mientras miles de personas recibían las condolencias, yo recibí mensajes de felicitaciones por mi cumpleaños, quizás ese día no me partieron la torta como en los años anteriores, ni mis amigos me cantaron el cumpleaños, ni salí de fiesta a una discoteca, pero al menos tenía salud y estaba en casa con Olivia, mi mamá, eso fue lo único que deseé en ese momento. En el transcurso del día no hice mucho, estuve acostado con Olivia, vimos películas y leímos los mensajes que recibí. Dentro de todos había uno que no esperaba, fue el primero que me llegó, nunca pensé que esa persona me fuera a escribir, pero con eso tuve para estar feliz hasta la noche.

     

    A las 10 de la noche, una de mis mejores amigas me llamó desde Nueva York para felicitarme por el cumpleaños, después de hablar y de reírnos, le pregunté a Valentina cómo estaban las cosas por allá. Ella me comentó que un amigo de su prima, que tenía 24 años, había muerto por COVID-19, me dijo: “Él empezó con una gripe muy leve, cuando fue al hospital lo mandaron para la casa porque supuestamente no era nada. A los días no era capaz de respirar, así que llamó de nuevo a urgencias, al rato una ambulancia fue por él y al llegar a la clínica fue empeorando. Lo conectaron a una máquina que le proporcionaba oxígeno y a los dos días murió, las cosas por acá están muy graves, a las personas las dejan morir como si nada”. En ese momento me preocupé, pues ella seguía trabajando en el supermercado y sus necesidades la obligaron a continuar, así fuera una migrante documentada.

     

    Después de despedirnos y de pedirle que se cuidara, la angustia y la impotencia volvieron, porque lo único que podía y debía hacer era quedarme en casa. Antes de que llegara esta situación, en algunos momentos de mi vida sentí que tuve limitaciones, me sentí incapaz de hacer cosas, pero fue algo momentáneo, con el tiempo se me pasaba. Sin embargo, en ese instante la incertidumbre continuó, no dejé de pensar en si se podrían complicar más las cosas, si mi familia y mi futuro se verían afectados, en ese momento se me había olvidado vivir el ahora y, por ende, de mi cumpleaños.

     

    ***

     

    Los días fueron pasando y yo fui asimilando todo, estar en la casa se convirtió en un hábito, llevaba tres semanas sin salir a la calle, lo más cercano que tenía era el balcón. La mayoría del tiempo, las puertas de las casas de los vecinos del barrio ─El Plan─ se encontraban cerradas, una que otra ventana la abrían y ni un solo niño jugó en el parque infantil. Solo se escuchaban las sirenas del carro de la policía cada cuatro horas cuando hacían la ronda de vigilancia, se veían más los perros sin dueño en la calle buscando comida, que las personas fuera de sus hogares. El Retiro normalmente era un pueblo frío, pero en esos días lo sentí más que nunca. En mi casa me tenía que poner un buzo y a la hora de dormir me abrigaba con seis o siete cobijas. Aunque era prohibido salir y más de noche, algunas veces Rubén Giraldo, panadero del pueblo, pasaba por mi casa a las seis de la tarde, ofreciendo, de puerta en puerta, churros con arequipe a 2.300 pesos, para poder sobrevivir.

     

    ***

     

    El primero de abril, el Ministerio de Salud dio la cifra de muertes por coronavirus, que había ascendido a 17 personas. Ese mismo día, hace 27 años, nació Sarai Salazar en el hospital de El Retiro. Durante sus años de vida nunca le ocurrió una situación parecida o similar a la que tuvo que enfrentar esos últimos meses, su situación económica en ese momento era pésima, la nueva década no le había traído casi nada positivo, quedó desempleada y sin opciones de trabajo, su cumpleaños le tocó pasarlo sin varias cosas: sin la compañía de su esposo, porque se encontraba cuidando de sus suegros en Medellín; sin la compañía del resto de su familia, sus padres y su hermano, ya que estaban lejos de ella.

     

    Aunque estudió Psicología, la cuarentena también influyó en sus emociones, en la manera en la que veía el mundo y en su vida en general. Antes lo tenía todo y contaba con todos, en ese instante no tenía nada, pasó de celebrar su cumpleaños en grande a no tener dinero para comprar una torta o un buen mercado. Años atrás, cantaba su cumpleaños con sus amigos y sus seres queridos, pero esas 27 vueltas al sol las cantó sola en su casa. El COVID-19 influyó en la vida de todas las personas, pero lo que menos pensó es que haber dicho: “Año nuevo, vida nueva”, se había convertido en una pesadilla.

     

    Retreta en El Retiro, cuanto el ritmo de los años era otro. Foto: Mateo Flórez Bedoya.

     

    Crónica realizada por Mateo Flórez Bedoya en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López.

     

     

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  • Chequeo en Contexto: el conflicto armado y el gremio ganadero

    Un chequeo a varias afirmaciones hechas durante la presentación de un informe preparado por el gremio ganadero sobre los impactos que le ha ocasionado el conflicto armado en Colombia, permite comprender las dimensiones del fenómeno y varios aspectos sociales e históricos de su desarrollo. Los detalles, en este chequeo hecho en Contexto.

     

    Dos volúmenes componen la investigación Acabar con el olvido, elaborada por Fedegan sobre la perspectiva de este gremio del conflicto armado. Foto: @Fedegan.

     

    Durante la última junta nacional de la Federación Colombiana de Ganaderos, celebrada el lunes 24 de febrero del 2020, se realizó una rueda de prensa en la que se anunció un posible convenio entre el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) y la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán). Además, desde el gremio se entregó el libro Acabar con el olvido a la institución que tiene como objetivo recuperar y conservar la memoria histórica del país. La publicación consigna más de 6.000 historias de ganaderos que fueron víctimas del conflicto armado.

     

    En el encuentro con medios estuvieron José Félix Lafaurie, presidente de Fedegán; María Fernanda Cabal, senadora de la República y ex presidenta de la Fundación Colombiana de Ganaderos (Fundagán); y Darío Acevedo, director del CNHM.

     

    En la rueda de prensa José Félix Lafaurie y Darío Acevedo aclararon dudas sobre la posible alianza entre las instituciones que lideran, precisando qué actividades podría implicar en el futuro. El presidente de Fedegán aprovechó la oportunidad para hacer, con datos y cifras, algunas anotaciones sobre temas como el conflicto armado, el estado actual de la ganadería en Colombia e instituciones como la Comisión de la Verdad (la transcripción se puede leer AQUí).

     

    Dada la necesidad de comprender el fenómeno de manera precisa, se sometieron a verificación varias de las afirmaciones:

     

    Relación entre cabezas de ganado y población colombiana

     

    “Colombia tenía un animal, o sea un bovino, por cada colombiano hasta la década del 60. A partir de allí, cuando se intensifica la acción violenta frente al ganadero como objetivo militar, perdió esa relación y hoy en día hay casi 50 millones de colombianos y 28 millones de cabezas de ganado”, afirmó Lafaurie (19:37 de la grabación).

     

    La afirmación es verdadera, pero algunos de los datos no son exactos. Por ejemplo, aunque en el país no hay registros de un animal bovino por cada colombiano, la brecha estuvo relativamente cerca de cerrarse en los años 1938 y 1951.

     

    El número de colombianos en el país en esos años está registrado en el documento Las estadísticas sociales de Colombia (1993). En el texto se establece que para 1938 la población del país era de 8’701.816 personas. Por otra parte, el Banco de la República publicó el trabajo de Jorge García García Las políticas económicas y el sector ganadero en Colombia en 2006. El texto establece que, según datos proporcionados por la académica Katherine H. Wylie, el número de bovinos en el país para ese año era de 8.100.000. Esto quiere decir que hicieron falta 601.816 animales para que las cabezas de ganado igualaran el número de la población colombiana.

     

    El censo de 1951 indicó que el número de colombianos para esa fecha fue de 11’228.509. Al comparar esta cifra con el número de cabezas de ganado presentadas por el texto Los ciclos ganaderos en Colombia, 1950-2001 (2004) realizado por Gerson Pérez, el documento establece que el número de bovinos para ese año fue de 10’840.360. Estos datos señalan que hubo 388.149 personas más que cabezas de ganado en el país para esa época.

     

    Otro dato que no fue del todo exacto, una aproximación que no altera en esencia el planteamiento de José Félix Lafaurie es la relación entre animales bovinos y la población colombiana en la actualidad. Él afirmó que hoy en día hay casi 50 millones de Colombianos y 28 millones de cabezas de ganado. Las cifras exactas son 48’258.494 de colombianos, según el último censo del DANE realizado en el 2018, y 27’234.027 bovinos, según datos del censo pecuario de 2019 del Instituto Colombiano Agropecuario.

     

    Según el presidente de Fedegán, la brecha entre el número de cabezas de ganado y colombianos se intensificó en la década del sesenta. La afirmación es verdadera y se puede comprobar a través del primer censo que realizó el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), XIII Censo Nacional de Población. Según este censo, la población para 1964 en el país era de 17’484.508 de colombianos. Esta cifra es contrastada con el inventario publicado por Pérez (2004) en el cual se indica que para ese año había 14’586.250 bovinos. A través de esos datos se puede llegar a la conclusión de que la brecha aumentó considerablemente, con 2.898.258 personas más que cabezas de ganado.

     

     

    Porcentaje de colombianos que viven en el sector rural

     

     

    A su turno, el director del CNMH, Darío Acevedo señaló: “En las conversaciones que hemos tenido, ha surgido la idea de estudiar la posibilidad de firmar un convenio, teniendo en cuenta la inmensa gravedad, la inmensa dimensión de la gravedad, de los hechos ocurridos en el agro colombiano a lo largo de más de 50 años de conflicto armado. En este sector de la vida colombiana, donde habita entre el 30 y el 40 por ciento de la población nacional, se produjeron no solamente despojos, abusos de propiedad, sino también conductas delincuenciales que afectaron los niveles de empleabilidad en la medida en la que se produjeron secuestros en gran escala contra todos los sectores productivos del campo como bananeros, caficultores, ganaderos, entre otros” (5:20 min).

     

    La afirmación es verdadera en el sentido de que gran parte de los sectores del campo y la agricultura colombiana fueron golpeados fuertemente por el conflicto armado. No obstante, el dato acerca del porcentaje de colombianos que habitan el sector rural es falso. Según el director del DANE, Juan Daniel Oviedo, durante la presentación de los resultados del censo del 2018 el 5 de julio del 2019 (ver video). Semana Rural, un proyecto de la revista Semana, citó al funcionario: “Colombia tiene 48’258.494 colombianos de los cuales poco más de 11 millones de personas viven en las zonas rurales”.

     

    La cifra además contrasta con los resultados del censo de 2018 realizado por el DANE. En el texto se establece que el 7,1 por ciento de la población vive en centros poblados, el 15,8 por ciento en zonas rurales dispersas y el 77,1 por ciento vive en cabeceras municipales. Según estas estadísticas, el 23 por ciento de la población vive en el sector rural: esto equivale a 14’477.548 colombianos. El porcentaje real es considerablemente menor al que planteó Darío Acevedo.

     

    Legalidad de las Cooperativas Convivir y el rol de víctimas de los ganaderos

     

    “Los ganaderos fuimos víctimas. A los ganaderos, cuando el Estado colombiano se sintió en la incapacidad para poder responder frente a las dinámicas violentas del sector rural, fue el mismo Estado el que ayudó, en su momento, a construir este tipo de cooperativas (Convivir). Cooperativas que estaban bajo la legalidad. Pero la inmensa mayoría de los ganaderos lo que han sido son víctimas. Rechazamos cualquier intento de cuestionar, especialmente de la famosa Comisión de la Verdad, el papel del ganadero. (…) Porque el ganadero no es victimario, el ganadero fue víctima, incluso del mismo Estado que no lo protegió”, aseguró el presidente de Fedegán (22:01 de la conferencia de prensa).

     

    La afirmación no presenta ningún dato o cifra como respaldo y resulta cuestionable debido a que utiliza afirmaciones que son verdaderas para llegar a una conclusión que puede ser interpretada de varias maneras. Si bien es cierto que las juntas civiles y los grupos de autodefensa, como las Cooperativas Convivir, fueron favorecidas y tienen un soporte legal amparado por el Estado, eso no quiere decir que el papel del ganadero haya sido únicamente de víctima y no de victimario.

     

    El informe Justicia y paz: los silencios y olvidos de la verdad, publicado por el CNMH bajo la dirección de Gonzalo Sánchez Gómez narra y explica los antecedentes de grupos de autodefensa como las convivir. El documento explica que el antecedente jurídico de este tipo de organizaciones fue el decreto 3398 de 1965 expedido por el presidente Guillermo León Valencia, en uso de las facultades que le otorgó el estado de sitio. El objetivo de este decreto era coordinar las acciones gubernamentales con “la fuerza viva de la nación”, ante la carencia de un reglamento que permitiría conformar planes de seguridad.

     

    El artículo número 25 del decreto establece que: “Todos los colombianos, hombres y mujeres no comprendidos en el llamamiento al servicio militar obligatorio, podrán ser utilizados por el Gobierno en actividades y trabajos con los cuales contribuyan al restablecimiento de la normalidad”. Bajo ese decreto, más la Ley 48 de 1968, se dispuso la creación de los grupos de autodefensa. Estos tenían un número de reglamentos que quedó registrado en diferentes manuales de contraguerrilla publicados por las Fuerzas Armadas.

     

    A partir del Decreto 3398, el término autodefensas pasa a ser utilizado para identificar “grupos de civiles autorizados para usar armas y que actuaban al amparo de la ley, bajo la tutela del Ministerio de Defensa, con el propósito de apoyar las Fuerzas Armadas en la defensa contra los ataques de los grupos subversivos”, según el informe del CNMH.

     

    Estas juntas civiles y grupos de autodefensa pasaron a ser conocidos como grupos “paramilitares” en la década de los ochenta, debido a que a través del uso de las armas y la fuerza, en ciertos territorios reemplazaron los organismos estatales encargados de mantener el orden público. El primer antecedente de este tipo de organizaciones fue la creación en 1981 del grupo Muerte a Secuestradores, creado y financiado por narcotraficantes para rescatar a la hermana de uno de estos y tomar represalias contra la guerrilla que realizó la acción.

     

    Este proceso de creación de cuerpos privados que utilizaban las armas para sustituir a las autoridades se multiplicó hasta llegar a 1987. En el informe del CNMH se cita un artículo de la Revista Semana en el que se relata que ese año, César Gaviria Trujillo, ministro de Gobierno, reconoció frente al Congreso de la República la existencia de centenares de grupos paramilitares en el país, que eran difíciles de combatir, debido a su legalidad.

     

    Este evento dio como resultado la suspensión de la vigencia del Decreto 3398 y de la Ley 48 en 1989, bajo el mandato del presidente Virgilio Barco. Además, se expidió el Decreto 813 de 1989, donde “se dictan disposiciones tendientes a combatir los escuadrones de la muerte, bandas de sicarios o grupos de autodefensa o de justicia privada”.

     

     

    << La investigación de los ganaderos recoge 1.936 testimonios y registra 6.202 víctimas del conflicto.

    Foto: @Fundagan

     

    Las cooperativas Convivir aparecen en 1994, paradójicamente, bajo la presidencia de César Gaviria Trujillo. En el Decreto 365 de ese año se establece que: “El presente decreto tiene por objeto establecer el estatuto para la prestación por particulares de servicios de vigilancia y seguridad privada”. El decreto define seguridad privada como servicios que pueden ser remunerados o no en beneficio de una organización pública o privada realizada por una persona natural o jurídica con el fin de evitar perturbaciones a la seguridad.

     

    Debido a que estos grupos de vigilancia fueron tomando mayor autonomía y se convirtieron en grupos paramilitares sin mayor control, la Corte Constitucional tomó la decisión de corregir el Decreto 365 y lo modificó a través de la Resolución 7164, de octubre 22 de 1997. La resolución abolió el nombre “Convivir” y separó las cooperativas en Servicios Especiales (privados) y Servicios Comunitarios (seguridad pública).

     

    Si bien todos los datos recogidos por el informe del CNMH respaldan la afirmación de Lafaurie sobre las Cooperativas Convivir y otras organizaciones como las juntas civiles y grupos de autodefensa, esto no quiere decir que el papel de los ganaderos haya sido exclusivamente de víctimas. De hecho, hay varias investigaciones y fallos contra ganaderos por nexos con líderes paramilitares e, incluso, financiamiento y asesoría.

     

    Uno de los ejemplos más conocidos fue la condena proferida el 20 de junio del 2018 contra Jorge Visbal Martelo, ex presidente de Fedegán entre 1991 y el 2004, condenado a nueve años de prisión por nexos con paramilitares. Según una noticia publicada en El Tiempo, la condena se la impuso “un juez de Bogotá por apoyar a las autodefensas, especialmente en la Costa Atlántica, y, sobre todo, por hacer parte del ‘grupo especial asesor’ que hablaba al oído de Carlos Castaño, máximo jefe de las Auc”. En la página web de consultas de procesos judiciales de todos los organismos de la rama judicial no aparece la sentencia. Sin embargo, se puede consultar el proceso que le sucede a esta. En el documento se indica que el 15 de noviembre de 2018 se “confirma la sentencia condenatoria proferida el 20 de junio de 2018 por el Juez 5 Penal del Circuito Especializado de Bogotá contra Jorge Aníbal Visbal Martelo”.

     

    De otra parte, en 2009, Camilo González, como presidente del Instituto de estudios para el desarrollo y la paz – Indepaz, en declaraciones recogidas por El Espectador aseguró que “el actual presidente de Fedegán (en el 2009), José Félix Lafaurie, dijo que desde el gremio ganadero se auspició a los paramilitares y lo justifica como una medida de autodefensa”. El medio respaldó la afirmación indicando que un repaso de los medios de comunicación constata que en noviembre del 2006: “efectivamente el presidente de Fedegán admitió que en el pasado los ganaderos financiaron a grupos paramilitares, al tiempo que exhortó a los miembros del gremio a comparecer ante la justicia si tienen alguna responsabilidad”.

     

    Aunque no se pudo encontrar el discurso original del presidente de Fedegán, versiones de otros medios corroboran la afirmación de El Espectador. Uno de ellos es La Silla Vacía, que aseguró en un artículo que Lafaurie declaró a RCN el 19 de noviembre de 2006 que “el gremio (ganadero) tiene la valentía de asumir la responsabilidad de que en el pasado financió el movimiento paramilitar del país”. El Equipo Nizkor, organismo de derechos humanos especializado en derechos internacional, humanitario, civiles, económicos y sociales, también reseñó la declaración a la cadena radial y de ella citó un fragmento en el que Lafaurie señaló que: “si los jueces llaman a esos ganaderos, ellos tendrán que responder ante la sociedad”.

     

     

     

     

     

     

     

  • Las resistencias de Riosucio

    La violencia y el olvido han hecho más daño que el mismo Diablo. Ahora, apoyado en su historia y riqueza natural, un territorio con notable tradición indígena y cultural busca alternativas para reponerse de un nuevo abandono: el de la gestión de la paz territorial.

     

    Riosucio, en el departamento de Caldas, es un municipio que limita al norte con el departamento de Antioquia y al suroeste con Risaralda. Está ubicado en la zona del Eje Cafetero, con un área rural de unas 39.036 hectáreas y otras 16.090 h en la zona urbana.

     

    Es uno de los municipios más emblemáticos en la historia de varios pueblos indígenas del país, que tienen en él un santuario de lo que son y de lo que seguirán siendo en comunidad. La etapa precolombina construye y define lo que hoy es la región, que fue habitada por pueblos indígenas como los Chamíes, Pirza y Turzagas, descendientes de tribus que procedían de zonas como Cañamomo, La Montaña y Quiebralomo.

     

    Años más tarde, en la época de la independencia, dos sacerdotes de procedencia española pisaron aquel punto de un modo simultáneo, casi perfecto. Sus nombres eran José Ramón Bueno (Popayán) y José Bonifacio Bonafont (Santander); ellos serían los responsables de fundar oficialmente este pueblo en el año 1819.

     

    La decisión de quién sería el fundador oficial motivó grandes debates entre las partes ansiosas de ejercer algún dominio en el territorio. La construcción de dos parroquias haría la disputa mucho más llamativa; dos templos fueron levantados uno no muy lejos del otro, como señal de una erección rápida del pueblo, pero la insignificante distancia entre los dos símbolos de poder fue un ejercicio en vano, pues los habitantes no tuvieron interés en ninguno, en el mejor de los casos no tuvieron inconveniente en visitar al mismo tiempo los distintos altares y a un grupo más resistente a la labor de los párrocos y a la división que ella generaba en la comunidad, colocó una estatua del diablo como aviso de insatisfacción con la división existente en la comunidad.

     

    Hasta el año 1847, las disputas y divisiones que durante años habían existido llegaron a su fin, los dos grupos de la comunidad decidieron arreglar sus conflictos e implantar nuevos acuerdos. El pacto de unificación permitió instaurar el nombre de Riosucio y, en conmemoración a este encuentro, cada año se celebra el Carnaval del Diablo, patrimonio inmaterial de Colombia desde 2006.

     

    Del cabildo de San Lorenzo

    El rostro de un nuevo San Lorenzo, con su imponente cerro Ingrumá. Foto: Karen Bueno

     

    Las mañanas levantan y embellecen a esta aldea, dadora de frutos y bellos paisajes, hija pequeña y desamparada de la hermosa Colombia, con carácter fuerte y persistente como el de quienes habitan allí. “Riosucio es el núcleo de las mejores agriculturas, de un prodigioso café, de su pura y alucinante cascada Canyoning Ingruma, con sus aguas blancas y protegidas, sin olvidar el Quiebralomo, del resguardo Cañamomo Lopaprieta, dador de riquezas en la producción de minería artesanal para sus habitantes que cuidan de su tesoro más preciado: la naturaleza”, resume Luz Nelly Quiceno.

     

    Ella se crió con mi padre en San Lorenzo, resguardo indígena cercano a Riosucio y tomó la decisión de vivir en Medellín junto a su familia desde 2005, acosada por la violencia que entonces se vivía e la región. A Luz Nelly la conocí en el Cabildo Chibcariwak, una institución dedicada a la protección y auxilio de los indígenas que vienen de cualquier parte a su sede en Prado Centro, comuna 10 de la ciudad de Medellín.

     

    San Lorenzo ha vivido procesos de desarrollo significativos, la estructura de sus viviendas, parroquias e instituciones han evolucionado en todos estos años y la pujanza de sus pobladores es se siente al instante de pisar su tierra.

     

    Se podría afirmar que la vida de la comunidad indígena transcurre con tranquilidad, lo cual no siempre ha sido así. En un barro que atrapa y ensucia, está una parte oscura de la historias, esa que se evade y se niega, una historia de violencias que también ha definido en parte el rumbo e este territorio.

     

    Torbellino de violencia

    El conflicto armado en Colombia tiene sus inicios en el siglo XIX, producto de desacuerdos y desmanes violentos que hicieron nacer las primeras rivalidades desde la Guerra de los Mil Días y que no se ha detenido por el combustible del poder político y la acumulación de territorios. Como en otras partes del país, en Riosucio hubo emboscadas, sabotajes. En tiempos de la más degradante violencia, se sumaron la extorsión, secuestro y los conflictos vinculados a la producción y comercialización de cultivos de coca, además de homicidios selectivos y ofertas de justicia guerrillera que muchos pueblos y ciudades tuvieron que asumir, entre ellos el municipio Riosucio.

     

    Según el Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos, la violencia en Caldas aumentó de manera importante con la ruptura del Convenio Internacional del Café, a finales de la década de los 80. Los primeros síntomas comenzaron en 1985, con las primeras acciones del Ejército Popular de Liberación – EPL, enfocadas en el reclutamiento forzoso y la extorsión. La espiral de violencia no tuvo pausa pero sí más protagonistas hasta el año 2003, cuando se registraron más de nueve ataques de diferentes grupos armados solo en San Lorenzo.

     

    Luz Nelly sufrió uno de esos atentados el 24 de febrero de 2002, cuando el cabildo de San Lorenzo soportó la toma del Frente 47 de las Farc al mando de “Karina”, hecho que generó el desplazamiento de más de 175 personas. ‘’Me acuerdo que ese domingo en el entierro de mi amigo Albeiro Zamora, había una gran cantidad de gente, lo cual era poco común y algo aterrador, es por eso que decidí dirigirme donde mis niñas para recogerlas a eso de las 5:30, atravesando toda la iglesia para bajar y coger el carro. Al no ver nada bien, me atreví a mirar unos bultos en la mitad de la iglesia y me encuentro la sorpresa de muchas armas; esto me llenó de pánico y corrí hacia mis hijas para tomar un transporte y poder escapar.”

     

    El camino para Nelly fue extenso, un minuto pensó en la vida y en un segundo percibió la muerte al observar a dos sujetos montados en el vehículo, con costales de armas como las que vio en el pueblo. “Ya estaba muerta”, pensó. Pero la fatalidad de ese ambiente tuvo pausa en el sonido del carro en que huían los guerrilleros en la madrugada. A eso de las 5, las bombas y los disparos ya no se sentían y las miradas melancólicas de los habitantes se aproximaban a sus viviendas y estructuras dañadas. Muchos de los familiares pudieron escapar, pero otros se quedaron. Entre ellos, las tres tías, sobrinos y dos hermanos muertos de Luz Nelly, que tuvo la suerte de huir y la tarea de hacer futuro en otra parte mientras sanaban las heridas con su tierra. ‘’Después de todo eso, me demoré mucho para volver, tanto así que pasaron cuatro años”, expresa ella.

     

    Hasta el día de hoy, y pese a todas las circunstancias históricas y actuales de San Lorenzo, la posibilidad de recibir recursos del posconflicto es lejana. Ningún territorio de Caldas figura en los Planes de Desarrollo con enfoque Territorial, establecidos en el Decreto 893 de 2017, tras el acuerdo de paz con las mismas FARC que precipitaron la huida de Luz Nelly y la muerte de sus familiares. En vista de ello, el pequeño San Lorenzo ha tenido la tarea de hallar alternativas al buscar sustento económico incursionar durante todos estos años en su artesanía folclórica, con obras talladas en palo naranjo de Tumbabarreto y, por supuesto, su actividad agrícola en la que se destaca el café, de ese que uno toma a las 9 de la mañana y le devuelve la dicha.