Bajo el título “Afganistán: El cementerio de los imperios”, la Universidad Pontificia Bolivariana, organizó una conferencia que ofrece una perspectiva histórica de un territorio protagonista del presente, a raíz de la toma del poder por parte del movimiento talibán y los conflictos en torno a la salida de tropas extranjeras de ese país.
La charla fue orientada por Claudia Avendaño y Ramón Maya, historiadores y profesores de la Universidad, quienes hicieron un recorrido por temas como la geografía de Afganistán y su papel en los conflictos recientes y actuales, los viajes de Alejandro Magno, el imperio mongol, la disputa del territorio entre el imperio británico y el imperio zarista, el papel de Estados Unidos en su historia más reciente, entre otros temas.
“Es muy difícil entender la historia de una cultura si no entendemos la geografía”, la frase del profesor Ramón Maya abrió la conversación y marcó el desarrollo de la conferencia a lo largo de la cual se demostró la importancia de conocer el espacio de los hechos; sus vecindades, su importancia en el entorno y aspectos como su economía, a partir de los cuales se construye la historia. La cultura, de la religión, el papel de las mujeres en la sociedad afgana, hicieron parte de la lista de asuntos abordados en la charla sobre la lección geopolítica que viene desde Afganistán.
La conferencia completa está en la página de Facebook de UPB Colombia y puede verse aquí:
Es posible describir a la literatura como un medio de comunicación que permite vincular las expresiones personales con el medio y la sociedad. Hablando particularmente de la migración, proponemos el tópico referido a los movimientos forzosos como consecuencia del conflicto interno armado en Colombia.
María Isabel Villegas y Laura Rendón Aguirre / periodico.contexto@upb.edu.co
Un abuelo y su nieto trazan el escenario para intercambiar historias que hablan de la historia de violencia den nuestro país y de los caminos y distancias que ha trazado entre el campo y la ciudad. Este proyecto narrativo propone cuentos, podcast, crónicas, documentales cortos.
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Trabajo realizado en el curso Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios. Orientado por los profesores Ana María López, Daniel Santiago Cortés y Joaquín Gómez Meneses.
Sobre una mesa pequeña en la sala, Lucía tenía una Virgen, la Biblia y el teléfono. Cada vez que esta persona llamaba a intimidarla, ella leía el primer salmo que sus ojos vidriosos lograban encontrar. Un día, luego de escuchar ese choque cuando del otro lado cuelgan y sintiendo ese vacío desgarrador que ya reconocía, su hija mayor llegó a sentarse en sus piernas y le dijo:
—¿Por qué estás llorando, mami?
Lucía la miró y no le respondió.
—No llores, no llores ¿Acaso no crees que la Virgen nos está acompañando? —continuó mientras Lucía rompía en llanto y la abrazaba.
Nadie podría explicar con facilidad qué es llorar. Más bien darían instrucciones de cómo hacerlo, como Cortázar, o seguramente les sería más fácil decir la razón. As Vingerhoets, uno de los principales expertos en llanto, estableció que el sentimiento de pérdida o ruptura es el principal motivo. Pero, uno de los diccionarios más completos de la lengua española lo define como sentir vivamente algo, derramar lágrimas por los ojos o, de manera más fría, “manar de los ojos un líquido”.
Llorar es algo que los seres humanos han aprendido a lo largo de los siglos para comunicar con más fuerza los sentimientos y Elena Jarrín, oftalmóloga española, dice que “se trata de una manifestación de lo bien hecho que está el ser humano y lo evolucionado que es”. Sin embargo, Charles Darwin, mayor exponente de las teorías evolutivas, sostuvo que las lágrimas emocionales no tenían ningún propósito, solo servían para proteger el ojo.
Lucía nunca notó que al llorar su cuerpo estaba haciendo una de las actividades motoras más complejas y cotidianas, porque lo complejo era la situación que ella estaba viviendo.
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Lucía y Luis Fernando se enamoraron en la universidad. Sostuvieron un noviazgo de cinco años y un 9 de julio de 1994 juraron ante el altar amarse y respetarse hasta que la muerte los separara. Al año llegó el embarazo de su primera hija, Laura, y para darle la noticia, como en típica escena de película romántica, le dejó en el espejo donde él se afeitaba unos escarpines junto a una nota que decía “vamos a tener un bebé”. Después de abrir su espuma afeitadora y antes de terminar de leer la frase ya tenía lágrimas en los ojos que resumían la inmensa felicidad que ambos estaban viviendo.
Era contradictorio que en un momento de alegría el llanto apareciera. Es por esa razón que se considera uno de los más grandes misterios, porque con solo pensar que cuando gana el equipo de fútbol favorito, en una pedida de matrimonio, en el abrazo eterno de una pareja en un aeropuerto, en un orgasmo o, como en este caso, enterándose de la noticia de un embarazo la gente también llora, definitivamente no se trata de una simple actividad.
Los psicólogos afirman que llorar de alegría es una forma de equilibrarse o liberarse en medio de emociones que no se pueden controlar. Incluso, la Universidad de Yale definió en una investigación que esta actividad paradójica tiene una función vital. Entonces, el cerebro de Luis Fernando se encontraba en un momento tan complejo e incontrolable que buscó la mejor manera de regularse: llorar.
Fueron momentos especiales, pero tal “cuento de hadas”, como lo describe Lucía, empezó a tener altibajos. Cada que salía hacia su trabajo, comenzaba a sentir una opresión en el pecho. Era como una voz que le hablaba y que no lograba escuchar. Era algo que le decía que se devolviera, como si se le hubiera olvidado apagar un fogón o echarle una llave más a la puerta. Cuando lo hacía, encontraba a Luis conversando por teléfono. Ese mismo de la mesita de la sala, con la Virgen y la Biblia al lado. Inmediatamente colgaba asustado y sorprendido, así que las sospechas comenzaron a aflorar en la cabeza de Lucía.
Transcurrió un mes, un tiempo en el que pueden suceder muchas cosas para unos y pocas para otros. Por ejemplo, con los 10 ml de producción lagrimal diarios, una persona adulta podría llenar un poco más de la mitad de un vaso. Un bebé humano normal lloraría 60 horas en total, según los psicólogos, y cualquier persona podría escuchar una canción diaria de la “Lista definitiva de las 40 canciones tristes que no deberías escuchar si estás deprimido” que escribió La Vanguardia y le sobrarían para el siguiente mes. Ese fue el tiempo que ella esperó para reunir las pruebas y confrontarlo.
Dicen que llorar trae beneficios. Stephen Sideroff, autor de The Path: mastering the nine pillars of resilience and success, dijo que los sentimientos guardados contienen mucha energía y retenerlos podría interferir en procesos naturales e instintivos. Tanto así, que lo compara con la necesidad de tener hambre: “si alguien busca comida para calmarla, alguien que esté triste debe encontrar algo para equilibrarse y resolverlo”.
El bioquímico William H. Frey propuso que la gente se siente mejor después de llorar y, aunque poco lo tengamos en cuenta, la liberación de mocos que también resulta, en conjunto con el llanto, es un mecanismo para deshacerse de las hormonas que producen estrés, pero Lucía venía guardando esas emociones día tras día.
Ella grabó las conversaciones, notó los comportamientos extraños de su esposo, lo esperó despierta una noche que tuvo que salir de “urgencia” y comenzó a preguntarle qué le pasaba. Se inventaba canciones, escritos, versos y cartas para comunicarse con él que resultaban siendo intentos fallidos. Buscó psicólogos, asesores de familia y hasta sacerdotes. No estaba dispuesta a rendirse. Pero un encuentro y un café la hicieron cambiar de decisión.
—Lucía, yo tengo que contarte algo que está pasando y me está haciendo sentir muy mal —le advirtió Carlos, un amigo cercano de la pareja, en esa cafetería a dos cuadras de la oficina de Luis.
—Decime, Carlos ¿qué es lo que pasa? —le respondió exaltada soltando de inmediato el café que estaba a punto de tomar.
—Luis está teniendo últimamente comportamientos muy extraños, se ha alejado de los amigos y tiene una relación más que cercana con la auxiliar de arquitectura, Claudia.
—Carlos, confírmame si esta es la voz de ella —le dijo mientras buscaba con rapidez la grabadora de periodista en su bolso.
—Sí, es ella.
Esta era la prueba final. La que cerraba el caso, la cereza del pastel y la que desataba el caos. Luis se había enamorado de una compañera de su trabajo y a Lucía se le había atravesado un nudo en su garganta y en su camino. Ella no sabía qué sentir, pero era el momento perfecto para enfrentarlos.
Las emociones estaban a flor de piel. Ese lugar del cerebro llamado sistema límbico estaba llegando al máximo de su función y en conexión con el sistema nervioso vegetativo estaban provocando reacciones que luego activarían la producción del llanto. Sin embargo, ese todavía no era el caso de Lucía. No había soltado ni una lágrima, más bien su cabeza estaba llena de rabia, confusión y necesidad de una respuesta.
Los expertos dicen que cada persona tiene su forma de llorar. Unos pueden sollozar, tener espasmos cortos y otros lo pueden hacer de forma silenciosa y tranquila. Cada uno con expresiones y motivos diferentes. Charles Darwin descubrió y clasificó más de cien gestos característicos, y afirma que es una de las “expresiones específicas del hombre”, porque ninguna otra especie ha dado pruebas de poseer este mecanismo. Entonces, quizá Lucía sí lo estaba haciendo, pero a su manera.
Ilustración: Valentina Marín.
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Tomó un taxi y se demoró más en montarse al carro que en llegar. Preguntó dónde estaba la oficina de Claudia. La auxiliar de arquitectura. La de las llamadas. Se dirigió por el pasillo cruzando los demás cubículos en medio de miradas aterradas y expectantes.
—¿Claudia Helena? —preguntó para confirmar que fuera la oficina correcta.
Ella estaba de espaldas, sacando unas copias y cuando volteó Lucía confirmó que era ella.
—Vengo para que conversemos —le dijo mirándola a los ojos.
—No, hablemos afuera, aquí adentro no —le suplicó temblando y con un papel en sus manos.
—Adentro sí — interrumpió Lucía corriendo una silla Rimax y ubicándola en la entrada—. Yo no tengo nada que esconder. Te pido que sigas con tu camino y no te cruces en el mío.
—Nosotros ya llevamos un año de relación. Vamos a formar una familia porque él es mío.
Lucía no estaba dispuesta a pelear por sentimientos y mucho menos por un hombre. Su papá siempre le había dicho que su dignidad era lo más importante y ese era el momento de poner en práctica el consejo. Por eso, se retiró y se dirigió a la oficina de él a quien sin pensarlo dos veces le dijo mirándolo fijamente: “los cimientos que alguna vez construí con usted desde que me casé acaban de ser demolidos porque hasta aquí llegamos”. Guardó en su bolso la grabadora y antes de irse él le respondió: “yo necesito organizar mi vida, dame un tiempo para irme de la casa”.
Lucía aceptó la decisión y en el momento preciso que salió de esa oficina sintió que, literalmente, su corazón se había partido en mil pedazos. Según ella, es verdad cuando en las poesías afirman que el alma duele porque recuerda, con la voz entrecortada, que eso fue lo que sintió al ver que el amor de su vida y los sueños juntos se habían desvanecido. Esta vez, las lágrimas de Lucía sí empezaron a correr por sus mejillas sin contenerse.
En su trabajo Topography of tears, Rose Lynn Fisherhat tomó fotos de lágrimas bajo un microscopio de luz y pudo comprobar que todas son diferentes. Si lloramos de risa, de angustia, de dolor, de tristeza o por amor, absolutamente ninguna es igual. Entonces, ¿cómo serían las lágrimas de Lucía bajo el lente de Rose?
Su composición parece simple: 9% sal, proteínas, enzimas y sustancias que contienen nitrógeno. Pero el neurólogo Michael Trimble explica que las lágrimas emocionales tienen mayor contenido proteínico y también detectó que poseen sustancias que ayudan a regular el ánimo y el estrés, como la prolactina, serotonina y adrenalina.
Además, los investigadores definen que existen tres tipos de lágrimas: las basales, que mantienen nuestros ojos limpios; las reflejas, que surgen como reacción a algún componente externo; y las emocionales, que son aquellas vinculadas a los sentimientos, como lo que produce darse cuenta de un engaño.
Las lágrimas son como una película que se extiende sobre el ojo. Si contiene demasiado líquido, se desborda y puede llegar hasta la barbilla. Pero, a veces la vida es tan extraña que existen personas que no pueden hacerlo por más que se rebosen de emoción.
Normalmente, dependiendo del ambiente, se puede evaporar más de un 25% de la lágrima, pero todo vuelve a la normalidad cuando se parpadea de forma continua y completa. En cambio, alguien con síndrome de Sjögren le costaría mucho más producir lágrimas, incluso saliva, y su principal solución es usar lágrimas artificiales de por vida. Ni siquiera con las playlist de Spotify “Rolitas para llorar a las 3 a. m.” o “Música para llorar porque Henry Cavil tiene novia” alguien con esta enfermedad autoinmune podría lograrlo.
Llorar es un acto de bienestar. Diomedes Díaz dijo en una de sus canciones “a mí el llanto no me hace daño”, la diferencia con Lucía es que él sí le rogó a una mujer. Aunque también está Fanny Lu quien dice que “llorar es una locura”, a pesar de que un verso de su canción confiese que se levanta a las seis de la mañana, que un largo día de trabajo la espera y que no tiene ni cinco en la cartera.
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Casi una semana después, Luis llegó de su trabajo. Laura estaba tomando una siesta y Lucía estaba en la habitación. Entró, saludó, descargó sus papeles encima de la mesa y empezó a buscar en el closet una maleta de viaje. No, esto no era el inicio de unas vacaciones familiares. Lucía comenzó a pasarle camisetas, pantalones, corbatas, medias, sueños y decepciones. Él, mientras tanto, organizaba de forma minuciosa el equipaje de un nuevo camino que ya habían decidido.
—¿Qué pasó? —preguntó Laura entredormida, con una muñeca en sus brazos y viendo todo lo que estaba pasando.
Ambos se miraron y Lucía estaba esperando que él le diera una explicación.
—Mami, es que yo me voy porque yo no sirvo para estar casado. Yo aquí vivo aburrido.
No necesitó decir ni una palabra más para que Lucía sintiera que le habían dado una punzada en el corazón a su hija de cinco años y también a ella. Ese momento lo describe como el segundo dolor más grande que ella pudo sentir en medio de todo. Lo que aún no sabía es que dentro de ella estaba dándole vida a su segunda hija.
La niña se hizo a un lado de la puerta para evitar detenerlo. Él la abrió, cogió su maleta y le susurró algo al oído. Lucía tragaba en seco para que su hija no la viera llorar. Laura se dejó caer en la puerta luego de que él cerró y sus ojos estaban más brillantes de lo que eran. Su mamá la cogió cargada y ninguna de las dos pudo contenerse.
Algunas personas lloran “abriendo un paquete de papitas”, como dice Lucía, mientras que a otros les cuesta tanto que deben recurrir a manuales de instrucciones, como el de Julio Cortázar quien deja de lado los motivos, pero recomienda no ingresar en escándalo y hacerlo en tres minutos.
Quizás Julio era uno de esos y tuvo que escribir su propia checklist que incluye pensar en un pato cubierto de hormigas, tener contracciones del rostro y emitir un sonido enérgico para cuando fuera necesario estar en modo llanto. La psicología y él coinciden en que se debe dirigir la imaginación hacia uno mismo, dejar sentir esa opresión en el pecho y fluir. También, S Moda de El País dice que ayuda “ver una película que sabemos nos va a llevar al llanto o escribir sobre nuestras emociones”, aunque Lucía podía sentarse con palomitas a ver su propia historia.
Si existiera un kit del llanto, incluiría lágrimas, mocos y muchos pañuelos de diferentes texturas y patrones. Por ejemplo, uno de ellos tendría grabado el dibujo que hizo Leonardo da Vinci mostrando cómo los ojos se conectaban supuestamente con el cerebro, cuando se creía en la época de los hipocráticos que las lágrimas eran segregadas allí cuando esta parte del cuerpo de entristecía. Otros podrían tener lágrimas negras, que para los presidiarios simbolizan cada uno de los asesinatos cometidos y algunos cuantos un gato de colores en honor a los niños que producen al llorar un sonido parecido al animal solo por la falta de una parte del cromosoma cinco.
Incluso, cualquier emprendedor podría convertir el llanto en una idea más de negocio vendiendo párpados para peces, quienes no hicieron parte del grupo de animales convocado hace 360 millones de años para migrar, convertirse en anfibios y desarrollar un aparato productor de lágrimas basales que les permitiera humedecer sus ojos; o construir un imperio de venta de lágrimas para crear humanos, como creían en el antiguo Egipto y Grecia quienes asociaban el líquido con vida, fertilidad y sinceridad.
Cortázar dijo que un rincón era un buen lugar para llorar. La Basílica de Guadalupe y las escaleras del Metro Auditorio también son unos de los mejores lugares para llorar en México, según sus habitantes. Así como también lo es el Parque de El Retiro y el Huerto de las Monjas en Madrid. Entonces, Waze podría aprovechar e incluir en sus mapas los mejores lugares para llorar en todos los países y facilitarles un poco la vida a las personas, porque llorar no es tarea fácil. Ni siquiera escuchando en la madrugada la música de Sin Bandera.
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Lucía confiesa que nunca ha sido de llorar, prefiere hacerse la fuerte. Ella se crío con una mamá que decía que “los hombres no lloran”, un papá que la consideró la luz de sus ojos por ser la única mujer en la familia y en medio de seis hermanos hombres, que nunca le preguntaron qué le pasaba cuando ella “se quebraba” en esa mesa de la cocina.
Luis también era reservado con sus sentimientos. Él se crío junto a su hermano menor, una mamá muy sensible y un papá amoroso, pero serio. Alguna vez, en esos días cuando apenas se estaban conquistando, le contó a Lucía que muchas veces prefería quedarse en su casa escuchando con audífonos los partidos, en vez de salir a hacer vueltas con sus papás, lo cual lo llevó a ser introvertido y poco comunicativo. Sin embargo, cuando don Enrique, el papá de Lucía, lo aconsejaba sí dejaba caer con facilidad alguna que otra lágrima.
La madre de Boabdil, un sultán de Granada, le dijo “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” porque, según los historiadores, el llanto de los niños varones ha sido más castigado que el de las niñas. Los hombres se han criado para aceptar un rol de cazadores y defensores de la tribu, y los que lloran son estigmatizados y muchas veces se vuelven objeto de burlas y regaños. Tanto así que, un proverbio indio dice “no se debe confiar ni en una mujer que ríe, ni en un hombre que llora”.
Las investigaciones de diferentes oftalmólogos coinciden en que las mujeres lloran 5,3 veces en promedio por mes y los hombres 1,3 veces. De igual manera, Elena Jarrín afirma que la duración del llanto es cuatro veces más corta en los hombres. Lo curioso es que la sociedad y su idea de que llorar es sinónimo de “debilidad” se está negando posibilidades inimaginables, como perder un par de calorías. Así lo confirmó un estudio del St. Paul Ramsey Medical Center que dice que “las hormonas que liberan las lágrimas al llorar por una emoción intensa, como es la ruptura amorosa, reducen los niveles de cortisol, sustancia que favorece la retención de grasa en el cuerpo”.
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El mismo Jesús dijo alguna vez “bendito tú que lloras, porque reirás” y casi como una promesa, así se le cumplió a Lucía. En su cita con el ginecólogo se dio cuenta de que iba a tener otra niña. “Vas a tener que guardar los chulitos de tu otra hija para que se los des a la que viene”, le dijo el doctor para confirmarle la noticia.
Dicen que el llanto de los bebés es crucial para su supervivencia. En un artículo de La Vanguardia dicen que es casi como un “cordón umbilical acústico” y lo que en ese momento se creía en la familia de Lucía era que Valentina sería muy “llorona” por todo lo que tuvo que pasar estando en la barriga de su mamá, pero sucedió todo lo contrario.
Hidemi Yoshida, el hombre que “le enseña a llorar a Japón”, dice que las lágrimas tienen un “increíble poder curativo porque reducen el estrés y hasta alivian el dolor”. Sin embargo, las personas todavía no se creen dueños del as bajo la manga que tienen. De hecho, hasta ahora la ciencia no ha confirmado que un animal pueda hacerlo de la forma en que las personas pueden lograrlo, aunque a veces se hable de las “lágrimas de cocodrilo”.
Por eso, llorar es un arte, tanto así que las verduras, como la cebolla, quieren provocarlo con su mecanismo de defensa llamado factor lacrimógeno. Llorar es resistir, tanto que los gobiernos despliegan armas químicas, como los gases lacrimógenos, y los pueblos siguen al pie de la lucha a pesar del dolor.
Llorar también es celebrar, tanto que en Japón se inventaron el “Ruikatsu”, una “fiesta de sollozos catárticos” que les ayuda a liberarse de estigmas culturales y emociones. Llorar es poder, tanto que las lágrimas de las mujeres que eran contratadas para derramarlas en los velorios de desconocidos, llamadas plañideras, preparaban el paso del difunto al otro mundo, según las creencias romanas y egipcias. Llorar es un don que, aunque la religión cristiana diga que se les concede a unos pocos, todos tenemos la capacidad de “renovar el corazón sin cesar”.
Llorar fue lo que poco a poco le unió de nuevo el corazón a Lucía. Fueron meses de hacerlo en silencio yendo en bus hacia su trabajo, tomando jugo de guayaba del que le hacia su mamá en la comida y antes de dormirse en la noche. Dice que para ella todo lo que pasó no fue nada fácil y con esa idea de que “tenía que ser fuerte” o que “ella era una berraca” mucho menos, porque sentía que no podía dejarse caer. Pero recuerda entre risas cómo hoy es la que hace reír a sus amigas y reconoce que en nuestros ojos se alberga una gran medicina.
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Trabajo realizado para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Carolina Calle.
Cuando llegaron al nevado, Yorlady se quedó esperando en la casita que había abajo de la montaña mientras el resto escalaba. Luis la acompañó, él no había dicho palabra alguna desde el día anterior. Se sentaron uno al frente del otro, él solo la miraba y movía su cabeza de lado a lado mientras silenciosas lágrimas rodaban por su rostro. Entre suspiros soltó “Yolita, ¿usted también vio la muerte?”. Pensando en todo lo que iba a ser de ellos después de eso, dijo “sí”.
Desde hacía tiempo, Yorlady había querido ir a mochilear con su esposo Felipe y hacer la Ruta del Sol en Ecuador. A finales de enero de 2017 subieron a un avión que los llevó hasta Pasto, Nariño, donde harían la primera parada. De ahí bajaron a Ipiales, el lado colombiano de la frontera con Ecuador.
En Ipiales notaron que en todas las esquinas había asaderos con animales cocinados como pollos, pero no eran pollos. Eran cortos, bajitos y con cabeza redonda; parecían ratas gordas, pero tampoco eran ratas. Ninguno quiso probar, pero Yaneth dijo que “al lugar donde fueres haz lo que vieres” y algunos mordiscos le pegó a un cuy asado. Le pareció espantoso, pero no se arrepintió de la experiencia, porque todo era parte del paseo.
Yaneth, la hermana de Yorlady, se unió al plan con su esposo Luis y su hijo Julián. También se unieron Valentina la hija de Yorlady, una amiga y la hija de Felipe. Las maletas, que eran casi más grandes que sus cuerpos, estaban totalmente llenas; en el plan solo faltaba Sofía, la bebé de dos años que Yorlady dejó en Medellín por los días que duraría el paseo. Después de Ipiales siguieron hacia Quito y poco a poco se fueron adentrando en los paisajes del territorio ecuatoriano.
Un viaje en balsa estaba en el inicio del itinerario de los viajeros. La experiencia dejó huellas de por vida.
Foto: Cortesía.
Llegada al “paraíso”
Lo soñado era llegar a Baños, un pueblo en el amazonas, rodeado de montañas, cascadas y ríos; en donde el calor y la humedad se sienten día y noche, y donde reinan los juegos extremos. Llegaron en la noche, se registraron en el hotel, se ubicaron en sus habitaciones e inmediatamente salieron a caminar. Fueron hasta un mirador arriba en la montaña, donde había payasos y vendedores de comida. Se divisaba todo el pueblo y las luces de las lámparas que desde lejos parecían linternas parpadeando.
Pronto llegó el día de los deportes extremos. Aunque estaba lluvioso encontraron diferentes personas ofreciendo rafting, que usa una balsa para descender por los rápidos de los ríos, así que pagaron el tour y se montaron a una van que los llevó hasta el río. La corriente era de tercer grado, fuerte, y estaba aún más fuerte porque el día había estado lluvioso, pero los guías les aseguraron que no había motivos para preocuparse y les ofrecieron una capacitación y les explicaron que el remo podía salvarles la vida, este tenía un gancho en la punta con el que se podrían agarrar de otros para arrastrar a alguien si se caía.
Les presentaron a un chico, quien iba a ir en un kayak delante de todos para asegurarse de que fueran por buen camino y ayudar en caso de emergencia. Cada uno se puso un casco, un chaleco inflable y agarró un remo.
Dividieron el grupo en dos balsas: la hija de Yorlady, la hija de Felipe y la amiga en una; y los demás en otra junto a una pareja de chilenos que conocieron en Quito. Luego las balsas comenzaron a descender una tras otra. Sintieron la mejor sensación, la balsa iba rápido y se alzaba de vez en cuando hasta que remaban en el aire para luego volver a caer y recibir el golpe estruendoso de agua.
Así se la pasaron, riendo, jugando y remando; pero en un momento las balsas de adelante advirtieron que había un remolino fuerte cerca. Todas entraban y tiraban los remos hacia la derecha para pasar, pero el guía les dijo a ellos que remaran los del lado izquierdo.
Remaron fuertemente y cuando entraron en el hueco hicieron lo que el guía dijo, pero la balsa se levantó, todos gritaron y volaron fuera. En segundos Yaneth logró salir a flote, vio que la balsa estaba volteada y recordó que en la capacitación les dijeron que, si se caían, cuando salieran tenían que buscar la balsa. Nadó y se pegó de uno de los lados cuando salió la chilena y se pegó del otro. Luego salió el guía, en ese momento ninguno pensó en nadie, solo pensaban en que tenían que salir de ahí y salvarse como fuera.
Entre los tres giraron la balsa y se montaron. Tenían que remar suave mientras encontraban al resto, pero la espuma blanca producida por la velocidad del agua y las corrientes dificultaban que vieran algo. Yaneth fijó su vista en lo que parecía ser una persona en el agua. Luis parecía muerto: verde, con los ojos cerrados y la boca fruncida. Tenía el remo agarrado contra su pecho.
“¡Luis! ¡Abra los ojos! ¡Tíreme el remo yo lo arrastro!” gritaba Yaneth, pero él no movía ni un dedo. Yaneth pensó que estaba asustado y desmayado, salvándose a su manera. Le pedía al guía que lo salvara, pero el señor no hacía nada. Como Luis no sabía nadar, había cerrado la boca para dejarse llevar. Yaneth solo pensaba en que, si se tiraba, ni siquiera sabía si sería capaz de volver.
En un instante vieron al chileno saliendo del agua cerca de Luis, entonces le gritaron que lo salvara. Él entendió el mensaje y nadó, con todos sus esfuerzos, hasta donde estaba él, lo agarró y luego nadó hasta llegar a la balsa. Luis cayó desmayado y el chileno comenzó a vomitar agua, no podía parar, había tragado demasiada cargando todo ese peso; estaba agotado, ahogado.
Todos los remos se habían caído, tan solo quedaba el que Luis tenía. Como el guía se cayó de nuevo, luego de subirse quedó desmayado; Yaneth dudó que el señor tuviera experiencia y hasta pensó que al pobre le había tocado lo peor en su primer viaje. Todo era un caos y la chilena perdió el control. Comenzó a gritar como una mujer condenada.
—¡Diosito! ¿Por qué nos dejaste en esto? ¡Nos vamos a morir! Me quiero ir para mi casa.
Intentaron calmarla, pero no funcionó. Llegó un momento en que el chileno, en medio de la maluquera, se enderezó con las últimas fuerzas que le quedaban, se giró y ¡pum!, le pegó una cachetada a su esposa y le gritó que se callara. Yaneth casi se va de para atrás de la impresión, pero la chilena lo miró, se calló y se sentó.
Yaneth solo esperaba que su hijo se hubiera encontrado con las otras balsas y sin pensarlo agarró el remo de Luis, le pidió fuerzas a Dios y remó, despacio, rezando mientras sentía que se le reventaban los brazos hasta que vio a Julián a lo lejos en una de las otras balsas.
—¡Ma! ¿Estás bien? —todos se sintieron aliviados de verlos.
—¡Sí! ¿Y Yorlady? —preguntó al ser la única que faltaba.
Yorlady no había aparecido, no se veía por ningún lado, pero ya Felipe se encontraba en una balsa. Se veía desesperado, estaba pidiendo ayuda.
El ahogo
Cuando dijeron que remaran a la izquierda y la balsa se volteó en medio del remolino, como Yorlady y Felipe iban al frente volaron más lejos. La corriente los volteó, los tragó, los revolcó por debajo del agua. El impacto, sin aire, sin fuerzas contra el peso del agua, casi no los deja salir.
Llegó un punto donde ambos lograron asomarse a la superficie. Tomaron una bocanada de aire y vieron que Julián se soltó del bote para dejarse llevar por la corriente hasta las otras balsas que estaban más adelante al lado derecho del río. “¡A la derecha!” gritaban todos, más cerca de Felipe, a Yorlady la había cogido la corriente que iba más rápido.
Cuando Felipe cayó en la cuenta, intentó estirar su brazo para alcanzarla con el remo, ninguno de los dos lo había soltado, pero los cuatro metros que los separaban hacían imposible que lograran tan siquiera tocar las puntas de los remos. Jamás se iban a alcanzar. Ella trató de nadar, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lograba avanzar ni un centímetro, solo perdía energía.
Felipe gritaba con ira “¡que a la derecha!”, pero no era que Yorlady no lo intentara, era que no podía. Felipe terminó nadando cerca de las otras balsas, que lograron subirlo, y Yorlady comenzó a tragar más y más agua, entonces, se estiró hacia atrás siguiendo los consejos de la capacitación para flotar, pero la posición solo hizo que el agua entrara directamente a su boca. El peso de la corriente la halaba hacia abajo con fuerza, con agresividad.
Se alejó cada vez más y la angustia la invadió, perdía de vista a la gente. “¡Mami!”, la voz de su hija Valentina fue lo último que escuchó antes de que el agua se la tragara de nuevo. La revolcó y la tiró más hondo. Daba vueltas y la corriente atraía su cuerpo entero como si fuera de goma. Revolcada sentía el golpe de las olas y como no soltaba el remo se pegaba con él en la cabeza.
Tragó agua y por más que intentó no logró salir. Se perdió la luz del sol, era tan hondo y ella estaba tan abajo que no veía nada; la profundidad era tanta, que a pesar de ser empujada cada vez más, no sentía piedra alguna debajo. Oscuridad, nada más, y un sonido de cascabel a lo lejos producido por el choque de la espuma blanca.
Sin darse cuenta, la corriente la empujó de nuevo hacia arriba y logró inspirar por tres segundos antes de ser devorada de nuevo. Todo estaba en su contra, ya se sentía más muerta que viva, sin aire y adolorida. Llevaba un rato en lo profundo del río, pegándose contra el remo y arrastrada sin ningún tipo de voluntad propia. Comenzó a tragar más agua de a poco y llegó un momento en el que en medio de la penumbra ya ni el cascabel escuchaba, solo sentía el inicio de la asfixia, que casi siempre termina llevándose a la gente entre uno y dos minutos.
Su cuerpo ya estaba casi sin oxígeno. Comenzó a convulsionar y pensó: “Vale ya está bien, pero ¿quién va a aguantar a mi niña?”. Buscó en su mente cuánto tiempo tardaba alguien en morir ahogado, pero no encontró nada, entonces solo le pidió a Dios que fuera rápido. La asfixia y la agonía llegaron a tal punto que ya solo quería morirse para no sufrir más. Su pecho se contraía y el resto de su cuerpo dolía, pensaba en la niña de dos años que había dejado y que ella creyó que iba a ver crecer. No solo ella estaba muriendo, su esperanza también. Sintió que eso era todo, cerró los ojos y se apagó.
La incertidumbre
Todos vieron a Yorlady desaparecer en el rápido más furioso. Yaneth tuvo que remar sola y cuando llegaron a la orilla del final del recorrido, todos notaron un ambiente muy movido y tenso.
—¿Qué pasa? —preguntaron los viajeros desesperados frente a semejante alboroto.
—Tranquilos, es gente de la región. No pasa nada.
<< Canopy también estuvo entre las actividades del viaje. Foto: Cortesía.
Recordaron que en la inducción dijeron que en la zona había una red de trabajo que ayudaba cuando había un episodio de peligro. Por el lado del río aparecían y aparecían más botes y gente, estaban buscando a Yorlady. Los guías no les decían nada a los viajeros, pero ellos no eran ingenuos, sabían que estaban buscando algo, o más bien, a alguien. Solo les quedó esperar.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Yorlady sintió algo compacto que lastimaba su pie. Poco a poco su mente se fue encendiendo, la corriente la había dejado en esa zona plana, podía sentir arena y rocas bajo su cuerpo. Después de unos cuantos intentos logró girarse lentamente. Un hilo de aire entró por su nariz e intentó mover sus manos, la derecha sintió una piedra a su lado, pero no logró agarrarla porque se le resbalaba de los dedos; estaba frágil, como una pluma.
Trató de moverse otra vez, pero su cuerpo estaba paralizado. Su mano izquierda aún tenía el remo, había sido tanto el esfuerzo por no soltarlo que la mano se le quedó entumida. Pensó “Dios mío, gracias, me salvé” y sintió el alivio de sentirse con vida. Sus ojos recorrieron el panorama, no reconocía nada, solo veía montañas que encerraban el río.
En las rocas el caudal era sigiloso, tranquilo, pero cuando su vista encontró la corriente bruta al otro lado de las rocas, los latidos de su corazón la invadieron y comenzó a temblar. Empezaba a morir de nuevo con la agonía de pensar en volver a estar en el agua, no lo soportaría una segunda vez. La ansiedad hizo que su cuerpo contestara un poco más y pudo mover un pie.
Pensó en arrastrarse hasta la orilla, pero estaba a metros de distancia. Optó por empujar su pie hasta una gran roca que vio y así poder frenar en caso de que la corriente creciera. Empujón por empujón se movió y quedó detrás de la piedra. Ahí su cuerpo se destensó más y logró relajar las manos, cambió el remo a su mano derecha y estiró el brazo para recostar el remo sobre la piedra, luego recostó su cabeza en el brazo. Pensó “Yaneth y Luis no se salvaron” y se durmió.
Pasaron casi 30 minutos, Yorlady escuchó gritos y pitos. Trató de abrir los ojos, pero no pudo. Cuando los de la red de ayuda pasaron por la zona, uno de ellos vio el remo detrás de la roca y bajó la montaña para revisar. Yorlady no veía nada, pero sintió que alguien la agarró de los brazos y le preguntó si estaba bien mientras le desabrochaba el chaleco y le quitaba el casco. Ella abría la boca para hablar, y aunque su respiración era más profunda sin el chaleco, no era suficiente para que salieran palabras. Otra persona bajó para ayudarla, tuvieron que agarrarla de los brazos para subir hasta la van que estaba esperando en la selva.
Cuando llegaron, Yorlady se separó bruscamente de sus ayudantes, agachó su torso y comenzó a vomitar; sentía como si todo el cuerpo se fuera a salir por su boca, su cabeza se iba a explotar de dolor. Cuando logró incorporarse la montaron a la van y la recostaron en el suelo, ella no era capaz de sostenerse, pero ya no sabía si era por el ahogo o la vomitada.
El resto se montó al carro y comenzaron el recorrido entre los árboles y el barranco que llevaba al río que ella nunca iba a querer volver a ver en su vida. La gente del camino preguntaba si ya la habían encontrado.
—¿La recuperaron?
—Sí, acá la llevamos.
—Pero que sea verdad —dijo una señora que se asomó por la ventana de la van y no la vio.
Uno de los hombres abrió la puerta para mostrar ese cuerpo vivo pero inmóvil. Al final siguieron su camino y los pitos cesaron. Los viajeros estaban esperando en donde los dejaron las balsas y cuando escucharon que la habían encontrado, corrieron a ver si era verdad. La vieron sentada en el piso de la van en un mar de llanto. “Me quiero ir para mi casa”, decía Yorlady con una voz delgada y silenciosa entre sollozos. Todos lloraron de felicidad, pero ella no pudo calmarse ni un poco sino hasta que vio a su hija Valentina.
La hora de la verdad
Después de descansar en el hotel, todos escucharon la historia de Yorlady. Cada palabra era un tiro al corazón, las lágrimas caían por sus mejillas, sus cejas se elevaban, arrugaba la frente y sus ojos reflejaban la angustia de su memoria. Todos lloraban, a ninguno le había hecho gracia la celebración que hicieron los guías en el almuerzo diciéndole a ella que “no, si usted no se murió hoy entonces no se muere nunca”.
Ella quería irse para su casa y estar con su niña. Intentaron animarla y al otro día salieron para un nevado llevándosela casi obligada, pero ella se quedó sentada a esperar con Luis mientras los otros subían. El resto del viaje siguió en playas, lo cual no disfrutó.
Pasó mucho tiempo en el que las burbujas le aceleraban el corazón, y aunque hoy en día puede meterse al mar, el miedo a que el agua la trague y a los botes sigue latente. Del viaje solo quedaron las fotos y un video del rafting que vieron dos meses después del hecho. No fue sino hasta ese momento que supieron que el río se llamaba Río Pastaza, y los datos que encontraron en internet los llenaron tanto de miedo como de gratitud: Gente desaparecida o encontrada días después muerta. Yorlady decidió darle gracias a Dios, porque, en el agua se le generó un trauma, pero en la vida, una oportunidad.
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Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.
A propósito de la conmemoración católica en torno a la Santa Cruz, una serie notas y postales de la religiosidad en el Centro de Medellín, duranta la pasada Semana Santa y en medio de la pandemia.
Por Alejandro Zapata Peña y Karen Bueno Estrada
Las muestras de religiosidad popular en la capital antioqueña se destacan por toda suerte de ritos y representaciones en diferentes celebraciones del calendario católico.
La pasada Semana Santa que se vivió en un Centro más deshabitado de lo usual, las iglesias y parroquias se guardaron las ganas de hacer lo tradicional. Adoptaron prácticas inéditas en lugares para la reconciliación y el encuentro espiritual. Tapabocas iban y venían, geles en cada atrio y carteles de bioseguridad como si fueran las imágenes de un nuevo Jesucristo.
El día de la adoración a la Santa Cruz se une a aquellas jornadas de reflexión católica; está, con la cruz como signo redentor de Cristo sobre la muerte y el pecado. El siguiente es un recorrido gráfico que registra para la posteridad las conmemoraciones de la pasión de Jesús, la religiosidad medellinense en medio de las restricciones por una pandemia sin parangón.
Entre ramos y tapabocas
Dieron las once de la mañana y a la entrada principal de la Catedral Basílica Metropolitana se acercaban varios adultos mayores, algunas mujeres y pocos niños que iban tomando algún que otro ramo que al principio les daban en la entrada. Era un Domingo de Ramos solitario, lejos de alcanzar el aforo que la Arquidiócesis permitió del 35%. Por toda la catedral rodaban cables, cámaras y luces esperando la palabra del arzobispo. En el templo no solo estaban los de carne y hueso, también estaban los que miraban desde lejos, probablemente desde muy lejos.
A la catedral se le sumó una Iglesia San José más poblada, sin un lugar en el cual poder caminar. Un bazar de velones, figuras de Jesús y geles antibacterial con estampillas de la Virgen recibían a la entrada. En medio de lágrimas y penas, la gente alzaba sus manos, su rostro y su máxima expresión de fe se delataba en su cara. El olor a incienso se apoderaba de cada rincón del recinto que data del siglo XIX. Los tapabocas parecían eran como las cruces, estaban por todas partes.
De izquierda a derecha en la galería:
-A las puertas de la Catedral Basílica Metropolitana varias mujeres entregan el ramo minutos antes de la ceremonia de del Domingo de Ramos.
-Los feligreses se arrodillan junto a los monumentos en los pasillos de la Iglesia San José, durante el evangelio de Domingo de Ramos a las 12:05 del mediodía.
-Creyentes escuchando el evangelio del Domingo de Ramos, en medio del distanciamiento físico y la cercanía espiritual.
-Venta de velones y piezas religiosas en San José al mediodía del Domingo de Ramos.
Cuaresma, tiempo de cambio
Faltaba menos de una hora para las 3 de una tarde nublada que sacaba del letargo a los comerciantes esperanzados en vender algo a los fieles que tomaban un poco de aire y lejitos de la entrada se asentaron antes de la ceremonia que seguía; eran familias recogidas en la oración, ancianos solitarios y usuarios pasajeros de las bancas para descansar de todo.
La espera cesó y la asamblea se levantó al observar al sacerdote recorrer los pasillos del templo mientras los fieles se disponían a recibirlo. Unas cuantas personas se acercaron a él para rozar el manto blanco que llevaba puesto y recibir bendiciones rápidamente. Se dirigió al centro donde unos jóvenes lo esperaban y estando de pie frente al público compartió unas cortas palabras llenas de serenidad, dando la señal para empezar una simple pero solemne procesión.
De izquierda a derecha en la galería:
-A la 1:56 de la tarde del jueves 1 de abril de 2020 empezó la representación tradicional de la Última Cena en la Iglesia San José. Como discípulos a la mesa, los feligreses ponen el contraste con los celulares y tapabocas, tan propios de estos tiempos.
-Bendición del Jueves Santo en la Iglesia San José. Las miradas de los fieles siguen la procesión que abrió puntual el inicio del Triduo Pascual
–Estampa de Jesús en el monumento de la Iglesia San José, que ambientaba la espera de los feligreses para recordar la Última Cena.
-Ya pasadas las 3 de la tarde, fieles y vendedores se esparcían en el atrio de la Iglesia de San José, escuchando a la distancia la ceremonia del Jueves Santo que avanzaba puertas adentro.
Carga con tu cruz y ponte el tapabocas
La Veracruz luce como siempre, como si estuviera detenida en el tiempo, pero ahora recibe a sus creyentes con 3 carteles sobre bioseguridad, un gel antibacterial desapercibido y un sacristán con una botella de alcohol como si fuera el celador contra el virus. A la par, se escucha la oratoria del sacerdote que va en la décimotercera estación del Viacrucis. La pequeña iglesia recibe unas veinte personas, sin contar a los menesterosos a los que tanto les niegan la entrada.
El ambiente era diferente en la Metropolitana. El arzobispo pasaba por cada una de las estaciones alrededor de la catedral. Al paso del clérigo le seguían las cámaras tanto de teléfonos celulares como de televisión, cada lente se esmeraba por conseguir el mejor ángulo para encapsular una de las Semanas Santas más solitarias.
De izquierda a derecha en la galería:
-Bienvenida en La Veracruz en la mañana del Viernes Santo, con carteles de bioseguridad que se ven por todo el recinto, con el mismo mensaje en sillas, en paredes y en algunos monumentos.
-Pasillo de La Veracruz alrededor de las 10:30 de la mañana del Viernes Santo. Algo de distancia, algunos tapabocas mal puestos, pero con los ojos pegados al altar.
-El aire de la Basílica Metropolitana durante la ceremonia del Viacrucis del Viernes Santo, encabezada por el Arzobispo de Medellín.
-Recorrido liderado por el arzobispo de Medellín Ricardo Tobón, junto a diáconos y seminaristas que lo acompañan en la quinta estación del Viacrucis. Un equipo de producción de televisión transmite el momento.
La pascua no se contagió
En la mañana fría del Sábado Santo, al exterior de la Iglesia la Candelaria se encontraban unos pocos vendedores, quienes ofrecían a los transeúntes sus productos de segunda mano. El templo se encontraba abierto y recibía a todo fiel que quisiera entrar para celebrar la esperada Vigilia Pascual que iniciaba a las 10 de la mañana. La mayoría eran adultos mayores que contemplaban los monumentos o esperaban su turno en el confesionario.
La campana sonó y por la puerta de la sacristía salió el clérigo con unos cuantos servidores del altar, para con celebrar la resurrección de Jesús. Se dio el saludo inicial, el acto penitencial, la gloria, la oración colecta, las lecturas, los salmos y el centro del rito que enmarca el evangelio y la homilía, el mensaje sobre un resucitado que quita todo sufrimiento humano.
De izquierda a derecha en la galería
-Pasillo central con algunas personas en las bancas de la Candelaria mientras escuchan la predicación del sacerdote en la Vigilia Pascual del 3 de abril.
-Un feligrés escucha desde su lugar seguro en la iglesia de San José, la homilía del sacerdote en torno al Domingo de Pascua.
-Fieles recibiendo la comunión. La mayoría recibía en sus manos el trozo del pan ázimo.
-La feligresía al cierre de la ceremonia del Domingo de Resurrección en la Iglesia de San José.