El proyecto Migraciones Solidarias es una propuesta basada en las manifestaciones de solidaridad que han vivido algunos migrantes, que cuentan cómo ellas sirvieron para lograr su adaptación en el lugar de destino.
Manuela Mesa, Mateo Urrego y Alejandro Ramírez / periodico.contexto@upb.edu.co
Este especial multimedia, apoyado por diversos testimonios e historias, tiene como contenido principal un álbum musical de cinco canciones originales, compuestas por jóvenes músicos de la ciudad, a partir de las historias relatadas.
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Trabajo realizado para el curso de Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios, orientados por los profesores Ana Maria López Carmona, Daniel Santiago Cortés, Joaquín Gómez Meneses.
Las empresas de intermediación digital se han convertido en una fuente de trabajo para los colombianos. Sin embargo, estas dinámicas laborales traen consigo una serie de retos legislativos, dado que en el país no existe una normatividad especial que se encargue de regular estos nuevos modelos de negocio.
Natalia Ceballos y Felipe Restrepo / periódico.contexto@upb.edu.co
Rappi es una plataforma digital colombiana que busca servirles a sus usuarios en la compra y entrega de bienes mediante una aplicación móvil. Esta se caracteriza por la supuesta flexibilidad laboral que le brinda a sus rappitenderos, pero también por las numerosas quejas que estos mismos realizan a la empresa por la falta de garantías laborales. Lo anterior se debe a que Rappi no reconoce a sus tenderos como empleados, sino como ‘colaboradores independientes’ y los ejecutivos argumentan que la plataforma sirve únicamente como intermediaria entre el cliente y el rappitendero. No obstante, los domiciliarios consideran que sí sostienen una vinculación directa con la empresa y por eso, deben ser reconocidos como trabajadores de esta.
Ilustración: Natalia Ceballos . Felipe Restrepo.
Por lo tanto, el problema radica en que Rappi, al no reconocer una relación laboral con los colaboradores, no se ven en la obligación legal de afiliar a los tenderos a la seguridad social. La ausencia de un contrato laboral explícito hace que estos trabajadores digitales sean considerados parte de la informalidad del país, pues no cuentan con los derechos laborales de un trabajador habitual. Esta situación no es nueva, puesto que Rappi desde sus inicios tuvo claro cómo quería operar y relacionarse con sus ‘emprendedores independientes’.
Rappi nació en Bogotá en 2015 y a los pocos meses de operación ya era reconocida a nivel nacional. Y es que el modelo de negocio que esta introdujo al mercado era algo completamente nuevo para el público. La plataforma no solamente les ofrecía a sus usuarios pedir comida de restaurantes a domicilios, sino también la posibilidad de realizar retiros de dinero, mandar paquetes o hacer el mercado. Tanto fue el éxito de la aplicación que, para el 2017, Rappi ya contaba con más de diez mil rappitenderos y con una inversión de Silicon Valley que le permitió expandirse a otros países latinoamericanos.
Desde el 2018 y hasta el día de hoy, el número de rappitenderos sigue aumentando debido a lo fácil que es afiliarse a la empresa, pues solo solicitan un documento de identificación. A pesar de su popularización, los domiciliarios empezaron a protestar por la vulneración de sus derechos laborales, buscando la posibilidad de regularizar la situación de las plataformas digitales en el país.
Este modelo de trabajo se ha convertido en uno de los mayores retos en materia de derecho laboral y seguridad social en Colombia. Tanto así, que el artículo 205, publicado en 2019, del Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022, buscaba regular y garantizar un trabajo digno a las personas que realizan esta labor, mediante un proyecto de ley. A pesar de que hubo varios intentos cursando en el Congreso de la República, ninguno ha logrado radicarse como ley. Asimismo, la ex ministra de Trabajo, Alicia Arango, después de varias reuniones con los dueños de Rappi, se pronunció frente al tema diciendo que el “sistema de contratación de Rappi es legal, pero tremendamente injusto”.
El siguiente año, nació la organización y primer sindicato de domiciliarios en el país, Unidapp: Unión de Trabajadores de Plataformas, la cual cuenta con más de mil miembros. Este movimiento, además de convocar a marchas, también se encarga de realizar incidencia jurídica con el fin de mejorar las condiciones laborales en uno de los países más desiguales de América Latina. En Colombia, según una encuesta realizada por la Universidad del Rosario a 318 rappitenderos, un 53% de ellos no están afiliados al sistema de salud, el 45% vive en estrato 2 y casi el 93% no cotizan pensión.
Juan Carlos Zuluaga, venezolano que trabaja con Rappi hace más de dos años, es una clara representación de estas estadísticas. Zuluaga nació hace 29 años en Mérida y vino a Colombia en busca de mejores condiciones de vida. Al llegar, se enteró por medio de un familiar que para ser rappitendero solo necesitaba, en su caso particular, el permiso de permanencia y asistir a una capacitación en la sede central de la ciudad. Casi 30 meses después de su llegada, ha logrado remuneraciones mensuales que se aproximan a los dos millones de pesos. Pero esto le implica laborar diez horas diarias, los siete días de la semana, pedir baños prestados y trabajar permanentemente a la intemperie. Además, ellos deben asumir los gastos de la gasolina, el plan de datos de su celular e incluso los implementos propios de Rappi como el maletín. Por lo tanto, sus ganancias representan una disminución significativa y si no fuera por el trabajo de su esposa que permite vincularlo a la EPS, a él también le tocaría cubrir este gasto adicional.
Juan Carlos es consciente de que puede activar o desactivar su disponibilidad en la aplicación cuando desee, pero siente que es necesario trabajar un mínimo de horas específicas para subsistir diariamente. Por el otro lado, los ejecutivos de Rappi sostienen que el trabajo en la plataforma no se da por jornadas, sino de manera flexible, lo que le permite al domiciliario trabajar cuando quiera. Además, su discurso plantea que los rappitenderos trabajan en la aplicación porque esta funciona como una fuente complementaria para sus ingresos, más no como su única fuente de estos. No obstante, la independencia que Rappi les promete a sus trabajadores es cuestionable, pues el 81,4% de los 318 rappitenderos encuestados por la Universidad del Rosario se ganan la vida solamente haciendo domicilios en esta aplicación de forma precaria. Y es que para que un rappitendero pueda garantizarse el salario mínimo, debe trabajar más de 10 horas diarias, cuando en Colombia, la jornada laboral no debe superar las 8 horas.
Además de sentir la necesidad de cumplir con un horario mínimo de trabajo, los domiciliarios deben aceptar los términos y condiciones establecidos por la plataforma digital. Al hacer esto, los rappitenderos dependen exclusivamente de la aplicación móvil para poder trabajar, pues deben esperar a que esta les asigne un pedido y también bloquean, sancionan y monitorean al prestador del servicio. En este sentido, el trabajador estaría cumpliendo órdenes y horarios (existe tiempo límite para la entrega de pedidos) establecidos por parte de la plataforma, lo cual se puede traducir en subordinación.
Como lo explica Karina Zuluaga, abogada de la Universidad EAFIT, dicha subordinación es uno de los elementos necesarios para reconocer legalmente una vinculación laboral. El segundo es la remuneración, que en otras palabras viene siendo el salario que reciben como retribución del servicio. Y el tercero es la actividad personal del trabajador, es decir, la exigencia de que la labor a ejercer sea realizada única y exclusivamente por la persona contratada.
El hecho de que Rappi no reconozca una relación laboral con sus tenderos significa que estos no van a estar afiliados a la seguridad social por parte de la empresa. Según Gabriela Pérez, abogada especialista en Derecho Laboral y Seguridad Social de la Universidad Externado, si los rappitenderos se asumen como independientes, deben responder por su propia seguridad social, lo cual rebaja sus ingresos mensuales.
Esta ha sido una de las razones para que los tenderos salgan a reclamar garantías laborales, pues sienten que su labor cumple con las condiciones necesarias para reconocer un contrato de trabajo. Sin embargo, los ejecutivos de Rappi prefieren tratar a los domiciliarios como ‘emprendedores independientes’ porque consideran que ninguno de los tres elementos se cumple para vincularlos laboralmente. Esto es una forma en la que la empresa deslaboraliza a sus trabajadores, dejándolos desprotegidos y aumentando la precariedad laboral. La deslaboralización es una forma de subcontratación que le permite a la empresa eludir responsabilidades legales y reducir gastos administrativos, pero para los trabajadores significa inestabilidad y ausencia de contrato de trabajo.
En resumen, la facilidad en la contratación, la precarización en las jornadas y la falta de garantías laborales son las principales razones por las que se considera que Rappi vulnera los derechos de los trabajadores. Además, no es justo que, bajo el título de flexibilidad, se normalice la explotación laboral en las clases bajas que, por necesidad, se deben ver sometidos a estas condiciones.
También hay que considerar que el Gobierno no ha realizado una buena gestión sobre la legislación laboral de las aplicaciones digitales como Rappi. Debido a retrasos con la pandemia y otros asuntos nacionales, el proyecto que busca garantizar mejores condiciones laborales a estos trabajadores se retrasó y, por ende, siguen siendo vulnerados hoy en día.
En Colombia, el significado del concepto ‘contrato de trabajo’ es antiguo, lo cual hace que las nuevas modalidades de empleo no tengan regulación establecida. Esto evidencia la necesidad de adoptar una normatividad más flexible que tome en cuenta a las nuevas categorías laborales que surgen a partir de las tecnologías cambiantes. Lo ideal sería que la vinculación laboral se diera siempre a través de un contrato de trabajo, pero en Colombia esto no sucede, pues esto trae altas cargas económicas para las empresas. No se trata entonces de disfrazar contratos de trabajo, pero sí de que el gobierno se encargue de definir la relación laboral que los trabajadores tienen con la empresa de intermediación digital. Por esto, es necesario que la legislación colombiana encuentre otras alternativas y nuevas modalidades de contratación que permitan dinamizar el empleo a través de plataformas digitales, para así asegurar condiciones dignas de trabajo.
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Trabajo realizado para el curso Periodismo V, orientado por el profesor Juan Esteban Mejía.
Los emprendimientos durante la pandemia aumentaron significativamente gracias al auge de las redes sociales y a la necesidad de migrar hacia la virtualidad. Especialmente en lo laboral, el teletrabajo se convirtió en una obligación para muchas empresas. Este trabajo multimedia ahonda en las motivaciones de estos emprendedores digitales y en el porqué de hacerlo durante el confinamiento.
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Trabajo realizado para el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero Echeverri.
Como en el resto del país, los pequeños negocios son parte clave en la dinámica económica de la capital del Cesar. Tras la cuarentena han hecho frente al desempleo, la baja en la demanda de productos y servicios, así como a los problemas de financiación. Hasta la tradición cultural de la región es un recurso para revitalizar la economía.
Por: Luisa M. Ochoa Medina / luisa.ochoa@upb.edu.co
Con el inicio de la cuarentena obligatoria en Colombia, el 24 de marzo de 2020, los ciudadanos han vivido el impacto económico que ha generado la pandemia con el que, hasta hoy, muchos sectores han continuado con el cierre absoluto o con una disminución en la productividad. Pero la capital mundial de vallenato, Valledupar, ha demostrado creatividad y progresos gracias a la producción agropecuaria, el turismo, el emprendimiento, la innovación, el comercio y la actividad cultural en torno a su música tradicional.
Estadísticas que tienen un papel fundamental son las del desempleo, muchas personas han quedado desempleadas y otras han conseguido recursos monetarios a partir de los emprendimientos. Así lo señala el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas -DANE-, que dijo que para el mes de agosto de 2020, la tasa de desempleo del total nacional fue 16,8%, lo que significó un aumento de 10,8% frente al mismo mes del año anterior.
Además, según la Encuesta de Desempeño Empresarial -EDE- que realizó ACOPI -Asociación Colombiana de las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas- en julio de este año, indicó que el 86,2% de estas estructuras no contrató personal durante el segundo trimestre de 2020, mientras que el 12,1% manifestó que generó entre 1 y 5 puestos de trabajo.
Karen Torres es la administradora de un local comercial de accesorios para teléfonos celulares en Valledupar. Ella asegura que desde que comenzó la pandemia, no ha despedido a ninguno de sus tres empleados puesto que, por el excelente desempeño de estos, ha hecho el esfuerzo de pagarles sus salarios a partir de las utilidades que gana.
Negocios como el de Karen Torres dependen mucho de que las finanzas de las personas puedan cubrir gastos más allá de lo esencial. Foto: Cortesía.
La antes mencionada EDE, también reveló que, de 253 empresas encuestadas en el país, solo el 7,3% de estas manifestó haber realizado alguna inversión durante el segundo trimestre de 2020. Por esto, la pandemia ha causado desconfianza en muchos microempresarios para invertir, como Ismael Ropero, tendero en Valledupar, quien afirma que “para invertir hay que tener claro el mercado. Pero al ser un mercado nuevo no se pueden destinar todas las ganancias en el negocio, por lo que he comenzado a invertir con porcentajes entre el 25% y el 50%”.
En materia de financiación de las Mipymes, el Ministerio de Trabajo en su sitio web publicó que, con la Resolución 2121 expedida el 15 de octubre de 2020, se ordenó la transferencia de los recursos provenientes del Fondo de Mitigación de Emergencias -FOME-, en el presupuesto del Ministerio, traducidos en 220 mil subsidios derivados de recursos de parafiscales y 320 mil auxilios con recursos del Gobierno Nacional -en total, 62 mil 933.280 millones de pesos- que ya están entregando las Cajas de Compensación a los beneficiarios que están en lista de espera.
Sin embargo, los emprendedores valduparenses, en su mayoría, aseguran que se les dificulta acceder a créditos del Gobierno, pues manifiestan que estos son destinados a, más que todo, pequeñas y medianas empresas, por lo cual han tenido que buscar otros recursos aparte de los que brinda el Estado para mantener estables sus ventas y/o aumentarlas. “Mis fuentes de financiación durante la pandemia han sido mis ahorros, ingresos y el apoyo de una cooperativa de préstamos para microempresas”, comenta Milena Rodríguez, vendedora de productos cárnicos.
Pero respecto a esta situación en la que el Gobierno Nacional dice que entrega ayudas a las mipymes y las microempresas manifiestan que el Estado no los ha podido auxiliar como quisieran, José Ignacio Díez, economista agrícola de la Universidad Nacional de Colombia y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana -ambas en Medellín-, explica que “una razón es que a los microempresarios les da mucho miedo el Estado porque es corrupto, tiene problemas, es ineficiente… Entonces les es difícil acceder a todos estos beneficios de subsidios, préstamos, oportunidades, etc. Por esto, el Gobierno le tiene que llegar más a cada microempresario, esté o no formalizado, y mostrarle todas estas herramientas que ofrece para que reactiven la economía”.
El agro es clave en la reactivación de la economía valduparense. Estos productos ponen en marcha numerosos comercios en la ciudad. Foto: Cortesía.
Otros aspectos afectados por la llegada de la COVID-19 fueron la producción y las ventas. De acuerdo con la Encuesta de Desempeño de ACOPI, durante el segundo trimestre de 2020, en lo que respecta a producción, el 88,8% de las empresas encuestadas manifestó una disminución. En cuanto a ventas, solo el 3,8% señaló un aumento. Además, durante el segundo trimestre de 2020, la percepción de aumento de la producción y ventas pasaron de representar el 31% y 46%, respectivamente, de los empresarios en 2019-IV al 4% en 2020-II.
A partir del 31 de agosto de 2020, día en que finalizó el aislamiento obligatorio en el país, los comerciantes valduparenses, dependiendo del bien o servicio prestado, han empleado distintas formas de adquirir su mercancía. Unos se abastecen yendo personalmente a una plaza mayorista, como Yolima Abello, vendedora de frutas y verduras, y otros recibiendo los productos que reparten las empresas nacionales a través de transportadoras, como Mayelis Puentes, vendedora por catálogo.
Por otro lado, el Gobierno Nacional y sus instituciones muchas veces han demostrado confianza en las mipymes para seguir con la reactivación económica. “Se ha demostrado que estas son importantes debido a que les generan empleo a grandes empresas, ya sea porque les compran materias primas, le terminan o adelantan procesos a las grandes corporaciones, etc. Las mipymes están generando más del 60% del empleo en Colombia. Y puede que las grandes empresas también lo hagan, pero es el componente social el imprescindible y el que va a resolver el problema”, analiza José Ignacio Díez.
Y efectivamente. Muchos emprendedores valduparenses han mostrado seguridad al vender pues consideran que esto da confianza e incentiva a los clientes a comprar. Una manera de hacerlo es haciendo publicidad por redes sociales y demostrándoles la satisfacción de otros consumidores a los nuevos compradores. Sin embargo, otros sienten melancolía ante la apertura de supermercados y centros comerciales, ya que sus ventas han disminuido.
Para la administración del alcalde de Valledupar, José Santos Castro González, es primordial fortalecer la educación, sostenibilidad y visión empresarial de uno de los sectores más importantes de este municipio: las empresas creativas y culturales. Por ello, junto a Bancóldex -Banco de Comercio Exterior de Colombia- y a la Oficina de Cultura de Valledupar, empezó a ofrecer un curso virtual nombrado “Estructuración de modelos de negocios para empresas creativas y culturales”, el cual es gratuito e incluye un certificado de participación por asistir las 25 horas que este requiere, distribuido en dos meses a partir del 7 de octubre de 2020.
Giovanni Ochoa Carreño, profesional de Consultoría y Formación de la empresa Bancóldex, afirma que “este curso presenta al empresario los fundamentos para la elaboración de un modelo de negocio, tomando como referente el modelo CANVAS, desarrollado por Alexander Osterwalder y los temas que trata son: conceptos básicos sobre modelo de negocio, cómo generar una propuesta de valor, componentes y diseños de un modelo de negocio, cómo validar el modelo de negocio, guía para la presentación de un modelo de negocio”.
Aceras con cuatro o cinco restaurantes, zonas conformadas por industrias, negocios transitorios o “toldos” y una diversa variedad de comercios, hacían parte del relieve económico sabaneteño en un pasado no muy lejano. Ahora, un recorrido por las calles de este municipio despierta una sensación nostálgica porque hay lugares en los que antes la gente se reunía para pasar el rato o para hacer compras, que han cerrado definitivamente sus puertas. Sin embargo, mientras se continúa con el camino, un fenómeno singular despierta el interés: en medio de la crisis económica, aparecen nuevas tiendas y negocios.
Emprendimiento con aroma a pollo
No muy lejos del parque principal de Sabaneta, está ubicado el asadero de pollos y restaurante La Pollotería. Su dueña, Angélica María Rubio Castaño, es una administradora de empresas colombo-costarricense, que por veinte años residió con su familia en Costa Rica y que regresó a Colombia con el propósito de explorar el mercado. Su idea inicial de emprendimiento dista mucho de lo que es hoy su negocio.
En octubre de 2019, se asentó en Sabaneta con el fin de crear una empresa de purificación de agua a nivel domiciliario e industrial a base de ozono. Su propuesta surgió debido a la detección de poco desarrollo en dicha industria. Los trámites se realizaron para posicionar a la empresa en Mall Vegas Plaza, ubicado también en Sabaneta; sin embargo, la falta de contactos retrasó el proceso. Mientras documentos iban y venían, la llegada de la pandemia cambió totalmente sus planes.
Pese a que la situación sanitaria actual impidió el desarrollo de su primer proyecto, la mente inquieta de Angélica no se detuvo. Cuenta que recién llegada al municipio, caminó durante largo tiempo en búsqueda de un pollo; y aunque no lo encontró, su espíritu emprendedor y analítico sí halló en esa anécdota, una oportunidad para redirigir radicalmente su negocio hacia otro horizonte. Basado en el conocimiento y recetas adquiridas a lo largo de cinco años en una de las franquicias de La Pollotería en Costa Rica, esa luz que estaba dentro de sí, se avivó.
<< La Pollotería era un emprendimiento cuya propietaria tenía en mente desde hace meses.
Foto: Cortesía.
Cada que Angélica podía recorrer las calles de Sabaneta y encontraba un local desocupado, veía en él, un lugar potencial para su asadero de pollos. Finalmente y entre un repertorio amplio de opciones, seleccionó un establecimiento en la Calle 68 sur con 43C. Señala que para comenzar, la inversión fue superior a los setenta millones de pesos, valor derivado de su ahorro, al que ella llama “capital productivo”.
Aunque contara con un fondo monetario estable, la principal dificultad que se le presentó, fue la de estar realmente decidida a abrir, y más en medio de la crítica situación que atraviesa la economía. No obstante, los permisos otorgados por los entes gubernamentales para la circulación de la ciudadanía, le permitió decidirse por completo. Asegura que, como cualquier negocio, el inicio es la parte más compleja, pero luego de cumplirse, las dificultades cotidianas que se presenten son superadas con facilidad.
La exigencia operativa del restaurante hace que la inversión, según Angélica, no se detenga, pues ciertos gastos deben ser resueltos con la entrada de más capital. Así como algunos recursos demandan dinero, el local en general, requiere de tiempo. Afirma que pasa entre doce y trece horas allí, acompañada de su esposo, quien a su lado, vive esa “aventura” —como lo llama ella— de emprender. Pero él no es su única compañía, están también tres trabajadores que desempeñan una serie de procesos estandarizados que garantizan la calidad del pollo y que son, tal como indica Angélica, la insignia del restaurante. Es por eso que la capacitación a sus empleados es constante.
Para junio estaba prevista la apertura de La Pollotería. Fueron tres meses en los que Angélica pagaba el arriendo del local y las facturas de servicios públicos. Ahora, han pasado dos semanas desde que el establecimiento abrió sus puertas al público sabaneteño, uno que ha acogido con admiración el sabor de los pollos que se preparan al interior de aquel restaurante dirigido por una mujer incansable.
Emprendimientos gastronómicos son importantes fuentes de empleo en Sabaneta. Foto: La Pollotería.
Una “dolche” expansión
A escasos pasos de La Pollotería, se encuentra la segunda sede de Dolche Helados, sociedad encabezada por Juan Guillermo Álvarez. Fundada en el año 2017, la heladería empezó en un pequeño local del parque principal de Sabaneta. Sin ningún tipo de experiencia en el sector gastronómico, Juan Guillermo, empíricamente, lanzó una propuesta que combinara calidad y accesibilidad para el cliente. Por el diseño vistoso del establecimiento y al ser el único comercio de tal concepto en el sector, los numerosos transeúntes que se movilizan por la zona acuden para hacer su compra.
Detrás del reconocimiento que Dolche Helados recibe por parte del público, hay un proceso que, tanto Juan Guillermo como los otros dueños de la heladería, han atravesado para innovar e idear sus productos. Desde un vaso de helado hasta una banana, debían poseer una identidad única que los representara y distinguiera entre la competencia. Es por ello que fue necesario un asesoramiento intensivo.
La capacitación recogida en la etapa inicial del proyecto, les sirvió a los propietarios de la heladería para construir un proceso productivo esquematizado y con especificaciones claras hasta para servir una bola de helado. Detalles como esos son los que caracterizan la calidad en la oferta de Dolche Helados.
Permanecieron con las puertas cerradas durante la cuarentena inicial, pero aun así sabían que el negocio funcionaba bien y tenía una buena recepción. Su reapertura temprana, en comparación con la de locales aledaños, fue un factor a favor que redujo los perjuicios ocasionados por la pandemia. Adicionalmente, Juan Guillermo afirma que al tener un negocio que no suple necesidades sino que genera satisfacciones y sensaciones, puede lograr que los efectos anímicos negativos en las personas producidos por las circunstancias actuales, se disipen con la compra de un producto de esa índole.
A pesar de que los ingresos en el último trimestre de este año disminuyeron un 20% en comparación con ese mismo periodo del año pasado, los dueños de Dolche Helado tomaron la decisión de expandirse. Con una inversión de cuarenta millones de pesos cumplen esa meta que es generalizada entre los emprendedores: la de crecer.
Grandes ventanales muestran el interior de una nueva sede que posee un diseño colorido, estético y atractivo; unas escalinatas que conducen a disfrutar, dentro de un amplio espacio, de cualquiera de las opciones disponibles de helado, es la apuesta que Juan Guillermo y sus asociados le hacen a los sabaneteños y visitantes.
Un camino que continúa
Son diversos los casos en Sabaneta, que demuestran la motivación y el espíritu emprendedor que no se extingue por problemáticas como las que acontecen hoy en el mundo. Por el contrario, ese impulso se revitaliza. La nostalgia por el pasado, por ver desaparecer aquellos lugares que antes eran el punto de encuentro para festejar, celebrar o convidar, desaparecen cuando surge la consciencia de que existe la esperanza.
Viven esperando a que alguien los mire, que alguien encuentre en ellos, en sus productos, algo que los deslumbre, que les provoque, que se les antoje. Viven de los impulsos de un desconocido que decida “darse el gusto” de comer un dulce o fumarse un cigarrillo, viven esperando que el pensamiento que atraviese la mente del otro sea a su favor. Habitan en medio de una incertidumbre, de una esperanza, buscando un “hoy que sea mejor que ayer, para no apretar tanto, para sufrir menos”, como dice Cecilia López, trabajadora informal, vendedora de chicles y mecato en Ciudad del Rio.
Sin publicidad, sin una estrategia de marketing o un estudio sobre su público, van por la vida buscando salir adelante, ayudándose del voz a voz, de sus graciosas anécdotas o de su cortesía. Cada uno tan único y tan distinto a los demás, se termina convirtiendo en parte de nuestra rutina, en una parte fundamental; pues, si por alguna razón algún día no están, lo primero que pasa por nuestra mente es: “¿Qué le habrá pasado?”. Solemos identificarlos, saludarlos por su nombre y terminarnos en un intercambio de sonrisas… terminamos siendo eso que hoy en día ellos extrañan, esa interacción humana que se había convertido en parte de su rutina y ahora se ve interrumpida por un tapabocas y un amargo sentimiento, el miedo.
“Los vendedores han estado en cuarentena en la calle durante mucho tiempo, pero en la calle no hay gente”. Esta frase de Boaventura De Saousa Santos de su libro “La cruel pedagogía del virus” cobra sentido en el instante que la empatía nos lleva a descubrir que para ellos los días terminan siendo eternos, insoportables. “No vale la pena salir, gasto más en el pasaje de lo que gano”, asegura Cecilia López y aquí ni el mejor de los planes los puede salvar, pues no hay que ser un economista experto para saber que si no hay demanda no hay ganancia.
El problema radica en que el destino de el 40.4% de la población de Medellín según el DANE queda en manos de un ser superior y creador o de la suerte. Queda en manos de una incertidumbre agobiante que, si antes de la cuarentena era difícil de controlar, ahora ese sentimiento se multiplica, se intensifica; haciéndolos y haciéndonos pensar ¿Cómo se reinventa una persona como Cecilia que lleva 13 años en un mismo puesto, en una época de crisis en que si antes era difícil conseguir trabajo, ahora lo es el doble? ¿Cómo Cecilia duerme por las noches sabiendo que antes ganaba entre 30.000 y 40.000 pesos diarios y ahora si mucho, gana 10.000? ¿Cómo hace Cecilia para mantener la cordura mientras se siente ahogada en las dudas? Si desea, no la llame Cecilia, póngale el nombre del trabajador informal que quiera, el problema es el mismo o muy similar.
Con ayudas insuficientes, los trabajadores informales, parte importante de la fuerza laboral de Medellín, están paliando los efectos de la pandemia. Foto: Daniela Gómez Isaza
Porque estos seres que se habían convertido en parte de nuestro paisaje, tuvieron por mucho tiempo que cumplir con la cuarentena al igual que nosotros, una cuarentena que, como lo dice Boaventura De Sousa en el libro anteriormente nombrado: “parece haber sido diseñada con una clase media en mente”, una clase en la que estos seres simplemente no encajan y que así luchen por hacerlo, no lo lograrán, una clase que no está atrapada entre morir del virus o de hambre.
“¿Cómo hago para creer, si me han fallado tanto?”, dice Cecilia cuando se le habla del Gobierno: “yo fui desplazada dos veces, de Urabá y de la Costa y señorita, ¿usted piensa que se preocuparon? Siempre que llegaba a alguna oficina, porque decían que nos iban a dar una ayuda, me comentaban que no aparecía en el sistema”, dice con la voz quebrada y desviando la mirada, y cómo juzgarla, querido lector, si tantas veces la han ilusionado con ayudas que nunca han llegado.
Cecilia cuenta que hace poco la llamaron a su casa, una niña que decía trabajar para el Estado, pidiéndole unos datos y que esta trabajadora informal le decía: “Usted me llama a mi casa, ya sabiéndose mi cedula, mi nombre completo y mi dirección y me dice que necesita más datos… ¿Qué más quiere que le de?”.
Cecilia nació en Sucre, pero por razones del corazón terminó en Medellín, a pesar de que ella creía haber encontrado el amor de su vida, terminó criando a sus tres hijos sola y sacándolos adelante. “Los tres son estudiantes y durante la cuarentena yo no podía trabajar, porque me daba miedo salir. Además, no valía la pena… el lugar que pago para que me dejen guardar el carro vale 7.500 diarios, más los pasajes desde Envigado hasta acá y acá no había gente… no valía la pena”.
Cecilia sobrevivió la cuarentena, al igual que muchos otros trabajadores informales, por la solidaridad del desconocido, la empatía de ese comprador que solía saludarla, el apoyo de esa persona que pasaba y aunque, probablemente, no sabia su nombre, sabia que ella existía… Cecilia y su familia sobrevivieron esta crisis, por ese sentimiento que invadió el corazón de muchos, un sentimiento que nos recordó nuestra humanidad, nuestra fragilidad. “las personas que menos yo esperaba fueron las que me terminaron ayudando” dice Cecilia con una sonrisa en el rostro, pues en el interior sabe, que terminó encontrando ese apoyo que tanto buscaba en el gobierno en la gente del común.
Como Cecilia existen muchos otros, como por ejemplo Cisto González, un vendedor de micheladas en Ciudad del Rio: “Yo solo pude dejar de trabajar dos meses y me tocó salir porque ya no tenía con que comer”. Cisto ya no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler del lugar donde le guardaban el carrito, entonces le tocó empezar a llevárselo a su casa todas las noches y volverlo a traer todas las mañanas… Le puso una bicicleta y desde el Barrio Niquitao hasta Ciudad del Rio pedalea, para tratar de conseguir el dinero suficiente para poder vivir, sobrevivir.
Como la vieja expresión, “en la lucha” viven los trabajadores informales durante esta crisis. Viven con el miedo, no solo el típico y casi cotidiano para ellos al “incierto mañana”, sino por sus posibilidades de contagiarse y salir victoriosos de esta lucha contra un enemigo invisible. Según un estudio de la Universidad de los Andes del 28 de marzo del 2020, un ciudadano que vive en estrato 1 tiene 10 veces más posibilidades de ser hospitalizado o de fallecer por Covid que una persona que vive en estrato 6 y una persona que vive en estrato 2 tiene el doble de posibilidades de ingresar a una UCI que una persona que vive en estrato 6… ¿Y cómo no estar temblando ante una posición como estas?
Puede que las estadísticas no estén de su lado o se sientan abandonados por el Gobierno, pero con personas como Tatiana Cano, una de las fundadoras de “Putamente Poderosas”, un colectivo que trabaja en pro de las trabajadoras sexuales de la ciudad de Medellín y Antonia Galeano, creadora de “Miradas de sueños”, una iniciativa que se centra en ayudar a los trabajadores informales de la ciudad de Medellín, aún queda esperanza.
Ellas se han esforzado por ayudar, por hacer que las historias de estas personas se conozcan y que dejemos de normalizar “la forma tan tibia en la que ha actuado el Estado”. Como afirma Tatiana Cano, han luchado, día tras día, por un cambio de mirada, porque valoremos a estas personas que hemos “obviado” en nuestra rutina y que ahora más que nunca necesitan de nosotros y nosotros de ellos… Pues al final del día, ¿quién mejor profesor que ellos, cuando se habla de resiliencia, de entusiasmo y berraquera?
En el encierro muchas familias han encontrado la oportunidad de retarse a crear. Las impactos extremos de la pandemia han convertido a familias enteras en núcleos de emprendimiento, alimentados por conocimientos tradicionales, talentos y aficiones. Esta es una de esas historias.
7:30 de la mañana del 16 de marzo del 2020. En la bandeja de entrada del correo institucional hay un mensaje nuevo: “No habrá clases presenciales, unámonos a la virtualidad”, era su asunto. Samuel, en medio de la somnolencia, lee ese mensaje placenteramente. ¿No ir a clases? Una delicia. ¿Por cuánto tiempo? Indefinidamente. Al fin y al cabo, le gustaba estar en casa por un par de días, quizás un par de semanas, ¿qué podría salir mal si en su casa tenía lo estrictamente necesario para estudiar y sobrevivir?
Primera semana, todo muy bien; segunda semana, sin problemas; tercera semana, sin quejas pero bien en general. Un mes después ya todo empezó a tornarse un poquito frustrante, las noticias inundaban la cabeza de Samuel de mucha información abrumadora y la Universidad ya no era divertida virtualmente, quería ver a sus amigos, pasar por el “Venteadero”, que es donde él se reunía con ellos, socializar, tener contacto, todo eso parecía tan extraño ahora… Pero Samuel no era la única persona en su casa que sentía la incertidumbre, su madre Nohelia también pasó por un momento crucial que afectó directamente a toda la familia y fue cerrar el restaurante que durante cuatro años había sido parte de sustento al hogar de los Meza Tabares. El padre, Elkin, tuvo que devolverse a Medellín desde Apartadó, dejando a un lado una obra de la cual él era jefe.
“Un día, Samuel llegaba a su casa y su madre preparó la cena para él y su hermano:
una hamburguesa casera.”
“¿Ahora qué?”, pensaban Samuel y toda su familia al encontrarse en una situación poco convencional que los llenaba de un sentimiento extraño que nos atemoriza como seres humanos: la incertidumbre. En las noticias, no dejaban de pasar información acerca de los casos de COVID-19 que se presentaban a nivel mundial y el temor por que llegara a Colombia se iba intensificando levemente.
¿Quedarse de brazos cruzados? ¡Jamás! Samuel no iba a permitir que él y su familia pasaran necesidades así que se le ocurrió la fantástica idea de ser Rappi. Tenía la moto, los papeles al día y qué más que la motivación, así que empezó. Como era de esperarse, daba susto porque era salir a la intemperie corriendo el riesgo de ser contagiado por esa enfermedad que amenazaba a diestra y siniestra, pero Samuel siempre cumplía con las precauciones necesarias. Gracias a este trabajo, Samuel llevaba diariamente a su casa $50.000 y, por otro lado, su madre, Doña Nohelia, vendía almuerzos caseros en la unidad, sin embargo, no era suficiente. Samuel tenía una ambición muy alta.
Un día, Samuel llegaba a su casa y su madre preparó la cena para él y su hermano: una hamburguesa casera. Lo que ellos no sabían es que esa hamburguesa, obra de su madre, iba a ser el primer escalón para una fantástica idea de negocio. “¿Una hamburguesa? Muy normal”, dijeron en el momento, según cuenta Samuel, pero percibió que esa no era cualquier hamburguesa, tenía un sabor sofisticado que, al primer mordisco, se sentía ese cosquilleo en las papilas gustativas, un sabor que nunca Samuel y su hermano habían probado en una hamburguesa. Así reconocieron el talento único de su madre para la idea en mente.
Así fue cómo Samuel y su hermano empezaron con su modelo de negocio a finales de mayo. Estaban en la búsqueda de un producto que no fuera solo bueno, sino que tuviera algo único en el mercado, algo más elaborado, así que Samuel emprendió su búsqueda para encontrar esos elementos atractivos: pan de masa madre, cebollita crispy, queso crema, queso cheddar, vegetales frescos y una salsa de la casa bien elaborada. Unas cuantas mejorías en esa hamburguesa, hasta que llegaron a la prueba final y, como subrayó Samuel: LA hamburguesa.
No solo las recetas estaban entre los talentos ocultos de los Meza Tabares, resultó que también sabían de fotografía y presentación de los productos. Foto: Pan y Pedazo.
Samuel y su hermano Thomas, comenzaron a difundir por redes sociales la nueva creación: “Hamburguesas artesanales por $12.000”, decía el primer aviso publicitario, que rondó por sus estados de WhatsApp y el de sus amigos hasta que llegó su primer comensal: Alejandra, una amiga de Thomas quien les hizo un pedido de ocho hamburguesas, nada mal para empezar. El resultado: ¡Le encantaron! Y así comenzó la película de las hamburguesas. “¿Sí ve, má? Esto va a ser un palo”, le decía Samuel a su madre.
Día tras día, todo iba dando resultado lentamente. “Pongámosle Pan y pedazo”, propuso un día doña Nohelia y ese nuevo chispazo creativo le dio más impulso al proyecto inesperado que, como se dice entre los restauranteros, estaba “salvando las papas” a la familia Meza Tabares. Empezaron con la hamburguesa clásica, después, una double cheese & bacon, otra llamada Philadephia. Así, poco a poco, fueron innovando en sus productos únicos. Todo apuntaba a que iban a ser un éxito, cada miembro de la familia se puso un rol específico: Thomas hace las papas y empaca las órdenes, doña Nohelia en la plancha, Samuel armando hamburguesas y don Elkin con el aseo, armando cajas y comprando provisiones.
Hay ocasiones que la demanda obliga a interrumpir otras tareas para atender Pan y pedazo, las órdenes han superado la imaginación de los dueños de este emprendimiento, que, como en muchos otros casos, no es solo fuente de ingresos, sino de la tranquilidad que produce no quedarse quietos ante la adversidad.
Soñé una gran cantidad de veces que despertaba y el mundo era diferente, que ya no había un virus asesino suelto, un enemigo invisible que nos hace creer en la suerte y en el destino. Uno que hace tiempo dejó de temer y nos puso a temblar a nosotros, los seres creados a imagen y semejanza. Usted no me creería si le dijera que podría jurar que el mundo entero soñó lo mismo que yo, soñó con esa dolorosa ilusión de que todo cambiaría, que el virus desaparecería.
Lastimosamente, a ninguno de nosotros el sueño se nos hizo realidad, al parecer esto solo sucede en los cuentos de hadas, sin embargo, somos tercos por naturaleza y seguimos queriendo habitar en esa utópica fantasía. Pero despertamos, siempre lo hacemos y volvemos a ver cifras de contagios, muertes y recuperados; es aquí cuando ese sueño, esa esperanza sabe a melancolía con dos cucharadas de desilusión, bienvenidos de nuevo a la realidad.
Usted me llamaría “mentirosa” si yo le dijera que a pesar de que el virus nos afecta a todos, que es un problema común que ha sacado a flote nuestras inseguridades, no todos lo vivimos de la misma forma y no hablo de la intensidad ni de la gravedad, sino de la probabilidad. Por favor no me malentienda, no le hablo de fórmulas complicadas que nos agotan, sino de cálculos simples que convierten en cifras a aquellos que en algún momento lucharon por su vida y salieron victoriosos o por el contrario, a los que les faltaron fuerzas o instantes para seguir luchando.
Hace tiempo que usted y yo vivimos en un caos que por alguna extraña razón llamamos monotonía, vivimos en una “rutina” que es todo menos eso pues, aunque no nos demos cuenta, cada vez es más grande la brecha entre unos y otros. Todo a nuestro alrededor cambia, algunas veces para bien otras para mal, pero cambia y nosotros tenemos la valentía de decir que es “una vida aburrida”.
Hoy me gustaría contarle, que según un reciente estudio de la Universidad de los Andes, un ciudadano que vive en estrato 1 tiene 10 veces más posibilidad de ser hospitalizado o fallecer por COVID-19 que alguien que vive en estrato 6 y una persona que vive en estrato 2 tiene el doble de posibilidades de ingresar a una UCI que una persona que vive en estrato 6… es aquí cuando pienso, ¿Dónde están todos esos discursos que nos hacían pensar que el virus era ciego? Que nos da a todos por igual, que no sabe de razas, estratos, etnias, ni religiones, al parecer el virus no es tan justo como pensábamos, tan imparcial.
<< En cada negocio en la calle, una historia de humanidad. Foto: Isabel Salazar Ruiz.
Ahora, le suplico que me explique cómo se vende tinto por Zoom, cómo comprar un solo cigarrillo por internet que generalmente viene acompañado de una buena conversación que suele iniciar con “¿Muy movido el día?” o “¡Que es este calor por Dios bendito!”, cómo hago para que en Rappi me salga una empanada de iglesia con ají o papás criollas con salsa rosada, por favor, explíqueme cómo estas personas, que hoy tengo la valentía de llamarlas “Los amigos de todos”, sobreviven a una situación como esta, donde es morir o morir, de hambre o del virus, el mismo efecto pero diferente causa.
Por esto hoy, recuerdo una cita del libro “La pedagogía del virus” de Boaventura de Sousa Santos: “Las recomendaciones de la OMS parecen haber sido diseñadas con una clase media en mente, que es una pequeña fracción de la población mundial.” Y me cuestiono ¿Está el gobierno pensado en las mayorías? Porque ellos, los trabajadores informales, según el DANE, son el 40.4% de la población del área metropolitana de Medellín, entonces por favor dígame ¿Qué clase de pensamientos están en la cabeza de nuestros dirigentes? Ayúdeme a comprenderlos por favor, pues yo ya no entiendo lo que está pasando, al parecer me perdí el momento en el que el mundo empezó a girar al revés y todo parece indicar que usted también.
Según sondeo realizado por la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia, entre el 4 y 5 de abril a 411 empresarios, las empresas expresaron haber reducido la planta del personal al 30.5%.
El 20 de marzo, la Alcaldía de Medellín se sumó al decreto departamental que anunció la ‘Cuarentena por la Vida’, debido a la pandemia de la COVID-19. Luego llegó la orden del Gobierno Nacional en el Decreto 457, firmado por el presidente Iván Duque el 23 de marzo, en el cual se estableció el aislamiento preventivo obligatorio. Muchas actividades laborales se vieron afectadas por esta situación, el cierre de la actividad comercial tuvo como consecuencia el aumento del desempleo.
La Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia estimó en el mes de abril que la tasa de desempleo pasaría de 11.8% a un rango entre el 15.5 y 16.1%, teniendo en cuenta que, de los tres millones de ocupados del departamento, cerca de un millón laboran en actividades de alto riesgo de afectación por COVID-19, por ello se proyectaron pérdidas de entre 112 mil y 131 mil empleos, lo que implica el incremento en la tasa de desempleo hasta llegar al 15%.
Algunas empresas lograron mantenerse activas, ya sea por diferentes medios. Por ejemplo, los negocios en línea fueron protagonistas en estos tiempos de cuarentena, aunque las ventas sí se vieron afectadas. De otra parte, hubo otros negocios que se beneficiaron por las circunstancias. Maribel Vahos, dueña de la empresa ‘Grupo Digital Creativo’, dedicada a la impresión digital de murales, pendones, avisos y elementos similares, relató que su empresa cerró solo por un mes, ya que la señalización fue una gran ayuda para recueprar en algo sus ventas pues debieron cesar a cuatro empelados y seguir con el equipo a medias. Explica que: “También nos hemos estresado porque ahora no hay manera de contratar más personal, entonces el que hace una cosa tiene que hacer todo”.
<< El comercio informal, también muy afectado por la cuarentena, muestra igualmente signos de recuperación. Foto: Isabel Salazar R.
Hugo Vásquez dueño del ‘El Vasco’, una empresa importadora y comercializadora de juguetería, cacharros, productos del hogar y belleza, comentó que la cuarentena lo afectó mucho como empresa distribuidora y comercializadora. Seguir respondiendo sin ingresos por los gastos de arrendamiento, el pago a los empleados y otros costos, generó un déficit del que le tomará años recuperarse pues incluso algunos de sus clientes no se repusieron del cese de actividades. Equipos de trabajo reducidos, cargas de trabajo en aumento para recueprar el trabajo perdido, describen el panorama del sector comercial de Medellín.
Otra situación es la de los empleados, muchas veces cabezas de hogares que entraron en un limbo a causa de la pandemia.
Juan García se desempeñaba como jefe de producción en Publicaciones VID, una obra de la Congregación Marianaque presta servicios de impresión litográfica y digital. Pagarle se había convertido en una dificultad por los pocos ingresos en la empresa; con su despido, la situación se trasladó a su hogar.
En los trabajadores indeendientes, el panorama tiene muchos matices. Grace León, una joven de 25 años, anteriormente trabajaba como bartender en una empresa llamada ‘Aguas Claras’, la cual presta servicios para eventos como matrimonios, ceremonias de graduación, entre otros que, por las aglomeraciones que son habituales en ellos, fueron cancelados, como los contratos de Grace y tosos sus compañeros.
<< En las calles están las principales evidencias de los efectos del desempleo. Foto: Isabel Salazar.
Para el primero de septiembre Iván Duque, presidente de la República dio por terminada la cuarentena y el comienzo de un aislamiento selectivo, que apela ahora a la responsabilidad individual de los colombianos. Después de tener casi seis meses cerrados los establecimientos comerciales, Fenalco Antioquia presentó el 28 de agosto el índice de desempleo en el Valle de Aburrá, del 24.7%, cifra que supera lo estimado por la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia en el mes de abril. Carlos Andrés Pineda, Director ejecutivo de Fenalco Antioquia expresó que “necesitamos entonces reactivar la economía, recuperar esa actividad económica, con el apoyo de nuestros alcaldes del Valle de Aburrá, para poder recuperar esas actividades críticas del comercio, de la economía naranja, de hotelería y restaurantes, para volver a la celda del crecimiento y empleo para los antioqueños”.
Ahora que está permitido salir a las calles, encontramos nuevamente en cada semáforo personas que piden dinero u ofrecen productos o su trabajo en oficios varios. En efecto, un recorrido por zonas comerciales como la tradicional carrera 70, dejan ver que muchos locales han reabierto, otros están en reformas para dar espacio a nuevos negocios, pero la demanda de productos y servicios no es igual. De otra parte, como lo resalta la alianza Medellín Cómo Vamos, el empleo tiene efectos no solo económicos, sino también sicosociales, pues es clave en el bienestar percibido, en la salud mental de las personas.
Los temores ante una nueva cuarentena y lo que significaría para quienes están en plena recuperación, han dado paso a las realidades que implica lograr que la economía despegue nuevamente. Julián Steven Vásquez, comerciante sostiene: “Tenemos mucha esperanza de que el comercio vuelva como antes, teniendo en cuenta que también debemos tener una ayuda por parte del Gobierno para que no nos vayan a encerrar de nuevo porque la economía se vería ya demasiado afectada con otra cuarentena obligatoria, pero al paso que vamos, se podría decir que aunque el proceso es lento, todo se vuelve a movilizar”.
El “chachachá” de las locomotoras, las despedidas, las bienvenidas, los venteros ambulantes, el olor a humo, la avena fría de Viviano, las mandarinas de Herminia, los quesitos de María, las hojaldras de Rosa Tirado, los chorizos de Ana Felisa y demás facetas del paso de los trenes del Ferrocarril de Antioquia por Cisneros, se pueden evocar hoy, en pleno siglo XXI, con solo un bocado de una rica y suave torta de pescado, con un toque salado y acompañada por media arepa.
Cisneros está a 83 kilómetros de Medellín, en el Nordeste antioqueño, es un pueblo panelero por tradición, rodeado de ríos y enclavado entre montañas que cultivan caña de azúcar. El río Nus y la quebrada Santa Gertrudis son los principales afluentes que componen el paisaje del lugar y forman charcos que son atractivos para los turistas y en los que viven peces nativos como sabaletas, mulas, barbudos y corronchos.
A 95 kilómetros de Cisneros se encuentra Puerto Berrío, un municipio que tiene como una de sus principales fuentes de ingresos a la pesca. Allí desemboca el río Nus en el caudaloso río Magdalena y hay innumerables restaurantes y ventas de pescados como bagres, bocachicos, blanquillos, cachamas y comelones, unos peces que se dejan secando con capas de sal durante días al sol y al aire. Esta es la base de las mejores tortas de pescado del municipio y de la que vive una familia cisnereña desde hace 90 años.
En la avenida principal de Cisneros ya es habitual ver a una mujer, con vestidos floreados y un delantal tipo mandil sentada, en una silla Rimax azul y desgastada. Ella sostiene una canasta roja en su antebrazo, su piel arrugada permite inferir su edad.
Berta Serna, de 84 años y oriunda de Cisneros, inicia todos sus días a las 5:45 de la mañana. El despertador se encuentra incorporado en su cuerpo. A esa hora se levanta a preparar sus tortas de pescado desde que tenía 20 años y era aprendiz de su madre.
Estas ventas tuvieron su inicio en las estaciones del Ferrocarril de Antioquia, un proyecto que potenció la economía del departamento y el país desde 1929, que fue su inauguración, hasta 1960 que inició su declive debido a que el gobierno se centró en las vías terrestres. Esto dio fin al funcionamiento de este sistema férreo. Para ese entonces, el tren ya había transportado durante 10 años a Berta, su madre y las tortas de pescado desde Cisneros hasta Caracolí. Allí se embarcaban en el tren que subía y finalizaban su trayecto en la estación Barbosa.
Del Ferrocarril en Cisneros solo queda el vagón 39 de la máquina 45, que adorna la avenida principal. La estación actualmente es un museo cultural. También hay tramos de las carrileras, unos ya escondidos entre pasto y cemento y otros aún visibles, pero desgastados.
<<Doña Berta y su presencia habitual en las calles de Cisneros. Foto: Sofía Vanegas.
La sonrisa de Berta, compuesta por dos dientes con bordes de oro, no se borró ni siquiera cuando el tren se detuvo. Al contrario, esto le dio las fuerzas suficientes para superarse y sacar adelante a los 15 hijos que la vida le dio y que, poco a poco, esta misma le ha ido quitando. Uno se fue para Guatemala y nunca regresó. A Julio lo mataron de una puñalada. A Darío una moto lo atropelló y lo mató. “Rayo”, como le decían a otro, murió de una cirrosis. Y así Berta dejó de ver a muchos de sus hijos. Ahora solo quedan cinco mujeres, tres de ellas tienen su propio negocio de tortas de pescado gracias al aprendizaje heredado de su madre y a la popularidad que su peculiar receta ha construido.
De lunes a sábado Berta hace 20 libras de pescado y el domingo aumenta un poco la cantidad. “Es fácil, prendo seis fogones y pongo seis pailas, luego solo es coger el pescado, harina, aceite y saque”, afirmó mientras agarraba un cigarrillo entre sus dedos, uno de ellos está rodeado por un anillo plateado y el resto tienen las uñas maquilladas con una ligera capa de color negro.
Los años pasan, pero la lucidez de Berta no los siente, con seguridad dice que no se enferma de nada, no toma vitaminas ni pastillas y no recuerda la última vez que fue al hospital. Como los años, también pasan carros particulares, motos, buses y transeúntes buscando, a cualquier hora del día, una rica torta de pescado a 2500. Estos productos se envuelven en un pedazo de papel cuadernillo que compra a 300 pesos. “Las servilletas no me gustan, son muy pequeñas y delgadas”, comentó mientras entregaba tres tortas a un cliente.
La sazón, la suavidad en cada bocado y el buen tamaño por un bajo precio, hicieron que Berta, sin darse cuenta, se volviera referente cultural del pueblo. Ella y sus tortas ya son una tradición allí y en los municipios aledaños, además para los viajeros, turistas, campesinos e incluso desde Medellín le encargan cada tres días 50 unidades que envía en un bus.
Desde que era una jovencita las calles de la avenida principal de Cisneros la acogen. Ahora, su cabello es totalmente blanco y tiene casi tantos años como la máquina 45 del Ferrocarril de Antioquia que se encuentra estacionada allí. Aquella ha sido testigo de la rutina invariable de una mujer que no conoce la palabra descanso y tampoco ve una obligación en su trabajo. Tener satisfecha a la gente es el motor que la mueve día a día: “En la casa me aburro, mi vida es esto y es lo que me gusta hacer”, aseguró con cierto tono nostálgico.
A sus 85 años nunca habla de un hombre. A pesar de tener 15 hijos, no amó al papá de ninguno porque el amor jamás estuvo de su lado. Estas figuras varoniles pasaron por su vida de una manera fugaz y sin dejar huella. El cuerpo bonito y agraciado de una vendedora de tortas de pescado, que recorría las calles del pueblo y los vagones del tren, captaba sus miradas. Por la necesidad de “buscarse la comidita y sacar a los hijos adelante”, Berta les dio el gusto de adueñarse y disfrutar su cuerpo por apenas un par de pesos.
En medio de unos cuantos cigarros, tintos, saludos y ventas transcurren todos los días de Berta. Vende tantas que tiene que ocupar dos canastas y son contadas las veces que le sobran. Su corazón es tan noble que se le acercan personas vulnerables y ella con un gesto de generosidad coge una, la envuelve y la regala. Tampoco le molesta dejarlas más baratas, “deme 2000 mil”, les dice sin preferencias a algunos de sus clientes.
Cuando los buses de las flotas Coonorte y Expreso Cisneros paran a recoger o a dejar a sus pasajeros, Berta toma impulso, coge su canasta y emprende camino hasta allí. Sube reluciente, sin ayuda y con la misma sonrisa que la caracteriza. Camina hasta la última fila de sillas observando de lado a lado. “Tortas, tortas, tortas de pescado”, dice en el tono más alto que sus cuerdas vocales lo permiten. Siempre espera bajarse de allí con unas cuantas porciones menos.
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Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.