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  • Sociedad Amigos del Arte: el legado de una ciudad moderna

    Han pasado 84 años desde que se habló por primera vez en el Instituto de Bellas Artes sobre crear una sociedad promotora de conciertos que cambió significativamente la historia de la capital antioqueña, pues fue la puerta de entrada a la modernidad.

     

    El Teatro Junín (en el lugar que hoy ocupa el edificio Coltejer) fue uno de los escenarios principales de la oferta artística y cultural promovida por la Sociedad Amigos del Arte. Foto: Gabriel Carvajal (s.f.). Archivo BPP.

     

    La Sociedad Amigos del Arte de Medellín fue homóloga a la Sociedad Amigos de la Música de Bogotá, la base de un proyecto modernizador de ciudad, en momentos en que la Dirección Nacional de Bellas Artes promovía reformas en la práctica y la educación musical en Colombia. Su titular, Gustavo Santos, propuso al docente Carlos Posada Amador y a Antonio Cano, Director del Instituto de Bellas Artes, una sociedad para apoyar el II Congreso de Música celebrado en Medellín en 1937, idea que impulsó la realización de conciertos mensuales en los teatros de la ciudad.

     

    Tres de los más icónicos fueron el Circo Teatro España, ubicado entre las carreras Girardot y Córdoba y en medio de las calles Perú y Caracas; tenía capacidad para 6.000 espectadores de obras de teatro, circo, ballet, conciertos, cine mudo y carreras; además de corridas de toros para 4.000 personas. El Teatro Bolívar, construido en 1909 en tapias de caña brava, acogió en 1943 al maestro y violinista checoslovaco Joseph Matza, el primer director de la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia. Asimismo, el Teatro Junín, diseñado por Agustín Goovaerts en 1922 y promovido por Gonzalo Mejía, empresario y productor de la película, “Bajo el cielo antioqueño”, tenía capacidad para 40.000 espectadores y recibió a la cantante Marian Anderson en 1955 y al bailarín Lew Christensen en 1958. Medellín era unos de los corredores de arte más importantes del continente.

     

    A comienzos de la década de los 20, Medellín tenía entre 120.000 y 150.000 habitantes y aunque el aforo de estos recintos era proporcionalmente mayor al que hoy existe, estos se llenaban gracias a la oferta de boletas a precios asequibles para todo público.

     

    Para amantes del cine mexicano, español y argentino, el Teatro Junín y Alameda eran siempre una buen opción; para el Cine continuo estaban los teatros Cinelandia y Aladino. Los amantes del cine erótico tenían al Sinfonía y Guadalupe; para el cine francés y europeo estaba el Teatro Opera, y para las superproducciones, el teatro Metro Avenida era un especialista.

     

    La Sociedad Amigos del Arte también motivó a cantantes, bailarines, músicos y pintores colombianos. Por ejemplo, Débora Arango recibió el primer premio en la Exposición Artistas Profesionales de Medellín, en 1939.

     

    Los artistas más destacados del momento estaban en la nómina de invitados a los espectáculos promovidos por la Sociedad Amigos del Arte. Foto: Colección Patrimonial Universidad EAFIT.

     

    La Sociedad Amigos del Arte difundió la música instrumental centroeuropea de los siglos XVIII y XIX, ayudó a potenciar la enseñanza de la música en los centros educativos del país como el Conservatorio Nacional en Bogotá, dirigido por Guillermo Uribe Holguín. Medellín tuvo nuevos espacios para escuchar música, nuevas orquestas, grupos musicales y congresos de música, docentes extranjeros que transformaron la educación musical, hasta grabaciones de discos extranjeros, con la radiodifusión en pleno auge; todos fueron elementos que cambiaron el modo de vivir en la ciudad.

     

    Toda esta cultura artística nos regaló la mejor idea de ciudad. Aunque la SAA desapareció en 1962 ante la falta de miembros fieles y público para los conciertos, su legado permitió que las clases sociales pasaran a un segundo plano, pues gente acomodada, campesinos y obreros, disfrutaron sin distingo del gusto por el arte. Así lo confirma uno de sus asiduos visitantes, German Jiménez Gil, hoy Jefe Comercial de Cotrafa en la Zona Centro, quien recuerda cómo una tarde de películas con amigos era parte de su vida.

     

    La mayoría de las personas que construyeron este legado no viven hoy en día, pero es nuestra labor como ciudadanos rememorarlo para contarlo.

     

  • Medellín: “UNA OBSESIÓN GENERALIZADA POR ESTAR SIEMPRE EN OBRA”, GREGORIO HENRÍQUEZ

    Medellín es una ciudad sin centro histórico, que se ha encargado de sistemáticamente erradicar los espacios patrimoniales para continuar con una expansión urbana enfocada hacia la modernidad y la innovación. Se ha transformado a costo de la eliminación de la historia arquitectónica. El antropólogo, escritor y asesor cultural Gregorio Henríquez ha dedicado sus investigaciones a la reconstrucción histórica y a incentivar la conservación patrimonial de eso que nos dejaron.

     

    Numerosos espacios del Centro de Medellín han desaparecido sin que se conozca su verdadero valor histórico.

    Foto: Matín Villaneda

     

    ¿Qué se entiende por centro de Medellín?, ¿cómo han influido las élites de la ciudad en esa conformación de centro?

     

    Va desde la Avenida de Greiff hasta el Centro Administrativo La Alpujarra. Y del Río, detrás del SENA, hasta el Museo Casa de la Memoria. Es la comuna 10, La Candelaria. En las élites estaba ese centro. Lo que es hoy Parque Berrio, era su plaza principal. También eran importantes la Calle Real (actual Boyacá) y el antiguo barrio San Benito, actual La Candelaria, también arrasado.

     

    Existía una triada de iglesias que marcaba la pertenencia a una élite establecida. La Veracruz, La Candelaria (antigua catedral) y la del barrio San Benito. Después se van moviendo a la Villa Nueva, que es la Catedral Metropolitana, Parque de Bolívar. Y hacia la época de 1920, con don Ricardo Olano, se establecen en el barrio Prado. Cerca, pero no metidos en el centro. Fueron de Prado a Laureles y de ahí a El Poblado. Hoy se siguen alejando.

     

    ¿Ese alejamiento de las élites corresponde a los movimientos migratorios que llegaron a ocupar también el centro de la ciudad?

     

    Claro, porque una de las características de la élite es no revolverse. Antes se relacionaban, pero empezaron a tomar distancia en la primera parte del siglo XX.

     

    Es claro que el centro se ha transformado de manera constante. ¿Cómo es esa transformación y con qué frecuencia se realiza? Partiendo de la premisa de que -a excepción de la última- con cada administración se hace una intervención.

     

    Los periodos de transformación son cada vez más cortos. Antes pasaban varias administraciones sin que se hiciera una gran intervención. En la década de los 70’ se construye la Avenida Oriental, que modifica el patrimonio. Es a partir de los 90’ que se interviene periódicamente. El Metro es un referente para ello, porque el trayecto centro implicó tumbar gran parte de la ciudad. Desde ahí, cada administración tiene una idea de qué debe ser la ciudad para ser moderna y cosmopolita. Existe una arquitectura del descreste o monumental. Se crea un mercadeo de ciudad: entre más condecoraciones tenga, es mejor y más exitosa.

     

    También influye que el alcalde ya no gobierna para la ciudad, sino para su propia carrera política en camino hacia la presidencia. Están en campaña todo el tiempo, y para estar en campaña hay que mostrar obras. La última administración fue un punto culminante. Siempre es el nuevo alcalde el que tumba lo que hizo el anterior. Él tumbó lo que había hecho. Sobre las pirámides hizo las jardineras, y sobre las jardineras, las estaciones de Metroplús. Es la primera vez que un alcalde se hace eso a sí mismo.

     

    La Alcaldía de Luis Pérez es un punto de inicio de ese modelo. Es la responsable del Parque de Las Luces, para construirlo se demolió el Pasaje Sucre, que estaba en el inventario de patrimonio y era lo que quedaba del antiguo mercado de Guayaquil. Fue derribado irregularmente un puente festivo, a espaldas de la ciudad. A partir de ahí empieza una especie de piñata con las licencias. Caen casas de bahareque y edificios antiguos. Medellín dice haber sido fundada en 1616, ¿dónde está la ciudad de 400 años?

     

    ¿Cómo convergen esos métodos para destruir la ciudad con la ley de patrimonio actual?

     

    En Medellín, epicentro de la industria constructora, ese tema es muy flexible y laxo. Las licencias se otorgan, los permisos se dan abiertamente. También se enferman edificios, se cierran casas y se dejan caer. Aquí no hay sanción ni accionar de las curadurías, no se está legislando para defender el patrimonio.

     

    Medellín es una ciudad sin referentes más allá de la moda de la época. ¿A qué se le puede atribuir esa mentalidad constantemente modernista?

     

    Es siempre estar en el panorama, llevando la delantera. Lo que representa esa mentalidad modernista es el Edificio Coltejer. Tumbar el teatro Junín para construirlo justo ahí y no en cualquier otro punto, es un símbolo de ciudad. Medellín no tiene una identidad.

     

    Todo inicia con la visita de Mon y Velarde. Él llega a estas tierras, enviado por la corona, para ver qué estaba pasando. Encuentra que en Medellín las únicas construcciones dignas de relevancia son la Veracruz y la Candelaria. Por ello, prohíbe que se construyan casas con techos pajizos. Por decreto, las casas debían construirse con materiales y tener una determinada configuración. A partir de ahí se perpetúa esa percepción de estar siempre en desarrollo. ¿Cómo quedará de bonita Medellín cuando la terminen? porque no hemos podido. Es como una obsesión generalizada de estar siempre en obra, siempre en una serie de proyectos.

     

    ¿Cuáles son los factores específicos que hacen que Medellín no tenga centro histórico?

     

    Nuestra falta de sentido de pertenencia hacia lo patrimonial. Nosotros en lo histórico, sino en lo viejo, y lo viejo hay que tumbarlo: “aquí se hace un edificio, esto es un lote”. Pesa más ese rédito del lote, que lo colonial de la casa. No sabemos lo trascendental que puede ser conservar un casco histórico. No tenemos esa idea de preservar para las generaciones futuras. Uno de nuestros líderes dio la visión que tenemos todos nosotros cuando le preguntaron por las pirámides de la avenida Oriental y su opinión porque las iban a tumbar. Él dijo: “ah, es que ya cumplieron su ciclo”. Si todas las sociedades tuvieran esa visión, hoy muchos monumentos no existirían porque cumplieron su ciclo. Tenemos un problema para construir identidades, no lo hemos logrado hacer como sociedad.

     

    ¿Cómo logra Medellín aún contar una historia?, ¿Cómo se logra escudriñarla a partir de lo que queda?

    Son retazos, somos un relato fragmentado. Estamos apenas descubriendo qué nos dejaron. Podemos narrar el subsuelo, porque alguien se preocupó por restaurar el acueducto y el alcantarillado. Hoy aprovechamos para contarnos a partir de lo que nos queda.

     

    ¿Cómo puede haber equilibrio entre desarrollo y conservación de la memoria histórica?

     

    Es un diálogo, un equilibrio a la hora de decir: esta es una ciudad y esta es su historia. Ese es el gran reto para las administraciones futuras, continuar con ese avance que se necesita, pero no con la demolición. En Ayacucho volvieron a abrir la casa del maestro Efe. Gómez. La convirtieron en una pizzería, pero está conservada. Converge la preservación con los nuevos usos y almas de los espacios.

     

    Por último, ¿cuál sería la ruta para combatir la indolencia de los ciudadanos respecto a su patrimonio, y que se cree un sentido de pertenencia hacia la historia?

     

    Cátedras ciudadanas. Hay que apropiarse del espacio y el entorno. Recorrer la ciudad y descubrir lo maravilloso que hay en ella. Volver a contar su historia. Por los vacíos históricos ha pesado más la cultura Narco que la historia antigua de la ciudad, porque es lo que se tiene más a la mano. Hay que promover la ciudad y su patrimonio. Se debe empezar con los propios habitantes. Muchos medellinenses no conocen Medellín, y yo no defiendo lo que no conozco, porque no lo he apropiado. Por eso es un trabajo ciudadano.

     

     

     

  • Soledad en la fiesta brava

     

    Han pasado 40 años desde aquel domingo 20 de enero de 1980, cuando la historia de “la fiesta brava” de Sincelejo se partió en dos. Las cifras de lo que pasó solo pudieron ser claras días después: 500 muertos y más de 2.000 heridos en una tarde trágica. Queda el recuerdo que, al menos fugazmente, se evoca en cada corraleja. Este es el relato del que era entonces un joven espectador: Ubaldo José Ramos Tuirán.

     

    Principalmente en enero, numerosos pueblos de la Costa y las sabanas del Caribe, incluso en el Bajo Cauca antioqueño, celebran tardes de corralejas. Aquí las de Ciénaga de Oro 2020. Foto: María Alejandra Durango.

     

    Por aquellos días se escuchaba cantar a todo pulmón por las calles sucreñas aquel porro sabanero del compositor Rubén Darío Salcedo que dice: “Ya viene el 20 de enero, la fiesta de Sincelejo”. Lo que nunca esperábamos aquellos que con alegría cantamos ese porro del alma, era que la vida de cientos de personas se apagaría en aquella fecha.

     

    El único muerto de la casa iba a ser yo. De todos los hermanos, fui el único al que llevaron a la tarde de toros más trágica en la historia de las fiestas patronales. Yo era un muchacho de 10 años, corroncho y entusiasmado por ir a las fiestas de Sincelejo. Ya se pondrán imaginar la emoción que me dio cuando Jorge, el hermano de mi padrastro Hugo, me invitó a una tarde de toros.

     

    Cuando llegamos, a eso de las dos y media, ya estaba prendida la fiesta. En la parte baja había un picó y mucha gente esperando para subir a los palcos. Las personas se notaban felices: todos tomando ron o bailando; los niños correteaban de un lado a otro y los más grandes estábamos a la expectativa de que los toros fueran buenos.

     

    Las nubes de ese domingo eran aviso del aguacero que vendría más tarde; sin contar con el que había pegado en la mañana. El frío de una lluvia en verano es un atisbo de lo que será el invierno y, en la sabana, el invierno siempre pega fuerte.

     

    En ese momento, todos intentábamos encontrar un lugar donde refugiarnos. Jorge y yo fuimos a uno de los palcos más cercanos, pero lo que nos dijeron fue: “Váyanse para el otro lado que aquí ya no se va a dejar subir a más nadie”. En medio de la molestia por tenerme que mojar no imaginaba que esa respuesta fue mi oportunidad de salvar la vida unas horas más tarde.

    Las corralejas se realizan en ruedos con palcos de construcción artesanal y suelen ser muy concurridas.

    Foto: María Alejandra Durango.

     

    Ya estando arriba, pudimos ubicarnos en un buen sector: justo al lado del lugar donde nos negaron la entrada. Los palcos eran de tres pisos, quizá los de arriba eran más costosos porque a nosotros solo nos dio para quedarnos en el primero. Como un muchachito de pueblo, yo estaba más asombrado por la multitud de gente que por los mismos toros. Veía cómo las mujeres bailaban al son de la banda y los señores guapirreaban a garganta viva cada que una banderilla traspasaba el cuero áspero y rudo del animal que estaba en ruedo.

     

    Como siempre, la gente va a las corralejas a gozar, a pasarla bueno; nunca nadie pudo haber imaginado que un par de horas después de las risas y el baile, estarían llorando a sus amigos y familiares o estarían ayudando a sacar los muertos de una catástrofe sin precedentes.

     

    A eso de las cuatro de la tarde, las nubes negras que estuvieron todo el día rondando la ciudad descargaron las primeras gotas de lluvia; pero la fiesta no paró por el agua. Fue el sonido sordo de los palcos al venirse abajo lo que enmudeció por un momento todo el lugar.

     

    Aquella imagen de la gente feliz que bailaba, tomaba ron y guapirreaba se congeló en el tiempo; los toros que estaban en la plaza quedaron pasmados; nadie se movió durante un segundo; las trompetas, bombos y platillos dejaron de sonar; la lluvia se hizo más fuerte; todos miramos el espacio vacío entre un palco y otro; ahí lo supe, supe que aquel palco en el que no me dejaron entrar, ya no estaba. Y entonces empezó mi odisea.

     

    La multitud que estaba en los puestos superiores empezó a bajar envuelta en pánico, lágrimas y gritos. Nunca olvidaré lo que sentí cuando miré a mi lado y Jorge ya no estaba. Es como aquel dicho que dice: “Sálvese quien pueda”. La persona que me llevó se perdió, buscando salvarse. Todo el mundo corre es a salvarse la vida y los demás quedan ahí, yo quedé solito.

    Foto: María Alejandra Durango Mercado

     

    En aquellos minutos sentí que moría. La gente grande me estripaba en su lucha por salir y yo ya estaba asfixiado. No sé por qué, sería el mismo Dios, pero se me dio por irme al ladito de las primeras tablas y allí me guindé hasta caer a la plaza de toros. Pasé por debajo de las tablas y no miré nunca atrás. Decidido encontrar a Hugo, mi padrastro, comencé a caminar alrededor de toda la corraleja; yo no estaba pendiente de lo que pasó sino de encontrarlo a él: no tenía más salvación.

     

    Mientras caminaba, vi la gente bajando aturdida y llena de pánico; unos metros más y me encontraría con una de las escenas más duras que un niño puede ver: del montón de escombros vi cómo sacaban a un señor gordo, de pantalones de tirantes. Un hombre sostenía con esfuerzo sus piernas y otro sostenía sus brazos. Su cara se convirtió en la cara de la muerte para mí, los ojos cerrados y las proporciones tan grandes quedaron en mi cabeza, es el único muerto que recuerdo.

     

    Entre escombros, llantos, gritos, personas mutiladas, muertas, heridas, hijos, padres, madres y amigos; me encontraba yo solo, me encontraba perdido. No miré nada de la desgracia, yo tenía una misión: encontrar a Hugo, así que me di media vuelta y seguí mi camino alrededor de la corraleja.

     

    Cuando me alejaba de la escena, recuerdo que entre todos los llantos hubo uno en especial que nunca olvidé; era el de una muchacha que lloraba como si no hubiera mañana porque no encontraba a su papá. Ella gritaba desgarradoramente porque su papá no se podía mojar: “Él tiene una inyección, no se puede serenar. Mi papá no se puede serenar”. Estaba perdida, como yo.

     

    Seguí caminando unos minutos más y en una calle, de esas que te llevan fuera de la plaza, vi a Hugo; pensé estar a salvo y me acerqué. Cuando él me vio creí que iba a estar tan contento como yo, pero no. Hugo me miro y me dijo: “Espérame aquí”, entonces se fue y ahí sentí, por primera vez en toda la tarde, que iba a llorar.

     

    Para mí los 30 minutos en los que Hugo no estuvo fueron segundos de reflexión, aún no creo que fue capaz de dejarme solo. Esperé mientras veía a las personas correr y llorar. Toda esa escena se pintó como un recuerdo lejano y doloroso; pero yo estaba ahí, solito, en la orilla de una calle, viviendo mi tragedia. “Vamos”, fue lo único que dijo cuando volvió.

     

     

    GLOSARIO:

    Corroncho: Palabra propia del argot de la costa caribe colombiana usada para referirse de manera despectiva a todas las personas ordinarias, que no tienen cultura, costumbres, modales, educación o estudios.

     

    Picó: Del inglés pick-up. Se refiere a un equipo de sonido de proporciones descomunales con el cual se amenizan las fiestas en los pueblos de la región caribe.

     

    Guapirreo: Grito de alegría y emoción. Usado en las canciones de porro y para la comunicación entre personas del campo que se hallan a largas distancias.

     

    El paisaje, las costumbres y los oficios del campo Caribe se resumen en las tardes de corralejas. Foto: María Alejandra Durango Mercado.

     

     

     

  • La desaparición desde el lugar de las víctimas

    La desaparición forzada es un crimen que multiplica sus efectos sobre todo el entorno social de las víctimas, en ello radica su gravedad.

     

    • Tratar de no dejar huella es justamente la premisa que termina lesionando más la dignidad de las personas afectadas. La explicación, en la edición 73 de Contexto:​​

     

     

     

    • En Contexto Radio, conozca una dimensión de este fenómeno más allá de las cifras, gracias a los testimonios de las víctimas.

     

    Escuche Contexto Radio - Episodio 7