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  • Una decisión llamada Arte 13

     

    Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

    En algún tiempo se pensó que los grupos al margen de la ley eran la única figura de poder y admiración para los jóvenes de la comuna 13. Ahora, son numerosas las iniciativas comunitarias que surgen como oportunidades para romper con este estereotipo. Una de ellas es el circo Arte 13, un espacio donde se despliegan, para la juventud, experiencias físicas, cognitivas y laborales que antes no existían, mediante la tarea de despertar la pasión por el arte circense.

     

    Estos artistas han logrado expresarse y despertar el interés de los más pequeños en un nuevo proyecto de vida.

    Foto: María Camila Acevedo Tangarife.

     

    La comuna San Javier, mejor conocida como la comuna 13, está ubicada en el occidente de la ciudad de Medellín; limita con las comunas Robledo y La América, y con los corregimientos de Alta Vista y San Cristóbal. Además, cuenta con 19 barrios, entre ellos, El Salado. Este limita con algunos otros barrios como 20 de Julio, Las Independencias y Nuevo Conquistadores.

     

    Esta zona del occidente de Medellín se hizo tristemente reconocida por su pasado violento tras la las operaciones militares del año 2002, pero hoy se le conoce más como un territorio que ha tomado el arte como herramienta de memoria y resiliencia, que convirtió el lugar en uno de los sitios turísticos más reconocidos en la ciudad, gracias a ofertas culturales como sus recorridos temáticos por la zona, entre los que se destaca el llamado Graffitour.

    La vida en El Salado, uno de estos barrios se hace en la calle, la casa solo es para dormir: los vendedores de “raspao” y platanitos fritos esperan a que los niños terminen su jornada escolar, en las panaderías se cierran negocios y las escaleras de la cancha de fútbol se vuelven el lugar donde los enamorados se encuentran para conversar. Mientras más se sube por las calles de este barrio, se ven más casitas que, por sus materiales, parecen recién llegadas, más mototaxis pitan y más estrecha se vuelve la acera, que llega incluso a desaparecer.

     

    A unas tres cuadras de El Salado comienza el Graffitour, un paseo entre lo turístico y la vida que llevan los habitantes de la comuna 13, pues se podría decir que algunas de sus paradas como la que se hace en la Unidad de Vida Articulada (UVA) Huellas de Vida de San Javier, la Casa de la Justicia 20 de Julio, la cancha San Javier Salado Arenilla, la Biblioteca Pública Comfenalco Centro Occidental y la Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño, no son especialmente atractivos para los turistas con ánimos de tomar fotos, beber cerveza y gastar en artesanías locales.

     

    Aun así, esto no significa que El Salado sea ajeno a la vida que cuenta el Graffitour, pues allí, de hecho, habitan personas que trabajan en el turismo y dependen de la sed, hambre y necesidad de distraerse de los visitantes. Una de las maneras más recurrentes que usan los habitantes de la comuna 13 para entretener y dar a conocer su historia es mediante el baile, junto al canto, el muralismo y, más recientemente, el circo. Ahí es donde Arte 13 ocupa un importante lugar.

    Vendedores de “raspao”, “mecato” y BonIce ubicados a la salida de la I. E. Educativa – Sede amor al niño, esperando a que los niños terminen su jornada escolar. Foto: Sara Rodríguez Lopera

     

    La UVA Huellas de Vida de San Javier y la Casa de la Justicia 20 de Julio son de los lugares más significativos e importantes dentro de la comuna de San Javier. Foto: Sara Rodríguez Lopera.

     

    Arte 13

    Autodefinida como “una organización artística dedicada a la formación de niños, niñas y juventudes en situación de vulnerabilidad”, Arte 13 es una organización juvenil que “se enfoca en las artes circenses como estrategia pedagógica para la transformación social (…) en donde se sostienen semilleros de circo social, que reflexionan en torno a diferentes problemáticas sociales”, según uno de sus líderes, Julián Salazar.

     

    Todo comenzó en lo que ahora es la UVA Huellas de Vida de San Javier, cuando la corporación Combos se encontraba realizando talleres para un proyecto de pedagogía vivencial. Entre estos talleres había uno para aprender a montar zancos. Para ese entonces, Julián Salazar, Sebastián Salazar y Alexis Cano cursaban noveno grado en la Institución Educativa La Independencia sede bachillerato y cuando vieron los zancos, se interesaron por cursar el taller.

     

    Una vez dominados los zancos y terminado el curso, un profesor les regaló seis pares de estos artefactos para que continuaran practicando y de esta manera se convirtieron en los fundadores de lo que después sería toda una organización promotora del arte. A ellos se sumó su amigo Harold Arbeláez, quien recuerda que: “Cuando apenas estaba empezando Arte 13, bajábamos a practicar zancos en la sede de una corporación llamada ACJ (Asociación Cristiana de Jóvenes)”. Fue allí donde se regó la voz de que se estaba iniciando un circo. Poco a poco las personas se motivaron y el grupo comenzó a crecer, la comuna los reconocía como artistas y de allí salió su nombre. Más tarde, se gestionó con la I.E. La Independencia el préstamo de sus instalaciones para la práctica, pues además de que su ubicación era cerca y central, ya había colaborado para guardar materiales en iniciativas anteriores de sus egresados que participaban en el nuevo circo, por lo que mantenían intacto su vínculo con la institución.

    Chicos y chicas desde los 14 hasta 28 años llegaron a Arte 13 por dos razones: gracias a su descubrimiento en las múltiples presentaciones en el Graffitour y por medio de la invitación de un amigo o integrante del grupo. Hoy en día el grupo cuenta con alrededor de 33 integrantes; sin embargo, a los entrenamientos asisten unas 15 personas. Según los artistas, esta asistencia está alimentada por tres intereses: porque quieren aprender circo, porque el entrenamiento les permite entretenerse y divertirse, y porque los chicos pueden despejar su mente. Dicen que cuando se entrena no importa nada más que lo que se está haciendo; cada uno es libre de elegir qué quiere aprender, practicar o mejorar. A veces entrenan individualmente, otras veces se unen en pareja y cuando se van a hacer trucos en el aire, casi todo el grupo está presente para atajar a quien esté en la cima.

     

    De izquierda a derecha:

    Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño; donde se realizan los entrenamientos de Arte 13. Foto: Sara Rodríguez Lopera

    Harold Arbeláez en el papel de Clown y Sebastián Salazar como zanquista en la celebración del día del niño en la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, primaria. Foto: Maria Camila Acevedo Tangarife.

    Julián Salazar durante una actividad en el Parque de El Poblado. Foto: Cortesía.

     

    Su hogar

    Antes de la pandemia, Arte 13 tenía una pequeña casa al lado de una de las famosas escaleras eléctricas; allí los turistas e interesados iban a aprender y apoyar el arte circense. De ese modo había una forma de sustento económico y de entretención para los chicos, esa era además la sede para planear los futuros proyectos. Sin embargo, durante el confinamiento no había quién riera con los clowns, se asombrara con los zanqueros, ni se entretuviera con los malabares; no había manera de pagar el arriendo y tuvieron que abandonar aquella casa que se había convertido en su segundo hogar. El lugar, que era el segundo piso de una construcción de tres, ahora pertenece al Museo de Café, que ocupa los tres niveles de la construcción.

     

    La I. E. La Independencia – Sede amor al niño, nunca dejó de ser el lugar de entrenamiento, pero ahora, los zancos, los disfraces y los monociclos debían guardarse en una pequeña bodega al lado del salón de música. La bodega, divida en tres secciones (una donde alojan los zancos, otra el vestuario y la última para las clavas, diábolos, cintas y demás), se convirtió entonces el reemplazo de la anterior casa.

     

    Antes de comenzar el entrenamiento, todo el grupo se reúne en un círculo para calentar y activar el cuerpo mediante juegos. Luego, cada quién decide qué hacer y con quién hacerlo. Foto: Sara Rodríguez Lopera.
    El Museo de café, antigua sede de Arte 13, es un espacio en el que los turistas conocen el proceso de esta bebida. Foto: Sara Rodríguez Lopera

    Aunque aparente ser pequeña, la bodega que sirve como nueva sede posee el suficiente espacio para alojar zancos de hasta tres metros de altura, más de 25 vestuarios y alrededor de 40 clavas. Foto: Sara Rodríguez Lopera.

     

    El día a día

    Cada miércoles y viernes a las seis y diez de la tarde, los chicos suben las escaleras que finalizan en la entrada del colegio. Dentro de él, un portero sentado en el lado derecho los espera y les da un apretón de manos después de abrir una corroída y ruidosa puerta metálica que deja ver el interior de la institución. Lo primero que se ve adelante es la cancha donde generalmente entrenan (cuando llueve lo hacen en el auditorio), a la derecha continúa un corredor que da a unas escaleras las cuales llevan, después de otro corredor, a la bodega donde almacenan sus pertenencias. A medida que van llegando los integrantes, se bajan los elementos con los que se desea practicar ese día y cuando el reloj comienza a pasar de las 6:15 de la tarde, el calentamiento inicia. Poco a poco van llegando los demás practicantes, provenientes del trabajo, estudio o de algún compromiso. Se quitan los jeans, se ponen pantaloneta o leggins, algunos se recogen el cabello y se unen al calentamiento. A las 7:40, 8:00 u 8:10 de la noche se termina el entrenamiento, a veces con más, otras veces con menos personas de las que llegaron al inicio.

     

    No es una fortaleza la puntualidad en Arte 13, ni a la llegada ni a la salida, pues la gran mayoría de los artistas trabaja, estudia o ayuda en la casa. Harold cuenta que cuando terminó bachillerato tuvo que retirarse por unos seis meses porque comenzó a trabajar para poder suplir sus necesidades. Hay integrantes del grupo que se van por días, meses, e incluso años y luego regresan. Harold cuenta que, al unirse de nuevo a Arte 13, reconoció sus habilidades y entendió que se le puede ayudar a las personas sin tener un título: “Comencé a desarrollarme como persona y a buscar mejores empleos”, asegura. “Hable con Tumix que él es un teso en el diábolo”, “Dígale a Ema que le explique cómo hacer una vuelta estrella”, “Juli te enseña malabares, aprendés de una con él”, mejor dicho, pregunte por lo que no vea, que en Arte 13 sobra talento y ganas de enseñar.

     

     

     

    << A “Tumix” el apodo le viene del colegio; sabe hacer malabares, trucos con el diábolo, maquillar y hacer equilibrio en la rola bola. ¿No sabe hacer ninguno de ellos? No se preocupe porque entre sus actividades favoritas está enseñar.

    Foto: María Camila Acevedo Tangarife

     

    Más allá del arte

    Además del talento y las ganas de enseñar, la salud mental en Arte 13 se trabaja a la par de lo físico. De hecho, durante el calentamiento se hacen ejercicios de respiración, control de las emociones y concientización de la práctica. En ellos se cierran los ojos, se grita y llora; también, al final, se discute sobre cómo se sintieron los artistas durante el entrenamiento. Emanuel, líder y Clown encargado de abrir los espectáculos, afirma que Arte 13 “también enseña a convivir en comunidad con valores como la confianza y la solidaridad. Se les enseña disciplina, que todo es trabajo y constancia”. En la misma línea, Julián, complementa que: “Los malabares, los zancos, las acrobacias y la práctica circense en general permite no solo tolerar la diferencia, sino ponerse en el lugar de los otros”. Incluso la mayoría de chicos del grupo están de acuerdo en que con el circo se han convertido en personas más empáticas, comprensivas y serviciales.

     

    De la misma manera, la salud mental en Arte 13 ha tenido repercusiones por fuera del grupo. Los chicos afirman que han experimentado un cambio y una transformación no solo en sí mismos, sino también en la relación con sus familiares y amigos, en la percepción de su realidad y en su manera de hablar. Desde que se pasa por la puerta de la institución, todos los problemas quedan afuera y las palabras de aliento inundan el lugar: “Téngase confianza”, es la más recurrente. Se saludan como si no se hubiesen visto en mucho tiempo y se abrazan como si no se fueran a volver a ver. Los líderes se encargan de recordarles a los chicos que lo más importante es el corazón y las ganas que se le pongan a este arte, que a pesar de que no tengan clavas para hacer malabares, las bombas llenas de arroz o arena sirven para comenzar, como les tocó hacer al principio.

     

    Harold cuenta que alguna vez trabajó en un laboratorio con jornadas de hasta 12 horas para poder suplir sus necesidades, pero ahora porta con orgullo una camisa con el logo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), trabajo en el que ya lleva seis meses y que consiguió gracias a la experiencia que le aportó Arte 13. Porque sí, el arte circense surge como una alternativa, pues gracias a los compromisos que adquieren en el entrenamiento y los talleres, diplomados y cursos que propicia Arte 13, es que los chicos tienen la oportunidad de obtener y aplicar a trabajos con ingresos económicos estables. Los integrantes del grupo están de acuerdo en que, con lo que han aprendido en Arte 13, podrían trabajar y generar ingresos económicos.

     

    El show

    Los espectáculos del grupo se cobran de acuerdo con el tipo de cliente que requiera de sus servicios. Por ejemplo, en el caso de una entidad constituida, se le cobra el transporte, maquillaje y vestuario; mientras que a la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, no se les cobra, pues además de que la institución les brinda el lugar para entrenar, lo que les interesa es contribuir al cambio y trasformación de los chicos, no solo no solo en lo personal sino también social, pues los espectadores, en su gran mayoría niños de primaria, ven en ellos una figura de poder y admiración que pueden alcanzar; los respetan por lo que hacen y no por lo que tienen.

     

    Llegado el día de alguna demostración, los jóvenes artistas se visten con sus coloridos y brillantes trajes, luego Harold saca una cosmetiquera negra a la que ya no le funciona el cierre y se enfoca en ponerles la cara blanca y los ojos coloridos a sus compañeros; otros pocos, como Emanuel, se maquillan por su cuenta. Este último es Clown y encargado de abrir los espectáculos; antes de salir, mientras suena la canción Alegría del Circo del Sol, realiza un pequeño ritual para conectar con su personaje. El Clown sale y anima al público, hace trucos con el diábolo y algo de mímica; luego, salen los zanquistas, altos e imponentes, la chica de gimnasia rítmica también entra en escena con sus cintas, aparece además un segundo Clown, y así cada integrante interviene en el espectáculo haciendo lo que mejor sabe hacer. Al final de la presentación se toman de la mano y hacen la venia; los espectadores se emocionan y rompen las filas para ir a saludarlos, abrazarlos y tomarse fotos con ellos. Sus ojos brillan, desean tocarlos, que los vean: quieren ser ellos. Después de cinco minutos las profesoras intervienen para volver a las filas y al orden.

     

    En celebraciones como el día del niño, aquí con los estudiantes de la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, los artistas proyectan todo su talento y reciben la admiración de los espectadores. Foto: María Camila Acevedo Tangarife.

     

     

     

    << Harold suele maquillar a todos los artistas en tiempo récord. Solo necesita un par de sombras de colores, un pincel y un pinta caritas blanco. Emanuel, en cambio, se aparta del grupo y pronuncia sus cejas con un lápiz negro. Foto: Sara Rodríguez Lopera

     

    Una elección

    Arte 13, más allá de los espectáculos y los entrenamientos, ha generado un espacio en el cual se ha posibilitado el surgimiento de oportunidades a nivel físico (manejo de zancos, habilidad en los malabares), cognitivo (nuevos lenguajes y percepción de la realidad) y laboral (talleres, cursos y diplomados). Líderes como Julián Salazar, Sebastián Salazar, Harold Arbeláez, Deisy Flórez y Emanuel Rivera se han convertido en nuevas figuras de admiración que incentivan, además de la autosuperación y sentido de pertenencia hacia el grupo, la reflexión en torno a su contexto y la posibilidad de un cambio, de una elección, tal y como dice Harold: “Arte 13 me dio la autonomía de decidir lo que quiero hacer”, pues ahora sus alternativas no se limitan a ser parte de lo que dejó el conflicto armado sino que converge en un mundo de posibilidades que tienen como alternativa la transformación tanto de sí mismos como de la comunidad. Gregorio Enríquez, antropólogo y profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana, asegura que: “Cada joven que decida irse por el arte deja a un lado la violencia”, y los chicos de Arte 13 ya tomaron su decisión.

     

  • Jamás, un comedor como el de una plaza

    Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo*.

     

    No era yo el único sorprendido cuando, a clase de seis de la mañana, Valentina llegaba contando que había desayunado caldo de pescado, patacones y tilapia frita en la madrugada. Ahora, después de recorrer junto a ella los comedores donde se sirve lengua, oreja, sancocho y sudado de careta antes de que amanezca, me doy cuenta que las particularidades son propias de las plazas de mercado.

     

     

    Plaza Minorista José María Villa. Foto: Simmon David Ayala Mosquera.

     

    Una mujer tomando Pilsen en una cantina de La Minorista, riendo junto a un cura de sotana negra y tinto en mano, bajo el calor infernal del mediodía. Una vitrina de seis niveles repleta de Cristos Caídos y Guadalupanas entre pandequesos, plátanos y lociones amarra hombres en la Plaza de La América. Un Frisby en medio de gallinas despecuesadas en plena Mayorista.

     

    Y es que la creación de las plazas, al menos en Medellín, tampoco está exenta de particularidades. Tuvo que ocurrir un incendio en el mercado de Cisneros en Guayaquil — una zona que llevaba tiempo buscando ser modernizada — para dar paso a la creación de La Minorista y las plazas satélites, una inversión de 25 millones de pesos en 1969 que intentó solucionar el problema del abastecimiento y los vendedores ambulantes.

     

    Los comerciantes, según un estudio de la firma Ingenieros Arquitectos Consultores (AEI), pasaban turnos de 12 a 15 horas los siete días de la semana en Guayaquil y dejaron su cotidianidad para moverse en su mayoría a la ya conocida Plaza de Flórez y a esos cinco puntos satélite: Castilla, Belén, Guayabal, Campo Valdés y La América.

     

    Los problemas no se solucionaron, pues las ventas callejeras solo se movieron del centro a las periferias. Las inconformidades no se hicieron esperar y los vendedores formaron grupos sociales reaccionando a la falta de atención a sus necesidades. El proyecto liderado por Empresas Varias no dio los resultados esperados y en un informe de 1983 ya se empezaba a hablar de negociar la salida de las plazas, que costaban más de lo que producían. Hoy sobreviven la plaza de La América y Campo Valdés.

     

    Resulta difícil hablar de las plazas en general, cada una es un mundo en sí misma con unas dinámicas muy propias y, a pesar de ser tan diferentes, tienen un elemento común: son un gran centro de encuentros e intercambios. Ramiro Delgado Salazar, profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta que las plazas de mercado son un espacio más que necesario para las ciudades, existe una relación obligatoria con ellas pues allí se intercambian insumos, se crean vínculos con el otro y, al final, todos de alguna forma u otra tenemos que algo que ver con ellas.

     

    En 1993 Benjamín Quiñonez, ex-gerente de Carulla, afirmó con plena seguridad que las plazas de mercado se iban a acabar. El tipo decía que los autoservicios y supermercados estaban desplazando, gracias a su funcionalidad, la cantidad de problemas sin solución que según él había en los mercados populares.

     

    Ya han pasado casi treinta años y como dicen en la calle, ahí siguen dando guerra. Las amenazas a su existencia podrían parecer cada vez mayores: las tiendas tipo hard discount como D1, los supermercados de toda la vida y sus formatos vecinos y las plataformas digitales que le llevan a uno a la casa todo lo que necesite. Sin embargo, guiados por un pensamiento similar al del señor Quiñonez, le preguntamos a Álvaro Molina cómo veía el futuro de la plaza y él respondió que mientras las ciudades existan, las plazas de mercado también.

     

    Decidimos creer en esa premisa, por un asunto que más allá de la lógica parte del deseo. Cómo imaginar una Medellín en el centro sin carretilleros descolgando por las rampas de la Minorista y dejando en el camino uno que otro limón, o sin el calor de los fogones del sector Quincalla y sus pregoneros indicando que se ha llegado al lugar perfecto para almorzar. Seguramente la ruta de bus de San Antonio de Prado no sería la misma sin pasar por la Mayorista. Dónde encontrar muestras de lo que es el regateo puro y duro, la negociación en su máxima expresión y la labia casi hipnotizante de quienes se dedican a vender desde cacharros hasta gallinas vivas. Jamás, un comedor como el de una plaza.

     

    La muerte del mercado popular sería en sí la muerte de la parte más abrasadora de la ciudad y, a su vez, el olvido de una lucha ciudadana: la de los comerciantes y rebuscadores que vivieron las duras y las maduras en la antigua plaza El Pedrero en Guayaquil, entre incendios y abusos de la fuerza pública y que hoy, después de años de requerimientos, amenazas y trabajo incansable se hicieron con un lugar en una de las plazas que existen en Medellín. Las plazas de la tradición, el recuerdo, la esencia y el encuentro.

     

    Este comedor interactivo contiene las historias, platos y personajes encontrados en un recorrido por seis plazas de Medellín y sus alrededores. Toca cada plato para conocer una plaza diferente:

     

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    *Este trabajo se publicó originalmente en el blog de los autores, en desarrollo del curso Laboratorio de producción periodística.

  • El cambio de mirada que necesita la presencia indígena en Medellín

    Por: Nicolás Tamayo / nicolas.tamayo@upb.edu.co.

     

    En septiembre de 2022 la Personería de Medellín reveló que 582 personas de comunidades indígenas se encuentran en situación de mendicidad en las calles de la ciudad. Este es un compendio de las razones, los detalles y los agravantes de este fenómeno que llama también a un cambio de mirada.

     

    Algunos de los sectores más concurridos de la ciudad en los últimos años se han visto habitados por indígenas, particularmente mujeres. Unas venden artesanías que hacen durante sus jornadas en los andenes, otras piden limosna en puntos estratégicamente visibles de El Poblado, Belén, Laureles y el Centro, casi en grupos con otras mujeres y niños incluso de pocos meses de nacidos, cuya presencia ya se ha convertido en paisaje para los transeúntes locales.

     

    Medellín y los indígenas

     

    En Medellín hacen presencia cerca de 34 pueblos: Pastos, Embera Chamí, Embera Dobida, Senú, Inga, Embera Katío, Nasa-Paez, Kichua, Misak-Guambiano, Nutabe, Kamétsa, Wayúu, Yanacona, Cubeo, Curripaco, Gunadule, Macuna, Puinave, Quillasingas, Siona, Wounann, Yamesies, Kokonuco, Wiwa, Arhuaco, Awa, Cherokee, Pijao, Uwa, Yariguies, Maya, Chibcha, Guanal y Muisca. Sin embargo, según un diagnóstico realizado por el Grupo Especial de Asuntos Étnicos y Migrantes de la Personería de Medellín en 2021, este número podría ascender a 60 pueblos, contando 26 que se encuentran en condición de informalidad.

     

    Estos pueblos están organizados en nueve cabildos en contexto de ciudad que surgieron para legitimar los procesos indígenas en Medellín como una nueva forma organizativa para estas comunidades. Siete de los nueve cabildos reconocidos están adelantando procesos de formalización para adquirir una estructura que le permita tener avales por parte del Estado. Actualmente hay dos que ya consiguieron el aval del Ministerio del Interior: Zenú y Quichuas.

     

    El cabildo más representativo que existe en Medellín es el Chibcariwak, que está vigente hace 47 años y es un referente a nivel nacional en materia de organización indígena en contextos de ciudad. Desde su concepción, se ha estructurado como un cabildo multicultural y multiétnico que recoge y atiende asuntos relativos a población Kichua, Embera y Zenú. Solo de este cabildo se han desprendido otros cinco que vienen desarrollando sus procesos de organización desde el 2017.

     

    A raíz de la numerosa presencia de la comunidad indígena en la ciudad, hace dos años la actual administración municipal creó la Gerencia Étnica de Medellín, una dependencia de la Secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos que se encarga de la coordinación de planes, programas, proyectos y políticas públicas alrededor de la población indígena que habita la capital antioqueña.

     

    Los indígenas en las calles

     

    La presencia de indígenas en situación de mendicidad en Medellín tiene antecedentes de más de dos décadas. Sin embargo, desde hace algunos años comenzó a tornarse más y más evidente en lugares como la Avenida El Poblado, la Avenida 70, la Calle 10, el Parque de Belén e inmediaciones de las estaciones San Antonio y Parque Berrío, con el factor adicional del alto flujo de turistas. Este es un indicio de que el problema es sistemático y va más allá de la mendicidad.

     

    La instrumentalización de los indígenas en Medellín se ha convertido es un secreto a voces entre quienes habitan cotidianamente los sectores de permanencia de estas personas que viene siendo intervenido por las dependencias municipales correspondientes en función de mitigar progresivamente el fenómeno.

     

    Según la Gerente Étnica Yaisa Palacios Navia, el aumento en la presencia de indígenas en Medellín y, derivado de ello, el aumento de casos de situación de mendicidad e instrumentalización es reflejo directo de las problemáticas sociales que se viven en el país. “A raíz del desplazamiento forzado, el narcotráfico, las bacrim, entre otros problemas, muchos indígenas, sobre todo de los pueblos Embera, han tenido que desplazarse de sus regiones de origen hacia Medellín, que se ha convertido en una ciudad receptora de la problemática”, explica Palacios Navia.

     

    Según la Línea de base sobre el estado de los derechos étnicos de la población indígena en el municipio de Medellín realizada en 2019, en la ciudad hay un aproximado de 6 128 indígenas. De estos, se calcula que hay unos 238 niños, niñas y adolescentes, sin embargo, se prevé que el subregistro sea alto, como en efecto lo dan a entender las cifras de septiembre de la Personería que hablan de 245 niños, niñas y adolescentes, en situación de mendicidad.

     

    La Gerente explicó que la situación se hace aún más compleja para los indígenas tras su llegada a la ciudad, que suele ser repentina. “Cuando llegan a la ciudad no cuentan con una red de apoyo que les permita asentarse y encontrar un lugar seguro donde hospedarse; llegan a Niquitao huyendo de problemáticas muy complejas y llegando a otras incluso más complejas. Bandas, Instrumentalización, consumo de psicoactivos, vulneración de los Derechos Humanos de niños, niñas y adolescentes, mendicidad, y como si fuera poco, no hablan español”, explica la Gerente Étnica.

     

    Estas personas provienen de diferentes regiones en cerca de 20 departamentos del país, entre los cuales destacan 9: Antioquia, Nariño, Caldas, Chocó, Córdoba, Putumayo, Cauca, Valle del Cauca y Risaralda de donde proviene el 91,6% del total de migraciones a la capital de Antioquia.

    Infografía: Nicolás Tamayo Escalante.

     

    Un problema sistemático

     

    Durante los últimos meses la Gerencia Étnica ha hecho acompañamiento presencial a las comunidades indígenas, haciendo visitas a los lugares en los que se ubican estos grupos de mujeres y niños a vender o pedir limosnas. Las jornadas de trabajo hasta las 3 de la mañana, según los horarios de las zonas de fiesta y vida nocturna en Medellín, les han permitido identificar la sistematicidad de la problemática.

     

    La Gerente Étnica Yaisa Palacios Navia explicó que en sectores clave se identifican, por ejemplo, 4 grupos en una sola cuadra, esto alrededor de las diez de la noche”, lo que supone muchos riesgos para los niños que hacen parte de ellos.

     

    “Nosotros pasamos a hacerles una serie de preguntas con las que buscamos acercarnos a ellos y comprender su situación. Ante preguntas simples como su nombre o su lugar de residencia estas personas suelen responder, de memoria, monosilábicos —no sé—. Sus respuestas en general están muy limitadas y planificadas, tienen un libreto que les dan las personas que las instrumentalizan. Incluso tenemos conocimiento de que varias de las niñas que están inmersas en esta red ya cuenta con horarios, dicen —Mañana tengo que trabajar a las 8— muchas de ellas ya lo ven como un trabajo”, explica Palacios.

     

    Cuando una persona trata de entablar algún tipo de conversación, de hacerles preguntas o incluso cuando permanecen por mucho tiempo junto a estas personas, la reacción es de un nerviosismo evidente, que da la impresión inmediata de que quieren que las personas se alejen de ahí cuanto antes. No se ha logrado identificar con pruebas contundentes la supuesta instrumentalización.

     

    El aumento de visitantes extranjeros agrava la situación. Según datos de Migración Colombia, a principios de septiembre Medellín superó a Cartagena como la segunda ciudad con mayor ingreso de turistas. La capital antioqueña reportó la llegada de 340 000 viajeros entre enero y julio de 2022. Con el auge del turismo en la ciudad, un elemento muy particular ha hecho más rentable la mendicidad e instrumentalización de indígenas, las limosnas que reciben han pasado de ser pesos colombianos a dólares, por lo cual el recaudo neto de los indígenas durante su permanencia en las calles de las zonas turísticas ha aumentado exponencialmente.

     

    La directora de Barrio Provenza, Juanita Cobollo, ha denunciado ante la Gerencia Étnica que las niñas indígenas en El Poblado se han convertido en objeto de abuso sexual y suministro de sustancias. Por otro lado, comerciantes del sector de Manila han presenciado casos en los que indígenas en situación de mendicidad de la zona son recogidos por vehículos. En este punto, la Gerente advirtió que ante la llegada de la temporada decembrina y con ello, el aumento de turistas en Medellín, aumentan las posibilidades para que se presenten estos problemas.

     

    El concepto de población flotante hace referencia a que los individuos o comunidades están en constante movimiento, por lo cual no es posible caracterizarlos dentro de las categorías que se tienen establecidas en la ciudad y, mucho menos, ligarlos a lugares o zonas de residencia para hacer un acompañamiento continuo y efectivo.

     

    Medellín es particularmente atractiva puesto que es uno de los pocos distritos del país que cuenta con recursos destinados para la atención especializada y el acompañamiento de las personas que migran a la ciudad. Las soluciones oficiales han contemplado planes de arriendo, mercado y planes de retorno. Según cifras de la Gerencia Étnica, recientemente se acompañó el retorno de 78 indígenas a sus lugares de origen. En estos planes participan la Secretaria de No Violencia con la Unidad de Derechos Humanos y la Unidad para la Atención a Víctimas del Conflicto, en articulación con el Grupo Especial de Asuntos Étnicos y Migrantes de la Personería de Medellín para la recepción de declaraciones y la caracterización de la población. Es más de lo que existe en muchas otras ciudades, pero evidentemente no es un solución definitiva.

     

    Según la Gerencia Étnica, desde el distrito se han generado campañas de sensibilización y procesos de acompañamiento psicosocial a esta población, sin embargo, los esfuerzos han sido insuficientes puesto que se realiza la caracterización de 200 personas y al día siguiente pueden llegar 5 o 6 familias integradas por 10 personas más, según fuentes de la Gerencia Étnica. La institucionalidad de la ciudad se ha ido transformando para atender las demandas de la realidad social, sin embargo, falta mucho para la atención óptima de esta problemática.

     

    ¿Qué hay detrás de todo esto?

    La migración de indígenas a Medellín y las sub problemáticas asociadas son fenómenos con varias aristas por considerar a la hora de explicar qué hay detrás de todo.

     

    La desatención en los territorios es causal de la migración hacia las ciudades. La violencia sistemática y el conflicto armado deja en medio del fuego cruzado a los indígenas, por lo cual poder permanecer en las regiones resulta especialmente difícil, en medio de condiciones de pobreza, violencia y abandono del Estado.

     

    En muchos otros casos, los indígenas se movilizan, no porque existan amenazas de grupos armados, sino por la simple presencia de los mismos en zonas aledañas a sus resguardos, pues usualmente les impiden, por ejemplo, cultivar, lo cual a largo plazo les obliga a movilizarse. El encuentro con personas ajenas al contexto de las comunidades deriva también en problemas de alcoholismo, drogadicción y violencia intrafamiliar; otro motivo que impulsa a las mujeres indígenas y sus hijos a tener que huir de sus territorios escapando de maridos maltratadores.

    Al interior de las comunidades también hay problemáticas que inciden en el desplazamiento la ciudad, principalmente de mujeres y niños. Foto: Nicolás Tamayo.

     

    Del territorio a la ciudad: contrastes

     

    La calidad de vida, sus condiciones como habitantes y las oportunidades de los indígenas en contexto de ciudad son extremadamente diferentes a las características con las que viven en sus territorios de origen. Olga Lucía Arbeláez, coordinadora del área de etnoeducación de la Facultad de Educación y Pedagogía de la Universidad Pontificia Bolivariana, afirmó que las condiciones de ciudad son sumamente desfavorables para los indígenas.

     

    Según explicó Arbeláez, las comunidades indígenas tienen estructuras muy delimitadas y establecidas históricamente, concretamente, tienen legislaciones propias que difieren de las establecidas en la ciudad: “Las condiciones del contexto de ciudad no son favorables, mucho menos para una población flotante teniendo en cuenta que el contexto de ciudad dificulta los procesos de integración y acompañamiento. Así haya cabildos de ciudad, los contextos más reales de la vida propia de un indígena están en los resguardos afuera de las ciudades, en el campo, en la tierra propia, donde puedan tener sus chagras y el cuidado de sus animales. Una de las características del indigenismo es poder tener contacto con la tierra y con el entorno natural y de animales que hacen parte de su cosmovisión”, explica.

     

    Y añade que: “Al analizar la situación de la población flotante, nadie sale de su tierra, espacio vital o contexto natural por voluntad, si se tienen las condiciones y recursos, y se puede desarrollar la vida a plenitud, nadie recurre a desplazarse a un contexto que le es desconocido”.

     

    La licenciada en Etnoeducación aportó además una simplificación del panorama al que se enfrentan los indígenas en su llegada a Medellín: “La cosmovisión de los indígenas no gira de acuerdo a la cosmovisión de la ciudad, les ha tocado adaptarse a ella. No hablan español, no trabajan y no estudian, ¿Qué opciones les quedan en Medellín para suplir sus necesidades?”.

     

    ¿Qué se está haciendo para intervenir los problemas?

     

    Lo primero que hay que tener claro es que las problemáticas relativas a las condiciones de vida de los indígenas son un asunto de país. A partir de la creación de la Ley 55 de 1905, en la cual se reconocieron los resguardos indígenas en Colombia, se han creado 17 leyes, 20 decretos, 2 resoluciones y 11 sentencias que están enfocados en el acompañamiento, reconocimiento o favorecimiento legislativo de las comunidades indígenas.

     

    En Medellín existe el acuerdo 130 de 2019, que fundamenta todas las labores de intervención y acompañamiento que se efectúan. A partir de ese documento desde la administración municipal se han estado tomando diferentes medidas para tratar de cubrir la mayor cantidad de ángulos posibles de esta problemática.

     

    En toda la ciudad se hacen jornadas de atención, acompañamiento y salud en las que además se hace registro de los menores de edad. De estas jornadas participan funcionarios del ICBF, quienes se encargan de darle prioridad a la restitución de derechos de los niños, niñas y jóvenes indígenas, según lo establece la Ley 1098 de infancia y adolescencia. La policía de infancia y adolescencia quien culmina el proceso y conduce a los niños a los hogares de restablecimiento de derechos.

     

    Adicionalmente, la Unidad de Niñez de la Secretaría de Inclusión Social tiene un equipo desplegado en todo el municipio para la atención a los menores. Actualmente se han caracterizado 230 niños que residen en Niquitao, uno de los principales sitios de habitación de los indígenas en Medellín, según la caracterización de la Gerencia Étnica, gracias a la cual se articulan esfuerzos con programas como Buen Comienzo para definir alternativas de acompañamiento educativo a los niños, niñas y jóvenes con materiales e intérpretes en lenguas nativas. Todo para garantizar condiciones diferenciales que permitan la permanencia de los niños en la educación y ayudar así desmontar la circunstancia de no tener con quién dejar a los niños que terminan en las calles.

     

    Desde la perspectiva de los cabildos en contexto de ciudad, el Gobernador del Cabildo Embera, Haverman Peña Caizamo, comentó que la organización colabora con la población indígena con certificados para acceder a servicios educativos pues estas personas no tienen la obligación de presentar fichas de Sisbén puesto que son población de especial protección. El cabildo también les ayuda en los procesos de gestión de certificados para el registro civil de los menores y certificados para atención de salud. Pero todavía cunde el desconocimiento sobre estos beneficios y eso muestra a vulnerabilidad que persistes sobre estas personas.

    Urge un cambio de mirada

     

    A través de los sistemas de vigilancia las autoridades tratan de identificar a las personas que instrumentalizan a los indígenas y atacar el problema desde sus orígenes, justamente otro de ellos son las percepciones de la mayoría sobre el asunto. Así lo explica la Gerente Palacios:

     

    “En la ciudad las personas han confundido las cosas. Todo indígena que ven está afeando la ciudad o es una persona vulnerable, o está en ejercicio de mendicidad y no es así en todos los casos. Los habitantes de la ciudad han maximizado y generalizado las problemáticas reflejándolas en todo indígena que habita la ciudad. Sí hay vulneración de derechos. Sí hay ejercicio de mendicidad e instrumentalización, pero no todos los indígenas en la ciudad se encuentran en esta situación”, explica.

     

    En relación con ello, llama a una actitud más responsable en las acciones cotidianas: “Las personas sienten lástima por ellos cuando no debería ser así, es fundamental que los habitantes de la ciudad adopten una postura integradora con la comunidad indígena y dejen de discriminarlos solo por usar sus atuendos tradicionales o por sus rasgos físicos”, indica.

     

    ¿Cómo se debería abordar este tema?

     

    La profesora Olga Arbeláez explicó que es incorrecto aceptar que los indígenas están en Medellín en conocimiento de las condiciones de vida que tienen en su habitar la ciudad. Según la etnoeducadora, “es prioritario recuperar la familia, analizar las condiciones en las que están viviendo y procurar por facilitarles el retorno a sus territorios. La problemática de la mendicidad y la instrumentalización no debe enfocarse únicamente a los indígenas, la problemática debe abordarse holísticamente desde esas dos aristas y posteriormente abordarla con los enfoques particulares de cada comunidad”.

     

    El consenso en torno a cómo debería abordarse la situación de los indígenas en el contexto de ciudad es optar por abordajes pedagógicos, para esto es preciso acercarse a la comunidad para entender por qué son población flotante en las ciudades: conocer la estructura, conocer la comunidad, hacer un análisis retrospectivo de por qué migran.

     

    Señala la etnoeducadora que, a nivel pedagógico es preciso crear un sistema que permita entender quién es el otro y qué necesidades tiene, además, cuáles son las formas de acercarse a suplir dichas necesidades. Los pueblos indígenas tienen legislación propia, así que es necesario averiguar cuáles son las políticas propias de los resguardos para adecuar las políticas públicas de la ciudad y así darles una oferta de acompañamiento amplia y acorde a las necesidades de estas comunidades. En concreto, los proyectos de ciudad se deben aproximar en sus formas y metodologías a los implicados principales de estas políticas, que en este caso son los indígenas.

     

    La Secretaria de Inclusión Social adelanta la campaña No Limosna, con la que se busca hacer pedagogía para que los locales y extranjeros no den limosna y así prevenir la instrumentalización, la iniciativa incluye una oferta de oportunidades académicas y laborales. Según la dependencia, hasta ahora más de 1 300 personas salieron de la situación de mendicidad.

     

    Según la Gerente Étnica Yaisa Palacios, las acciones como estas deben continuar mostrando cómo son las costumbres de los cabildos más allá de la mendicidad que ve la gente ve en la cotidianidad. A su turno, la docente Arbeláez señaló que es posible que la existencia de políticas públicas no sea suficiente para darle solución a estas problemáticas: “En un Estado Social de Derecho se podría esperar que todo se regule a través de políticas públicas, pero la realidad de los grupos sociales rebasa estas políticas. El asunto es de la presencia del Estado en todas las regiones, ofreciéndole a todos los ciudadanos, sin importar su etnia, los derechos básicos, cumpliendo las obligatoriedades de proteger a la población, ofreciéndole una calidad de vida y unas condiciones de vida dignas”. Y añade: “Me parece mejor que el punto de partida sea pensar ¿Cómo se dignifica la vida en los territorios?”.

     

    Hace dos años se creó en Medellín la Mesa Permanente de Concertación Indígena, un espacio mixto de participación y concertación de estrategias, planes, programas y proyectos para la población indígena, cuyas metodologías, según la Personería de Medellín, se basan en pedagogías ancestrales e interculturales promovidas por las autoridades de los pueblos indígenas residentes en Medellín y ejecutadas por un equipo conformado principalmente por integrantes de esta comunidad. Al parecer, existen las estructuras para sacar adelante las soluciones, la cuestión es qué tanto funcionan ante un problema que rebasa los límites de la ciudad y los ritmos de su administración pública.

     

     

  • Los giros en el debate por las acciones de UNE

     

    Con información de Maria Paula Mejía Vélez / mariap.mejiav@upb.edu.co

     

    Desde agosto de 2021 se han escuchando posiciones a favor y en contra de la venta de las acciones de EPM en UNE – Millicom. Debates en redes sociales, pancartas en la calle que se oponen a la venta y múltiples discusiones en el Concejo de la ciudad han sido algunas de las situaciones que han rodeado la propuesta realizada por la Administración municipal en compañía de EPM.

     

    ¿Es el momento de vender las acciones que EPM tiene sobre UNE?, ¿A dónde va el dinero de la venta?, estas son algunas de las preguntas que han surgido en medio de ese debate sobre una propuesta que durante varios meses trató de pasar desapercibida.

    En las últimas sesiones de debate, suscitó polémica la convocatoria y asistencia de contratistas del Municipio en las barras del recinto del Concejo, interpretada por muchos como una forma indebida de presión. Foto: @concejodemedellin

     

    La historia del negocio

    UNE es una empresa de telecomunicaciones colombiana creada de manera conjunta entre EPM Y ETB en 2006, con el propósito de participar en la industria de las telecomunicaciones a nivel nacional. Esta se mantuvo hasta 2013, cuando a la administración municipal, en cabeza de Aníbal Gaviria, propuso que era necesario vender un porcentaje de UNE a un privado, con el propósito de garantizar la estabilidad de EPM, argumentando que permanecer como empresa pública en la industria de telecomunicaciones en Colombia era un gran riesgo por la presencia dominante de otras empresas competidoras y que posiblemente esta situación llevaría a la quiebra total de UNE.

     

    Luego de un gran periodo de discusiones, el Concejo de Medellín aprobó la venta de 49% de las acciones que EPM tenía sobre UNE, fusionándola con Millicom, una compañía multinacional de telecomunicaciones, dueña de la empresa TIGO; por lo cual, al finalizar la negociación a mediados de 2014 la empresa obtuvo el nombre de TIGO UNE. El precio de esta transacción fue de 1,4 billones de pesos.

     

    Pero la venta no fue solo esa transacción, fue también la firma de algunos acuerdos, como el de la cláusula de salida, la cual dice que hasta enero de 2024 Millicom tendrá una oferta preferencial para comprar el resto de la empresa. El segundo acuerdo que nació con la venta fue la de la prima de control, ¿Qué significa eso?

     

    Sencillo: hasta el momento EPM tiene 50% +1 de las acciones de UNE, Millicom tiene el 49%. Lo usal es que, a partir de esos porcentajes, EPM tenga un mayor poder de decisión sobre lo que pase con la empresa; sin embargo, gracias a la prima de control, 2 de las acciones de EPM son preferentes, es decir, con voz pero sin voto. Es por eso que Millicom tiene el control sobre las decisiones de la empresa, gracias a este acuerdo.

     

    Voces favorables al acuerdo, como la del entonces presidente de UNE March Eichmann han respaldado esa decisión bajo el argumento del conocimiento y las capacidades técnicas de la multinacional Millicom del negocio de las telecomunicaciones en lo trasnacional, eso sí, bajo la auditoría técnica de EPM. Así lo ratificó Eichmann en diálogo con W Radio el 10 de octubre de 2022.

     

    El expresidente de UNE recordó que los recursos de la venta inicial de acciones han permitido financiar proyectos de ciudad. en efecto, según la información de la alcaldía de Medellín, los $1.4 billones que recibió el Municipio en 2014 se creó el Fondo Medellín Ciudad para la Vida, para la financiación de proyectos en educación y cultura; seguridad; inclusión y salud; sostenibilidad y movilidad, y empleo.

     

    En 2016, con Federico Gutiérrez como alcalde, el Concejo municipal aprobó cambios para ese fondo, llamado ya Fondo Medellín, que le dio prioridad a las inversiones que tenían mayor avance, entre ellas Parques del Río, por valor de $702 mil millones, campus universitarios como el de la Ciudadela Universitaria de Occidente, por valor de $280 mil millones, la Intervención Integral del Centro y corredores de transporte limpio, como el cable Picacho. En ese momento, se contabilizaban 77 subproyectos.

     

    Solo en junio de 2018, según lo informó en ese momento el periódico Vivir en El Poblado, a partir de solicitud de información atendida por el gobierno local, la ejecución de los presupuestos de ese fondo había alcanzado el 91.4%, con un 77.3% de avance en la ordenación y 62% de avances físicos.

    Datos clave del negocio de Une con Millicom en 2014. Infografía: María Paula Mejía

     

    ¿Por qué se debate otra vez la venta de las acciones restantes? ¿Es momento de vender?

    El actual gobierno de Daniel Quintero se ha propuesto convertir a Medellín en el Valle del Software, eso significa garantizar la conectividad en toda la ciudad y hacer una inyección importante de capital en asuntos relacionados con modernización y tecnología. En esas circunstancias, se supondría que UNE sería una empresa clave por su capacidad de trabajo en asuntos relacionados con las telecomunicaciones y la conectividad; que aportaría infraestructura y además, los y las empleadas están altamente capacitados en algunos asuntos que pueden ser útiles en la apuesta del Valle del Software.

     

    Antes de un remesón que puso una serie de personas cercanas al alcalde Quintero en la estructura directiva de EPM, ya se escuchaban voces favorables a la enajenación de las acciones, bajo criterios médicos. Una de ellas era la de Alejandro Jaramillo, quien fuera vicepresidente de crecimiento de negocios de EPM, quien expuso varias razones para efectuar ese negocio: “Lo primero es el nivel de riesgo del sector, pues es un sector con unas características diferentes al resto de servicios públicos domiciliarios; no quiere decir que eso sea bueno o malo, sino que requiere unas capacidades distintas a las que hoy tenemos… los recursos estarían mucho mejor ubicados en un sector diferente… nosotros tenemos previsto invertir en generación y modernización de centrales, en Ituango, en servicios de acueducto y alcantarillado, por último este punto tiene que ver con la oportunidad de la cláusula de preferencia”.

     

    El Concejo de Medellín, decidió en 2021 ampliar el tiempo de estudio de la propuesta, pues de manera conjunta se acordó que una decisión de esta magnitud requiere mucho más tiempo de estudio y análisis. En ese momento, el concejal Luis Bernardo Vélez sostuvo que el aplazamiento “es un irrespeto a la ciudadanía”; respecto a la posibilidad de la venta, Vélez apuntó que “a nosotros en el 2013 y digo a nosotros los ciudadanos de Medellín, nos despojaron, Millicom nos despojó de la soberanía en materia de comunicaciones”. Doralba Hernández, vocera de los empleados de UNE, aseguró en 2021 que la consecuencia de todo el proceso que se ha venido haciendo con Millicom y UNE “ha desnaturalizado a los ciudadanos como dueños de lo público”. Los últimos meses han sido un sube y baja en medio de la propuesta de la venta de las acciones de esta empresa.

     

    Giros del debate

    Con el tiempo, vender las acciones ya no era poner en riesgo lo público, sino defenderlo. Los giros en la discusión han sido significativos. Mucha agua ha corrido bajo el puente, especialmente por los cauces políticos. Por ejemplo, el concejal Luis Bernardo Vélez ya no respalda la proposición de venta, luego de renunciar al movimiento Independientes del alcalde Quintero, argumentando diferencias insalvables, que se explican por los debates suscitados por la gestión del gobierno local. Esto en relación con que, durante los debates que tuvo la proposición, la Alcaldía expuso eventuales destinaciones para los ingresos derivados de la venta que dejaron dudas para varios cabildantes, puesto que se trataba de actividades de mantenimiento en elementos como la malla vial y otros rubros para los cuales ya se hicieron adiciones presupuestales y aprobación de vigencias futuras, como para la infraestructura educativa.

     

    El concejal Daniel Duque, del partido Alianza Verde, uno de los más directos durante los cinco debates que tuvo la proposición, enumeró los múltiples escándalos en los que se ha visto envuelta la administración municipal por eventuales hechos de corrupción y problemas asociados a la capacidad técnica del gobierno para ejecutar su plan de gestión y reiteró que no había confianza en la administración distrital.

     

    Tras el quinto fracaso en el Concejo, Quintero y su equipo dieron a entender que no insistirían al afirmar que “el debate está perdido”, pero al poco tiempo, el alcalde planteó que los activos de EPM en UNE – Millicom se nacionalicen. Es importante observar que lo hizo a un gobierno nacional que, mientras esto ocurre aquí, se ocupa de reformas estructurales en temas de impuestos, tierras y procesos de paz con todo tipo de grupos armados ilegales.

     

    Así las cosas, no parecer ser el momento para vender las acciones de UNE, pero las razones tienen poco que ver con lo técnico y mucho con el momento político que atraviesa Medellín.

  • En Medellín la comida no basta. Y sobra

     

    Por: Samuel Muñoz González / samuel.munoz@upb.edu.co

     

    El hombre de vestimenta rasgada y cuyo aspecto revela las huellas de la calle, hacía ansioso el recorrido de unos pasos hasta el lugar en donde sacia el hambre todos los días. Terrícola, como le dicen en la Central Mayorista, es un hombre de unos 50 años, con una barba amarillenta que le enmarca un rostro lleno de las huellas de andar por la ciudad sin un lugar ideal para dormir. Persiguiendo la única comida que tiene “segura” en el día, se aproxima al galpón 15, de donde extrae una zanahoria, unas tres papas con varias manchas negras y una mezcla de vegetales entre los que se distingue un cilantro, lechuga y repollo.

     

    Cerca de las 4:30 de la mañana de un martes, La Mayorista se encuentra atiborrada por compradores que se dirigen hacia donde están los grandes distribuidores para surtir sus propios negocios. Estas personas compran en cantidad, pero hay muchas otras que buscan al menos un bocado.

     

    Muchas familias buscan una oportunidad entre los excedentes del comercio de frutas y verduras, ya sea en la Central Mayorista o aquí, en la Plaza Minorista de Medellín. Foto: Esneyder Gutiérrez – Sextante.

     

    El galpón 15, un gran bloque de ladrillos y altos techos de color amarillo, es como una gran despensa de frutas y verduras. En sus corredores externos, siempre ocupados la carga y descarga de productos, se ven en lo alto letreros con los números de cada uno de los locales y el nombre de cada negocio. Dentro de cada local, miles de víveres esperan diariamente para ser comercializados a los grandes almacenes de cadena y a todas las tiendas de barrio de la ciudad.

     

    Humberto, ubicado en el muelle de embarque, apresuraba su paso para lograr descargar el camión antes de que el flujo incesante de clientes terminara por desabastecer su negocio a las seis de la mañana. La Distribuidora de Legumbres Humberto Osorio, ubicada en el local 15 del décimo quinto galpón de La Mayorista recibe diariamente alrededor de 7 toneladas de alimentos, los cuales son rápidamente adquiridos por personas que buscan abastecer sus propios negocios todos los días.

     

    “¡Muévale hombre!”, grita Humberto a sus cuatro trabajadores mientras el camión se aproxima a la zona de descarga. Arracacha, yuca, papa, zanahorias y de todo tipo de verduras provenientes de distintos lugares del departamento son descargadas alrededor de las 2 de la mañana de todos los días para suplir la demanda de alimentos de una gran parte de la ciudad.

     

    Oscar, un hombre robusto y bajito, sorprende con la habilidad que va y viene por ese galpón 15 al que llega al menos una vez por semana para surtir su tienda a dos cuadras del parque de Cristo Rey. Llena su Citroën verde del año 94 con las compras, con la adrenalina de comprar barato par vender barato en algunos minutos cuando lleguen sus compradores. Es entonces alrededor de las 7 de la mañana cuando aparecen los primeros signos de que muchos de los alimentos del local quedarán sin ser comprados y probablemente desechados, mostrando uno de los escenarios más cuestionados del modelo económico capitalista: el desperdicio y el hambre en un mismo lugar. ¿Qué pasará entonces con las toneladas de alimentos que no se venden en este y los demás galpones de la central de abastos?

     

    Una pila de restos de restos que ya empiezan a descomponerse, dan una idea de lo que pasa, pero otra respuesta la dan muchas personas que usualmente desapercibidas entre los cientos compradores y que van por una oportunidad, una que está en otro punto de la central, pintada del color de una pila de alimentos que aún se pueden consumir, pero que no entraron en las compras de los grandes y medianos compradores.

     

    Pero esos víveres sí están en los planes de la Fundación Central Mayorista, una entidad que lleva 29 años en funcionamiento y busca hacer que personas cómo Terrícola no tengan que buscar alimentos sobrantes de una manera ilegal o deshonrosa. Esta organización recupera cada año aproximadamente 6.500 toneladas de alimentos desechados por los grandes distribuidores.

     

    Los “saldos” de frutas y verduras solucionan los problemas de alimentación en una ciudad en la que crece el número de hogares en los que n puede haber tres comidas diarias. Foto: Esneyder Gutiérrez- Sextante-

     

    El desperdicio de alimentos en las grandes centrales de abasto no es algo nuevo. El Departamento de Gestión Ambiental de la central mayorista estima que, solo en este centro de acopio, se desperdician alrededor de 75 toneladas de alimentos diariamente, una cifra que alcanzaría para alimentar una comunidad entera de personas. Según la FAO, a nivel global, ha alcanzado casi el 22% de todos los alimentos producidos.

     

    La Encuesta de Calidad de Vida, adelantada por Medellín Cómo Vamos en 2021, reveló que el 22% de las familias consultadas en ese sondeo señaló que no puede comer tres veces al día. Las cifras del DANE estiman que en Colombia hay casi 6 millones de personas que viven en la indigencia y que, como Terrícola, carecen de condiciones mínimas para gozar de seguridad alimentaria y alejar los problemas de salud pública como la desnutrición.

     

    Así como la Fundación Mayorista, existen otras entidades públicas y privadas que hacen frente a este problema. A nivel nacional, ABACO (Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia) se encarga de reunir a 24 bancos de alimentos en todo el país y “trabaja conjuntamente en pro de la seguridad alimentaria y nutricional de la población en situación de vulnerabilidad, a través de alianzas con entidades públicas, empresas privadas y organizaciones civiles”.

     

    Según datos de ABACO, esta asociación entregó unos 63.590.000 kilos de alimentos en el país, durante 2020, mientras que en el país se desecharon aproximadamente 10 millones de toneladas de alimentos. Así mismo, según la estadística nacional, el 16% de esos alimentos son desechados en los hogares.

     

    Igualmente, en Medellín existen más entidades como la fundación SACIAR, o la Fundación Banco Arquidiocesano de Alimentos de Medellín, ambos con una cobertura “en más de 30 barrios de la ciudad, en más de 10 comunas y en los corregimientos”, además, atienden instituciones ubicadas en un promedio de 20 municipios de Antioquia.

     

    Pero si existen tantas organizaciones que recuperan los alimentos en buen estado, ¿por qué Medellín sigue teniendo cifras tan altas de indefensión alimentaria? Las Hermanitas de los Pobres son una comunidad cuyo hogar ubicado en el centro de Medellín cuida y protege unos 67 ancianos en estado de vulnerabilidad y abandono. Este hogar ha sido beneficiado por años de las donaciones generosas de los grandes distribuidores de las centrales de abastos y de las fundaciones como SACIAR y el Banco de Alimentos.

     

    “De todas las comidas que regalan en ese sitio, muy poquitas salen buenas. La mayoría de las frutas salen podridas y casi todo lo otro siempre está vinagre”, dice Terrícola refiriéndose a los alimentos entregados a personas vulnerables en el Banco de Alimentos.

     

    De todas las opciones que hay para alimentar a los 67 ancianos que tienen a su cargo, las Hermanitas de los Pobres también prefieren la de las donaciones que puedan surgir en las dos grandes centrales de abasto de Medellín (La Mayorista y La Minorista):

     

    Una integrante de la comunidad religiosa, que pidió o ser identificada, señaló que el convento estaba afiliado al banco de alimentos. “Antes era gratis y los alimentos los regalaban a distintas organizaciones y a los particulares que lo solicitaran. Ahora se necesita afiliarse con 100.000 pesos mensuales para que le den a uno alimentos de cualquier tipo, pero últimamente la comida que repartían estaba saliendo muy mala entonces las Hermanitas de los Pobres nos retiramos del convenio”, señaló.

     

    ¿Qué pasa con quienes no están al amparo de organizaciones como estas? Javier Humberto Ramírez, director de la Fundación Arquidiocesana Banco de Alimentos de Medellín, confirmó que las instituciones beneficiarias de dicha fundación pagan un aporte mensual llamado aporte solidario, que equivale aproximadamente al 10% del valor de los alimentos entregados. Así mismo, el Banco de Alimentos confirmó que la calidad de los productos está supeditada a las donaciones que reciben por parte de distribuidores donantes.

     

    “Hay productos, como los frutos y hortalizas, que se hacen recoger, y se les hace una selección, con el criterio de que sólo se les entrega a las instituciones, lo que una persona que seleccionó se comería. Por eso habilitamos un comedor dentro del banco, el cual utiliza productos de donación para determinar si tenían consumo o no. En el banco se han podido obtener excelentes comentarios del tema, las instituciones que han tenido problemas, pueden manifestar su inconformidad por medio de nuestro correo electrónico. Si la inconformidad de la institución es el aporte solidario, es complejo; sin embargo, si se refiere a la calidad de los productos, se entra a revisar cada caso de manera particular”, dice el director de la fundación Banco de Alimentos.

     

    El desaprovechamiento de los recursos alimenticios es entonces una problemática recurrente, y que va en aumento. Según el Banco de Alimentos, durante la pandemia generada por la Covid-19, la cantidad de personas consideradas en estado de indefensión alimentaria en la ciudad creció casi en un 50%, una cifra alarmante que habla de un problema que no es nuevo, pero que no ha hecho más que empeorar, así como las paradojas de ver personas pidiendo para un pan, en una ciudad en la que otros se quejan del aumento de basuras que, a primera vista, son en su mayoría envolturas y empaques de alimentos.

  • La unidad que se construyó en el corazón del pueblo

     

    El 19 de marzo de 1953, la inauguración oficial del Estadio Atanasio Girardot inició con la venia del monseñor Jáuregui para escribir una historia que ya se acerca a los 70 años de pasión y tradición.

     

    Por: Felipe García Solano / felipe.garcias@upb.edu.co

     

    Las montañas del Vallé de Aburrá inspiraron la intervención arquitectónica de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot para los juegos suramericanos de 2010. Sobresalen las icónicas torres de iluminación del estadio. Foto: Felipe García Solano.

     

    Antes comenzar la obra del Estadio Atanasio Girardot, en Medellín los espacios oficiales para el fútbol brillaban por su ausencia. Fue en 1937 cuando se pensó en edificar un espacio deportivo, pero fue en 1946 cuando se adquirió el terreno para hacer realidad el sueño de una ciudad: el proyecto del estadio en un extenso espacio deportivo con espacios para los diferentes deportes.

     

    El deporte en Medellín creció a la par del modelo empresarial antioqueño de principios del siglo XX. La actividad física era uno de los pasatiempos de los trabajadores de las grandes fábricas de entonces y entre ellas se destacaba ya el fútbol. En medio de esas circunstancias se gestaron procesos de planeación urbana como Medellín Futuro de 1913 o el Plan Piloto para Medellín de la década de 1940, que buscaban modernizar la ciudad con escenarios en los que se destacó la Unidad Deportiva Atanasio Girardot. Para Juan Esteban Correa, arquitecto con maestría en diseño urbano, la concepción de este espacio siempre tuvo un objetivo: “Su concepción desde el Plan Piloto para Medellín, de Wiener y Sert, fue el reflejo de la implementación de ideas de vanguardia en una ciudad que desde entonces ha sido siempre moderna”.

     

    Pensar en un complejo deportivo era trascendental para la Medellín de 1950. Existía la necesidad de construir el estadio Atanasio Girardot, respaldando la idea de la Sociedad de Mejoras Públicas a finales del siglo XIX, que propendía por la construcción de infraestructura no solo para el trabajo sino otro tipo de escenarios para que la gente se encontrara. “Había que construir otro tipo de escenarios, porque estábamos en una ciudad que no solamente estaba dedicada al trabajo, sino que también existe el derecho al ocio y a la diversión, y la del ejercicio físico dominical”, afirmó el periodista y escritor Reinaldo Spitaletta.

     

    El estadio Atanasio Girardot ha sido escenario de eventos deportivos y sociales que constituyen hitos de la historia de la ciudad y permanecen especialmente en el corazón de los aficionados al fútbol. Foto: Felipe García Solano.

     

    Un proyecto pedido a gritos

    Ya existía el balompié profesional y la atracción que despertó en la sociedad antioqueña ratificó lo conveniente de la influencia empresarial que encontraba en el fútbol un espacio de reunión. Como lo dice Spitaletta, también fue un avance y no sólo para asuntos del fútbol, sino para la construcción del barrio Estadio que se hizo alrededor de la unidad deportiva, porque en ese momento en la Otrabanda, el otro lado del río en el occidente de Medellín, todavía no había zonas urbanizadas .

     

    La unidad dedicada al deporte en un espacio con la geografía y el ordenamiento de del centro occidente fue calificada como una decisión visionaria y bien adaptada para Medellín. “Un estadio se hace precisamente cuando hay una necesidad, esto no se hace por ornamentación, sino que un estadio municipal puede hacer parte de la planeación urbana”, expresó Spitaletta. El gobierno local pensó que ya era importante un estadio para albergar más gente y eso también hace parte de la organización de una ciudad.

     

    Como afirma Correa: “Haber reservado este espacio de estas dimensiones, garantizando espacio abierto, de acceso público y que la ciudad no se encostrase en él fue una visión que nos ha permitido tener acceso libre a la recreación y el deporte, a cultivar el bienestar, a crecer como ciudadanos”. Desde el principio, este fue concebido como un espacio abierto, lo que justificó la idea de mejora continua de sus espacios. Spitaletta asegura que: “A mí me parece que fue muy importante esa construcción porque para la ciudad en los años 50 fue hacer un centro de sociabilidad, de encuentro”.

     

    Por estos antecedentes, la existencia de otros escenarios sustituiría la importancia de la unidad deportiva Atanasio Girardot, así como la presencia de esta no interfiere en la construcción de otros escenarios deportivos en la ciudad. “No creo que tengamos, ni el espacio, ni la necesidad de otra unidad de las mismas dimensiones, pero sí la de llevar escenarios para la formación y la práctica del deporte con escenarios de calidad en todas la ciudad”, confirmó Correa. De hecho, otras unidades deportivas satélites como las de los barrios Belén o Castilla, convertidas en centros concurridos para la práctica deportiva, así lo demuestra.

    La unidad Deportiva Atanasio Girardot está llena de íconos para los medellinenses, uno de ellos es la célebre fuente del Parque de Banderas. Foto: Felipe García.

     

    La unidad deportiva, intocable

    Entender el trasfondo que tiene este espacio deportivo es conocer que se convirtió en un patrimonio para Medellín y que descuidarlo no está en planes ni de la administración ni de la sociedad, como dice Spitaletta: “Sería un atentado no solamente contra la cultura y la educación del cuerpo y de la preparación física, sino además contra la historia. Hay que respetar la historia de las ciudades en desarrollo”. La Unidad Deportiva Atanasio Girardot se hizo para el ejercicio, como lugar de encuentro familiar no sólo de los deportistas de alto rendimiento sino el aficionado de a pie.

     

    En definitiva, como lo aseveró Correa sería una catástrofe, dejaría siglos atrás a la ciudad en el panorama internacional tanto en lo relativo a lo deportivo y recreativo, como en la cantidad de espacio abierto. Bien lo entiende: “Hoy, simplemente el hecho de derribar estos escenarios o privatizarlos sería el oxímoron más grande de la historia y un despropósito ambiental y social”, pues al eliminar esta cantidad de espacio público no habría dónde reemplazarlo. El mismo Correa afirma que estaríamos condenados a una ciudad enferma, seguramente más oprimida y mucho más desigual de lo que hoy somos.

     

    Es por esa importancia que generan temores los anuncios recientes de intervención de los 163.700 metros cuadrados de la unidad deportiva Atanasio Girardot para convertirla en un referente deportivo del continente. El alcalde de Medellín, Daniel Quintero, anunció el 14 de octubre de 2020 que: “Este es uno de nuestros proyectos estratégicos”, y los detalles de la intervención que se propone incluyen aspectos relacionados con lo que se llama la industria del deporte, a la par de los aspectos relacionados con su impacto social: “La oferta en torno al deporte, el bienestar y la recreación es uno de los principales por lo que los tomadores de decisiones se inclinan para mover sus sedes y sus empleados, la calidad del espacio urbano abierto es tan o más importante que las ventajas tributarias”, explica Correa. No obstante, como lo asegura Spitaletta: “Ya no hay más espacio, ya no hay más espacio para la expansión de la unidad deportiva que ya se quedó, a mí me parece, chiquita para una ciudad que ha crecido”, esto demuestra que, pese al deseo por crecer y brindar mejores oportunidades, no se puede sobrepasar más allá de lo que se puede evidenciar y hoy es claro que la Unidad Deportiva Atanasio Girardot no tiene como expandirse más.

     

    Si se mira el recorrido histórico por el cual ha pasado este complejo, la satisfactoria acogida que le ha dado a eventos notables como los Juegos Suramericanos de 2010, los numerosos encuentros futbolísticos nacionales e internacionales, carreras ciclísticas o certámenes más del corazón local como el Festival de Festivales del deporte infantil, se entiende cómo este espacio ha construido su valor con el pasar de los años y cómo se resignifica cada tanto como centro principal de reunión, en lo que parece una dinámica recurrente que bien resume Spitaletta: “La felicidad de los pueblos es muy elemental, pero muy necesaria”.

  • “Ya no cabemos”: el reto de la movilidad en Medellín

    Contingencias con el Metro, los eventos climáticos y otras situaciones ya cotidianas, nos han mostrado la importancia y los problemas del sistema de transporte en la ciudad. La pandemia dejó sus huellas y su utilidad depende de los hábitos de la ciudadanía. ¿Cómo se mueve Medellín?

     

    Juan Manuel Cano Londoño – periodico.contexto@upb.edu.co

     

    La congestión vehicular que vive Medellín en la actualidad no es un tema nuevo. La movilidad es una de las temáticas que más preocupa, desde hace varios años, a quienes habitan y transitan por la ciudad. Pero sí es un escenario extraño, tras varios meses en los que las calles y avenidas de la capital antioqueña disminuyeron considerablemente su flujo debido a la pandemia por COVID-19.

     

    Hernán Arias, que se desplaza diariamente a su lugar de trabajo en automóvil, cree “que la movilidad está pésima, no hay por donde transitar”. Cuenta que últimamente se ha demorado alrededor de cuarenta minutos en un trayecto que, incluso antes de la pandemia, lo hacía en menos de media hora.

     

    “El comercio se reactivó en general, entonces hay más vehículos, motos y personas circulando. Ver las calles de esta manera hace pensar que ya todo está en la ‘normalidad’, como hace dos años”, dice.

     

    Doris Londoño utiliza transporte público colectivo desde el occidente hacia el sur de la ciudad y siente que el tiempo de viaje de su trayecto ha aumentado: “ahora me toca salir más temprano si quiero llegar a tiempo. Muchas veces me ha pasado también que me va mejor bajándome del bus, varias cuadras antes de mi destino, para irme caminando porque el ‘taco’ no se mueve”.

     

    Como ellos, miles de ciudadanos se enfrentan diariamente al caos vehicular de la ciudad, ya sea desde el transporte particular (carros y motos) o desde el transporte público.

     

    La Secretaría de Movilidad de Medellín tiene identificados algunos puntos neurálgicos en la ciudad, en los cuales ha implementado una estrategia de regulación y control con guardas de tránsito. La autopista norte y sur, la avenida 33 y la avenida Oriental son los corredores viales donde se presenta la mayor congestión.

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    Puntos neurálgicos la movilidad en Medellín. Con datos de la Secretaría de Movilidad de Medellín.

     

    La reactivación económica y el consecuente incremento en el número de viajes y de vehículos circulando, además del insistente llamado de la ciudadanía a las autoridades, generaron que el Área Metropolitana del Valle de Aburrá – AMVA anunciara a finales de agosto de 2021 la instauración de un nuevo pico y placa.

     

    La medida empezó a regir el pasado 6 de septiembre con algunas modificaciones, como la prohibición de circulación para vehículos solo dos veces al mes, la inclusión de las motos de cuatro tiempos y el cobro por congestión. Tras casi un mes de haber sido implementada la determinación, solo entre el 5 y el 10% de los vehículos salieron de circulación diariamente y la reducción del tiempo de los viajes no fue significativa (12%).

     

    En medio de varios ajustes y lo que para muchos se interpretó como indecisiones del gobierno local, Carlos Mario Mejía, secretario de Movilidad de Medellín, sostuvo que esta medida “no es la solución, no es la panacea. No va a acabar con los problemas grabes de movilidad que tenemos”. La entidad argumenta que han implementado otras acciones para mitigar el caos, como la sincronización semafórica y la instalación de una mesa de crisis, que permita tomar mejores decisiones.

     

    Han influido también otras situaciones como los problemas de funcionamiento con varios semáforos, algunos, víctimas de vandalismo durante el Paro Nacional y robos continuados, el mal estado de la malla vial en algunos puntos clave y la escasa presencia de agentes de tránsito en los horarios de mayor tráfico.

    La autopista sur es uno de los corredores viales donde se presenta mayor congestión en horas pico. Foto: Juan Manuel Cano.

     

    En un foro realizado por Camacol el secretario Mejía consideró que es necesario crear una “gran mesa de la movilidad”, que reúna a los gremios y sectores sociales para que haya un aporte de cada uno y se busquen soluciones, pues “somos un valle rodeado de montañas: ya no cabemos. Entonces hay que buscar alternativas”.

     

    Y es que el parque automotor ha tenido un incremento exponencial en los últimos 25 años en el Valle de Aburrá, pasando de 201.505 vehículos (entre autos y motos) en 1995 a 1.788.927 vehículos en 2020, lo que significa un aumento de 788%. Una flota numerosa que, aunque solo representa alrededor del 30% de los viajes, genera un atasco cada vez mayor.

     

    Entonces, ¿cuál es la alternativa? La respuesta radica, según el Plan Maestro de Movilidad y los expertos consultados, en el fortalecimiento del Sistema Integrado de Transporte del Valle de Aburrá –el cual agrupa el sistema masivo y el colectivo–para que se convierta en la espina dorsal de la movilidad en la ciudad – región.

    Un objetivo que la contingencia sanitaria impactó directamente. Este sector, a pesar de nunca haber parado por completo, fue uno de los más afectados debido a las restricciones sanitarias impuestas por la pandemia, dejándolo en una crisis que amenaza hoy su operación.

     

    Crisis y transformación

    El 20 de marzo de 2020 inició la “cuarentena por la vida” en Antioquia, una medida que pretendía preparar a la ciudadanía para los posibles futuros confinamientos debido a la llegada de la COVID-19 al país. Las personas se resguardaron en sus casas y la gran metrópoli que encierra el Valle de Aburrá, de cuatro millones de habitantes, pasó a ser un pueblo fantasma.

     

    La medida, que parecía temporal, se fue extendiendo a la par que la enfermedad avanzaba. Las calles se despojaron del peso de los vehículos y, con ellos, la ciudad descansó de su ruido y contaminación por varias semanas.

     

    Para John Jairo Posada Henao –quien es especialista en Vías y Transporte, doctor en Ingeniería y profesor de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional– el confinamiento “provocó dos grandes impactos en la movilidad: uno para los usuarios y otro para los prestadores del servicio”.

     

    El experto considera que el aislamiento, en cuanto a los prestadores, “tuvo un efecto económico muy duro, pues bajó el ingreso, pero muchos de los gastos propios de la operación del servicio se mantuvieron”. El AMVA, por su parte, estima que “entre los meses de febrero y abril de 2020 se tuvo una reducción hasta del 85% en la movilización típica de pasajeros”, tanto en el transporte público colectivo como en el masivo.

     

    En junio de ese año se dio una mayor flexibilización del aislamiento de las personas y se comenzó una paulatina apertura de la economía. A pesar de esto, “nuestro sector creció muy lentamente y casi todo ese año fue de incertidumbre”, comenta Jaime Sánchez, presidente de la Corporación de Transportadores Urbanos – CUT, que cuenta con 19 empresas afiliadas.

    El 28% de los ciudadanos se movilizan principalmente a pie, siendo este el modo de viaje con mayor porcentaje en el Valle de Aburrá.

    Foto: Juan Manuel Cano.

     

    Los meses del confinamiento estricto de la población, la tímida apertura económica y los picos de la pandemia, que obligaban a restringir de nuevo la movilidad, durante 2020 generaron que estas empresas públicas y privadas sufrieran una crisis de la que incluso hoy no se han podido recuperar.

     

    El Metro de Medellín, por ejemplo, indicó en un comunicado que actualmente moviliza 760.000 pasajeros, una “afluencia cercana al 63% de los que se movilizaban antes de la pandemia”. Esta disminución de los usuarios ha generado que el sistema presente pérdidas de hasta 500 millones de pesos al día.

     

    El transporte colectivo de buses, por su parte, cuenta con una cifra similar de ocupación del 65%, que Sánchez ve con preocupación pues estima que “para el 2022 haya una recuperación cercana al 80%, pero sabemos que el 100% [en relación a la afluencia de 2019] ya nunca lo vamos a lograr”.

     

    El profesor Posada es más optimista: “En principio, la misma demanda que se tenía en 2019 no se va a volver a tener. Pero digo en principio porque la ciudad sigue creciendo y las personas que llegan son las que van a empezar a suplir los que se están quedando en casa. ¿Cuánto se va a demorar esto? No sé, pero se puede conseguir con la evolución de la ciudad en el tiempo”.

     

    Ambas posturas obedecen a la evidencia de nuevas dinámicas sociales en la ciudad: “Hoy la movilidad está muy compleja, y para mí la explicación inmediata es que hay más vehículos o hay un comportamiento diferente en los ciudadanos”, explica Posada en referencia al impacto en los usuarios.

     

    En su cuenta de Twitter, quien fuera secretario de Movilidad de Medellín en diciembre de 2020, Carlos Cadena Gaitán, estimaba que nuevas dinámicas como el “teletrabajo, el estudio virtual y los cambios en la vida cotidiana (con estrategias como la telemedicina, el comercio electrónico y los eventos en línea)” impactaban directamente en la movilidad.

     

    Aunque podría pensarse que esta transformación generaría una disminución en los viajes, para Posada las nuevas dinámicas –que “no solo se van a mantener, sino que se van a potenciar”– pueden estar causando lo contrario: “La libertad horaria de los ciudadanos ha permitido que las personas salgan por motivos diferentes a los laborales, ya sea por ocio, descanso, suministros o por cumplir sus necesidades. Esto lo hacen a cualquier hora, generando que haya mayor tráfico durante el día”.

     

    El reto que se mantiene

    El periodista, escritor y urbanista antioqueño, Darío Ruiz Gómez, en su libro Mirada de ciudad (2016), comenta que “las vías urbanas se planifican para distribuir el tráfico y para lograr un único objetivo: la rapidez del desplazamiento”. El apartado, titulado El caos vehicular, describe cómo los carros y las motos se han tomado rápidamente las ciudades hasta haber logrado ser ellos los protagonistas, antes que los mismos ciudadanos.

     

    “El desplazamiento no puede ser una tortura desquiciadora del ánimo cívico, sino una positiva experiencia que incorpora aquellos territorios que desconocíamos”, apunta el urbanista. Para que esto no ocurra, el Valle de Aburrá cuenta con El Plan Maestro de Movilidad, el cual se enfoca en una sostenibilidad ambiental y que pretende una conexión estratégica entre los diez municipios del valle.

     

    El documento, además, realiza un diagnóstico de la movilidad y muestra cómo se desplazan los ciudadanos metropolitanos.

     

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    Cifras clave de la movilidad en Medellín.

     

    El objetivo de este instrumento de planeación es establecer directrices y lineamientos a corto, mediano y largo plazo, teniendo como horizonte al año 2030. El Plan, publicado en enero de 2020, plasma la visión de movilidad que se quiere tener en la ciudad – región, la cual pone al servicio de transporte público en el centro de la discusión.

     

    Teniendo en cuenta que no fue diseñado antes de la contingencia sanitaria y, por lo tanto, no se incluyeron en el estudio las nuevas dinámicas sociales, el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, entidad encargada de su formulación, está “adelantando el proceso de contratación para realizar encuestas longitudinales, cuyo objetivo principal es evaluar el impacto en los patrones de movilidad”, y a partir de los hallazgos arrojados decidir qué cambio se deben realizar.

     

    Ante la nueva realidad, la entidad cree que la clave es fortalecer “proyectos que busquen la sostenibilidad de nuestro territorio y que vayan de la mano de la reactivación económica y la emergencia sanitaria”, tales como “la construcción del Metro de la 80, la estructuración final del tren multipropósito, la viabilidad técnica del metro subterráneo, el diseño y construcción de cicloinfraestructura con el continuo mejoramiento del sistema EnCicla y la evaluación de las medidas de gestión de la demanda (pico y placa)”.

     

    Aspectos que coinciden con el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 11, proyectado por Naciones Unidas, el cual busca “lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. Una iniciativa que incluye el acceso y la calidad del transporte, “en particular mediante la ampliación del transporte público”, como uno de los caminos para que este objetivo se pueda realizar.

     

    Aunque el profesor Posada considera que “en temas de movilidad y transporte nunca tendremos la solución mágica que arregle todos los problemas”, la apuesta por una ciudad menos motorizada es la correcta, además de que está en sintonía con las nuevas dinámicas: “tenemos que aprender a usar más el transporte público. No se trata de dejar de utilizar el vehículo particular, lo que se pretende es que todos comencemos a disminuir su uso y que seamos unos ciudadanos más conscientes de cómo nos movemos”.

     

    Según el experto, el principal reto radica, entonces, en generar esa consciencia en la ciudadanía: “es fundamental que seamos más educados como sociedad, tanto los transportadores como los usuarios. Ambos tenemos que ‘dar el brazo a torcer’ en algunas cosas para que podamos mejorar”.

     

    Los esfuerzos de las autoridades y los ciudadanos, de igual forma, deben estar dirigidos a fortalecer los modos activos (como caminar o hacer uso de la bicicleta), gestionar la demanda del transporte privado, pensar en la conectividad del territorio y priorizar la visión de cero (la estrategia de reducción de accidentes viales).

     

    De lo contrario, en sintonía con Ruiz Gómez, movilizarse en la ciudad será una “tortura desquiciadora” y el “ánimo cívico” de los medellinenses continuará en decadencia.

    A pesar de no superar el 70% de ocupación, el Metro opera con toda su flota disponible en las horas pico y realiza monitoreo de la afluencia en tiempo real para tomar medidas que optimicen la prestación del servicio. Foto: Juan Manuel Cano

  • Las transformaciones de la Medellín rural: URBANIZACIÓN SIN CIUDAD

    Todos alguna vez hemos visto un mapa de Medellín, ese croquis que parece sin forma, pero que en las dinámicas cotidianas cobra sentido. La cabecera urbana de la ciudad se encuentra entre cinco corregimientos: Santa Elena al oriente y San Cristóbal, Altavista, San Sebastián de Palmitas y San Antonio de Prado al occidente, como una protección verde —del doble de su tamaño— a sus costados, mientras lo urbano continúa en Bello, Itagüí y Envigado. Sin embargo, la urbanización de Medellín no solo se ha limitado a la centralidad o a sus fronteras con otros municipios.

     

    Daniela Morales Medina, egresada de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo; Estefanía Cardona Espejo, Juliana Duque Cardona, Liceth Torres y Daniela Uribe Naranjo, estudiantes de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

     

    Desde hace más de 50 años la forma de habitar el campo ha cambiado y, sobre todo, en Medellín. La idiosincrasia de la ruralidad en los centros poblados corregimentales y sus veredas se ha transformado en función de las nuevas posibilidades económicas que ofrece el desarrollo urbanístico. Para la coordinadora de la maestría en Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana, Diana Álvarez, “quizá el cambio más estructural en estos territorios sea la interpretación del suelo con valor de uso, propio de las economías agrícolas/solidarias, a un suelo con valor de cambio, propio de las economías de la sociedad industrial/capitalista”.

     

    La canalización de la quebrada de Santa Elena, la construcción del Metro de Medellín con sus intervenciones en el Tranvía de Ayacucho, el Túnel de Occidente y los metrocables de Santo Domingo, además del proyecto de Parques Bibliotecas en los corregimientos, han sido solo algunos de los tantos hitos en los que la ciudad ha conversado con la ruralidad de sus periferias, convirtiéndolas en receptoras de grandes poblaciones. Sin embargo, según Nelson Agudelo, magíster en Urbanismo, el actual Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de la ciudad no tuvo previsto este fenómeno.

     

    Por el contrario, el modelo de ciudad propuesto en el POT del 2014 de Medellín se basó en la premisa de “crecer hacia adentro”, planteamiento que consiste en renovar todas las zonas y suelos subdesarrollados que no están generando grandes garantías para la ciudad, buscando convertirlos en espacios de vivienda. Incluso, de acuerdo con el arquitecto, la Administración municipal escasamente ha cumplido con el 30 % o 40 % del POT del 2014.

     

    Para Gloria Patricia Zuluaga, docente de Desarrollo Rural de la Universidad Nacional, una de las principales causas de esta problemática es la especulación urbana que genera el aumento acelerado de la población. Explica que, en parte, sí existe un fenómeno natural de migración de ciudadanos de diferentes partes de Antioquia, Colombia y otros países a Medellín, pero según la magíster, las parcelaciones y venta de lotes en los corregimientos han comenzado un incremento en el costo de vida y el comercio de los lugares. Lo anterior, no solo ha cambiado radicalmente las condiciones de vida de los habitantes rurales, sino también de los citadinos. Por ejemplo, históricamente, todos los corregimientos de Medellín han sido despensas agrícolas, cárnicas y lácteas del Valle de Aburrá, pero esta actividad se ha reducido y reemplazado por priorizar el aumento de los comercios, zonas de descanso y entretenimiento, lo que implica un riesgo en la seguridad alimentaria de toda la ciudad.

     

    No obstante, el ciclo no finaliza ahí. Según la docente, cuando los residentes urbanos de Medellín, “saturados y cansados de las denominadas disfunciones urbanas como el tráfico, la contaminación y la inseguridad”, deciden irse a vivir al campo, se mudan de residencia, pero no de actividad económica. No hacen el cambio porque quieran ejercer la agricultura, sino porque quieren ambientes de naturaleza para descansar. Aquí es cuando comienza, en palabras de Zuluaga, una “urbanización sin ciudad”.

     

    Nuevas obras de infraestructura, valorización de predios, tributos más costosos y servicios públicos más altos son algunos de los cambios que ha generado la subdivisión predial. Es decir, una autorización previa para dividir materialmente uno o varios predios ubicados en suelo rural, en los territorios, y que se ha manifestado en el desplazamiento de familias campesinas, disfunciones en la seguridad alimentaria y aumento en la huella ambiental de la ciudad. Sin embargo, es importante conocer cómo han vivido estas transformaciones los habitantes de cada zona.

     

    En la siguiente infografía, haga un recorrido por el panorama de las transformaciones en cada uno de los corregimientos de Medellín:

     

    Retratos de una ciudad viva… y que hay que cuidar

     

    Desde Santa Elena (foto: Manuel Theo Dover Polanía) se ve la ciudad creciendo por las laderas del Oriente y Occidente. En Altavista, las huertas escolares son una apuesta por la preservación de las tradiciones y la seguridad alimentaria (foto: Marisol Garcés). En San Antonio de Prado (foto: Álex Betancur), las viejas edificaciones contrastan con las construcciones para más personas en el mismo espacio. En San Cristóbal (foto: Daniela Uribe), desde hace años el tráfico vehicular es parte de la vida cotidiana, llena de contrastes con la historia campesina.

     

     

    Las ciudades son territorios vivos. Para la muestra, vemos a una Medellín que sigue creciendo y cambiando. El proceso de transformación urbanística que atraviesa la capital antioqueña nos impacta a todos los que la habitamos, incluidos aquellos que por décadas han ocupado las tierras que cultivaron y cuidaron, como nuestros antepasados. Las raíces campesinas y arrieras de los habitantes de los corregimientos de Medellín peligran ante el acelerado crecimiento de las construcciones.

     

    Como explica Nelson Agudelo, Medellín tiene el espacio, un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y estudios de capacidad de soporte poblacional, pero no hay regulación por parte de la administración municipal. Según el experto, la ciudad tiene la capacidad de abrir espacios adecuados en el interior del valle para recibir a las personas, pero no está pasando.

     

    La situación actual de la población de los corregimientos es un reto, una invitación para que Medellín, como manifestó Gloria Patricia Zuluaga, se vea y se proyecte en toda su municipalidad. Además, que piense más allá de su núcleo urbano, articulando cada uno de los corregimientos como parte fundamental de un desarrollo sostenible Una ciudad que pueda seguir creciendo, pero cuidando su ruralidad y a sus campesinos.