Etiqueta: cultura

  • Carlos Castro Saavedra: el poeta que logró unir al mundo en una “Plegaria desde América”

    Por: Maria Clara Castro / maria.castroo@upb.edu.co

     

    ¿Quién era Carlos Castro Saavedra? Esta producción multimedia explora a este personaje, su obra y relación con el conflicto armado y la violencia en Colombia.

     

    Haga clic en la imagen para navegar la multimedia:

    Fotografía: Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto.

    Trabajo para el curso Periodismo Electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero Echeverri.

     

     

  • Hablemos de racismo estructural

    Por: Angie Acosta y Paola Castro

     

    Esta investigación ofrece un panorama general histórico-cultural del racismo estructural en la población Afro. La mirada se sitúa en Medellín a raíz de la contingencia de salud pública (por la COVID-19) que condiciona de forma diferente a las personas negras.

     

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    Trabajo para el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero.

     

     

  • Discos de vinilo resurgen de las cenizas

    Thalía Amaya Carreño / thalia.amaya.2016@upb.edu.co

     

    Sublime, fino, de pureza impecable, pasional y envolvente es el sonido que reproducen los discos de vinilo o también conocidos como LP. Aquel que tenga un oído para reconocerlo, sabe que no hay dispositivo electrónico que lo pueda reemplazar e igualar. El audio es mágico, cálido e íntimo que, quien lo escuche, no se puede despegar de la melancolía al poner un vinilo a sonar.

     

    Rojos, azules, blancos y negros, sobre todo negros, son los discos de vinilo que tiene Alvaro Amaya. Este hombre es un coleccionista apasionado de los discos. “Tengo discos de salsa, románticos, de vallenato, de los que más tengo es de vallenato. A mí siempre me ha gustado el vallenato, recuerdo que los discos que más compré eran de Diomedes Díaz, Pastor López, Joe Arroyo y Fruco y sus Tesos”, contó Alvaro Amaya, mientras miraba su colección de discos de vinilo de color negro.

     

    Se pueden hacer discos de cualquier color, pero la razón por la cual la mayoría de discos de vinilo son negros es porque están hechos de partículas de carbono que se añaden a la mezcla para reforzar el vinilo. Estas partículas son de color negro, por ello, la gran cantidad de LP que son comercializados en todo el mundo son de esa tonalidad, según explica la Comunicadora Científica americana, Eleanor Spicer en un documental de tv producido por DMAX.

     

    Entre el polvo y humedad están guardados la mayoría de discos de colección de Alvaro. Después de pasar décadas sin poder escuchar sus discos por la llegada del internet y los CDs, el armario marrón derecho de su habitación es el lugar donde los discos permanecen día y noche. Cubiertos por carátulas arrugadas de cartón, por dentro el disco envuelto con plástico para que no le entre polvo, sino podrían dañarse.

     

    “Yo ya casi no escucho los discos de vinilo porque tengo el tocadiscos dañado, sino los escucharía, es una bacaneria como suena, es muy fino y delgado el sonido. Es bonito volver a escuchar esas canciones porque me hace recordar los viejos tiempos”, expresa Alvaro viendo la carátula de un disco de Rocío Durcal, álbum lanzado en 1984 y producido por la casa disquera Sonolux, que hace más de 50 años producen música en Colombia.

    La tienda de vinilos donde Álvaro compró los discos que tiene coleccionados son de Disco de Oro, una tienda que en el 2020 sigue vigente. En los años 70 las casas disqueras vendían los LP de los nuevos éxitos de cada agrupación. Su precio oscilaba entre los mil quinientos pesos a 20 mil pesos por unidad. En pleno siglo XXI todavía existen productoras como Discos Fuentes, Sonolux, Codiscos y demás disqueras que venden LP después de parar la producción por la crisis de los vinilos a finales de los ochenta.

     

    Surco Records es una de las tiendas en que se vive el nuevo furor por los discos de vinilo en Medellín.

    Foto: Radiónica

     

    Los tocadiscos se silencian

    Por décadas los discos de vinilo estuvieron en el olvido. Los avances tecnológicos que aparecen año tras año son causa para que la pasión analógica se silenciara un tiempo. Ya no se podía escuchar el chasquido de la aguja rozando con el vinilo, la magia y experiencia de escuchar un LP desvaneció con los años. Los tocadiscos no daban vuelta tras vuelta propiciando la melancolía que enamoró a muchos.

     

    Alrededor de 1999 cuando se creía que era el fin de los vinilos, los CDs y el DVD los reemplazaron. “En los años 90 el CD desbancó al LP y su uso se amplió a nuevas aplicaciones como el CD Rom y el DVD, luego salió el video disco y este fracasó por grande y costoso, también salió el MP3 su música era muy comprimida y no suena igual”, explicó Mariana Lara, una mujer que expresa felicidad cuando habla de los vinilos, de rasgos asiáticos, propietaria de Vinilos y Café, lugar donde se reúnen fanáticos y coleccionistas de discos en Medellín.

    El vinilo llegó para quedarse

    El amor por los discos negros y analógicos, los hizo resurgir de las cenizas hace unos años. Es tanto el gusto por ellos que existen lugares como Vinilos y Café, un espacio ubicado en la ciudad de Medellín, donde se reunían diariamente jóvenes y adultos de la tercera edad apasionados por coleccionar y escuchar los discos de vinilo. Es un lugar que nace hace más de 20 años para dar solución a la necesidad que tiene la comunidad de la música, en donde pueden compartir historias y experiencias musicales.

     

    Un olor particular a café, paredes decoradas con discos de vinilo en los que predomina salsa y rock, van desde artistas como John Coltrane hasta las de Queen, también Celia Cruz o Nina Simone, de Frank Sinatra o Beny Moré y un sin fin de grupos musicales. Un sitio acogedor para todos sus visitantes, el sonido que reproducen los tocadiscos es elegante gracias a la pequeña aguja brillante que se choca con los surcos que tienen los discos y que permiten la reproducción de la música.

     

    El panorama de Vinilos y café cambió desde que cerraron todos los establecimientos en la ciudad de Medellín debido al coronavirus el 15 de marzo del 2020. Un lugar lleno de vida, música, olor a café colombiano, amantes a los discos entrando y saliendo con un LP en la mano, risas y cantos suaves de los fanáticos se fueron silenciando con los días. Sin embargo, Mariana Lara, propietaria del lugar, una mujer que desde su juventud es enamorada de los vinilos, de 40 años de edad, estatura promedia y ojos de color café oscuro vende discos de vinilo por internet desde su casa.

    En pleno 2020 los discos de vinilo crecen a un nivel superior que los CD, tanto que se puede decir que igualan las ventas como en los años 80 en su apogeo, según lo establece la auditora Deloitte en 2017. Cada vez son más las personas que se interesan por volver a escuchar música en los tocadiscos. Incluso algunos músicos y orquestas prefieren grabar un LP y no un CD, primero porque se vende más fácil y segundo, porque su sonido es mejor y los instrumentos musicales no se pierden.

    Los LP aumentan ventas sin parar

    Sony Music, una de las compañías que se encarga de producir CD y anteriormente discos de vinilo, vuelve a retomar la fabricación de los LP. Esta disquera maneja el 70% del mercado musical en el país e implementa de nuevo en su mercado los discos de acetato o de vinilo, debido al auge que tuvo en los últimos 13 años. La venta de los vinilos aumentó la tasa entre el 5 y 7% anual, en el 2016 vendió casi 200.000 unidades en este formato, según los datos de la página de la productora Sony Music.

     

    Las fábricas de vinilos vuelven a resurgir del olvido. La venta de discos aumentó un 70% en la ciudad de Medellín, todo gracias a que volvieron a batir récord por el sonido particular del scratch, que siguen siendo las motivaciones para los fanáticos y coleccionistas que todavía escuchan música en los tocadiscos. El vinilo se niega a morir y cada vez resurgirá con más fuerza.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.

     

  • Librero, librero

    Dos testimonios sobre el oficio de habitar la palabra, pasando páginas, revisando historias, recomendando autores…

     

    Por: Paola Cañas

     

    “…Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”.

     

    Con aquellas últimas líneas del libro Alexis o el tratado del inútil combate, el librero Wilson Mendoza descubrió que para leer una historia debe dirigirse al punto final y retroceder, solo un poco, hasta los penúltimos renglones porque allí encuentra confesiones que lo impulsan a querer apreciar completamente el relato.

     

    “Me gustan los finales”, nos dijo, mientras con sorpresa abríamos nuestros ojos que querían indagar como detectives por los detalles de la “fracción del paraíso”. Como lo definió el librero Luis Alberto Arango, quien entre risas quiso conversar por un momento con Borges.

     

    “Acuérdate que él se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca”, señaló. Entonces respondí: “¡Borges, estamos de acuerdo!”

     

    Aquella mañana soleada, aún sin esos diálogos en mi memoria, me dirigí cerca de la estación Estadio del metro, específicamente a una entrada delimitada por un rectángulo grande de color rojo oscuro, en el que leí “Librería Grámmata” con letras delgadas como si estuvieran escritas por un lápiz, también gigante, que decidió unir las dos M para que se sostuvieran.

     

    Al lado, casi tocando el balcón del segundo y último piso de la casa que admiraba en silencio, noté la existencia de un barco dibujado, tal vez con el mismo lápiz, contenido en un cuadrado de color madera claro, que acompañaba a las letras: Palinuro, Libros leídos.

     

    No pude detenerme en los detalles, pues fui interrumpida por alguien que corría hacia mí intentando acortar una distancia nombrada hacía seis meses en los noticieros. Karol, una amiga cuyo nombre sonoro me hace recordar el mar, me abrazó con fuerza olvidando miedos y recomendaciones, emocionada por aquella invitación que le había hecho para que descubriera un lugar ubicado tan solo a dos cuadras de su casa.

     

    Asombro, asombro, sentimos al entrar juntas a un espacio rodeado por más de 75 mil libros. Protocolos, protocolos, eso experimentamos cuando la primera persona que vimos nos pidió levantar los pies para que cada zapato fuera rociado por un líquido transparente.

     

    El paisaje que asombró a las cronistas.

    Foto: Paola Cañas. >>

     

    Luego de los torpes movimientos que conlleva aquel procedimiento caminamos con una curiosidad que al instante determinó los libros que exploramos por unos segundos, retirándolos suavemente de los estantes de madera, también de tono claro, cuya única diferencia a simple vista se encontraba en los letreros encima de ellos que actuaban como direcciones.

     

    Entre la calle del Ensayo y teoría literaria, cerca de la cuadra de Comunicación y Periodismo y al lado de la carrera Latinoamericana, encontramos un libro sobre el horóscopo chino, cuya pasta azul clara y su dibujo de un pequeño cerdo que parecía feliz me hizo abrirlo. Karol se acercó con dudas y al no encontrar interés en este decidió mirar otro libro grande de color naranja. “Nunca he sabido de dónde son esas rocas”, me dijo mientras lo miraba.

     

    Nos sentamos en un mueble oscuro en el centro de muchos colores rodeadas por el intento de empezar a conversar, acabó pronto por la llegada de Wilson Mendoza, el librero, que, al notar cómo nuestra mirada lo perseguía, recordó su cita y tomó una silla de madera oscura.

     

    Con tono firme me pidió que le explicara mejor sobre lo que indagaría. El librero, interesado por el desarrollo de la entrevista, no le realiza tantas preguntas a las personas que acuden a él de forma cotidiana porque sabe que su oficio se sustenta en el diálogo fluido.

     

    “En las librerías de los centros comerciales no hay tiempo para conversar. En aquellos lugares contratan a vendedores que no evalúan el contenido”,dijo.

     

    Wilson nos contó que en su oficio a veces solo tiene la función de escuchar y haciéndolo se ha dado cuenta de que a las personas les gusta que los libros acompañen sus emociones. “Es que son muy buenos acompañantes”, nos confesó.

     

    A él, por ejemplo, lo han guiado desde hace 28 años, en los que gran parte de estos trabajó en varias bibliotecas hasta que hace poco realizó lo que él define como su proyecto de vida: su propia librería; su propio espacio para conversar.

     

    Ante mi pregunta por la relación que tiene con las personas, me dijo que la función principal de un librero no es ayudarlas, pues aquello se hace de forma inesperada, porque realmente lo que más le gusta es estar entre libros, entre historias. “Un librero es quien recomienda los libros porque ya los conoce, entonces quiere que otros también pasen por ellos”, definió.

     

    Algo confundidas, le preguntamos entonces si había leído todos los libros que nos rodeaban. De forma amable, con un poco de gracia, nos dijo que eso es casi imposible, casi, casi, porque el librero que hace su trabajo con pasión sí debe leer una parte del contenido de todos los textos, como una sinopsis y una breve biografía de cada autor o autora.

     

    Me conmovió comprender que cada día conoce el mundo por medio de un escritor nuevo porque constantemente nacen editoriales, algo que él relaciona como un auge de las librerías independientes en Colombia que surgen por gusto, no solo enfocadas en vender. “La lectura te da un espacio en dónde habitar y es un espacio muy amable”, nos explicó.

     

    En cuanto al lugar físico, al que todos los días acude, este se compone de recuerdos que se conectan con la biblioteca del bloque 22 de la Universidad de Antioquia, el primer sitio donde trabajó. “Yo intenté buscar algo más pequeño para hablar con la gente, pero internamente siempre quise buscar algo que fuera similar a donde inicié a leer”, contó.

     

    Otro aspecto que lo convenció de alquilar aquella casa fue el árbol grande que con hojas brillantes se ubica al frente y parece cuidar lo que él define como su “librería de barrio”.

     

    Considerando esto, se inspiró para crear una cafetería que resguarda a los lectores, incluso a los que no compran nada y le hacen sacar hasta 20 libros de los estantes. Aquello no le hace juzgarlos. Incluso afirma que cosas como esta le han permitido fijarse en los detalles.

     

    “La mejor forma de desarmar a alguien enojado es atenderlo bien. A veces cuando los clientes vienen tristes me doy cuenta de que no buscan un libro, buscan una conversación”. Entonces, hacer un perfil del lector para saber qué libros recomendar es difícil, porque las personas nos componemos de características inusuales, a veces contradictorias. Como las que sustenta Wilson cuando nos contó que a un médico que conoce no le gusta leer sobre medicina y que a un economista le fascina el psicoanálisis.

     

    Entre aquellas elecciones reconoce que su observación le ha permitido saber que existen reglas específicas para comprar un libro, por eso le parece importante entregarlos abiertos. Hay quienes se fijan en el tamaño de las letras, si la edición es especial o si la pasta es dura.

     

    “A veces el último paso para que alguien se lleve un libro es acercar su cara y olerlo. Si no les huele bien, no se lo llevan”, cuenta Wilson. Otras personas se basan en el contenido y leen la primera página. Las más atrevidas, como las interpreté, de forma aleatoria leen una frase y así toman la decisión.

     

    Concentradas en el diálogo le preguntamos qué es lo que tiene en cuenta para comprar un libro y así fue como nos contó que leyendo los finales decide si quiere conocer el porqué de toda la historia. Con este método, descubrió que aquel hombre que pide perdón por haberse quedado tanto tiempo, durante las 69 páginas del relato, se da cuenta de que le atraen los hombres hasta que, finalmente, se lo confiesa a su esposa.

     

    Por estas características tan diversas le parece justo que las personas se trasladen de acuerdo con sus intereses y así ha descubierto la importancia de Palinuro, su vecino.

     

    Así llegamos donde Luis Alberto Arango, quién se encontraba en su oficina en el segundo piso y aceptó hablar con nosotras en su propio mundo de libros leídos imaginado por el artista Elkin Obregón, al que graciosamente y con admiración define como un mago, quien en tono de juego comentaba que quería tener su propia librería de libros viejos, como también se les conocen. “En Europa y Estados Unidos le dicen librerías de viejo. Son anticuarias de libros”. Nos confesó que con ayuda de Sergio Valencia y Héctor Abad Faciolince empezaron este proyecto en el que le tocó aprender mucho.

     

    “Si los libros son una mercancía para ti esto no sirve. Porque no hay un pregrado de librero, no existe ni podrá existir, ¿a quién le enseñan a ser librero?”, pregunta. Entre las historias de aquel inicio recordó que en los estantes se encuentra una fotografía de la revista Cromos publicada en 2005, dos años después de la fundación de la librería.

     

    “Karol, mirá esta foto”. Asombrada, Karol la miró con detenimiento y se rió ante el comentario inusual de Luis Alberto: “Elkin aquí parece Gandalf, el de El señor de los anillos”.

    Foto: Paola Cañas.

     

    Mirando los estantes, nos comentó que la librería cuenta con literatura universal de la A a la Z, haciendo un garabato con su mano que no comprendí muy bien, pero que intentaba mostrar el orden en el que se ubican los libros. “Literatura de Colombia, de la A a la Z, ta, ta, ta…”, dijo haciendo el gesto.

     

    Mientras nos explicaba esto yo le apuntaba con mi celular grabando cada frase. Pero hubo algo que no pude captar: el asombro que percibí en sus ojos cuando admiraba los detalles del sitio que todos los días recorre y que le ha dado, según él, los 17 años más gratificantes de su vida.

     

    “Hay una querencia por los libros, por quién llega, por los autores. En nuestro caso particular es amor, porque esto no genera plata”, dijo. Incluso nos confesó que en dos ocasiones estuvieron a punto de quebrar. En la primera, unos amigos cercanos los ayudaron y en la segunda, en 2015, tuvieron que dejar su lugar en el centro, cerca de Bellas Artes y alquilar con Wilson la casa donde se encuentran ahora.

     

    A pesar de esto, nos afirmó que la librería tiene más de 500 amigos, incluso nos dijo que, si nos fijamos en la página de Facebook o Instagram, podemos encontrar que tienen 3.500 seguidores. Con su celular nos mostraba aquel número con emoción mientras Karol tomaba de una mesita cinco portavasos que le llamaron la atención. “Son muchas las cervezas que han puesto encima, ¿oíste?”, le dice.

     

    Entre sonrisas que se nos desprendían por su personalidad cálida le preguntamos el origen del nombre de la librería. Palinuro nos sonaba un poco raro, en cambio para él es un término cercano. Al parecer, tanto Virgilio como Cervantes mencionaron la palabra en sus obras, pero fue el escritor Fernando del Paso quien lo terminó de convencer de proponer el nombre por su libro Palinuro de México, uno de sus favoritos, el cual se encuentra en una de sus repisas firmado por el autor el mismo año que fundaron la librería. “Toda una hazaña”, pensé.

     

    En comparación con el trabajo de Wilson, ante Luis Alberto acuden personas con ideas más claras sobre lo que quieren, pero en ocasiones simplemente le recomiendan autores. Es un acto recíproco, así lo define, porque ambos aprenden.

     

    “Uno ama esto porque estamos contenidos en esos amigos que son las palabras. Hay un texto de Neruda muy bello, que se llama…ese lo deberían conocer ustedes…Que se llama… Juliana, ¿recuerdas el texto de Neruda que trata sobre las palabras?”, le preguntó a su hija que de forma rápida encuentra un video en Youtube.

     

    Al ver aún mi celular apuntándole decide acercarse para que las ideas del escritor queden también grabadas. “Oigan esto, este es Pablo Neruda, el poeta chileno”, dijo.

     

    Mirando a un punto fijo sonreía por las frases que escuchaba. Nosotras, concentradas ,nos miramos con complicidad ante ideas que nunca habíamos considerado.

     

    “¿Y usted ha escrito?2, le pregunté con un poco de confianza luego de escuchar aquel texto.

     

    “Tengo tres libritos publicados. Velos, aquí están”, dijo mientras los sacaba de una estantería.

     

    Realmente sí son libritos, porque tienen un tamaño pequeño. Uno de ellos nos llamó la atención porque tenía un dibujo que su hijo menor hizo cuando tenía cuatro años. “Me pintó”, nos dijo.

    “Desorden alfabético”, uno de los “libritos” de Luis Alberto. Foto: Paola Cañas. >>

     

    Aquel libro contiene reflexiones sobre las definiciones de palabras arbitrarias. Una de ellas era librero, cuyo texto es de los más largos. Con libertad me dejó tomarle una fotografía así que luego de leerlo con más calma, encontré en este fragmento una esencia:

     

    “Un librero puede salvar vidas. Un buen libro, recomendado a tiempo, puede ser la tabla del náufrago y la isla del edén de un desesperado”.

     

    La idea de publicar este A-Z, como se les conoce, fue de su hija Juliana, quien en Navidad imprimió algunos textos, los unió en forma de libro y se los dio como regalo. Nos cuenta que lloró al verlo y se animó a sacar más copias.

     

    Tal vez Karol y yo experimentamos la sensación de que pronto terminaría la conversación, incluso estábamos caminando hacia la salida, pero una foto de Leila Guerriero nos detuvo de pronto.

     

    “Es que su escritura me compró”, admitió cuando le indagamos por qué entre libros leídos y fotografías de escritores un poco viejos ella se encontraba allí en su foto a color.

     

    “En 2007 leí un texto sobre ella y me gustó tanto que le escribí a la revista El Malpensante, donde publicaba. No pensé que me contestaría y como al mes recibí un correo: “Querido Luis Alberto, perdón por la demora, pero estaba viajando…” ¡Dizque perdona la demora!”, exclamó emocionado.

     

    Cuando se conocieron en persona, el librero le regaló sus tres libritos. Él también tiene sus textos, todos firmados por la periodista argentina. “Ella goza mucho porque yo le digo: ‘Leila, aquí está tu club de Leilófilos’”.

     

    Dicho club, ante nuestra sorpresa, realmente existe, pues cada 15 días Luis Alberto, sin falta, le comparte a sus amigos las columnas de opinión que ella escribe para El País de España. “Vea, ellas conocen a Leila, ¡eso me alegra más! “, le dice a su hija emocionado.

    Creo que los tres nos sorprendimos ante la idea de conocer a la misma Leila. Tal vez nos veíamos distantes a Luis Alberto y sus libros leídos. Pero entre tantos relatos, al verla, nos reconocimos ante una escritura que nos unía sin saberlo y que nos permitió habitar aquella “fracción del paraíso”.

     

    Antes de irnos, el librero nos recomendó varias de las obras que no conocíamos de ella. Finalmente nos preguntó de nuevo nuestros nombres asegurando que podíamos volver cuando quisiéramos.

     

    << El rincón para Leila Guerriero. Foto: Paola Cañas.

     

    “Ya saben que por aquí estamos los Leilófilos”, dijo levantando la voz para las que íbamos de salida.

     

  • La mutación del periodismo en los límites de las palabras

    Maria Clara Medina / maria.medinac@upb.edu.co

     

    El periodismo performático se presenta como una herramienta, hasta ahora de prueba y error, para atravesar las cuestiones que se derivan de la transformación digital que ha cambiado la manera de contar las historias y consumir las noticias. Este trabajo multimedia explica, con voces de sus protagonistas, esa exploración del periodismo que va más allá de los límites de las palabras.

     

    Clic en la imagen para ir al especial:

    Escena del performance Micropolítica de la supervivencia gorda. Captura de video de Revista Anfibia.

     

    Trabajo realizado en el curso Periodismo electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero

     

     

     

     

     

     

  • El arte, un barco salvavidas en la pandemia

     

    “El arte es para consolar a aquellos que están rotos por la vida” (Vincent Van Gogh)

     

    Por: Carolina Moncada Conde / carolina.moncada@upb.edu.co

     

    La soledad bañada de tristeza nos ha tocado el alma y la mente a muchos en estos meses de encierro. Las enfermedades mentales no se han hecho esperar, la tristeza ha invadido el corazón de millones de personas, el desasosiego se baña con algunos, la depresión duerme con otros, y el arte empapa a algunos “locos”.

     

    El miedo que genera enfermarse ha estado latente y ha sido casi un compañero en este tiempo, quizás el más constante que hemos conocido muchos: todo el tiempo está para nosotros. Como afirma la Organización Panamericana de la Salud en su informe sobre salud mental y COVID-19, “El miedo, la preocupación y el estrés son respuestas normales en momentos en los que nos enfrentamos a la incertidumbre o a lo desconocido, o a situaciones de cambios y crisis. Así que es normal y comprensible que la gente experimente estos sentimientos en el contexto de la pandemia COVID-19”.

     

    Frase de la psicóloga Nora Patricia Flórez. Collage por Carolina Moncada Conde.

     

    Entonces, el arte ha impedido que la balanza se desborde del lado de la tristeza y ayuda tanto a los artistas como a aquellas personas que han disminuido los miedos, las tristezas y las preocupaciones gracias al baile, al teatro, a la escritura, al cine, y a las otras artes.

     

    Las prácticas artísticas se han acrecentado en estos últimos meses, la psicóloga de la Universidad Católica del Norte Nora Patricia Flórez afirma que “Durante este tiempo, una buena parte de la población ha hecho uso de sus virtudes y gustos artísticos para tratar de mantener su salud mental”.

    Frase de Anselmo Ríos. Collage por Carolina Moncada Conde

     

    Los seres humanos hemos recurrido a muchos elementos en estos meses para evitar tocar fondo, la psicóloga Eloísa Medina menciona que las redes sociales, el deporte, los juegos y el arte son algunos de los mecanismos que hemos tenido de defensa, sin embargo, Nora Patricia Flórez, también psicóloga, plantea un punto importante respecto al arte, y es que no basta sólo con realizar actividades artísticas, es fundamental disfrutarlas y así se puede lograr con el arte lo que ella plantea como “prevención, sanación, transcendencia y evolución social e individual”.

    “Poema escrito en tiempos pandémicos” por Henri Posada. Collage por Carolina Moncada Conde.

     

    El arte es algo que ha ido e irá más allá de toda pandemia. Sin embargo, como plantea Anselmo Ríos, gestor cultural, “el arte y el entretenimiento han acompañado a las personas todo el tiempo, pero en los momentos como el que vivimos de encierro total, esos espacios de distracción han sido mucho más relevantes”.

     

    En los primeros meses de la pandemia por COVI-19, el sector artístico tuvo un golpe duro, debido a que se tuvieron que cerrar las actividades grupales en las distintas artes, y los procesos que se continuaron fueron más que todo individuales, según afirma Anselmo Ríos, gestor cultural y director del teatro Bitácoras, “la gran mayoría de procesos artísticos, de formación, circulación, se frenaron, entonces los festivales tuvieron que cancelarse, las clases de artes en todas las áreas tuvieron que cancelarse, y también los ensayos y los encuentros”.

     

    Entre las experiencias individuales que han hecho más llevaderos el aislamiento y sus efectos, se encuentran las de poetas, escritores, oradores, músicos, entre otros. Henri Posada, poeta cejeño y periodista de la Universidad del Valle, comenta que: “La pandemia ha propiciado la creación, creo que el artista está familiarizado con la soledad, que de alguna manera fue tremenda para mucha gente”, y es a partir de esa soledad y ese encierro, afirma el mismo artista que: “La expresión artística se ha hecho más poderosa, se ha hecho más esencial, porque Dostoyevski lo decía: ‘es el dolor el que nos lleva frecuentemente a reflexionar’, ¿no?”.

     

    Hemos aprendido, de algún modo, a abrazar la soledad y la tristeza que nos acompañan. Hay salvavidas para sobrevivir a los miedos, la ansiedad, el estrés y los otros “compañeros” que se han posado en la mente de muchos estos meses, y para los que lo crean, lo aman y lo disfrutan, el arte es un barco buscando el horizonte.

     

     

  • Mery Yolanda Sánchez: la poetisa que enfrenta el dolor

     

    Si algún día cambiara el sistema político del país y pudiera hablar de una orquídea en su esplendor, lo haría –no podría desconocer su belleza– pero hasta entonces Mery Yolanda Sánchez* seguirá retratando en su poesía las escenas dolorosas que atraviesan la realidad nacional.

     

    Por: Manuela Molina Cerezo

     

    Desde los 17 años, Mery Yolanda Sánchez se fue a emprender un nuevo rumbo a la ciudad de Bogotá, tras haber pasado toda su infancia y adolescencia en su pueblo natal, el Guamo, Tolima. De allí, recuerda los paseos en bicicleta y el olor a tierra mojada que se creaba en la playa del río, cuando este aún la conservaba. Y quisiera, tal vez, no recordar esa violencia con la que creció siendo testigo y de la cual hoy escribe. Su poesía no es una poesía costumbrista, pero sí social. Suele leer a Juan Rulfo, a Thomas Mann, a los poetas malditos y su poeta de cabecera es el alemán Gottfried Benn. Pero sus versos son tan suyos, como lo es la historia que atraviesa a Colombia, país que narra y poetiza, que lleva en su cuerpo como una insignia de dolor.

     

    En 1956, cuando Mery nació, sus padres ya habían tenido 11 hijos, tres de ellos habían muerto y los otros siete ya estaban más grandes. Luego, llegó una niña más. Entonces Mery era la penúltima, quizás la más particular, y en unos años: “la niña problema”, como ella misma lo dice. De niña, sus hermanos tomaban un diccionario, leían una palabra y tenían que decir qué pensaban que era; y, a pesar de que a ella no la invitaban a jugar con ellos, ella se metía y salía ganando, porque siempre acertaba con el significado o decía cosas inesperadas. Por deseo de su padre, todos ellos se dedicaron al magisterio. Ella, en cambio, a la poesía. Desde los seis años se entregó a la literatura, la que llama su proyecto de vida. Aun así, gracias a sus hermanos fue que se encontró con su primera imagen poética: como no tenían radio, ellos pintaron uno en un poste con carbón y por las tardes se ponían a bailar.

     

    Su madre la tuvo cuando tenía ya 40 años y durante un tiempo creyó que su hermana María Nelly era su mamá, pues ella la cuidaba y la introducía por los caminos del arte. Al igual que su hermana, Mery perteneció a un grupo de teatro cuando ese arte no era muy bien visto. Viajaban de un pueblo a otro, a veces el bus los dejaba y debían devolverse a pie. Eso no era que le gustara mucho a su mamá, para ella era sinónimo de vagancia y vicio. Su mayor vicio era tomar Coca Cola con limón, junto a sus amigos, imaginándose que era un trago. Entonces ella se escapaba de la casa, con la ayuda de su papá que le avisaba cuando los llamaban por la emisora para hacer una presentación y desde la cerca de su casa, él le tiraba la ropa.

     

    A diferencia de sus hermanas, esa era su mayor travesura. Aunque en algún momento le dejó de gustar el teatro, entonces en los intermedios, cuando no salía el mago, salía ella a leer poemas que se aprendía de memoria. “Yo era de lo más aburrida”, dice. Solía jugar pasando la tierra en una carreta de un lugar a otro y una vez construyó un carro de juguete que compartía con unas de sus sobrinas, que eran de su edad. Sus hermanas solían salir a bailar y se retrasaban para volver, entonces un día su papá decidió comenzar a hacer las fiestas en la casa, mientras que su mamá apenas llegaban tarde no las regañaba, ni las castigaba, sino que les cantaba tangos: “Eran tangos fuertes, como de barriada, agresivos, pero ellas no decían nada”, cuenta Mery. Desde allí comenzó a entender que ella era diferente, que podía además de dar con el significado de palabras aleatorias en el diccionario, entender una frase o la connotación de algo. Y para ella, claramente, esos tangos representaban un insulto, uno artístico, aunque insulto de todos modos. Su mamá era más callada, más seria y dura en la crianza. Su padre, en cambio, era noble y tenía fuertes convicciones políticas, de allí que ella piense con la vehemencia conque lo hace.

     

    En su pueblo, no había más de tres familias liberales, la suya era una de esas, así que su padre –que era seguidor de Jorge Eliécer Gaitán y recibía telegramas suyos– estuvo varias veces en la mira. Su madre, fue quien lo salvó cada vez que se lo llevaron para aquel río en el que se sabía que los mataban. También su madre vio entre las latas de guadua lo que le hicieron a la vecina: allanaron su casa, la violaron, pero nadie podía decir nada. Con tan solo 4 años, Mery presenció una agresión de unos policías hacia un muchacho que era conocido suyo, a quien subieron a una volqueta y lo pasearon por todo el pueblo, golpéandolo hasta matarlo. Además, al Guamo llegaron apenas tres televisores, cuando ella tenía 9 años. Entonces, su entretención eran las tertulias nocturnas en las que su padre le contaba, además de su propia historia, acontecimientos reales de lo que sucedía en el país.

     

    Canción de cuna

    Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.

    Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,

    el no me contará historias y tendré llenos mis

    bolsillos de dudas.

    Aprenderé con mis juguetes

    qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.

     

    Mi padre me enseña a cernir la arena,

    a mostrarme el principio de una casa

    y el camino donde los sueños se sientan a beber

    agua.

     

    En la tarde, mi padre abre troncos de madera con

    un hacha

    y recuerda las tantas veces en que

    fue llevado hasta el río,

    –tu madre me salvó– dice, mientras

    su mano fría cae sobre mi cuerpo.

    Ilustración: Manuela Molina Cerezo

     

    En el colegio, Mery le hacía las tareas de escritura a sus compañeros y ellos le pasaban las de dibujo técnico, hasta que a los 12 años decidió ella misma romper por completo con la academia. Ya había empezado cuatro veces segundo de bachillerato. Lo suyo no era estar allí. Sin embargo, los niños le seguían llevando las tareas para que ella se las hiciera y así ella podía seguir leyendo y escribiendo. Entonces, su papá le dijo que si no estudiaba, tendría que trabajar. El sacerdote de la iglesia la vio escribiendo, le gustó su letra y fue allí cuando comenzó a trabajar como escribiente del despacho parroquial. Hacía a mano las partidas de bautizo, de matrimonio, de defunción y luego las pasaba a máquina. Había aprendido el arte de la mecanografía en una pequeña máquina que le hizo una de sus hermanas en una pequeña cajita. También trabajó en la oficina de un abogado y perteneció a movimientos cívicos de juventudes.

     

    Un día pasaron un anuncio por la radio, en una emisora de El Espinal, un pueblo más o menos cercano al Guamo: estaban buscando alguien para trabajar en el master, alguien que fuera la secretaria y alguien que hiciera el aseo. Mery creía que si ganaba el puesto del master, quizás en algún momento podría llegar a ser locutora o periodista, y vio allí un destello de luz para ese sueño que tuvo cuando tenía 9 años y rompió su alcancía con un hacha, para pagar un curso de periodismo por correspondencia. Pero Mery quedó de secretaria y realizaba tan bien sus funciones, que nunca pasó de ese puesto. En momentos fortuitos, el locutor se emborrachaba y la dejaban dar la hora. A veces, hasta se subía encima de un inodoro para recibir una noticia que llamaban a dar a la emisora, justo cuando se dañaba el teléfono, entonces ella la redactaba y se la entregaba al periodista. Y esas eran siempre las mismas noticias: el asesinato de cuatro no sé dónde, el robo de la gallina tal…

     

     

     

     

    La carta

    Puedo darte últimas noticias,

    contarte cuántas curaciones

    en la canción de la guerra.

    Puedo mostrarte una luz fuerte

    que cruza el mediodía de los muertos,

    pero no puedo hablarte del último

    vestido de las mariposas,

    y de esta necesidad de verte.

     

    << Ilustración: Manuela Molina

     

     

     

     

     

     

     

     

    Le habían prometido llevarla a una transmisión que harían desde las fiestas de toros y sin gustarle mucho este asunto, buscó a un torero para entrevistarlo y ni así la llevaron. Es como si el destino no hubiera querido que fuera periodista y agradece no serlo, pues quizás estaría muerta o quién sabe cómo.

     

    Así fue pasando el tiempo, hasta que un día Mery llegó a su casa y encontró todas sus cosas en unas cajas de aguardiente. Sus padres le dijeron: “vino Gloria, su prima, ella le consiguió un trabajo de secretaria allá en Bogotá”. Ella no se fue del Guamo, más bien la hicieron irse y, de pronto, el sueño de ser periodista o de estudiar piano en el conservatorio se había reducido a trabajar en una empresa privada, a los 17 años, estando sola en Bogotá y allí se quedó. No fue sino hasta 2010 que presentó las pruebas del ICFES y se hizo bachiller.

     

    Pasó por muchas empresas y siempre se hizo amiga de los obreros, jugaba tejo con ellos y veía cómo vivían, su cansancio por las largas jornadas de trabajo, sus enfermedades, las injusticias que tenían que soportar. En algún momento, llegó a trabajar en una empresa de transporte en un puerto en Santa Marta, era un trabajo pesado y a los otros les daba rabia de “la cachaca”, como le decían. Llegó a recibir amenazas, presenció escenas fuertes y duras. Todo ello fue ampliando su sensibilidad, su sentido social, su inquietud hacia la humanidad.

     

    Pero en Bogotá ella empezaría a asistir a diferentes talleres de literatura, uno de esos fue en en la Casa de Poesía Silva. De pronto, se podría decir que cambió su suerte, cuando María Mercedes Carranza, la contrató como librera, en ese que sería un espacio que vio nacer especialmente para los libros de poesía que muchas veces no podía comprar y así los leía. También allí conoció a otros de sus amigos en las letras, como Juan Manuel Roca, quien desde un principio reconoció su trabajo poético en el, entonces, Magazín dominical de El Espectador.

     

    Vivir del arte es trabajar de lunes a domingo y ser recursivo para encontrar la manera de sobrevivir. Si bien la literatura era su vida, en gran parte se dedicó a la gestión cultural. Llegó a trabajar en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Secretaría de Cultura, ahora Idartes, como asesora de la coordinación de Literatura. En Concultura, hizo parte del área de publicaciones.

     

    Fue merecedora de una mención de honor en el concurso “El cuentista inédito” del Centro de Estudios Alejo Carpentier, en 1987; y en el V Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas ganó una mención en 1994. Además, se benefició con una beca del Ministerio de Cultura, en 1998, por su proyecto Poesía en Escena, el cual alcanzó a cumplir 20 años en el 2013. Este nació de la experiencia de ver recitales de poesía en los que los poetas llegaban a leer y se iban, y no había mayor interacción con el público, entonces se ingenió recitales dentro de una atmósfera teatral –con luces y sonido, objetos, puesta en escena, danza– en la que en un trabajo de mesa, exponía junto a un grupo de amigos a 4 poetas por evento y estos eran únicos, no se repetían. Solían hacerlo en salas de teatro de La Candelaria, al principio todos los lunes, luego cada mes y así hasta que el proyecto fue insostenible económicamente.

     

     

     

     

     

     

     

    Miedo

    Sentir por las piernas

    la respiración

    del compañero desaparecido.

     

    << Ilustración:

    Manuela Molina Cerezo

     

     

     

     

     

    “Último llamado” es su única obra dramática, que está así en comillas y sin cursivas, pues nunca llegó a ser un libro ni una obra para las tablas. Mery acabó con los archivos en donde la contenía, pues cree que aquello que no escribe, que no piensa o que no dice es como si no existiera. Entonces, logra huir de ello. Pero uno de sus amigos no podría huir.

     

    En 1999, estaba trabajando con él en Puente Experimento Piloto, otro de sus proyectos, y cuando él fue a salir del teatro donde estaban lo atacaron y lo apuñalaron varias veces en una de las manos hasta que las lesiones provocaron que la perdiera. A los pocos días, el 23 de diciembre de ese mismo año, entraron a atracarla en su apartamento o, al menos, eso parecía. Se robaron una plata que tenía que ir a pagar ese día por la beca que se ganó del Ministerio de Cultura. Llegaron a golpearla con el revólver, los encañonaron a ella y a otro compañero de trabajo con el que estaban preparando todo para salir a hacer los pagos.

     

    Pero su amigo, al que habían atacado a la salida del teatro, estaba convencido de que no era un simple atraco. Por ese entonces, se decía que en Bogotá estaba el Bloque Capital. El nombre de su amigo salió en las listas que circulaban con el registro de quienes eran objetivo militar. El nombre de Mery no estaba allí. Ella puso la denuncia, las huellas se extraviaron, los retratos hablados no coincidían con su descripción. Nunca se supo nada más. Trata de dejar ese, como muchos otros recuerdos, atrás. Lo único que sí recuerda muy bien era el motilado de los hombres que la atracaron, parecía el peinado típico de los militares.

     

    Salmo

    Saco el último vestigio en alas de mariposas.

    Enjabono y tuerzo.

    Al tacto del viento con mis manos

    un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.

    Lo guardo,

    trato de meterlo en la taza del baño,

    pero en remolinos es vaciado a mi boca.

    Tiento,

    palpo cada pliegue del pecho.

    Hace falta mucho detergente

    cuando mi país hasta en la ropa duele.

     

    “En Colombia, no hay un solo día en el que no pase algo”, dice Mery. Para ella, la mayoría de la gente está del lado de los malos, ya sea por ignorancia, por costumbre o porque les lavan el cerebro. Por eso está de acuerdo con las protestas, aunque ya su condición de salud no le permita salir a ellas. Además, Mery siente que en especial, en esos asuntos, se está solo: alguien alza la voz, pero ¿quién lo sigue?… ¿quiénes lo apoyan? Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en el país y habla por teléfono con alguien de su familia, ese día suele perder a esa persona, porque no piensan igual.

     

    En 2004, la escogieron para ser promotora de lectura e ir por 10 municipios de la costa pacífica, del departamento de Nariño. De esa experiencia, decidió escribir al regresar a Bogotá y no sabía lo que era: si un diario, un ensayo o prosa poética… y resultó siendo, ese que ella llama un accidente, su primera novela: El Atajo, con la cual ganó en el 2012 el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana.

     

    En ella narra aquel viaje de 21 días, por una zona de conflicto plagada por el sufrimiento que traen, por igual, la guerra y la pobreza, en donde no fueron muy bien recibidos por la comunidad afrodescendiente por el solo hecho de ser “blancos”. Además, los 21 días que duró el viaje estuvo enferma de otitis. La novela se reimprimió en 2019 por Himpar Editores.

     

     

    Segundo tiempo

    Un día dejarás a un lado tu sur del castigo por el recuerdo de tus hijos en las calles hambrientas. Te prepararás para escapar antes de contar veintiún pasos al patíbulo. Volverás al norte donde agonizaron tus madres. No recordarás el arma que le mandó nueve silencios a tu cuerpo ni el monstruo que oprimió el gatillo. Tampoco recordarás las manos que te obligaron a dejar tu niñez en el frío de tu abuela muerta. Volverás a las apuestas por tus otras vidas y levantarás con más fuerza la botella que te hace olvidar la oscuridad. Tirarás en el centro de la gallera tu última gratitud, la que no estaba escrita, pero que ahora reconoces en la mano que estira para dar de beber a tu victimario. Olvidarás un día, Carlos, que pronto aprendiste a encontrar perdices para la cena de tu amo y a gritar la noticia de puerta en puerta, donde tú eras el próximo de la lista.

     

    Con talleres de literatura, llegó a diferentes cárceles del país, como La Modelo y La Picota. La jefa, exguerrillera que era como la líder del sexto patio en El Buen Pastor, solía cuidar a Mery, incluso una vez le quitó la comida que estaba a punto de llevarse a la boca, porque podría estar envenenada, entonces la invitaba a comer. Mery se abría a lo que ella y los demás presos eran más allá de sus crímenes, pero a su vez se aterraba al escuchar las historias que le contaban de manera escueta y sin ningún reparo de todo lo malo que habían hecho.

     

    También estuvo trabajando en talleres con habitantes de la calle. A uno de ellos, no le gustaban los signos ortográficos ni que pasaran sus poemas a máquina. “Un día me dijo que había comprado máquina de escribir, otra vez me dijo que se había casado, otro día me dijo que tenía una niña y después me dijo que había viajado por Centroamérica haciendo artesanías y siguió escribiendo”, cuenta Mery con alegría. No sabe cómo, pero él llegó a su casa, le dijo que si tenía libros él se los vendía pues sabía que ella no estaba muy bien económicamente. Ella le entregó 30 libros y, a los tres días, apareció Pablo, que se hacía llamar “el amante de la luna”, con la plata completa y no le quiso recibir ni un solo peso por la venta. De pronto, en su relato dice el nombre de aquel joven que como muchos otros pasaron por su vida y dejaron de ser lo que para muchos es puro paisaje en las imágenes cotidianas de la ciudad.

     

    Los otros

    No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó los pecados de las vísceras.

     

    Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.

     

    Las mujeres orinan cualquier lugar.

     

    Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.

     

    Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.

     

    Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros metálicos, dueños del cielo.

     

    Ilustración: Manuela Molina C.

     

    En su poesía no pretende hacer denuncia, solo contar lo que siente que necesita contar. Le preocupa que el arte sea una mercancía, para ella el arte debería ser algo reparador y que haga visible la realidad que nos circunda, sin llegar a ser algo panfletario. De hecho, no podría hacer panfletos: “Soy muy insegura”, dice una y otra vez con voz baja. Sus palabras le permiten liberarse, sanar las heridas, hablar de lo que le duele: los seres humanos, esos que pueden no ser nada suyo, pero los siente como si lo fueran. Para ella es una lástima que existan cosas como la motosierra: “Yo no la inventé y me toca hablar de ella. Si algún día, el sistema político de este país cambia y puedo hablar de una orquídea en todo su esplendor, pues hablaré, no la puedo desconocer, ni puedo desconocer su belleza, así como no puedo desconocer poemas bellísimos que existen sobre el amor”, agrega.

     

    Ahora, se siente cansada, su cuerpo ya no es el mismo y han aumentado los efectos de la soriasis en su piel. Desde antes de esta cuarentena, solía quedarse en casa en soledad. Le preocupa qué pasará en unos años, no quiere llegar a depender de nadie en su vejez, pues desde muy joven ha sido ella contra el mundo. Para lidiar con la ansiedad de estos días, hace figuras artesanales con papel maché, pues no puede dejar quietas sus manos. En especial, construye barcos. Mery habla de un punto que tiene en el cerebro, que todos tenemos realmente y que tras estos meses de pandemia, está a punto de estallar. No tiene una sola certeza: “no tengo un puerto seguro, por eso construyo embarcaciones”, cuenta con lamento.

     

    *Mery Yolanda Sánchez ha publicado en poesía: La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios sobra, estorba (2006), Un día maíz (2010), antología preparada por ella misma para la colección Un libro por centavos de la Universidad del Externado (2010), Gradaciones (2011), Rostro de tierra (2011) y El hombre que escupe mariposas. En el 2012, publicó su novela El atajo.

  • Entre el arte o un soplo en el espacio

    Entre la primera y la tercera llamada, una conversación desde el interior de una comunidad que convive junta pero no revuelta, sobre las posibilidades de consolidar un arte o seguir viviendo de instantes.

     

    Cuando entramos al camerino con Stiven, que se preparaba para convertirse en Mía Moon, encontramos a dos chicos preparándose para salir a bailar. Jairo Ríos se acomodaba el short diminuto que iba a usar en su primer acto, para acostumbrarse a él mientras se sentaba en el suelo para hablar con nosotros.

     

    << Cada expresión de las diversas identidades sexuales tiene detrás reflexiones de camerino cono la de Jorge y Jairo. Foto: Julián Sierra.

     

    Jairo tiene 26 años, es bailarín y director creativo del Club Oráculo desde hace dos años. Allí se encarga también del proceso de contrataciones, produce vestuario y crea temáticas, las cuales le dan vida a las noches en el lugar. Él se dedica a encontrar a quien pueda explotar mejor el concepto que se crea para cada show y, algunas veces, artistas los contactan a ellos para buscar qué temática de la agenda puede acomodarse a ellos o si es posible crearles un show para ser fieles a la identidad de cada persona.

     

    El bailarín, abriendo su gran bolso donde tiene maquillaje y ropa, nos dice que allí el eslogan es “para todo tipo de miembro” y que con este se pretende tanto utilizar el doble sentido como mostrar que ese es un espacio que tiene las puertas abiertas para cualquier persona y artista. La existencia de esta clase de espacios, que incluye a todo tipo de público independientemente de cómo lucen o cómo prefieren identificarse, según él, ayudan a que haya un crecimiento del consumo de las drag queens.

     

    Jairo, con sus labios puestos como si hiciera pucheros, nos sigue explicando que la discoteca se basa en la pluralidad. Fenómneno, que según contó, está aumentando en Medellín, pero, ¿qué tan real es esa aceptación? El director creativo del Club Oráculo anota que incluso hay empresas se valen de análisis del entorno, del mapeo de las tendencias, para darse cuenta de que la comunidad drag y sus adyacencias deben tenerse en cuenta. La cuestión es para qué.

     

    En Medellín se encuentran organizaciones de todo tipo con discursos o actitudes empáticas con esta comunidad, unas porque su causa es la inclusión, otras movidas por un potencial económico que se ve en ello. Cuando el na conversación con Jairo surge el asunto, él responde con una mueca y afirma que hay que ser realistas: “Las cosas llamativas e innovadoras son usadas como armas para cumplir objetivos políticos”, señaló además que “el hombre es económico, un ente social y en la sociedad existe ese cambio de bienes e intereses y también pasa en el drag“. Por lo que él, que no hace drag pero sí pertenece a la comunidad LGTBIQ, cree que gracias a esto se pueden hacer proyectos y crecer como colectivos y como personas, en el sentido de que se puede mostrar a otros cómo es el mundo y cómo es el arte según ellos.

     

    En ese momento, en la conversación entró Jorge, el otro muchacho que se preparaba en el camerino; mientras seguía su rutina de preparación, explicó que ahora se está mezclando la parte política con el trabajo que se está haciendo por quitar el imaginario de que las drags solo están para el entretenimiento nocturno y gay, lo que muestra que se están abriendo puertas con las que adquieren visibilidad.

     

    Judith Butler, autora de Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity, dice en su libro que el género es un sistema de normas y convenciones sociales que asignan ciertos rasgos y actividades a las personas según el sexo con el que nacieron. Así que la práctica drag se manifiesta frente a estas concepciones que tratan de borrar las identidades individuales, para Jorge es casi como una burla a esos convencionalismos. Sin embargo, Martha Nussbaum, reconocida filósofa, asegura que lo que propone Butler sobre asumir la performatividad como un elemento de subversividad es algo insuficiente si se vive en una sociedad que perpetúa los injusticias, así que propone luchar para la construcción de instituciones que garanticen los derechos a todas las personas.

     

    ¿Qué perdura entre un acto y otro? Las preguntas del Jairo que ahora baila >>

     

    Entre la posibilidad de cada drag queen de expresarse y que exista un aparato institucional que lo respalde, hay un trecho largo; en eso coincidieron Jorge y Jairo. Por ahora, la comunidad LGTBIQ y sus diversas expresiones, en especial las drag queens, están aprovechando el crecimiento que está experimentando el entretenimiento y la vida nocturna para mostrar que están ahí y que tienen un llamado a enseñar a la sociedad mediante su llegada a nuevos espacios.

     

    En el momento, el llamado es para Jairo, que debe salir a presentarse. De un salto se levanta y se vuelve para contemplar al dios que todos veneran en ese camerino: el espejo. Sus últimas palabras sonaron a discurso de esperanza sobre el drag como una práctica que puede continuar y seguir evolucionando y sobre la responsabilidad de “ver esto como un arte y un espacio en el que podamos desarrollarnos y crecer como personas o simplemente volverlo a algo netamente comercial, encasillándolo a la moda’’ o, por el contrario, volver a las sombras: “Un soplo en el espacio”, como dijo antes de bañarse en luces de noche.

     

    Postales de la noche en el Club Oráculo

    Fotos de Julián Sierra

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Mía, la drag que trepa Medellín

    Son las diez y media de la noche y Stiven Ortiz sale por la puerta de Oráculo para que podamos entrar a acompañarlo en su proceso de transformación, de cómo se ve y cómo se siente. Esta noche el chico flaco de veinte años será de nuevo Mía Moon, se vestirá con su mejor ropa, bailará en el escenario en frente de un público que asistirá para verla y hará lipsync (fonomímica) creando un espectáculo en el que incluso tiene bailarines a su disposición para acompañarla.

     

    Entre dos y tres horas toma todo el proceso de transformación para convertirse en Mía. Foto: Julián Sierra.

     

    Cuando se viste con prendas femeninas y se maquilla, algunos podrían creer que es un travesti, es decir, una persona que, no conforme con el sexo con el que nació, tomó la decisión de asumir su vida construyendo una identidad femenina: otros pueden pensar que solo es un transformista que intenta imitar la apariencia femenina, pero no. Stiven se convierte en Mía, una drag queen perteneciente a un grupo que realiza una especie de sátira o parodia de los planteamientos de la sociedad tradicional mediante la exageración de características asignadas al género femenino, según como lo define Collins.

     

    Según Shane Vogel, profesor estadounidense, esta práctica surgió en el siglo XIX en el Reino Unido como una proyección cómica de las nociones sociales sobre los roles de género, el comportamiento social y la organización política. En Colombia, el fenómeno drag queen comenzó en Bogotá alrededor de 1997 y apareció en Medellín en 1998, datos que no son fácilmente contrastados porque no hay una mención específica a esta manifestación sino que hay historias como la que cuenta Fernando Vallejo en El fuego secreto, con cantinas de las afueras de Medellín durante los años sesenta, en las que había hombres que se vestían de mujeres para bailar y cantar.

     

    El camerino, que está ubicado en el segundo piso, y se encuentra cuando se abandonan las luces rosadas que te cobijan en el primer piso, tiene un espejo grandísimo que va de pared a pared y es perfecto para que, cuando hay varias personas arreglándose, todas se puedan ver. Debajo de este hay un tocador lleno de artículos para maquillarse que parecen componer una multitud de brochas, sombras, polvos, iluminadores y delineadores. Stiven se sienta en una de las sillas que está al lado del tocador y comienza a hablar sobre su nacimiento como drag queen mientras su amigo Andrés o Sylvanna le echa una crema hidratante para empezar su transformación..

     

    La primera vez que Stiven vio una drag fue hace aproximadamente ocho años, cuando estaba pasando los canales de la televisión y vio un lipsync de Shangela contra Sahara y quedó ‘’matado’’. Y aunque no siempre fue fanático del célebre programa de televisión RuPaul’s Drag Race, con el tiempo le fue cogiendo cariño a lo que veía, cariño que se consolidó cuando conoció a un amigo que hacía drag y lo que le dio fuerzas para comenzar a hacerlo él. En este grupo, como en cualquier pequeña población, es importante la unión para poder reclamar un lugar en una sociedad que tiende a apartarlos, así mismo, afirma que sin ayuda quizás seguiría ocurriendo lo que le pasó la primera vez que se trepó — como se le llama al acto de ponerse unos tacones, vestirse, maquillarse y actuar como drag— el 4 de agosto de 2018, ocasión en la que quedó ‘’muy fea, muy macabra’’, porque no tenía a nadie que le enseñara a hacerlo.

     

    Esta unión permite que se hagan más que shows y que se trabaje para algo más que los números mostrados, como es el caso del primer colectivo al que perteneció Mía, New Queers on the Block, en el que hizo activismo por un tiempo, hasta que se salió por sentir que ya ese no era su lugar. Pero esto no significa que rechace los grupos, actualmente pertenece a La casa de los cielos, un conjunto de amigos que, en sus palabras: ‘’hacemos drag y nos lo tomamos por diversión, no por trabajo ni nada. Cuando queremos nos montamos y hacemos eventos y entre nosotros nos apoyamos’’.

     

    La cara, después de capas de crema hidratante, base de maquillaje, polvos y sombras que además de hacer resaltar los ojos dibujan unas cejas en la mitad de la frente, empieza a combinar con su voz tímida con la que hace énfasis en sus palabras cuando dice un “pues”, pero que no cambia de tono cuando dice que estudia Licenciatura en Lenguas Extranjeras en la ‘’Amigay’’, refiriéndose al nombre de su universidad, o cuando suelta risas al explicar que siempre quiso llamarse Mía pero que el apellido surgió una vez que estaba con un amigo y este le dijo que su apellido tenía que ser algo con el cielo, así que tomó a la luna de ese día como la manera en la que la identificarían de allí en adelante.

     

    La conversación en el camerino, entre la búsqueda de un labial o peinar la peluca rubia para la función, se va haciendo más y más precisa porque el reloj ya indica que se hace tarde para salir caracterizada como una versión de la cantante Lana del Rey, con un traje verde que tiene una onda de los años sesenta, década que parece complementarse con las canciones, cabello, pestañas y rostro melancólico de la cantante. Al tener la peluca pegada correctamente, el maquillaje impecable, los tacones bien puestos y el vestuario debidamente acomodado, Stiven deja de ser ese chico de labios pronunciados, sonrisa amplia y cejas pobladas para volver a meterse en el cuerpo de Mía, una drag queen que, mientras se mira al espejo para asegurarse de que todo está perfecto, deslumbra en medio de trajes, sombreros, fotos y gafas del camerino.

     

     

    << Stiven Ortiz lleva poco más de un año en el mundo drag y hoy también responde al nombre de Mía. Foto: Julián Sierra

     

    Al bajar nos sentamos en una de las mesas del bar, ubicada en el balcón que brinda una posición estratégica para ver la tarima en la que se realizan los shows. El pop nos comienza a hacer compañía y cada vez entra más gente que se ubica en la pista de baile para estar más a gusto cuando suene Póker Face de Lady Gaga y así poder hacer los movimientos de mano que van con ella. Y cuando ya todos están ansiosos, llega la hora. A la una y media de la madrugada Mía no se hace esperar más.

     

    El ambiente se impregna del sonido de la canción National Anthem con una base de música electrónica, mientras los tacones de punta de ella tocan firmemente el suelo de las escalas que baja, y los gritos de la gente diciendo su nombre se combinan con su expresión corporal que muestra la elegancia que ella dice que siempre desea alcanzar y su cuerpo mismo empieza a ser parte de la alta costura que tanto le gusta.

     

    Mía, tiene referentes claros como Ms. Fame y Aquaria, reconocidas drag queens que participaron en RuPaul’s Drag Race, sin embargo está consciente de que estas son diferentes a Mía, por lo que, más que querer imitar el estilo de otra artista, se inspira a través de las prendas de vestir, el maquillaje o la peluca, elementos que crean el personaje que ella quiere ser dependiendo del concepto que desea mostrar en cada show.

     

    Una semana y media es el tiempo que se toma Mía para ensayar cada uno de sus shows. Foto: Julián Sierra >>

     

     

    Al verla en su hábitat natural y bajo la aceptación de la gente, es más fácil comprender por qué Stiven horas atrás hablaba de un boom del Drag en Medellín, que, según dijo pasará y pondrá a prueba esta práctica cuando “ya no haya muchos lugares donde te contraten”. Al respecto, Mía dice que es muy llevada de su parecer y que si para ella fuera una moda, ya se hubiera retirado. Su respiración agitada, su boca abierta pidiendo oxígeno y sus ojos que brillan al final de la canción confirman que sí, que ella está para quedarse.

     

    Paso a paso, la transformación de Stiven en Mía:

    Fotos de Julián Sierra Gutiérrez

     

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    ¿La cultura Drag se está convirtiendo en una industria?

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • La Comunicación pregunta: ¿Cuál es el desarrollo que queremos?

     

    El proyecto Hidroituango ha sido foco de numerosos conflictos ambientales y sociales, hace parte de la coyuntura que motiva estas reflexiones. Wikimedia Commons.

     

    La pandemia ha puesto sobre la mesa el dilema entre la preservación de la economía o el bienestar de la gente, con su salud entre ello. El debate no interpela solo a los gobernantes sino a la sociedad en conjunto que se ve convocada a reflexionar en torno a estas cuestiones que no son novedad. En efecto, el modelo de desarrollo vigente en Colombia siempre ha puesto presente este enfrentamiento y en no pocas ocasiones la balanza se inclina hacia lo económico. Así lo anotan varios de los siguiente artículos académicos que, desde diferentes casos relacionados con proyectos energéticos, extractivismo y gestión del territorio, coinciden en que el desarrollo, como lo entendemos, no tiene como finalidad el bienestar integral de las comunidades.

     

    Más allá de las críticas, también esta serie de trabajos incluye dos cartillas que buscan resaltar y entender el papel de dos poblaciones vulnerables en el territorio. Una de ellas desde las mujeres y cómo llevan el feminismo a los espacios de ciudad; la otra es sobre la cuestión Indígena en Colombia.

     

    Una cordial invitación a recorrer estas miradas desde la comunicación a las cuestiones e implicaciones de nuestra idea de desarrollo. Haga click en los enlaces para leer los trabajos:

     

     

     

    Trabajo de Laura Sofía Molina Salazar, Thomas del Castillo Mazo, Sol Beatriz Baquero Álvarez, Mateo Ramírez Vargas y Sara Montoya García.

     

    Trabajo de Susana Patiño Cano, Laura Ramírez Giraldo, Alejandro Restrepo Montoya, Ana María Restrepo Sánchez, Yéssica Tuberquia Agudelo y Juan José Villegas Arias.

     

    Trabajo de Laura Wagner Arenas y Santiago López Martínez.

     

    Trabajo de Lady Orozco Ortiz, María Clara López, Tatiana Herrera Holguín, Laura Ocampo Sáenz y Ana María Gonzáles.

     

     

     

    Trabajo de Maria Paula Mejía, Mariana Arcila, Susana Vélez, Juliana Ríos y colaboración de Sebastián Escobar.

     

     

     

     

     

     

     

    Trabajo de Estefanía Espinal Velilla, Diego Ballesteros Jaramillo, Mariana Moreno Reyes y Juan Guillermo Gil.

     

     

     

    Trabajos realizados en los cursos Comunicación para el desarrollo II y Comunicación, ciudadanía y política, ambos bajo la orientación del profesor Daniel Gaviria.