El rector general de la Universidad Pontificia Bolivariana, presbítero magister Julio Jairo Ceballos Sepúlveda detalló los principales impactos de la emergencia sanitaria sobre la actividad institucional y sus finanzas. Sin negar los perjuicios de la situación, el directivo señaló que la misión del centro educativo sigue su marcha.
Los campus vacíos, una de las imágenes que documenta la actualidad de la UPB. “Dar el paso a las nuevas realidades que debemos enfrentar”, fue el llamado que hizo el rector general sobre el futuro de la institución y la universidad ante la pandemia por COVID-19. Foto: @upbcolombia
Ceballos Sepúlveda respondió las preguntas de estudiantes del laboratorio de periodismo Contexto y docentes de otras sedes en el país sobre el plan de beneficios para las matrículas del segundo semestre de 2020, aclaró que los descuentos ofrecidos se acumulan con otros beneficios que cobijan a parte importante de los estudiantes y aportó sus puntos de vista sobre los debates en torno al tema.
¿Cómo la UPB ha hecho frente a la pandemia y sus efectos? ¿Qué pasará con quienes definitivamente no se matriculen en 2020-2? ¿Qué cambios traerá la situación para las actividades académicas? ¿Qué apoyos se les ha dado a estudiantes sin acceso a Internet? ¿Qué trabajo se ha hecho para preparar a los docentes frente a la virtualidad?
La conversación aporta además reflexiones y posturas frente al papel de la universidad en el contexto actual de incertidumbre y cambio.
El municipio ubicado en el Oriente antioqueño busca alternativas para hacerle frente a la cuarentena obligatoria, impuesta desde el 20 de marzo debido a la Emergencia Sanitaria que afronta el país, y evitar que la economía local se desplome por completo.
El día miércoles 15 de abril, el alcalde del municipio de El Santuario, Juan David Zuluaga, dio a conocer la Circular Externa 001, acogiéndose a las excepciones del Decreto Nacional 457 y 531 del 2020, con los cuales se permite que los depósitos de materiales, siempre y cuando el establecimiento suministre insumos para la infraestructura vial u obra pública, las empresas o personas que producen o confeccionan implementos de protección relacionados con la salud y las personas que presten los servicios de reparación, mantenimiento y mecánica en general para vehículos exceptuados de las medidas de los Decretos Nacionales puedan volver a laborar.
Los establecimientos que se desempeñen en alguno de estos ámbitos deberán mandar una solicitud al correo de la Secretaría General y de Gobierno y, en caso de contar con aprobación, deberán seguir las normas de bioseguridad impuestas por la Alcaldía.
Los servicios de maquila a grandes textileras mueven gran parte de la economía santuariana. Foto: cortesía Creaciones y confecciones SARAI S.A.
El sector textil, pilar de la economía en la región, ha tenido una evolución determinante. Comenzó elaborando ropa interior de dama para la empresa Leonisa mediante la cooperativa ECOOELSA y ahora, con el surgimiento de nuevas empresas, se elaboran toda clase de prendas para marcas como: Pacifika, Mattelsa, Loguin, Carmel, Dubai Store, entre otros.
Según cifras oficiales, El Santuario, el municipio cuenta con 27.076 habitantes. En su economía intervienen más de 300 microempresas registradas en la Cámara de Comercio del Oriente; de las cuales, 103 son industrias manufactureras, 88 se dedican al sector textil, uno de los motores fundamentales del pueblo.
Empresas y microempresas textiles en estado crítico
Desde que inició el aislamiento obligatorio, este sector se ha visto afectado pues los únicos establecimientos que han podido prestar su servicio son los supermercados, tiendas de barrio, farmacias, carnicerías y restaurantes, quienes solo pueden desempeñar su labor por medio de los domicilios. Esto hizo que las empresas y microempresas textiles buscaran medidas inmediatamente para mitigar los efectos negativos sobre estas.
La empresa textil FOREMSA tomó la iniciativa de realizar una carta solicitando ayuda al Gobierno Nacional, comunicación que el mismo alcalde respaldaría el viernes 3 de abril respaldaría, considerando el papel determinante de esta industria en la economía santuariana.
“Las empresas y microempresas de confección representan una arteria económica vital para el sustento de miles de familias en nuestro municipio. Por eso, el día de hoy me uní a la iniciativa de este sector para solicitarle al Gobierno Nacional una línea de beneficios para todas estas empresas que aún no han sido incluidas en las excepciones anunciadas hasta el momento.
El sector textil-confección de El Santuario puede contar conmigo siempre.” Señaló el mandatario en su cuenta de Facebook.
De las 88 microempresas de producción textil que laboran en el municipio, aproximadamente 20 pudieron retomar sus actividades en la semana del 20 de abril. Por lo tanto, las empresas que aún siguen paralizadas tuvieron que tomar medidas para evitar un colapso económico. Este es el caso de ECOOELSA, que, en medio de la crisis tomó decisiones como que la nómina del 16 al 26 de abril sería considerada como préstamo. Esta medida causó revuelo incluso en redes sociales, pero lo concreto es que, tratándose de una cooperativa, se debieron buscar otras alternativas.
Yasmín Cardona, quien lleva trabajando en esta empresa cooperativa 10 años aproximadamente, manifiesta que, aunque la situación es compleja, la empresa ha hecho todo lo posible por buscar las mejores soluciones.
“Si lo miramos por el lado de que a unos los despidieron de sus trabajos y quedaron sin sustento, yo me siento afortunada. La cooperativa nos está haciendo la vida mucho más fácil en estos tiempos de crisis. La empresa nos presta el dinero y nos lo deduce según nuestra capacidad de pago. El mínimo de horas que la empresa nos descuenta son 8 y nos da la posibilidad de restar estas de la quincena o, en caso de no poder, mensualmente. Además, cuando nos pagan, las horas vienen con recargos y cuando nos las cobran no tienen en cuenta estos. Desde mi punto de vista, la empresa siempre vela por nuestro bienestar”, afirmó.
En promedio, cada empresa cuenta con 70 empleados, de los cuales su mayoría son madres cabeza de familia que tienen como única fuente de ingresos esta actividad.
La realidad particular de cada empresa determinó las medidas que estas organizaciones tomaron para hacer frente a la crisis. Foto: cortesía Creaciones y Confecciones SARAI S.A.
Efectos colaterales en otros sectores económicos
De la economía textil, también surgen otras empresas como la del transporte. Pedro Rendón, gerente de la empresa P&E Logística y Transporte S.A.S ha notado un cambio drástico en su trabajo:
“De los 16 años que estoy laborando en este medio como persona natural y de los 4 años como empresa, jamás había vivido una situación económica como esta. La crisis me ha afectado mucho. Yo cuento con 8 camiones, los cuales anteriormente se llenaban por completo. Ahora, con la Emergencia Sanitaria debido al COVID-19 solo lleno si mucho uno. Mis trabajadores ahora están en vacaciones hasta que termine todo esto. Por lo tanto, soy yo quien se encarga de recoger la producción.”
Como él, miles de personas se han visto afectadas por esta situación; evidentemente, unos más que otros. La construcción, otra fuente de empleo en la región, volvió a sus labores a partir del 27 de abril, según lo indicado el 20 de abril por la Presidencia de la República.
Néstor Raúl Gómez, constructor desde hace más de 30 años, recibió con alivio la noticia e hizo su balance de la situación:
“Nadie estaba preparado para esta adversidad que estamos viviendo hoy en día. Ha sido difícil, tengo 7 trabajadores y a la gran mayoría nos cogió ilíquidos esta crisis. Por fortuna, todos tienen las prestaciones legales, algunos tienen (subsidios de) Familias en Acción y con la caja de compensación algunos han recibido apoyos. A mí como empleador sí me ha tocado difícil, porque no he podido darles nada. Estamos esperando ahora como va a ser la próxima semana.”
También es consciente que, aunque necesitan trabajar, la incertidumbre siempre estará presente.
“Hay un contraste; por una parte, bueno porque volveremos a producir. Sin embargo, la otra parte va directamente relacionada con la enfermedad, pues no sabemos hasta qué punto es recomendable salir de la cuarentena, no sabemos qué protocolo nos van a exigir para la próxima semana. Pero de igual forma, hay que salir a trabajar por la crisis económica que estamos viviendo. Además, la mayoría de mis trabajadores necesitan el empleo para poder comer.” Afirmó.
Con el pronunciamiento del presidente y la aprobación para que las empresas de manufacturas y construcción vuelvan a laborar, se espera que la economía vuelva a retomar poco a poco el terreno perdido.
Hace pocas semanas, parecía inimaginable pensar que un virus originado en un país aparentemente lejano como China, nos cambiaría la vida de una manera tan abrupta. Una enfermedad inicialmente considerada por muchos como una “gripita”, ha puesto a nuestra salud en jaque.
Escribo desde Medellín, a unos 15.776 kilómetros de Wuhan, una ciudad desconocida para nosotros hasta hace tres meses, cuando empezó a nombrarse en los noticieros de todo el planeta. Pues fue allí, y se dice con más certeza que en un mercado de animales silvestres, donde surgió el Covid-19, la enfermedad que se convirtió en pandemia y hoy nos tiene a casi todos confinados en nuestras casas durante 24 días al momento de escribir. Digo casi todos, porque los trabajadores de la salud, por ejemplo, continúan laborando incansablemente para protegernos, arriesgando su vida y la salud de sus familias.
No es la institución en que trabaja el protagonista de esta historia, pero también la Clínica Universitaria Bolivariana experimenta los retos que impone la pandemia y su equipo humano ha reaccionado con la solidaridad gremial que expresa en este mensaje. Video: Youtube UPB.
Los temores
“Yo creo que es distinto lo que se siente, cuando la gente que uno ama tiene que salir a exponerse a este virus. Cuando alguien se dedica a la profesión que ama, en una situación como estas, es imposible que el miedo no lo tome por sorpresa”, dice mi madre con los ojos encharcados al referirse a mi papá, médico de 57 años del que se enamoró hace 25. Desde entonces, nunca se han separado.
“Le echo la bendición siempre que sale para el trabajo, le digo que se encomiende a Dios, pero siento que así él no lo demuestre, se va temeroso”, dice mamá.
No es nada fácil atender pacientes en medio de una crisis sanitaria sin precedentes, en la cual el nefasto coronavirus ha infectado a más de 2,2 millones de personas en el mundo y le ha quitado la vida a unas 150 mil. Leyendo la prensa, me doy cuenta de que en nuestro país, al momento en que esto escribo, ya son 3.233 los casos, 308 de ellos en Antioquia y 179 de esos aquí en Medellín. Mi padre es consciente de la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra y ha sido franco en reconocer la posibilidad de morir, la cual, aunque no es muy alta (pues sólo el 3,5% de casos de Covid-19 son fatales), no por ello deja de asustarme.
“Todos los días me voy a enfrentar contra la muerte. ¿Será que por la alta carga de exposición al virus me voy a infectar, me va a dar de una forma grave y me voy a morir? Todas esas inquietudes están en los médicos”, reflexiona mi papá.
A pesar del clima de incertidumbre en el que vivimos, mi padre no ha perdido su exquisito sentido del humor. “Vámonos a vivir al Chocó”, decía jocosamente cuando aún no se habían reportado casos de coronavirus en ese departamento.
Mi progenitor es un apasionado por su profesión. Las pocas canas que resaltan en su castaña cabellera son reflejo de los 33 años de experiencia como galeno, 27 de esos como anestesiólogo. “Si volviera a nacer, volvería a ser médico”, me dice sin titubear. Estudió Medicina con mucho esfuerzo, a punta de préstamos y cuando le preguntan por su alma máter, manifiesta con orgullo: “soy bolivariano”.
De lunes a viernes, a las 6 de la mañana, mi padre parte desde nuestro apartamento hacia su lugar de trabajo, una prestigiosa institución prestadora de salud, donde labora desde hace unos 25 años. Se trata de una entidad de cuarto nivel de atención, que asiste pacientes con cuadros de muy alta complejidad.
“Aunque tenga la fortuna de trabajar en una institución con procedimientos tan seguros, enmarcados dentro de las normas de higiene y seguridad, eso no te libera del miedo que como ser humano puedas sentir”, dice mamá.
“Pa, ¿cómo está el ambiente en el hospital?”.
“Pesado. Todo el mundo a la expectativa; cursos por todas partes de cómo cuidarse, de cómo ponerse los elementos de bioseguridad,.. Video va, video viene… Como quien dice: ‘no se vaya a infectar, güevón, cuidado’. Eso estresa, y se espera que en las próximas semanas se llene el hospital con pacientes de Covid-19.”
“Seguro que ya debe haber pacientes contagiados allá, ¿te han dicho cuántos?”, le pregunto con curiosidad a mi padre.
“Esa información es reservada, Fede. Las historias clínicas son confidenciales y sólo puede acceder a ellas el médico tratante. Pero amigos intensivistas me han dicho que hay 5 pacientes en la nueva UCI que abrieron exclusivamente para los pacientes de coronavirus. Sé que hay varios en urgencias esperando resultados…”
Por estos días el hospital está en un 50 por ciento de ocupación, sólo se están atendiendo procedimientos urgentes y las cirugías electivas están canceladas. “Por precaución, el hospital no permite el ingreso de visitantes ni de acompañantes en áreas con pacientes portadores de Covid-19. Ya nos dijeron a los anestesiólogos que, si el hospital se llena con pacientes de coronavirus, los tenemos que asistir.”
“¿Tenés miedo?”
“Claro… Miedo a contraer una forma grave de la enfermedad, es decir, aquella que necesita soporte ventilatorio. Aproximadamente el 5% de pacientes de Covid-19 son conectados a ventilador, y el 90% de ese 5% fallecen, porque tienen los pulmones vueltos mierda. Afortunadamente al 80% de los infectados por coronavirus les da de una forma leve y al 15% restante, de una forma moderada. También tememos que se acaben los equipos de bioseguridad, de ver reducidos nuestros ingresos y algunos, de quedar sin trabajo, como por ejemplo aquellos que laboran en centros estéticos y su contrato es por prestación de servicios”.
Los pacientes que requieren soporte ventilatorio son quienes requieren de cuidados intensivos. El problema es que en Antioquia actualmente hay apenas 510 camas de UCI, las cuales en su mayoría están ocupadas por pacientes que padecen otras patologías como infartos, politraumatismos o aneurismas, por ejemplo. El riesgo es que, si se llega a desbordar la crisis, no habría espacios suficientes para atenderlos, y el número de fallecidos sería inmenso. Según cifras del Ministerio de Salud, de las 5.300 camas de UCI que hay en nuestro país, apenas 2.650 están disponibles para asistir a pacientes con Covid-19.
La realidad
Al comienzo de la crisis, el hospital donde labora mi padre contaba con 40 camas de Unidades de Cuidado Intensivo, pero gracias a donaciones del empresariado antioqueño, se lograron incorporar desde el primero de abril 30 nuevas camas nuevas de UCI para tratar a los infectados con Covid-19.
Sin embargo, hay una cosa clara: la tecnología es una extensión de la inteligencia humana. “Un error que he visto en los medios, Fede, es que piensan que un ventilador es igual a una UCI. Ojalá fuera así. Una UCI es una infraestructura de médicos, de equipos interdisciplinarios que soportan un paciente críticamente enfermo. No es únicamente un ventilador. Si eso fuera así, cualquiera alquilaba dos casas allí en la esquina y montaba una UCI. Cuando dicen que van a poner una UCI gigante en Plaza Mayor, me río, eso no es posible. ¿Dónde están los resonadores, los tomógrafos, los endoscopios, el laboratorio, el banco de sangre? Esos equipos sólo están en los hospitales. El ventilador es un elemento fundamental, pero no lo es todo”.
“¿Pa, y qué es lo que hace un anestesiólogo?”, pregunto desde mi ignorancia.
“Dormir a los pacientes y conectarlos a un ventilador. Somos la segunda línea después de los intensivistas para el manejo de los ventiladores. El anestesiólogo es como decir el intensivista del quirófano. Es el que le suministra la anestesia al paciente, es el responsable de monitorear los signos vitales durante la cirugía y además es el que maneja la vía aérea del paciente, el que lo intuba y lo extuba”.
Al notar mi interés, mi padre continúa la explicación, haciendo el máximo esfuerzo por utilizar términos sencillos: “Para colocar el paciente en un ventilador, primero tienes que sedarlo, relajarlo… Luego tienes que colocarle un tubo, que va de la boca a la tráquea, con un aparatico que se llama laringoscopio. Y ese tubo es la interfaz que hay entre el ser humano y el ventilador. Colocar ese tubo no es tan fácil. Más de la mitad de los médicos en todo el mundo no saben intubar. Y esa es la diferencia entre la vida y la muerte. Para nosotros es fácil porque lo hacemos día a día, pero para un médico que no esté muy familiarizado, es un gallo”, agrega. “En ese lapso entre dormir al paciente e intubarlo, se puede vomitar. Porque como está relajado, no traga ni toce, entonces hay que hacer una serie de maniobras y tener ciertos equipos; aspiradores, por ejemplo. El manejo de la vía aérea es un capítulo inmenso de la medicina”.
Intubar pacientes infectados con el Sars-CoV-2, es un procedimiento supremamente riesgoso para los anestesiólogos, pues cuando el paciente está en ventilación mecánica, bota ciertos aerosoles, es decir, micropartículas que viajan en el aire, las cuales tienen una alta carga viral y pueden ingresar fácilmente a la vía aérea del médico que está asistiendo al enfermo. “Una cosa es verlo en televisión, y otra muy distinta es cuando uno se pone el traje de bioseguridad y le dicen: ‘aquí está el paciente, intúbelo’, sabiendo que ese bicho puede entrar a su vía respiratoria. Hay médicos y enfermeras que lloran del susto”.
“Cada vez que tenemos contacto con un paciente infectado, nos tenemos que poner una bata anti-fluidos y anti-aerosoles por encima de la pijama quirúrgica, tapabocas N-95, gafas, gorro y visera, que es una especie de acetato para cubrir la cara. Y aún así, no estamos cien por ciento protegidos contra el virus”.
Cuando se utilizan los quirófanos del hospital para intervenir a pacientes contaminados con el virus, hay que esperar una hora para limpiar el recinto y luego otra hora más para volver a utilizarlo. “En ambientes cerrados y saturados como el hospital, el virus puede permanecer hasta dos horas”.
Mi padre termina su jornada a las siete de la noche. Anteriormente se demoraba hora y media en llegar a casa, debido a los interminables tacos de nuestra ciudad. En tiempos de cuarentena, el trayecto que emprende desde el hospital hasta nuestro apartamento, le toma poco más de quince minutos. Mi reloj marca las siete y veinte cuando escucho el timbre. Abro la puerta y me invade una sensación de alivio al ver la silueta de mi papá.
“¡Qué hubo mi Fede!”, me saluda efusivamente, mientras se quita los zapatos, se los entrega a mi madre junto con su mochila, para que ella proceda a atomizarlos con hipoclorito de sodio. Luego, entra directo al baño a ducharse, y aunque la ropa que trae puesta no es la que usa al interior del quirófano, de igual forma, se procede a lavarla de inmediato. Después de ese protocolo que realizamos a diario con el fin de protegernos, ahora sí nos podemos saludar y compartir las anécdotas del día.
“… Es triste ver como discriminan al personal médico y paramédico por temor a contagiarse, sin tener en cuenta que ellos son los que están salvando la vida de tantas personas y que tienen que tener un protocolo de protección individual para no ser portadores del virus y por ende, no transmitírselo a nadie”, manifiesta mi madre con indignación.
Dualidad
Los aplausos, silbidos, el sonido de las vuvuzelas, pitos y los versos de canciones icónicas como Color Esperanza y Esta vida, indican que ya son las ocho de la noche. Inmediatamente, mis padres, mi hermano y yo, nos sumamos a la ovación. Desde el sábado 21 de marzo, diariamente se rinde un corto pero sentido homenaje a los trabajadores de la salud, nuestros héroes.
Lastimosamente, todo esto contrasta con las actitudes discriminatorias de algunas personas hacia el personal de la salud en el transporte público y en los supermercados. “En un pueblo donde hay tanta gente ignorante, es triste ver como discriminan al personal médico y paramédico por temor a contagiarse, sin tener en cuenta que ellos son los que están salvando la vida de tantas personas y que tienen que tener un protocolo de protección individual para no ser portadores del virus y por ende, no transmitírselo a nadie”, manifiesta mi madre con indignación.
Pasadas las diez de la noche, antes de dormir, me acercó a la habitación de mis papás y les doy un beso en la mejilla, deseando poder hacer lo mismo el día siguiente.
Relato de rutinas parroquiales y oficios religiosos “a lo que da la conexión”. Así se vivió una Semana Santa inédita al oriente de Medellín.
Soledad y silencio de domingo, vientos fríos provenientes de Santa Elena se perciben en el ambiente y la diversidad sonora de aves deleitando con su singular silbido el oído de todo un barrio. Rayos de luz de un sol dominguero tropiezan con las campanas de una de las parroquias del sector en la iglesia San Joaquín y Santa Ana ubicada, al oriente de Medellín, en el barrio Quinta Linda.
<< Con este parlante se hace el rezo del Angelus por el personal de salud en el mundo. Foto: Alejandro Zapata.
Construida en julio del año 2000, nunca antes se vio obligada a cerrar en plena Semana Mayor sus metálicas rejas que hacen de puertas. El innombrable virus no solo ha atacado al sector económico y político sino también la vida cultural y religiosa de la comunidad, obstaculizando, descomponiendo y haciendo imposible cualquier integración eucarística y sacramental en las parroquias. La restricción la ratificó la Arquidiócesis de Medellín, de acuerdo con lineamientos del Gobierno Nacional.
Ornamentos parroquiales en pandemia
Organizando el altar con dos cirios blancos rodeados por varias ramas, adecuando algunos telones de tintes rojos, disponiendo todos los ornamentos en escena, se encuentra el presbítero Silvio Peña, encargado de celebrar la misa. Más atrás lo acompaña un Jesús simpático que cabalga un burro con un rostro extraño y dos tiras amarradas a su hocico, no muy grande, con rasgos poco definidos y piel grisácea. Aquel Jesús —de los tantos que hay—, particularmente sostiene en su brazo izquierdo un ramo, aludiendo al Domingo de Ramos que en épocas de Semana Santa evoca cientos de rostros alrededor del templo, pero esta vez dejó las bancas de la iglesia como un completo desierto.
Simultáneamente, cerca al altar, se sitúan dos objetos para nada acordes con la ornamentación eclesiástica y bastante extraños para el clérigo: un par de teléfonos celulares listos para filmarlo mientras ofrece la palabra a los devotos.
Al cura el virus le ha llegado como un baldado de agua fría. La Semana Santa y el significado de la gente en las bancas es muy valioso para él. Se dispone a iniciar la “Eucaristía virtual” y junto a él, Diego Mejía, sacristán de la parroquia, se encuentra organizando los últimos detalles técnicos para la transmisión vía Facebook Live e Instagram. Una vez adecuado todo para la emisión Diego camina con paso acelerado, falta poco para las 12:00 del día, se dirige hacia la parte trasera del convento donde se encuentran las campanas, con contundencia agita la cuerda que sostiene el badajo de la campana para hacerla sonar, haciéndole saber a los vecinos el comienzo de la misa.
Ese toqueteo de campanas desde el 11 de marzo se viene presentando de acuerdo con las invitaciones desde la Santa Sede en la Ciudad del Vaticano a rezar el Ángelus por los afectados del COVID-19.
Los cristales de las cámaras de los teléfonos parecieran ser un par de ojos que apuntan directamente a la mirada inquieta del presbítero al retumbar en su mente que una Semana Santa totalmente inusual está por comenzar. Para él, un Domingo de Ramos —en sus más de 45 años como padre ordenado— nunca había sido tan extraordinario a tal caso de presentar la misa a través de dispositivos electrónicos.
El reto tecnológico puso a prueba la vocación de los religiosos. Foto: Alejandro Zapata.
La angustia de los párrocos
Al padre Silvio le inquieta no ver a la gente en las bancas:
“Es difícil, el alma del sacerdote es la gente, yo no soy padre si no tengo gente, ¿a quién le iré a celebrar la misa?, ¿A quién voy a confesar? Es complicado.
“Sabía que hoy mi iglesia no abriría, mi mente y corazón cayeron en una notable percatación (SIC) de que mi parroquia estaría vacía, nadie a quien aconsejar, sin ningún niño para bendecir, ningún penitente para absolver, pocas manos que apretar, ¡nada! Estos días he celebrado la misa solo, sabiendo que hay almas hambrientas de la Eucaristía, entonces me pregunté, ¿cómo es posible ser sacerdote sin pueblo? ¿cómo es posible ser iglesia sin la comunidad alrededor?
“Todo esto es complejo, hace días vengo viendo la televisión y veo muchas noticas de cómo cuidar la salud física, pero… ¿dónde queda la salud espiritual? Veremos qué podemos hacer desde aquí”.
Algunas de las estrategias
El párroco no se queda lamentándose. En su mirada aún se perciben destellos de fe y esperanza. Está en constante búsqueda de alternativas. Desde hace un par de días junto con la ayuda de Diego sitúan un altavoz, no muy grande, con dos antenas que permiten desde un micrófono transmitir la aguda voz del clérigo a la hora de predicar la palabra.
El parlante está en el atrio del convento, un lugar que después de varias baldosas se avista un terreno colmado de pasto y árboles que armonizan con el sector. El sonido alcanza máximo hasta una cuadra del barrio. Algunos de los transeúntes, todos con tapabocas, poco a poco observan el parlante y se acercan a persignarse, echarse una bendición o simbólicamente hacer un gesto que demuestre su absoluta devoción.
A lo largo de las calles se siente el pálpito de un sector bastante devoto: balcones adornados con figuras de Jesucristo que sujeta ramos trayendo a la memoria junto con algunos telones de color borgoña y rojo el aroma al inicio de Semana Santa. Ese rojo, según los colores litúrgicos, es el del Espíritu Santo que en la mayoría de miradores no falta.
Transcurren los días lunes, martes, miércoles y se repite el toque de campanas, el color morado es omnipresente al interior de la capilla, en estos encuentros no más de cuatro personas completamente distanciadas se disponen con sus respectivos tapabocas a recibir las palabras del evangelio. Diego, después de tocar las campanas, minuciosamente se asegura que los dos móviles que apuntan directamente al sacerdote, el altar y la Biblia, estén transmitiendo en vivo.
Nuevos caminos hacia la fe
Aquellos días, entre Facebook Live e Instagram, las predicaciones del padre Silvio llegaron a captar la atención de 140 espectadores que, desde ordenadores, teléfonos celulares, tabletas y demás dispositivos se conectaron. Las habitaciones, las salas e incluso las cocinas se convierten en pequeñas parroquias a donde llegaron las ondas de sonido y las transmisiones que propagan las oraciones del párroco. Diego Díaz Uribe, delegado arzobispal para Comunicaciones de la Arquidiócesis de Medellín asegura que en el municipio existieron alrededor de 340 parroquias que celebraron las Eucaristías sin la presencia de los fieles y solo fueron transmitidas por los distintos medios digitales.
Lucía Hincapié es una de las creyentes más fervorosas del barrio, para ella el triduo (Jueves, Viernes y Sábado Santo) es de los momentos más especiales del año y no puede perder las palabras del padre Silvio. Es por eso que su hija Martha no dejó de configurarle el teléfono celular para escuchar la misa como si estuviera junto al padre. Las arrugas de Luci hacen notar sus 91 años, de los cuales en ninguno de estos había vivido un episodio tan trágico para la Iglesia católica, para el mundo, para ella.
El mismo Viernes Santo, la Vigilia Pascual de la noche del sábado y el Domingo de Resurrección, fueron para doña Lucía y millones de feligreses una nueva experiencia de fe, con métodos, medios e ideas inéditos en la historia del clero y en la Semana Mayor, todo para que un virus no arrebatara la fe.
Un testimonio vía wi-fi de una Semana Santa inédita en la historia de la Iglesia Católica: reflexión y oración a 3,25 mega bytes por segundo, en el término de la distancia impuesta por la pandemia de coronavirus.
El rey David, segundo rey de Israel, recibió directamente de Dios los planos para construir el Templo de Jerusalén. No fue él, sino su hijo Salomón quien en el cuarto año de su reinado llevaría a cabo la construcción de un nuevo Tabernáculo donde la nación hebrea podría confluir a adorar la presencia del Dios de los judíos. Este, imponente, se levantó sobre el Monte Moriá con todo el esplendor que Salomón le agregó: madera de cipreses, cedros y olivos silvestres talladas con decorados y puertas, pisos y paredes cubiertas de oro macizo.
La opulencia del Templo fue siglos después opacada por la invasión babilónica a Israel y, a manos de Nabucodonosor, el Templo con la ciudad fueron destruidos y el pueblo expulsado a una tierra que no correspondía a la que su Dios había prometido. Esa fue una de las tantas veces en que el pueblo judeocristiano no pudo congregarse en el lugar que habían erigido para la invocación de su dios.
La Semana Santa de 2020 se une a los momentos históricos donde la iglesia, considerada como el cuerpo y no el edificio, ha tenido que disgregarse. Esta vez, la primera luna llena de primavera, que tradicionalmente da el inicio a la mayor festividad del cristianismo, marcó el comienzo de una semana que transcurriría entre más pena que gloria y de forma diferente a lo habitual. La Semana Mayor vendría a un mundo convulsionado por una pandemia que obligó a la población mundial a confinarse. Para el día donde los ramos conmemoraban la entrada triunfal del Mesías, ya el mundo sumaba más de un millón cien mil casos confirmados y alrededor de sesenta y dos mil setecientas muertes, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.
A puertas cerradas
Al mundo llegaron imágenes de la basílica de San Pedro como nunca antes de había visto en la Semana Mayor para los católicos. Foto: Vatican.va.
Rodeado de una Italia herida y agrietada por un verdugo microscópico que le pasaba un saldo de 15362 fallecidos, el papa Francisco ofició su misa de Domingo de Ramos encerrado en la Basílica de San Pedro. Esto, observando las indicaciones de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en el decreto En tiempos de Covid-19 que ordenó que los ritos de esta semana fueran oficiados sin el pueblo, “evitando la concelebración y omitiendo el saludo de paz”. Asimismo, el lavatorio de los pies, la misa crismal y las demás procesiones debían ser omitidos y/o pospuestos para fechas más indicadas.
El esplendor y la monumentalidad de la Basílica de San Pedro hacían resaltar la soledad con la que Francisco y un séquito de religiosos desfilaban para iniciar la eucaristía. El octogenario obispo de Roma vestía de rojo, como es lo usual para las celebraciones de Semana Santa y Pentecostés, y lo adornaba el palio arzobispal, distintivo de los obispos y que predica el cuidado de un pastor que carga sus ovejas al hombro. En su mano, un báculo que termina en un crucifijo, que también evoca el cayado del pastor que da aliento al salmista en el bien conocido Salmo 23 y sobre su cabeza, la mitra simple que imita la indumentaria de los primeros sacerdotes hebreos.
El papa bendijo los ramos con el hisopo empapado de agua bendita y balanceó el incensario sobre el altar y la Escritura. El texto que abrió la celebración fue aquel donde el apóstol Mateo narraba la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén sobre un burro y entre una multitud que tendía una alfombra de ramas para él y clamaba a las alturas ¡hosanna!, porque su salvación había llegado de los cielos. A la voz de Mateo, se unieron en la liturgia de la Palabra la del profeta Isaías desde las montañas de Israel, la del salmista y rey David desde su trono en Jerusalén y la del apóstol Pablo desde las celdas de Roma para la tierra de Filipos.
Una voz que clama en el caos
<< Presidiarios, capellanes, voluntarios, víctimas de convictos, médicos, guardianes de las cárceles italianas prepararon las reflexiones para el Via Crucis celebrado en una Plaza de San Pedro solitaria. Foto: Vatican.va.
El mundo ansiaba un mensaje de esperanza, una palabra de aliento que podía venir de la boca del líder de la religión más confesada en el mundo. Ese día, la lectura del Evangelio según San Mateo retrataba la última cena de Jesús con sus discípulos: un momento de suma tensión donde Jesús lava los pies de sus amigos, comparten el pan y Jesús revela quién lo va a traicionar. Los momentos en el Getsemaní antes de que fuera capturado enseñan a un Jesús humano, más parecido a nosotros: está angustiado por la muerte y clama vehemente a su padre que lo libre si así es su voluntad. Era un Jesús en crisis, como lo estaba el mundo en ese momento. El relato avanzó hasta que Jesús da su último respiro en la cruz y ahí, guardando respeto por el sacrificio expiatorio del Hijo del Hombre, todas las aproximadamente treinta personas en el recinto se arrodillaron y guardaron silencio.
De ese relato, el papa da un parte de esperanza para la familia humana alrededor del mundo: “Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: ¡Ánimo, abre el corazón! ¡Ánimo, sentirás el consuelo de Dios que te sostiene!”. Era un llamado a ver al Jesús que humillado sirvió a la humanidad, uno que sufrió la traición, el abandono y la deslealtad y que entiende el sufrimiento humano.
Inspirados en ese Jesús, Francisco animó a vivir una vida de servicio, asegurando que “la vida no sirve sino se sirve, porque la vida se vive desde el amor”. Un servicio y una conmiseración necesarias en tiempos de pandemia y un servicio que para el papa resalta a los verdaderos héroes, a los que no han temido entregarse por los demás porque son valientes para amar. Ese Domingo de Ramos, Francisco le recordó a un mundo despojado de su cotidianidad, que la alegría más grande radica en el amar.
Una semana para la historia
Para cuando terminó esa Semana Santa, en la que nadie se dio la paz ni recibió la comunión, la cifra de infectados según la OMS estaba por alcanzar el millón setecientos mil. Francisco ofició la misa de Domingo de Resurrección tal como lo hizo el primer día de la semana; en las lecturas se conmemoraba dos sermones del apóstol Pablo avivando a la incipiente iglesia con la esperanza del Cristo resucitado y lo mismo hizo el papa.
La homilía no la compartió durante la misa, sino durante la bendición Urbi et Orbi que generalmente se reserva para Navidad y Domingo de Pascua, pero que ya días antes, por las situaciones excepcionales que pasaba el planeta, la había proferido. La de ese día proclamaba con alegría que Jesús había resucitado: “Esta buena noticia se ha encendido como una llama nueva en la noche, en la noche de un mundo que enfrentaba ya desafíos cruciales y que ahora se encuentra abrumado por la pandemia que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba”.
Invitó al mundo a contagiarse de esa esperanza que el cristianismo proclamaba en su conmemoración más importante, contagiarse de corazón a corazón y dejar que el sufrimiento de Cristo sane las heridas de una humanidad desolada. Además, recordó que no es tiempo para ser indiferentes a la realidad del mundo: hizo llamados al alto al fuego mundial, al fin de la guerra en Siria, Yemen, Irak y el Líbano; a la paz entre Israel y Palestina y al fin del sufrimiento en Venezuela.
En la segunda bendición Urbi et Orbi en menos de un mes, el Sumo Pontífice no solo envió un mensaje para reconfortar los espíritus en medio de la pandemia, sino que volvió a poner en la agenda conflictos y problemas cuya gravedad no se atenúa ante la emergencia sanitaria mundial. Foto: Vatican.va.
Francisco cerró la Semana Santa de 2020 sin multitudes en la Plaza de San Pedro, con un pueblo silente detrás de las cámaras que transmitían para el mundo entero, un pueblo en el exilio como Israel en Babilonia, pero reafirmando el mensaje de Jesús como uno que puede seguir arrojando luz sobre un mundo que constantemente se enfrenta a las tinieblas, y esta vez las de una pandemia que vino a socavar nuestra frágil realidad.
En el marco de la emergencia del COVID-19, el colectivo Putamente Poderosas adelantaron una colecta para que las trabajadoras sexuales y trabajadores informales del Centro de Medellín puedan confinarse en casa. ¿Qué es lo que busca esta agrupación de mujeres?
El trabajo sexual en Colombia está amparado por la Sentencia T-736/15. Sin embargo, no existe ninguna ley o decreto que regule la actividad de las trabajadoras sexuales, lo que les impide acceder a beneficios como seguridad social, salud o subsidios. En este limbo jurídico, Putamente Poderosas se levanta como un colectivo que está dedicado al trabajo social y acompañamiento a trabajadoras sexuales, que busca la dignificación de la vida de estas mujeres y del término “puta” que tradicionalmente se les ha atribuido. Melissa Toro es una de sus líderes y fundadoras que desde su gestión busca engrandecer la vida de estas mujeres dedicadas al llamado oficio más viejo del mundo y que por ello han sufrido discriminación.
¿Cómo se formó el colectivo?
Somos cinco fundadoras de Putamente Poderosas. Adquirimos experiencia en dos años y medio con las Guerreras del Centro y nosotras éramos el equipo detrás. El año pasado, a finales de noviembre, decidimos que las Guerreras podían caminar solas, hacer sus trabajos solas. Nuestros intereses eran muy diferentes y no queríamos quedarnos solo en ocho u once mujeres, sino poder impactar a un público más allá de ellas.
Putamente Poderosas surge a partir del proceso de apoyo a otro colectivo conocido como Las Guerreras del Centro.
Foto: Cristhian Agudelo.
En sus redes sociales, dicen que buscan resignificar la palabra puta y la vida de las trabajadoras sexuales en Medellín. ¿Qué resignificación desean darle a esa palabra?
La palabra puta siempre ha estado alineada a un tabú muy grande y a barreras superfuertes socialmente hablando. Nosotros lo que queremos es mostrar la otra cara y entender que las putas son seres comunes y silvestres como nosotras; son mujeres creadoras, mujeres con ideas maravillosas, son mujeres que sus contextos y sus realidades las han puestos en donde están, porque la mayoría de trabajadoras sexuales están en contexto de prostitución porque la vida que les ha tocado las ha llevado ahí: por falta de educación, de oportunidades o porque han sido violentadas, violadas o desplazadas. Nos quisimos llamar Putamente Poderosas porque “putamente” significa “muy, mucho, bastante. Algo expansivo” y es lo que nosotros queremos mostrar con esa palabra y desde lo que nosotras como gestoras podemos ser.
¿Qué estrategias o actividades implementan para lograr esa resignificación?
Tenemos talleres como una actividad muy linda que tenemos en Comfama todos los miércoles a las 5:30 de la tarde que se llama Puta, cadeneta y chisme, donde enseñamos diferentes dinámicas manuales. En el primer bimestre, vamos a hacer la técnica del collage, ya que por medio de él estamos resignificando la palabra puta, donde hablamos de putas, hablamos con putas y hablamos para mostrarle a la sociedad lo que no se ha permitido. Lo que nosotros intentamos ser esa plataforma y ese enlace entre las prostitutas, el Estado y la misma ciudadanía.
También estamos planeando un espacio literario donde vamos a trabajar la escritura y la literatura. Estamos también diseñando una marca de joyería donde tres de las diseñadoras son prostitutas.
¿Cómo se pueden medir los resultados de esas estrategias?
Más que medir resultados, es ver las transformaciones de vida que están sucediendo en ellas y ver también la respuesta de la gente, la ciudadanía, el público que nos ve, la respuesta a las redes sociales. Esos pueden ser los medidores de las estrategias.
¿Con cuántas mujeres trabajan?
En este momento, estamos trabajando con ocho mujeres fijas con las que estamos teniendo estos procesos y acompañamientos. Pero por la campaña que lanzamos por el COVID-19 hemos impactado a demasiadas mujeres que están en contexto de prostitución.
¿Qué tipo de mujeres son, en qué condiciones sociales viven?
Son mujeres que no han tenido acceso a educación, que viven en inquilinatos o algunas viven en casas arrendadas, viven en barrios lejos del sector del centro; son mujeres cabezas de familia: la que menos hijos tiene, tiene tres hijos. Toda su vida la han destinado a estar paradas en una esquina a que las compren, para ellas no ha existido una realidad más allá que vender su cuerpo.
¿Cuáles son los mayores retos o complicaciones que implica ser trabajadora sexual en Medellín?
El mayor reto es que no hay leyes que cobijen a las trabajadoras sexuales, ellas no tienen ninguna garantía para ejercer este oficio aquí, es algo que es legal pero no está regularizado. Ellas no tienen subsidios ni ayudas ni tarjetas alimenticias ni subsidios de vivienda, no tienen acceso a una salud o a una pensión. Más que todo es esa seguridad de hacer lo que ellas hacen. Los feminicidios que más suceden en Medellín pasan en el centro, porque es eso: la mataron por puta y no pasa nada. Por eso creo que lo más complejo es la seguridad de ejercer ese oficio.
En el Código de Policía hay artículos que exigen que las trabajadoras sexuales tengan un carné de sanidad expedido por una autoridad de salud y que solo pueden operar en ciertas zonas señaladas en el Plan de Ordenamiento Territorial. Según la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe, estos dos artículos son un impedimento para el ejercicio libre de las trabajadoras sexuales y contribuyen a la violencia institucional hacia las trabajadoras sexuales, ¿es así?
Muchas veces ya no tienen ese carné. La carnetización sucedía años atrás e inclusive les tocaba hacer filas gigantes, hacerse las pruebas de que estuvieran sanas y les regalaban las pruebas de VIH. Y sí, yo pienso que una de las cosas que se deben hacer principalmente es educar a estas personas —Espacio Público, Policía Nacional— sobre el trato de ellas, no solo de las trabajadoras sexuales sino de los trabajadores informales, y que no es un trato cualquiera sino que debería ser un trato especial.
Las integrantes de Putamente Poderosas lideraron una campaña de recolección de ayudas para trabajadoras sexuales y trabajadores informales del Centro con ocasión de las medidas adoptadas ante la pandemia por Coronavirus.
Foto: Sergio González.
La campaña que adelantan en este momento es un ejemplo de las actividades que ustedes emprenden para lograr su propósito. ¿Cómo ha avanzado la campaña, qué resultados han tenido, cómo ha respondido la gente?
La campaña ha sido magnífica y se ha visto reflejada la solidaridad de las personas, y siento que hemos tenido una operación muy efectiva y que la gente está muy contenta con los resultados que estamos teniendo. Hasta el momento hemos recaudado más de 30 millones, se han hecho dos entregas oficiales, todos los dineros y mercados han sido destinado, hemos entregado sobres con 100 mil pesos a más de 100 personas, otros de 60 mil pesos a más de 140 personas y hemos entregado en total 300 mercados (lea AQUÍ el informe publicado por el colectivo al 8 de abril de 2020). La capacidad de impacto ha sido muchísima y hemos estado sorprendidas por todo esto, ha sido muy bonito porque hemos tenido un acompañamiento muy fuerte de la Secretaría de Inclusión, la Secretaría de Espacio Público, de la Policía Nacional que nos han apoyado en esta idea de poder llegar, sensibilizar y entregar un subsidio — porque no basta con solo el mercado, debe ser un complemento entre subsidio y alimento—. Estamos en la tercera etapa y vamos a continuar, porque esto apenas acaba de empezar.
¿Cómo se ve Putamente Poderosas de aquí a tres, cinco años; cuál es esa visión?
La visión es que tenemos que ser políticamente poderosas, creo que es una parte a donde tenemos que apuntar juntamente. Yo cierro los ojos y sueño que de este colectivo tiene que salir la secretaria de las Prostitutas, un sindicato donde cada año haya una marcha por los derechos de estas mujeres; que empecemos a tener una sensibilización y concientización tan fuertes que ellas entiendan que están en sus derechos de reclamar lo que les corresponde y de hacerle un llamado, un grito al Estado de que por fin las escuche y las haga parte de la sociedad.
Para la entrega de ayudas durante la pandemia Putamente Poderosas recibió apoyo de dependencias municipales y la ciudadanía. Foto: Sergio González.
Es innegable que la pandemia por coronavirus significa un giro en la historia. La cuarentena, las decisiones estatales e individuales para hacer frente a la emergencia sanitaria dejarán impactos profundos que se verán con el tiempo. ¿Qué dicen de todo esto las nuevas generaciones? ¿Qué ha llamado su atención? ¿Qué les preocupa? ¿Qué esperan después de los tiempos de prevención, de enfermedad, de emergencia?
La situación de los más vulnerables, las lecciones que debeos aprender sobre esta experiencia, los cambios en su entorno inmediato, entre los puntos de reflexión del os jóvenes periodistas en este especial. Foto: Alcaldía de Medellín.
Contexto comparte con sus lectores una selección de textos realizados por periodistas en formación que nos muestran el significado de la emergencia sanitaria global para los principales convocados a todo lo que sigue después de superarla.
“Tal vez la pandemia por coronavirus que vivimos hace parte de ese grupo de situaciones en las que no hay mal que por bien no venga, porque nos reunió en casa, nos puso a reparar vínculos…”
“En momentos como este, los habitantes necesitan de la solidaridad de los otros, es cuando la ciudad necesita estar unida, debemos de ayudar a aquellos que son más vulnerables, no solo a padecer el virus, sino con aquellos que son vulnerables a padecer los efectos secundarios de este.”
“Esto es un problema de todos, debemos ser responsables y dejar de pensar por solo un momento en nosotros primero, pues de nada sirve que estemos bien si el otro no lo estará, puesto que podrá contagiar a los demás. Como dicen por ahí: “la unión hace la fuerza”.”
“Es importante recalcar que, en tiempos de crisis, y sobre todo ahora tratándose de una emergencia sanitaria, todos tenemos una responsabilidad social que debemos asumir y cumplir. Hay que dejar ese individualismo y egoísmo y empezar a ponernos en los zapatos del otro.”
“Se esperaría que la consecuencia de esta pandemia sea no volver a lo mismo cuando todo acabe, es decir, dejar la preocupación superficial y afán de consumo, que si se genera un cambio y es bueno, que sea permanente.”
Debido a la crisis sanitaria por la que está pasando el mundo con el Covid-19, el presidente Iván Duque decretó aislamiento obligatorio en todo el país desde el 25 de marzo hasta el 26 de abril, señalando que se trata de “una medida para la salud y para la vida”. Dicho decreto presenta 34 excepciones, entre las que se encuentran asistencia médica y adquisición de bienes de primera necesidad. Igualmente, quien no acate estas instrucciones será sancionado de acuerdo con el artículo 368 del Código Penal, el cual afirma que: “El que viole medida sanitaria adoptada por la autoridad competente para impedir la introducción o propagación de una epidemia, incurrirá en prisión de cuatro (4) a ocho (8) años.”
Ahora, si bien la manera más efectiva para combatir el virus es el aislamiento social, ¿es posible aplicar esta medida en la Colombia desigual en la que vivimos?
Hasta los animales callejeros han sido objeto de las medidas tomadas durante la emergencia sanitaria.
Foto: Alcaldía de Medellín.
Aun estando en toque de queda, cientos de colombianos salieron a las calles, entre esos muchos trabajadores informales que, en diferentes ciudades del país, fueron trabajar normalmente o a exigir ayudas al Gobierno, sin tener presente las decisiones tomadas por este último frente a la amenaza del Covid-19. Ante esto, las críticas no se hicieron esperar, porque es cierto que salir a las calles es una irresponsabilidad y es ponerse en riesgo a sí mismo y a los demás. Sin embargo, es fácil echar culpas y criticar esta situación cuando se está en una posición de privilegio; es fácil decir “yo me quedo en casa” para el que tiene un trabajo estable y un sueldo mensual, además de estar en condiciones para acatar el aislamiento. Pero hay que dejar un poco de lado ese egocentrismo y el “primero yo, segundo yo y tercero yo”, y entender que afuera de la burbuja hay una realidad desigual en la que viven otras personas que no cuentan con las mismas condiciones ni pueden acceder a cosas tan básicas como un mercado. Un poquito de empatía, por favor.
“La medida es necesaria”, ¡claro que es necesaria! Es lo mejor que se puede hacer para reducir el riesgo de contagio. No obstante, implementar un aislamiento obligatorio en Colombia y lograr que toda la población lo asuma de manera apropiada es más complejo de lo que pensamos, porque esto no se trata simplemente de poner un hashtag en redes. No podemos olvidarnos de la desigualdad y pobreza que vive el país, o de que el desempleo está alrededor del 13%, ni podemos ignorar que hay personas dependientes de sus ventas diarias para conseguir los alimentos que llevan al hogar (donde en muchos casos son más de 4 personas), y que no pueden permitirse quedarse en su casa mientras escasea la comida y aumentan las deudas. Estas personas -entre ellas los vendedores ambulantes- no salen porque quieren o porque están en contra de esta medida, lo hacen porque se ven obligados, y sí, son conscientes del riesgo al que se exponen al salir de casa, pero también expresan que, si se encierran, no van a tener con qué vivir.
Es obligación del Estado proveer las condiciones adecuadas para que todos los colombianos podamos responder correctamente a esta cuarentena, y aunque al principio las decisiones fueron tomadas buscando un bien general, pero ignorando necesidades particulares, ahora se está mostrando apoyo a la gente en condición de vulnerabilidad. Se han visto ayudas con el fin de garantizar, por lo menos, un ingreso para el sustento de los colombianos vulnerables durante estos días. El Primer Mandatario anunció un auxilio económico de $160 mil pesos para los trabajadores informales debido a la emergencia. Asimismo, la Alcaldía de Bogotá destinará un monto de $423 mil pesos para familias que se encuentren en condición de pobreza, y un auxilio de $178 mil para hogares vulnerables que no puedan acceder a una canasta mínima de alimentación; todo esto con el propósito de seguir debidamente el proceso durante la cuarentena.
Es importante recalcar que, en tiempos de crisis, y sobre todo ahora tratándose de una emergencia sanitaria, todos tenemos una responsabilidad social que debemos asumir y cumplir. Hay que dejar ese individualismo y egoísmo y empezar a ponernos en los zapatos del otro. Con un Estado presente y el esfuerzo de todos, seguro que podremos manejar bien la crisis y pasará pronto, en lo posible. Es hora de demostrar nuestra solidaridad y empatía.
Dada la cuarentena nacional obligatoria, decretada por el Gobierno Nacional para encarar la propagación del Covid-19, miles de familias en Medellín quedaron perplejas. Los vendedores ambulantes, las personas que viven de lo producido en el día, el desempleo y los altos índices de pobreza fueron una alarma para que el alcalde Daniel Quintero tomase ciertas medidas respaldando a la mayor cantidad de personas.
Según el DANE, en Medellín y su área metropolitana unas 792.000 personas son trabajadores informales. En medio de la ya decretada cuarentena por la vida, la duda de qué comer, dónde quedarse y qué hacer, pasa por la cabeza de estas personas. Pero ¿qué está haciendo la Alcaldía por ellas?
Al trabajo que hace el gobierno local para el control de la epidemia se suma la mitigación de los efectos sociales y económicos en las familias más vulnerables. Foto: Alcaldía de Medellín.
El 26 de marzo, en un pronunciamiento vía Twitter, el alcalde se refirió por primera vez a este tema:, “Estamos elaborando brigadas para poder ayudar a las diferentes personas en el Valle de Aburrá, para esto, la Secretaría de inclusión social ha apoyado con medidas de apoyo, brindando un techo e insumos a los diferentes habitantes”, Daniel Quintero también afirmó que apuesta por la solidaridad de los paisas, felicitando a iniciativas como Jóvenes en acción, una fundación que entrega dinero e insumos a los vendedores ambulantes en la (desolada) ciudad.
La secretaria de Inclusión Social, Mónica Alejandra Gómez, dijo por medio de la página oficial de la Alcaldía que las instalaciones Centro Día, abrieron otros sitios en el sector conocido como el Bazar de los Puentes para la atención integral de habitantes de calle, migrantes y residentes de inquilinatos; también expresó “En las carpas se ofrece, cada día, 3.400 alimentaciones completas en dos servicios: desayuno y almuerzo-comida. Además, 15 educadores se rotan en tres turnos para acompañar a la población con pautas de protección y prevención. A partir del martes, se integrará el equipo de médicos, cuidadores, digitadores, expertos en sistemas de información, entre otros profesionales.”
En momentos como este, los habitantes necesitan de la solidaridad de los otros, es cuando la ciudad necesita estar unida, debemos de ayudar a aquellos que son más vulnerables, no solo a padecer el virus, sino con aquellos que son vulnerables a padecer los efectos secundarios de este. Pasar hambre, tener frío, vivir en la incertidumbre de no saber qué hacer, son apenas unos pocos de ellos. Por eso vale la pena unirnos a los mecanismos de ayuda dispuestos por personas e instituciones de toda la ciudad, entre ellos, los liderados por el gobierno local. Ningún esfuerzo es poco.
Es increíble cómo calles que anteriormente estaban llenas de personas yendo para sus lugares de trabajo, dando una vuelta conversando con sus amigos o incluso paseando a sus mascotas, hoy no son solo más que calles deshabitadas, son calles fantasmas.
Parque principal de El Santuario, Antioquia. Foto: Alcaldía de El Santuario.
Ese es el caso de un pueblo ubicado en el Oriente antioqueño llamado El Santuario. Con cerca de 30.000 habitantes, es un municipio caracterizado por su increíble movimiento en el sector textil y agropecuario; o bueno, lo era. Desde que se confirmó el pasado sábado 14 de marzo el primer caso de coronavirus en el Oriente antioqueño en la ciudad de Rionegro, la Alcaldía de El Santuario velozmente tomó cartas sobre el asunto y acogió de manera inmediata el Decreto N’. 064 el 16 de marzo de 2020, tomando así las recomendaciones del Ministerio de Salud y Protección Social con el fin de mitigar los riesgos de contagio en la población santuariana.
En el transcurso de la semana, las medidas se fueron intensificando cada vez más, al punto de optar también por el simulacro de cuarentena desde el día viernes 20 de marzo hasta el día martes 24 del mismo mes, cuarentena que después se extendería hasta el lunes 13 de abril respaldada por el Gobierno Nacional. El lunes 23 de marzo en horas de la noche el alcalde también decidió cerrar las fronteras con los municipios aledaños para prevenir que el virus fuera importado.
Lo frustrante de todo esto es, que pese a todas las labores de prevención que se realizaron lo que más se temía sucedió: alguien infectado con coronavirus en el municipio de El Santuario. Un joven de 15 años proveniente de Frontino, quien por el receso escolar vino al pueblo a pasar vacaciones al lado de su mamá traía consigo el virus. Después de manifestar los síntomas y hacerse los respectivos exámenes médicos se confirmó el martes 24 de marzo que este joven era positivo para Covid-19. Desde ese momento los rostros de los habitantes se notaban agobiados, se podía evidenciar ese pánico en los pobladores santuarianos, pues cosas que hacían antes con normalidad hoy son casi que prohibidas. La gente que anteriormente se saludaba en los supermercados al hacer las compras para abastecer sus hogares en medio de esta crisis ya solo se mira, son desconfiadas a la hora de tocar un producto y de recibir el dinero, en los hogares ya se evita en la mayor medida de lo posible el contacto con los familiares y se juzga de manera inmediata a alguna persona que medio tosa, se percibe la angustia que sienten porque son conscientes de que en cualquier momento puede aparecer un nuevo caso, o peor aún, pueden ser ellos.
Sin embargo, gracias a esto, el pueblo está más unido. Alcaldía, bomberos, policías y demás trabajan con un mismo objetivo: detener el coronavirus. Pues saben que con la ayuda de la Virgen de Chiquinquirá y el Corazón de Jesús podrán superar esta y cualquier adversidad, tienen presente que son personas que pueden lograr lo que sea si trabajan en equipo y que ,a pesar de no poder ir a misa por la cuarentena, todos los días le piden a Dios que la situación mejore lo más pronto posible, deseando que después de la tormenta finalmente llegue de nuevo la calma que por tanto tiempo tuvieron.