Blog

  • El mejor salpicón de Medellín

     

    ‘La vida es fácil niña, todas estas señoras que están acá son mi familia. Sin pensarlo, estamos reunidos por desgracias ajenas’’, dijo don Leo mientras recorría con su mirada cada rincón de aquel espacio que, durante más de 15 años, le ha dado techo y comida a su familia para vivir.

     

    Cuando don Leo en el 2010 puso los papeles de renuncia en el escritorio de su jefe, jamás se imaginó que su vida cambiaría tanto. El quepis negro que portaba cada noche se convertiría en una gorra blanca, aquella camisa manga larga, se convertiría en un delantal con un estampado grande que dice ‘‘Frutería Don Leo’’. Y aquella portería similar a una jaula en las noches, se convertiría en un negocio hecho de metal, sudor, lágrimas, noches de tragos y cientos de sueños por querer cumplir.

     

    Luz Oliva decidió apoyar a Leo para dejar atrás aquel trabajo que les robó a los dos horas, minutos y segundos de estar juntos. No pensó que esa decisión sería la más importante de su vida. Desde aquel momento las madrugadas en vela esperando a su marido, después de jornadas de más de 10 horas, se convertirían en una nueva casa, nuevos viajes y muchísimo tiempo libre.

     

    Yuri Patricia tomó a su hijo y, con la poca valentía que le quedaba, se alejó de aquel lugar donde lloró, gritó y pidió ayuda; su alma sintió un descanso. Quedó atrás aquel hombre que durante cinco años fue su esposo y al mismo tiempo su verdugo. Debía comenzar una nueva vida, no pensó que sería junto a sus padres Leo y Luz en el proyecto de venta de frutas.

     

    Mary Luz perdió a su esposo por una supuesta bala perdida y sintió que sus venas se congelaban, al mismo tiempo que su corazón mermaba las pulsaciones. Murió su esposo, el padre de su hijo y el amor de su vida. Tenía que salir adelante y por eso recurrió a su hermana mayor, Luz Oliva, quien iniciaría un nuevo proyecto junto a su esposo, Leo.

     

    Frutos de vida

     

    En medio de la calle 16ª y la carrera 43, en la Avenida El Poblado, se ubica el negocio número 002, marcado así por Espacio Público de Medellín. Desde lejos se observa un letrero grande que dice: ‘‘Dios bendice este negocio’’. Al bajar la mirada, se puede observar, en medio de los racimos de bananos y plátanos, otro letrero, más pequeño y menos llamativo: Frutería Don Leo.

     

    Don Leo, quien es el creador y dueño de la frutería que lleva su nombre, es un hombre oriundo de Urrao, lugar reconocido por el queso dulce y el cultivo de las granadillas. Él comenzó a vender esas frutas que hace 16 años en una de las avenidas más concurridas de Medellín. A esas granadillas se le sumaron bananos, plátanos, peras, manzanas, naranjas, mandarinas, aguacates, uvas, entre una decena más de frutas jugosas y coloridas, adornan uno de los paisajes más grises e industrializados de Medellín.

     

    A las 5 de la mañana, don Leo y Luz Oliva están esperando a Fredy, su conductor de confianza, en la salida de su casa ubicada en Manrique oriental. Se dirigen a la Plaza Mayorista para surtir frutas frescas a su negocio: ‘‘Yo iba antes a la minorista, pero más de una vez me robaron las bolsas llenas de frutas. Entonces hace 13 años, aproximadamente, voy a la mayorista’’, afirma don Leo, delgado, de 64 años, tez oscura y una sonrisa pícara que agudiza el tamaño de sus ojos.

     

    A las 6:15 de la mañana, Yuri Patricia, su hija; y Mary Luz, hermana de Luz Oliva, llegan en un taxi, cada una cargando una bolsa en cada mano. Yuri Patricia es una mujer joven, robusta, que mide cerca de 1.72 m, guarda en su entre ceja una arruga que alude a su temperamento fuerte. En cambio Mary Luz una mujer vieja, delgada, que mide cerca de 1.55 m, saluda a don Leo con dos arrugas a cada lado de su boca que aluden a su peculiar gesto, pues tiene más sonrisa que dientes.

     

    Mientras Luz Oliva empaca 20 vasos de fruta picada en papel transparente. Yuri Patricia sostiene un cuchillo mondador entre sus manos y, al ritmo de las manecillas del reloj, rebana 5 manzanas rojas. Mientras que don Leo junto y Mary Luz resuelven cómo acomodar las sillas para que los próximos comensales disfruten de su estadía. Todos cumplen una función, todos son familia, todos están ahí como un rompecabezas.

     

    Cada día de la semana, cuando se pasa por la frutería, las mujeres que atienden esta caseta tienen uniformes diferentes: el lunes se hace homenaje al color rosado de una buena pitaya, el martes es de mora azul, el miércoles de azul cielo, el jueves del limón y el viernes son de las uvas moradas.

     

    Fruta podrida

    Aunque la variedad de frutas sea abundante, para don Leo ninguna de ellas se vende tan bien como un buen vaso de salpicón. ‘‘La gente que trabaja por acá cerca lo que más compra es salpicón. Una persona puede comprar 6 vasos de salpicón’’ afirma Don Leo mientras, con un trapo blanco con más rotos que tela, espanta a los moscos que se le quieren acercar a su producto estrella.

     

    ‘‘Este negocio mío, yo lo quiero más que a una hija, mejor dicho, es mi tercer hijo’’, afirma don Leo. Para él, llegar a la estabilidad económica y laboral que tiene ahora no ha sido nada fácil. En el 2004, cuando inició con su local, la mujer que comparte caseta con él intentó “salarle” el negocio por medio de la brujería y magia negra.

     

    ‘‘El 31 de diciembre y nos íbamos de vacaciones, los 15 días que siempre saco con mi familia. Empezamos a empacar todo lo de los estantes. Cuando estábamos recogiendo las cosas del último estante mi esposa encontró una medalla grande que tenía dibujado como unas serpientes. Yo llevé eso donde una señora que vive por el barrio, ella sabe de brujería y esas cosas. Me dijo que ese medallón lo habían puesto ahí para salarme el negocio. Con el tiempo me di cuenta de que era esta señora que vende pasteles de pollo aquí al lado’’, expresa don Leo mientras señala el sitio exacto donde encontró la medalla.

     

    ‘‘Es que yo pude irme con mi esposa para un crucero por Aruba gracias a esto. Tuve la oportunidad de comprar mi propia casa. Le debo mucho a las frutas’’, afirma don Leo con una sonrisa entre cruzada con risas.

     

    Y así ese pequeño negocio, con estructura de metal y colores que adornan el día más oscuro de marzo, es un oasis en medio del apresurado caminar de los cientos de ciudadanos transitan. Algunos lo reconocen y otros solo lo miran, pero lo que todos en silencio guardan en su mente es que ‘‘Frutería Don Leo’’ es una parte irremplazable de la Avenida El Poblado.

     

    ——–

    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.

     

     

     

     

     

  • Rutina, esperanza y amor

     

    Dentro de cada rutina afloran sentimientos. En estas imágenes hay un reflejo de la esperanza y el amor que nacen con los días y las horas. Siempre habrá un pronto, un te extraño y un te amo.

    Video

    —–

    Trabajo realizado en el curso Camarografía e iluminación, orientado por el profesor Carlos Sánchez Pizarro.

     

     

     

     

  • Aumenta el suicidio de los jóvenes en Medellín

    El suicidio en personas jóvenes es un fenómeno que aumenta significativamente en Medellín desde 2014 y la tendencia se mantiene. Más allá del llamado que hacen las cifras, este trabajo ilustra cómo cada caso no se trata solo de las vicisitudes de alguien en particular. Detrás se encuentran, además, las familias y la sociedad que rodea a cada persona.

     

    Click en la imagen para navegar el especial multimedia:

     

     

    ——

    Trabajo realizado en el curso Periodismo V, bajo la orientación del profesor Gabriel Jaime Lotero.

     

     

     

  • Los smartphones en el aula

    No hay duda de que los smartphones son uno de los inventos más relevantes en la historia del desarrollo tecnológico, que se ha dado con mayor fuerza en los últimos decenios. Es evidente en la gran cantidad de personas que hoy en día hacen uso de esta herramienta. Incluso, cada vez más niños y jóvenes tienen acceso a estos artefactos desde edades más tempranas. Los dispositivos móviles nos han simplificado la ejecución de prácticas cotidianas, pues su fácil manejo ha permitido que se les den distintos usos, también en la educación.

     

    En el ámbito académico se han convertido en instrumentos útiles para el aprendizaje, aunque se ha estigmatizado su uso dentro de los salones de clase, lo que lleva a desaprovechar lo que nos brindan. Tal estigmatización comienza por los docentes, quienes, al tener poca o ninguna capacitación respecto de las nuevas tecnologías, no cuentan con los medios suficientes para introducir los smartphones en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Por lo que no tienen reglas claras para los estudiantes respecto a su uso adecuado en el aula.

     

    Esta situación hace que los estudiantes empleen los celulares en las clases de una manera inapropiada, cosa que los distrae. No obstante, todo dependerá de la disposición y el reconocimiento que él reciba en el aula como espacio de aprendizaje. Sin embargo, pese a todas estas falencias y, aunque es imposible negar que los dispositivos móviles son una herramienta de fácil distracción, los jóvenes han sabido aprovecharlos en el ámbito educativo. Por ejemplo, en el intercambio de información académica o la coordinación de trabajos grupales, prácticas comunes entre ellos. También se debe tener en cuenta que estas interacciones no solo se dan dentro del salón, sino también fuera de él.

     

    Se requiere capacitación de docentes y estudiantes para lograr que un dispositivo móvil trascienda del entretenimiento. De modo que no los usen solo para las redes sociales, sino que accedan a información relevante que se encuentra en la red y se conviertan en usuarios, productores y creadores de contenidos académicos.

     

    —–

    Columna realizada en el curso Periodismo VI, orientado por el profesor Darío Echeverri.

     

     

  • La libertad se abraza sobre ruedas

     

     

    A Witotto le tomó una corazonada y un impulso tirarse de la esquina del bowl. Solo podía confiar en sus habilidades y en que su tabla, la que lo acompaña en el último año, no fallara en ese momento en que las miradas inquietas de los espectadores seguían cada movimiento. De su frente chorreaba sudor hasta su nuca, hacía que su pelo se adhiriera a esta y el viento le ondeaba la ancha camiseta que usaba. Para él, esto significa “abrazar la libertad”. Así empieza su jornada en el Parque de Ruedas de la 4 Sur.

     

    Cuando se hacen las cuatro de la tarde, este adolescente de 17 años, con rostro de quien la infancia no lo abandona, recoge su chaza surtida con golosinas y cigarrillos para venderlos en todo el complejo deportivo de mil 800 metros cuadrados para la recreación y práctica de skate, BMX y roller.

     

    Fue desde los 12 años que Witotto conoció la vida sobre ruedas, después de salir de la Fundación Hogares Claret, la misma que lo ayudó a enfrentar la soledad de las noches en la calle. Hoy afirma con sinceridad que el skate le “salvó la vida”. Pues luego de estar internado 11 meses en esa fundación, terminó viviendo a su suerte en skateparks durante tres años y el de la 4 Sur se convirtió en su hogar principal.

     

    En este parque encontró la manera de vivir, en una carpa guardaba su ropa, juguetes y su tabla. El gran techo de concreto de 560 metros de longitud fue su gran refugio de la lluvia o los incandescentes rayos de sol fue, el puente Gilberto Echeverri Mejía que conecta a Guayabal con el Poblado.

     

    La relación de los skaters, adolescentes que practican este deporte urbano, se ha configurado en su totalidad como una tribu urbana. Esto es el resultado de la lucha que han emprendido para abrirse espacio frente a los deportes tradicionales. “Algunos jóvenes toman la decisión de practicar el skate como estilo de vida y otros como evasión de su entorno familiar y social. Entonces, el acto heroico de la tabla, de la pirueta y su celebración es una forma de sublimar ese sentimiento que tienen hacia la sociedad”, explicó Gregorio Enrique Gómez, antropólogo y escritor.

     

    Con la chaza al frente y el entusiasmo recargado, el chacero sigue su recorrido, pero una voz blanca lo detiene: “Witotto, detálleme unas papas”, el pedido sale de un niño de 12 años apodado Pepito, que frecuenta el lugar con su hermano, mayor por un año. Cada uno tenía su respectiva tabla y en los bolsillos nada más que el ánimo de alejarse de San Javier, el barrio que los ha tratado como “gamines”. Por eso, es que desde los ocho años para este niño el skate se convirtió en “la oportunidad de olvidar las “Convivir” y los que manejan el barrio”.

     

    El dueño de la chaza le da a escoger entre sus comestibles, conmovido por la mirada cándida que Pepito y porque conoce muy bien la situación de su amigo. El niño, que hasta ahora había logrado evadir el hambre, escoge una Nucita y no le importa que sus manos estén sucias; al contrario, se relame hasta los nudillos recién tatuados de su mano derecha.

     

    Witotto, quien se había ido por unos instantes, regresa con una sonrisa y en la pretina de su pantalón tres bolsas de cierre hermético, cada una con por lo menos cinco baretos. Se trataba de un pedido que un par de hombres extranjeros le habían hecho al muchacho que conoce bastante bien el parque y sus plazas de vicio.

     

    Por ese favor recibió uno de los cigarrillos de marihuana y un par de pesos como recompensa. Los “conspiros” son otra manera de sobrevivir y llevar dinero a su casa en Campo Amor, donde vive con su madre que también es vendedora informal.

     

    Raspando lo último que queda de su chocolate y para no desperdiciar ni un poco del dulce, como si se tratara de pintar un dibujo, Pepito decide embadurnar la superficie del bareto que su amigo le acaba de pasar porque “así va a coger sabor el plon”. Da una, dos, tres caladas y luego expulsa una bocanada de humo que estuvo conteniendo. El sonido de su tos seca lo lleva al recuerdo del día en que, a los ocho años, probó la marihuana por primera vez.

     

    Al cabo de un rato se pone en pie y toma su tabla para deslizarse por todas las rampas. Su flacucho cuerpo sale disparado en cada una de las pendientes y en su rostro se instala una sonrisa cuando consigue hacer un truco, uno de esos que parecen que van a terminar en una caída estrepitosa. Sin embargo, logra mantener sus pies firmes junto con la estabilidad y sigue rodando hasta llegar a un grupo de adolescentes envueltos en una nube de humo. Se queda allí.

     

    Pepito conoció el skate de la mano de la marihuana. Los skateparks se convirtieron en su lugar favorito y el miedo a vivir en la calle se evaporó con el humo de cada bareto. Cuando su madre se enteró del consumo de esta droga, le dijo que “no quería tener gamines en la casa y que se fuera”, así recuerda las dos semanas que vivió en el Skatepark Estadio, cuando tenía 10 años.

     

    Mientras tanto, Chinga, el hermano de Pepito, llega en una bicicleta y tuerce la boca, en gesto de desagrado, cuando percibe el olor a marihuana. La probó por primera vez junto con Pepito, pero la sensación de que la vida se le iba y el no poder controlar su cuerpo lo llevaron a decidir que solo lo haría ocasionalmente o en las noches, cuando los pensamientos le robaran el sueño. Por eso, aunque siempre está pendiente de su hermano, prefiere no mantenerse con él. Ese ambiente no es lo que le gusta.

     

    Con la frente chorreando sudor, esta vez por haber recorrido todo el parque, y con la chaza vacía poco más de la mitad, Witotto se sienta en un muro mientras queda embelesado por los movimientos en el bowl. Esta vez él es el espectador y no quiere perderse ni un traspié.

     

    Con la mirada desbordada por la ilusión, comenta que su sueño es poder graduarse del colegio para ser profesor de skate. Pero ese sueño se ve frustrado porque hace tiempo, tras una seguidilla de infortunios, sus papeles escolares se perdieron. Aun así, su mamá lo apoya y lo anima para que no desista del sueño que lo salvó y mantuvo con vida.

     

    La noche cae sobre sus hombros y los días le traen la mayoría de edad, Witotto no puede esperar para cumplir su sueño. “No soy el mejor con la tabla, pero tengo algo para dar y toda la humildad para hacerlo”, dice mientras saca una chupeta de su chaza y mira, sin espabilar, los muchachos que siguen sobre las ruedas.

     

    En un espacio pensado para el deporte confluyen también numerosas historias de vida. La imagen corresponde al evento Barbeque Contest en 2018. Foto: Telemedellín

     

    —–

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.

     

     

     

  • Decisiones

    En la actualidad a un gran número de jóvenes les emociona la idea de alcanzar la mayoría de edad. En Colombia, según la ley de 1977 en su artículo 1, se establece que para todos los efectos legales una persona es considerada mayor de edad a los 18 años y es cuando se supone que ella a lo largo de su formación adquirió una mayor madurez intelectual y física. Es por eso que aumenta la cantidad de responsabilidades que debe asumir como persona y en sociedad, centrándonos más en el sufragio, mediante el cual la persona tiene la posibilidad de acceder libremente al voto en su país y así adquiere un papel más importante en la sociedad.

     

    Según el Dane (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), el porcentaje de la población entre los 18 y 26 años es de un 16 %, aunque al momento de elegir solo 4 de 10 colombianos ubicados en ese rango de edad decide ejercer su derecho al voto. De allí la pregunta: ¿cuántas personas de ese 16 % están dispuestas al cambio al momento de votar? Muchos jóvenes en su mayoría tienen una forma de actuar y pensar muy madura: al momento de elegir se enfocan más en las propuestas de educación, oferta laboral o en las que les favorecen y que pueden ser factibles en su proceso de elaboración. Impresiona lo paradójico que es el hecho de que en la actualidad los jóvenes tienen la posibilidad de informarse y hacerse escuchar como antes no se podía, y que gran parte de esta juventud no decida tomar conscientemente las riendas de su destino y determinar quién trazará su futuro. En algunos casos es porque los jóvenes no confían en las instituciones democráticas o incluso tienen la percepción de que a los gobernantes no les interesan sus opiniones.

     

    No se puede eludir esta problemática. Los jóvenes, desde su primera participación en una elección política, deben tener sus pensamientos claros al depositar la confianza en una persona, aunque gran parte tenga dudas al momento de votar y es por cómo las decisiones políticas afectan a la sociedad y eso interfiera en sus decisiones. Pero esto debe acabar por medio de un cambio colectivo en el cual el futuro de cada colombiano no dependa solo de una persona. Los jóvenes no deben esperar a su mayoría de edad para estar dispuestos al cambio. ¿Por qué esperar para empezar a crear nuestro futuro?.

     

    ——–

     

     

  • Encuentro

    La mayoría de nuestros días evadimos las situaciones que nos incomodan. Postergamos los deberes, las salidas que nos dan pereza y sobre todo nos abstraemos de nosotros mismos. No me gusta la oscuridad ni el silencio por que son momentos que me permiten estar conmigo. La falta de rutina me ha llevado a preguntarme cuáles son los motivos por los que me levanto de la cama. La ausencia de una agenda y el ruido que la acompaña me han obligado a escuchar todos los pensamientos que quiero callar. Ya no puedo distraerme con el cronograma que era mi día a día, ahora tengo que encararme. El confinamiento me ha llevado a descubrirme, ha puesto a prueba la fragilidad que tiene mi alegría y me ha comprobado que sigo siendo un cuerpo y una mente en guerra.

     

    Video

     

    ——

    Trabajo realizado para el curso Camarografía e iluminación, orientado por el profesor Carlos Sánchez.

     

     

     

  • Diario de un miedo

    Miércoles 25 de marzo 2020

    Hoy fue un día extraño. Es como si el tiempo no pasara, pero a la vez las horas pasan como eternidades y yo no dejo de pensar en si realmente es posible volver a la “normalidad” o si esta es la nueva “normalidad” de mi vida.

     

    Intento respirar, mantenerme en paz, tolerar, pero cada vez el encierro imaginario nos pone a prueba a mi familia y a mí. Hay gritos, peleas, quiero salir corriendo.

     

    Me siento agotada, pero al mismo tiempo no siento el cansancio. Me siento perdida en un laberinto cuya salida conozco, pero es como si no quisiera salir.

     

    Ni siquiera sé cómo me siento, pues todos a mi alrededor anhelan que todo vuelva a ser como antes, pero yo me niego a desperdiciar los días en un anhelar algo cada vez es más lejano.

     

    Todo pasó de repente. No entiendo cómo, ni cuando, ni por qué. Es como una película. Un virus invisible ha sido el único en lograr que las personas dejen descansar a la tierra, por primera vez.

     

    Es la única vez que no haciendo nada se puede salvar a la humanidad. Y yo que pensaba que para salvar al mundo debía tener grandes acciones que dejaran huella. Todo está al revés. Al parecer enloqueciéndome hallaré la razón.

     

     

    Viernes 3 de abril 2020

    Hace días no escribo, me sentía agobiada, como sin fuerzas para enfrentarme a mis pensamientos.

     

    Dejé de anhelar “mi vida de antes” pues esta es mi vida ahora, y no sé hasta cuando vaya a ser mi realidad.

     

    Puede que las cosas nunca cambien… pero sé que no puedo salir de esto siendo igual. Aprovecho el tiempo para analizar que quiero cambiar de mi vida, de mi entorno y me he dado cuenta de que la que debe cambiar soy yo.

     

    Agradezco que mi mayor preocupación del día es estudiar y preguntar “¿qué hay para comer hoy?”, ansiando que no se repitan las recetas. Mientras que otros deben preguntar “¿hoy hay para comer?”.

     

    No es justo que no todos estemos en las mismas circunstancias en esta época tan difícil. No es justo. He ayudado a más de 150 familias a que tengan alimentos en sus casas en estas semanas, pero eso no es nada frente a toda la gente que sufre y la cantidad de pobreza que veo a mi alrededor. Tengo mucha impotencia, mucha, y me niego a quedarme quieta, a callarme. Las palabras se han quedado atascadas en mi garganta.

     

    El planeta descansa y los hombres mueren, sufren y lloran. ¿Todos merecen este castigo?

     

    Sábado 4 de abril 2020

    Hoy recuerdo cuando me ponía el corazón en la nariz para ir al hospital y ya no puedo. Siento impotencia de saber que no puedo visitar a tantos niños que están luchando con sus enfermedades, enjaulados por sus enfermedades. Han vivido el encierro desde hace mucho tiempo. Para ellos no es nueva la monotonía de los días, mientras se agradece la existencia, pues la muerte ronda por los pasillos.

     

    Ahora es mi turno de sentir el encierro de mi alma para fortalecer la esperanza en mi interior, y aprender de los nuevos días. Ahora es mi turno de perderme en mi interior para encontrarme y de permitir que esa nariz de “payaso” continúe salvándome en los momentos en que más lo necesito.

     

    Domingo 12 de abril 2020

    Hace días que no escribo, pues la constancia de los diarios me recuerda el tener que enfrentar la realidad de mis actos, la monotonía de los días, la impotencia del encierro. Ahora mi mente está nublada, cansada, pero al mismo tiempo, libre. Siento como si ahora viviera una nueva vida y los meses pasados se alejan de mí con una rapidez absoluta. Me siento vacía del mundo, pero llena de mí.

     

    Es como si me estuviera conociendo y ya no tengo miedo de pasar el tiempo conmigo, mientras aprendo nuevas cosas no solo del mundo, de mi familia, de la realidad, sino también de mí. Me sorprenden mis actos, por lo bondadosos o llenos de odio que son, dependiendo de la situación. Me sorprenden mis palabras que logran ser tanto sanadoras como rencorosas. Me sorprende la vida que sigue siendo complicada aun dentro de mi habitación de 10 metros cuadrados, donde estoy protegida. Pero sobre todo me sorprende el ser humano, que continúa siendo egoísta a pesar de que ve padecer a los demás a su alrededor.

     

    Martes 14 de abril 2020

    Hoy fue un día tranquilo, como si me hubiera acostumbrado a la monotonía del encierro. Los días pasan, a pesar de todo lo que logro hacer, es como si estuviera en una burbuja deseando conocer lo que hay al otro lado del mundo.

     

    Es como si las plantas crecieran con dificultad, las horas se alargaran y las canciones estuvieran cansadas de tanto ser reproducidas. El ser humano necesita del mundo, pues se ahoga en el silencio de la soledad.

     

    Jueves 16 de abril 2020

    Me siento cansada, abrumada por la vida. Pensé que ya me había acostumbrado al encierro. De nuevo mi debilidad humana me demostró la impotencia que se siente al no manejar la vida, sino esperar a que ésta te de una sorpresa.

     

    Siento que la libertad está detrás de mi ventana, pero me debo limitar a desearla. No solo libertad de salir, sino de la mente, ella se empieza a nublar.

     

    Viernes 17 de abril 2020

    Nunca pensé que podría desconfiar tanto de las personas que me rodean. Siempre intento ver algo bueno en ellas, aunque no las conozca, y trato de que los prejuicios no nublen mi razón.

     

    Pero en esta época es difícil confiar. Y más cuando cualquiera que se acerque puede ser un arma, nuestro enemigo llega sin avisar, es invisible y toma a las personas que más queremos como rehenes.

     

    Ya ni me acuerdo de la última vez que hablé con Óscar, el portero que es como mi tío. En mi casa nos hemos encerrado a convivir entre los que nunca hemos salido. Y como Óscar es el único puente con el mundo, con los domicilios, con las visitas… Mis papás temen cada día que se contagie y tras él todos nosotros. Por lo que no me permiten verlo, ni visitarlo.

     

    He vuelto a crear mi mundo dentro de mi casa, donde las únicas personas que existen son mis papás, mis hermanos y Nubia, que no alcanzó a volver a su pueblo. No sé cuánto tiempo tengamos que vivir esto, solo sé que el ser humano es capaz de acostumbrarse a todo, por bueno o malo que sea.

     

    Sábado 18 de abril 2020

    Creo que estoy aprendiendo a vivir con lo que soy y con lo que son las personas que me rodean. En lo último que pensamos es en arreglarnos, en salir, en comprar… Si salimos iguales después de esta experiencia creo que desaprovechamos una gran enseñanza. No nos define lo que tenemos sino lo que somos, lo que hacemos por los demás, lo que reflejamos. Quiero ser diferente. Tengo que cambiar, tenemos que cambiar, el mundo tiene que cambiar.

     

    —–

    Trabajo realizado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Medellín tóxica, la ciudad de la eterna contaminación

     

     

    ¿Cuál es el papel de los jóvenes en el problema de contaminación ambiental en Medellín? Este especial multimedia presenta datos y antecedentes que presentan este problema desde una perspectiva juvenil, en complemento a un recorrido por acciones desde este grupo de la población ante los problemas medioambientales más notorios de nuestra ciudad.

     

    Click en la imagen para ver el especial:

     

     

     

    —–

    Trabajo realizado en el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero.

     

    Enlace: https://blessedwithyourlov.wixsite.com/medellintoxica

     

    Sección: Este Tiempo.

     

    ——

     

     

  • Medellín y el futuro de sus vías

    Para nadie es un secreto que vivimos en una ciudad con alto índice vehicular. Cada día las calles están más congestionadas. No es solo por la cantidad de vehículos que en ella circulan, sino también por la infraestructura vial.

     

    Según estadísticas, en el RUNT (Registro Único Nacional de Tránsito) se registraron alrededor de 2.2 millones de vehículos en Antioquia, de los cuales 1.3 millones eran motos (59 %), y 777.673 automóviles (34 %). De allí la pregunta: ¿hay suficiente espacio en las calles de Medellín para que transiten tantos vehículos? La respuesta es NO, al igual que muchos comentarios que he apreciado por parte de personas que laboran en este campo, siendo directamente afectados por la situación.

     

    Pero, ¿a qué se debe esto? Los principales argumentos son dos: el primero, que cada año entran miles de vehículos nuevos a la ciudad, según informa el Ministerio de Transporte por medio del RUNT, pero no salen de circulación los que ya han gastado su vida útil, la cual en Colombia es de aproximadamente 30 años. Estos generan más emisiones de dióxido de carbono y, por ende, más daños al ambiente. Lamentablemente el 19 % de buses supera dicho límite de tiempo, según el RUNT.

     

    El segundo argumento, la reducción de las calles como consecuencia de las ciclorrutas; proyecto que es importante y pertinente, pero no fue pensado lo suficiente, ya que esta idea debió construirse poco a poco, analizando la cantidad de vehículos que circulan por las vías, y del mismo modo, la cantidad de ciclistas que pueden hacer uso de estas. Para así determinar si en realidad este proyecto es apto en la zona.

     

    Si volvemos a las cifras, una de las zonas que posee la mayor infraestructura ciclística, como lo es la comuna 11 de Medellín, tan solo alcanza el 2 % del uso planeado según informes de EL COLOMBIANO. Basados en esto, formulémonos esta pregunta: si hoy sufrimos este caos, ¿qué nos espera en los próximos años? Si sigue aumentando la demanda de vehículos, y la presencia de ciclorrutas en vías que en realidad no las necesiten, siendo estas de tamaño desproporcional, aumentará el encogimiento de las calles, en lugar de una ampliación para darle solución al caos vehicular de la ciudad.

     

    —–

    Columna realizada en el curso Introducción a la Comunicación, orientado por el profesor Luis Fernando Gómez Velásquez.